viernes, 22 de abril de 2016

La fuerza de la ausencia - Jaime Ros





Cuando la cama es ahora sólo para ti, es muy duro poner el pie en el suelo. Pisar un suelo con el frío que es sólo mío. Me sigue a cada paso, por el pasillo, en el lavabo, mientras el jabón desaparece por el desagüe, en la cocina, con un café que irremediablemente dejó de estar caliente, mientras se suspira, mientras se piensa, mientras se devora las primeras bocanadas del día. Me paro al salir, respiro hondo y repito las palabras: “Hoy no vuelvo… hoy no vuelvo… … hoy no vuelvo.”

Pero volví, pero vuelvo, después de haberme encontrado con la calle, de seguir nucas formando una sucesión de baldosas en movimiento que huyen a más velocidad de la que yo sé huir. Volví después de haber recibido una sonrisa, pero dedicándome unos ojos tristes, de una de las secretarias, después de haber pagado por una comida que no me supo y después de bajarme tres paradas más allá de lo que toca, para tener la sensación durante tres paradas que hoy no vuelvo.

Se fue. Se fue mientras repartía una caricia en mi mano. Aún siento ese calor, siento como sus dedos se fueron deslizando desde la muñeca, recorrieron la palma de mi mano, atravesaron cada una de las líneas que la cruza. Poco a poco, se fueron juntando los dedos, los míos, los suyos. Me viene la imagen a cámara lenta. Cada vez que cierro los ojos, cada vez que los párpados caen. Me arrancaría el brazo para dejar de sentir su calor en la punta de los dedos, pero no puedo permitirme vivir sin sentir su calor en la punta de los dedos. Ahí, justo ahí. En el último contacto.

En su marcha quedaron los recuerdos de un futuro que no es el que me prometió.  Quedó su lado del armario, y sus cajones, su pijama encima de la silla, con la manga apoyada en el suelo dejando todo el frío. Quedó su taza en el fregadero y el cepillo de dientes encarado hacia la misma pared. Quedó todo de ella, aunque ya no quede nada de ella. Quedaron todas su consonantes, y todas su vocales, las palabras que estuvieron dichas y las que guardó en algún rincón. Le permití tener algún rincón. Quedaron las tonterías para hacerme reír. Quedó la sequía en mi garganta.

En noches que soy más humo que aire, más alcohol que sangre, dejo al frío que me sigue paso a paso guardando su retrato y confundo la punta de mi dedo con el calor de un cuerpo de tanto la hora. Siempre el mismo, el que me bendice con el silencio, sólo roto por el sonido de la cremallera de los pantalones, y me maldice con la compañía. El que no me pregunta y al que no tengo que explicarle que aquella noche dobló una esquina, porque no se pueden atravesar los edificios, y cruzó por allí, porque no lo hizo por otra calle. Me digo… me digo… … me digo. Que debí ser yo el que fundió piel y metal, que debió ser mi espalda la que rompió la luna, que por qué no fueron mis oídos los que escucharon el ruido del frenazo, y no oí como sonó mi propia muerte. Por qué no fue mi cabeza la que impactó sobre el asfalto, y no fue mi ser el que iba dejando escapar el calor estirado en el suelo.

No tardará en llegar el momento en que se deje de contar hasta tres, en que se encontrará el valor en su ausencia, y se estirará mi cuerpo en la silueta que dejó el suyo. Buscaré su calor, que seguro que está allí oculto, más allá de mis dedos, esperándome, y ese día, uno… dos… …tres, no volveré.


Jaime Ros


viernes, 1 de abril de 2016

Ambos lo sabíamos - Laura Mir



Al final del día entré en la habitación pequeña con un cuchillo en la mano, como si aquella estancia fuese una trampa y tuviese miedo, sin un grito, sin una queja.

Dejé el arma en la coqueta, y con rabia empecé a desabrocharme, sin cerrar los postigos, tanto daba.

Me aproximé al somier y crujió un poco, era viejo, como todo lo que nos rodeaba.

Me descalcé y estiré de las medias con fuerza, sin importar si se rompían o no, deseaba en aquel momento, que tras ellas se fuera el resto de mi piel. Notaba frío, estaba helada.

                                                                           Había vuelto a caer.

Tú temblabas vuelto de espaldas, te castañeaban los dientes. No sé si de arriba abajo o de abajo arriba. Tanto daba.

Me aproximé a tu oído y te mentí bajito para animarte:

— No hace tanto frío, es una noche estupenda.

Pero los fríos, ni el tuyo ni el mío, eran exteriores.

                                                                          Habías vuelto a caer.

Me metí en la cama y no pude hacer otra cosa que pegar la cara contra tu espalda, para que pudieses sentir todo lo que llevaba dentro de la jornada,  fue muy dura. También había una gran parte de ti junto al dolor y la sangre que en su retorno, golpeaba de nuevo y con violencia, la sien.

Enrosqué mis piernas a las tuyas y te abracé, con la única intención de calentarnos el corazón y el alma, pero fue imposible, habíamos vuelto a caer y ambos, ambos… lo sabíamos.

Lo sabíamos tan bien como nos conocíamos, entonces sin otra cosa que hacer ante los sinremedios, contradicciones y todos los nones del mundo, rompimos el frío, y nos reímos.



Laura Mir