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miércoles, 1 de junio de 2016

Faros de ciudad - Benjamín J. Green



La madrugada me envuelve en su manto de tristeza helada, a cada expiración de mi solitaria imaginación, diminutos cristales de hielo forman delicadas estructuras que vivirán efímeramente hasta que aparezca un poco de calor. Mi cuerpo adormilado, imagina sentir la cálida brisa del sur, cree que pronto saldrá el sol en esta parte del mundo. Todo se desliza sobre el precario plano de una existencia soñada y vulnerable.

Los últimos sueños se están despidiendo calladamente mientras desaparecen por alguna puerta trasera. Todo son difuminados, la niebla todo lo confunde, las calles, casas y avenidas, salen  y entran de ella de repente, como si fuesen apariciones fantasmales que se abalanzan sobre ti. Te gustan las sorpresas, como esa mujer del abrigo rojo que acaba de cruzarse conmigo; el carmín corrido sobre su sonrisa cansada, una fugaz mirada de vidas y mundos desconocidos que se alejan indiferentes a tu curiosidad. Sombras que se arrastran de portal en portal sin formas, sin alma, hambrientas de compañía.

De los horrores nocturnos, sólo puedo entrever alguna silueta, no se atreven a penetrar en el círculo que me rodea, se quedan en el borde, y esperan. Alguna vez se adivina una garra o la punta de un ala, siempre en silencio, como observando fascinados una luna particular. Sus disputas por los trozos que quedan de las victimas de sus andanzas, son cortas y sangrientas, dejando tras de sí, regueros negros y mechones de pelo. Nunca se dejan ver, pero no pueden resistirse a la verdad de su condición: a nadie le gusta morir solo y a oscuras.

Podría contaros la historia de cada adoquín de esta calle, de los tacones que a altas hora de la madrugada los pisan o de las locas carreras en pos de una felicidad que solo dura, el valor un billete. Búsquedas frenéticas de una química que proporciona de igual manera esperanza, ilusión, engaño y muerte.

El perro que se acerca y que pese a mi negativa, me deja un recuerdo húmedo, la vieja loca que noche tras noche tira migas de pan a los gatos que dan vuelta  a mí alrededor, creyendo que son palomas. Trajes sin cuerpo que siguen el ritmo frenético de los instintos ancestrales, cazar, comer, follar o amar hasta encontrar a quien vestir.

Recuerdo cuando sólo transitaban carruajes por debajo de mí atenta mirada, cuando la sangre tiñó de rojos cálidos las calles en la última guerra o la primera prostituta que me eligió como punto de contacto. De las velas, pase al gas y del gas a la electricidad, sin que nada haya cambiado demasiado, las mismas caras perdidas, la misma calle, la niebla espesa de las noches de invierno y los mismos deseos retorcidos. El lado oscuro de los hombres se arrastra bajo la luz de la luna desde el principio de los tiempos esperando conseguir lo inalcanzable.

He visto a la muerte deambular con las manos en los bolsillos, tomándose su tiempo, quizá buscando alguna dirección o esperando al borracho que viene dando tumbos y que cruza la calle sin mirar. Parejas de enamorados cogidos de la cintura prometiéndose felicidad eterna, pasearon por este trozo de ciudad. Mientras las malas sombras, sólo sabían insultar al cielo echándole la culpa de sus desgracias, los seguían furtivamente. He observado al oscuro ectoplasma de la desesperación pegarse a la chepa de algún desgraciado mientras este se tiraba bajo las ruedas de un camión.

Noches de satén negro traspasadas por los susurros de esquirlas plateadas semejan ser estrellas, principios de sueños que se estremecen ante la belleza de la próxima vida, cuerpos dormidos pegados el uno al otro, mi reino todo lo abarca. Hombres y mujeres que corren sin saber hacia dónde, para ellos lo importante es llegar rápido aunque sea a ninguna parte. Llantos que salen de sótanos tan oscuros como el corazón del que los frecuenta.

Cuando tímidamente el sol asoma por encima de los edificios, se le adivina reticente, seguro que también está falto de descanso o todavía perdido en algún sueño. No es que sea muy luminoso o caliente, pero su sola presencia, hace que las cosas vuelvan a tener sentido, ya sé donde estoy, la niebla se vuelve por el camino que la ha traído hasta aquí. Otra vez las cosas a mí alrededor se visten de color y calidez, los ruidos de la ciudad que se está levantando de la cama invaden las hasta entonces, silenciosas y pálidas calles.

El astro rey sale de su escondrijo, despierto con una sonrisa en el rostro, por fin siento como se funde la escarcha que me cubre. El calor invade poco a poco hasta el mínimo resquicio de este cuerpo recién animado a la luz de la mañana. Los miedos noctámbulos se vuelven a sus guaridas con el zurrón lleno de almas gimientes y prisioneras. Atrás queda la noche con sus delirios y monstruos. 

Puede que sólo sea una simple farola, pero tengo grabadas en mi memoria las vidas de los tiempos alumbradas por mi ojo de cíclope. Mi única ambición era la de crear mundos iluminados y ahora me he convertido en la ignorada reina de la noche de cualquier ciudad, una escriba solitaria que sirva de faro a todas las criaturas nocturnas, bípedas o no. Siempre habrá alguna luz que te guíe hacia la seguridad de tu hogar o hacía la perdición, aunque nunca repares en ella.


Benjamín J. Green




viernes, 12 de junio de 2015

La noche - Benjamín J. M.




Me gusta la noche. Me gusta desesperadamente la noche. Horas mágicas en las cuales todo se confunde, como fundidos en bronce entre las sombras que sólo se diferencian por sus matices grisáceos...

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miércoles, 20 de mayo de 2015

La comprensión - Benjamín J. M.



Sólo siento el silencio espeso del color del exilio, ese que nos imponemos a veces, sin saber muy bien porqué. Como estar mirando el mundo a través de un cristal muy sucio, al igual que la verdad que vive en el tercer corazón de la esperanza.

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martes, 19 de mayo de 2015

Cenizas de las sombras de un ayer - Benjamín J. M.




Cuántas verdades enterradas bajo capas y capas de mentiras se cuenta uno cada mañana para no salir huyendo al reflejarse.

Cuántos oscuros secretos escondes, tantos que hacen agujeros en tu conciencia...


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Caminante perdida - Benjamín J.M.




Ha vuelto a caer la noche en esta habitación, mientras tras las persianas sigue luciendo el sol. Sé que no debería, pero no puedo evitar sentir que todo lo conseguido durante estos últimos meses, se está diluyendo entre eufemismos, cambios, olvidos e indiferencias...

                            
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La desesperación de un mito - Benjamín J.M.



El espejo me devuelve con ironía la última imagen que refleja de mí mismo, y la verdad es que no me importa.

Cómo hacer entender a los demás este pozo de desesperación sin salida en el cual me sumerjo cada vez más y más profundamente...

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lunes, 4 de mayo de 2015

Desde aquí - Benjamin J.M.


       
Desde aquí veo como se marchitan las vidas de los hombres bajo la indiferente tiranía del tiempo, no hay mucho que cambie este hecho, todo lo que empieza parece tener un final. Midiendo sus pasos, los recuerdos se pasean por mi memoria saludándome a veces, otras indiferentes a mi presencia. 

       
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miércoles, 1 de abril de 2015

Si tuviera



Si tuviera que morir porque he amado,

con gusto pues sería condenado.

Si tuviera que vivir sin tu recuerdo,

con mucho quisiera ser ajusticiado.

 

El mañana de un futuro a tu lado,

pintará mi cuerpo de empeño.

Me atormenta lo que no me has dado,

porque solo vivo por un sueño.

 

No mires mi helada tristeza,

así son las cosas de la vida.

Mientras escribo tu belleza,

tu mirada en mí se acomoda.

 

Ver la vida, los cuerpos pegados,

baile de labios bajo tus ojos.

Mirar dos reflejos cruzados,

encontrándose en los espejos.

 

Sigo tus pasos por el mundo,

acunando tú sueño inacabado.

Mimando tu cuerpo maltrecho,

mi vida reposando sobre tu pecho.

 

Soy aquel que mora a tu sombra,

vigilando el hilo de un destino.

Esperando al filo de la palabra,

seguir a tu lado por el camino.

 

Sueño con regalarte un recuerdo,

que sería dulce a tu mirar azulado.

En un beso, sabrás todo lo que he callado,

que siempre sería por ti, recordado.

 

Si tuviera que morir porque he amado,

con gusto pues sería condenado.

Si tuviera que vivir sin tu recuerdo,

Cuánto quisiera haberte besado.

 


Benjamín J. Green



lunes, 23 de marzo de 2015

Mundo azulado




Escribo a tus mañanas y a tus noches. Escribo en esas horas extrañas en que no son ni una cosa ni la otra, es cuando puedo dejar que mi pluma vuele libre, para que pueda dibujar con su magia los contornos de esa piel que, aún no he podido tatuar con mis palabras trenzada entre los mechones de emociones y de pensamientos que me embargan.

Dejo que el viento que nace de tus suspiros entren por mi ventana y me lleven de un lugar a otro, donde bebo siempre sediento de las aguas claras y frescas de los mundos que regalas, impregnándome de los aromas, admirando esos colores que no existen más que en tu imaginación vestida de sueños.

Mientras me queden fuerzas seguiré las sendas que pasan delante de todas tus edades, entraré y saldré de las vidas de los que de alguna manera comparten tantos viajes contigo. Creeré que las mañanas han sido pintadas en tus cielos para mí, mientras me paseo por entre las nubes, jugando al escondite con los futuros que están por venir, sobre todo aquellos que nos requieren entre risas y gritos.

Mientras mis ojos registran los horizontes buscando las puertas que llevan un poco más allá, mi ansia por creer que lo imposible existe. Solo tengo que dejarme llevar e inventar palabras que nos conducirán donde nunca nadie ha estado jamás, porque en la profundidad del invierno, finalmente, aprendí que dentro de mí yace un verano invencible.

Erradicada la oscuridad que planeaba sobre mis pesadillas de antaño, miro cara a cara al destino, sostengo la mirada y le obligo a llevarme por donde yo quiero, indiferente a sus protestas y pataleos.

Sé que ese día llegará, y será él, el que ría el último, pero me da igual, porque ese día ya habrá dejado de importarme, cuando me recubran los seis palmos reglamentarios y tenga la boca llena de tierra, nadie oirá ya, lo que tenga que decir.

Así que sordo a sus quejas, lo arrastro, empujo y tiro por la senda que he elegido, donde los tiempos que están por nacer de tus sueños, me esperan con una cálida bienvenida en la voz y un lugar acogedor en tu memoria. Ese es el destino que quiero para mí, acompañados de alguna manera, de todo lo que anhelo.

Puede que no todo vaya como desees o sueñes, pues la perfección no existe en los corazones humanos, aunque las intenciones si lo sean. Solo será cuestión de capear el temporal con una canción a la mañana que está por llegar y con una sonrisa de tus labios.

Pasearé a tu lado, escuchando los sonidos del mundo y mirando la vida a través de este presente que hoy solo pasa a través de ti, me aferraré con uñas y dientes a tus sentimientos, bailaré sobre los fuegos del infierno de los mediocres, sin que estos puedan ni siquiera tener la posibilidad de tocarme.

Planearé sobre las llanuras estériles del fanatismo y de la sinrazón, cogido de tu mano, mientras nacen los poemas y mueren los tiempos oscuros de un pasado casi olvidado.

Ahora, solo deseo mirar al mundo a través de tus azulados ojos, porque quiero despertar cada mañana al lado de alguien que aún conserva su alma.



Benjamín J. Green


miércoles, 11 de febrero de 2015

Filósofos de retrete



Ayer me ocurrió una cosa curiosa, no suelo utilizar los baños de mi empresa salvo cuando no me queda más remedio, prefiero la intimidad y la comodidad de mi hogar.

Una vez sentado en el exiguo habitáculo y procediendo al asunto que me había llevado hasta allí, me fijé en un pequeño texto, o mejor dicho, en una frase que alguien había escrito sobre la puerta del baño que rezaba así:

¡Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos!

Me pareció muy didáctico e interesante, ya que las anotaciones que uno puede encontrarse sobre las puertas de los baños públicos suelen tener otra clase de contenidos, la inmensa mayoría zafios y por lo general poco recurrentes. La frase estaba rodeada de muchos de esos mensajes, insultos, teléfonos, dibujitos obscenos, poemas de dudosa rima, en fin, una gran muestra del nivel intelectual “retreteril” del pequeño mundo que representa esta empresa.

De alguna manera esa diminuta isla de cultura escrita en la puerta de un baño me hizo ver que no estaba solo en el mundo, que había alguien en algún lugar de este edificio  con quien valdría la pena comunicarse y decidí, dejar una pequeña muestra de mi erudición en respuesta a esa gran frase, así que me puse estruja que te estruja el cerebro para estar a la altura de aquella magnifica reflexión.

Me quedé en blanco, fuera por el lugar, el olor, la postura o la hora, mi mente se negaba rotundamente a recordar o a imaginar nada que valiera la pena escribir. Decidí hacer trampa y aprovechando que nadie me veía saqué mi smartfone queriendo buscar en la red algo digno. Mala suerte para mí, en esta parte del edificio no había manera de poder conectarse, estaba empezando a cabrearme de veras.

Me puse a pensar en serio sobre el autor de aquella clara violación de las normas tácitas que rigen cuando uno va a expresarse con un escrito en la puerta de un baño público, fuera de aquí o en la misma China. Seguro que se la había traído de casa apuntada en un papel, era imposible ponerse a filosofar en un retrete claustrofóbico y maloliente.

¿A quién se le ocurriría semejante frase sentado en un lugar como este? Pensaba este servidor ya molesto con la idea de tener que irme sin poder contestar al tipo este de la dichosa frasecita. Evidentemente frustrado, impotente y viendo la hora que se estaba echando encima, me dio un repentino ataque de genialidad que en aquel momento y lugar, casi rallo la epifanía más profunda, ya sabía que contestar a aquel prepotente que iba por ahí fastidiando el alivio a los demás, al fin me había llegado la respuesta.

Con mi mejor letra saqué a relucir mi intelecto superior y le di un enfoque diferente al asunto, más de acuerdo con la filosofía del lugar. Los dioses de los retretes seguro que me lo iban a agradecer y debajo del escrito de aquel “filosofastro” mañanero, dejé mi epifanía sobre el asunto:

— ¡Somos nuestra mierda, somos ese quimérico museo de mojones inconstantes, ese montón de culos rotos!

Tras lo cual, con el estómago aliviado por fin, mi conciencia tranquila y más que feliz por mi genialidad manifestada, me dirigí al bar a tomarme un cafelito, orgulloso de haber dejado la bandera del club de los filósofos de retretes en lo más alto, según los cánones y reglas que guían desde tiempos inmemoriales la excelsa literatura de una puerta de retrete.



Benjamín J. Green


Nota: Este relato es para participar en el juego FRASELETREANDO de la Comunidad ALMAS DE BIBLIOTECAS Y CINES, en esta ocasión la frase es de Jorge Luis Borges:

"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos."

viernes, 30 de enero de 2015

Un poeta sentado en el borde del mundo



Sentado en el borde del mundo, siento la brisa suave, eterna hija del tiempo lamiéndome  los pies. Sueño mientras los balanceo sobre el abismo que se abre debajo de ellos, viendo como el mundo se hunde envuelto en la locura ignorante que le ciega, llevándolo por el camino de la perdición.

Es extraño ver, que lo único que permanece inmutable sea la roca escarpada que estoy utilizando de asiento, se diría que he sido elegido para poder contemplar el implacable destino que está a punto de acontecer. Puede que me haya convertido en el escribano de un tiempo que será un fin o, el incipiente nacimiento de una nueva raza de seres de los cuales nunca se podría oír algo como:

¡Si tienes pensado tocarme el culo, no empieces lo que no puedes acabar! ¡Generalmente antes de joderme me suelen besar!
¡Joderte yo! Antes me la corto…
Y varias lindezas por el estilo.

Que es lo que se están gritando los vecinos de al lado, arruinando completamente el momento poético en el cual me encuentro.

A veces me pregunto por qué me ha dado por escribir poemas, cuando podría escribir relatos soeces a puñados a cuenta de mi vecindad.

Bajaré a tomarme un cerveza mientras estos dos se deciden de una vez a hacer las paces, cosa que no sé si es mejor, total, se van a pasar parte del día aullando en la cama.

Solo es un día más en el edificio en el cual vivo.

Cuando venda mis poemas, esos que no me dejan escribir, y sea rico, lo tendré todo insonorizado, por estas.


Benjamín J. Green



lunes, 19 de enero de 2015

Una noche para recordar




Recuerdos de un sueño.

En ese estado hipnótico mi mente no paraba de pensar y me di cuenta de que
mañana, posiblemente no estuvieras, que lo único que quedaría eran las imaginaciones en manchas de carmín y suaves aromas sobre las arrugadas sábanas. Habrías desaparecido, llevándote contigo los rastros de tu piel, sin dejar siquiera una nota, para no cambiar.

Pero por el presente, tu mirada roza mi alma, sin querer me ahogo en su verde mar y mi cuerpo cuasi vacío, acaba descansando sobre tus labios rojos de coral. Las mareas quieren llevarme de un lado para el otro, pero me resisto a sus embestidas, no quiero dejar tu boca ni su dulce abrazo.

Me gusta cuando tu pelo me acaricia la piel, suaves olas de sensaciones me recorren y me trastornan, llevándome a mundos desconocidos que estoy loco por recorrer y explorar. Sigo la curva de tu cadera con el dedo, mientras te susurro al oído lo que deseo que hagas para mí y lo que puedo llegar a hacer por ti a poco que te prestes.

Tus suspiros me hablan de lugares lejanos bañados por los gemidos de los amantes, te sigo por ellos, encadenado, sometido, expectante y perdido. Amarrado a pesar de mí, a tu placer y a tu voluntad.

Ya no me importa lo que pueda pasar mañana, solo sigo tus andares por la vereda que nos conduce a la dulce locura de los sentidos, a la pérdida o al reencuentro de la vida. Nunca sé muy bien donde acaba una y empieza la otra, debo decir que tampoco me importa mucho, solo tengo sentidos para ti, mientras mi lengua recorre el hueco de tu espalda.

Sudor salado y caliente que reavivan los fuegos de mi imaginación, mi cabeza sobre tu pecho, los pezones duros y erectos al alcance de mi boca, mis manos perdidas en recovecos llenos de promesas y de delicias. Mientras me hablas de los amantes que nunca se encuentran aunque duerman en la misma cama. Me hace gracia, no sé ni cómo te llamas ni de dónde vienes.

Lo recordaré todo de ti, tu mirada excitada y tu respiración agitada en el ascensor, mientras mi mano se perdía bajo tu falda, tu manera de decirme al oído que querías ser amada como fuera, los largos besos húmedos, cuyo recuerdo me atormentaran en mis noches de soledad. Tus manos suaves y firmes llevándome al paroxismo sin dejar de mirarme a los ojos, sonriendo con  tus labios rojos enseñando un poco la punta de tu lengua.

Pegado a tu espalda mientras acaricio tu cuello y tu vientre,  tu cuerpo me  llama y me alienta a seguirle por un pasillo que solo conduce a mi alcoba y a la desnudez de los amantes. No recuerdo como he llegado hasta aquí, no sé porque estás subida encima de mí, solo sé que me olvido, y que siento que podría estar a tu merced hasta el fin de los tiempos.

La hora mágica se está acabando y despertaré, otra vez solo en mi lecho con tu sabor aún en mí boca, me costará creer que solo has sido un sueño. Sábanas impregnadas de recuerdos, perfume sutil flotando en el aire y como siempre, ni tan siquiera esa nota.

Has aparecido con la luna y te has ido con la aurora, desconocida de mis sueños, aquí estaré esperando tu vuelta.


Benjamín J.Green


jueves, 25 de diciembre de 2014

La niña de la nube



Todas las noches soñaba que se balanceaba entre sus padres cogida a sus manos, que la alzaban en sus brazos para besarla y decirle que era la niña más bonita del mundo. En sus sueños jugaba con su perro Flopy en el jardín, mientras su madre cosía sentada debajo de una sombrilla observándola y sonriéndole.

Sueños que se transformaban en pesadillas cuando aparecía en su memoria la fatídica tarde en la que la separaron de sus padres. Entonces se despertaba llorando y sintiéndose muy sola, tenía tantas ganas de abrazar a su mamá para sentir su cariño, que su nube la arropaba y le cantaba una nana, hasta que volvía a dormirse.

La niña de nuestra historia vivía en una nube blanca y desde hacía algún tiempo viajaba por el mundo buscando a sus padres. Ella y su nube surcaban las corrientes de aire preguntándole a todo el mundo si alguien había visto a sus queridos y añorados padres. Les preguntaba a los pájaros que se encontraba en el camino, a las aves migratorias, a los albatros, grandes viajeros, a las águilas y halcones, a los gansos, a las ocas, a otras nubes. En fin a todo aquello que tuviera alas o que volara, y que quisiera escucharla.

También les preguntaba a las altas montañas que traspasaban las nubes, a la lluvia, a los vientos y a tormentas, al rayo y a veces también a la luna. Hacía meses que viajaba y preguntaba sin descanso. Su nube y ella, habían recorrido casi toda la tierra sin que nadie supiera decirle nada de sus padres.

Cierto día mientras sobrevolaba el norte del mundo vio algo que le pareció muy extraño. Era un pequeño grupo de animales con cuernos parecidos a los ciervos de la tierra, aderezados con adornos rojos y dejando una estela de estrellitas diminutas detrás de ellos. La niña comenzó a saltar y a gritar intentando llamar la atención del grupito de ciervos voladores, pero éstos al estar tan lejos no la oyeron siguiendo su camino veloces como el viento.

— Nube, ¿qué podemos hacer para poder hablar con ellos? — Preguntó llorando la desconsolada niña a su amiga—. No me han oído y se han ido.

 No te preocupes niña bonita de mi alma — ¿No sabes que soy una nube de carreras? Éstos se van a enterar de cómo me llamo, ahora verás.

Así lo dijo, así lo hizo.

La nube se lanzó detrás de los ciervos a una velocidad asombrosa mientras sorteaba nubes, vientos, tormentas de rayos, bandadas de pájaros. Con la vista fija en los ciervos a los que poco a poco iba acercándose, hasta que casi los tuvo al alcance de la voz.

La niña no cabía en sí de gozo, sentía que conocía a esos ciervos de algo, pero no lograba recordar de qué. Sólo sabía que era algo muy importante para ella y que estaba relacionado con sus padres. Estaba segura que, de alguna manera, los ciervos sabían dónde podría encontrar por fin a sus padres. Pensaba todo eso mientras perseguían a toda velocidad a los ciervos por los cielos.

Fue una carrera de locos, los ciervos hacían muchos cambios de dirección, además de un sinfín de cabriolas alocadas. Mucho le costó a la nube poder alcanzarlos hasta que lo consiguió por fin.

 ¡Ciervos, ciervos!—  Gritaba la niña— ¡Ciervos, ciervitos! — Pero estos no se daban por aludidos y seguían sin oírle.

 ¡Más rápido, más rápido! — Le suplicó la niña a la nube—. Tenemos que cortarles el paso, por favor corre, corre, corre más.

La nube envolvió aún más a la niña entre sus mullidos brazos y dobló su velocidad decidida a parar, como fuera, a aquellos ciervos sordos y maleducados. Cuando por fin consiguió ponerse delante ellos, lo que no fue nada fácil visto la manera que tenían de correr, la nube frenó tan fuerte que los ciervos que iban a toda velocidad, sorprendidos, quedaron amontonados detrás de ella.

Uno de los ciervos después de desenmarañarse de la melé que la nube había provocado, la increpó:

— ¿Se puede saber que estás haciendo? ¡Casi nos matas a todos! ¿Te parece bonito?— dijo el ciervo enfadado.

— Por favor ciervo no te enfades—  dijo la niña con lágrimas en los ojos—. Sólo quería preguntaros si alguno de vosotros había visto a mis padres.

— ¡Ciervo! No somos ciervos niña, somos  renos de la alta Laponia y nos dirigimos al Polo Norte a recoger a Papa Noel para empezar a repartir los juguetes a los niños de todo el mundo ¿No sabes que ya es Navidad y que todos los niños del mundo tienen derecho a un regalo?

— ¿Entonces yo también tengo derecho a un regalo?—. Preguntó la niña con un nudo en la garganta.

 Claro, como todos los demás. ¿Por qué ibas a ser diferente, niña?

Entonces la niña le contó a los renos su triste historia.

Un día estaba jugando en el jardín de su casa cuando alguien, después de golpearla, se la había llevado del lado de sus padres. Al día siguiente se había despertado subida a esta nube que desde entonces la cuidaba. No había vuelto a ver más a sus padres ni a su perro Flopy y les echaba muchísimo de menos.

Los renos se juntaron para hablar entre ellos, ya que sabían dónde estaban los padres de la niña y necesitaban una estrategia para devolverla a su hogar. La cosa era bastante complicada y debían hacer las cosas bien, si no sería una catástrofe que el día de Navidad esta niña estuviera sola.

Decidieron entonces llevarla con ellos al Polo Norte a ver qué opinaba su jefe del plan que habían urdido, el guardián de los regalos que se llamaba Papa Noel.

La niña nunca había visto tal cantidad de regalos juntos. Había miles en este lugar, montañas de ellos por todas partes, paquetes grandes, pequeños, medianos, rojos, azules, a rayas, a lunares, y de todas las formas posibles e imaginables.

Ella lo miraba todo con la boca abierta de par en par mientras seguía al reno que la guiaba por aquel sitio tan atiborrado, hasta que éste se paró delante de un árbol tan grande que tenía una puerta. El reno volviendo la cabeza le dijo:

— Espera aquí un momento, niña. Voy a ver si está en casa el jefe, ahora vuelvo.

La niña se quedó quieta viendo como el reno abría la puerta y entraba en aquel árbol verde que parecía llegar al cielo. No tuvo que esperar mucho.  Cuando bajó la vista, el reno estaba delante de ella y a su lado un hombre rechoncho, vestido de verde con una larga barba blanca que la miraba sonriente.

— Hola bonita ¿En qué puedo ayudarte?
 
La niña volvió a contar su historia a aquel hombrecillo mientras éste la cogía en brazos y le pellizcaba las mejillas. Cuando hubo acabado la niña se echó a llorar de nuevo, diciéndole que sentía mucha añoranza y ya no sabía dónde buscar a sus padres, que había recorrido el mundo entero sin encontrar nada ni a nadie que supiera algo de ellos.

—Tranquila — le susurró al oído—. Yo sé donde están tus padres y te voy a llevar hasta ellos, esta misma noche sin falta, será como un maravilloso obsequio de Navidad. Lo único que tienes que hacer es dejar que te envuelva como si fueras un regalo. Te prometo que cuando te abran, los que lo hagan, serán tus padres.

La niña se volvió loca de contenta abrazando al viejo y a los renos, sólo lloró un poco al despedirse de su nube. Ésta la había acompañado cuidándola a lo largo de este periplo alrededor del mundo y se habían cogido mucho cariño.

Antes de que pudiera decir más, decenas de elfos se la llevaron a la sala donde se envolvían los paquetes y se pusieron a medirla, a cortar tiras de papel, a pegar, todos al mismo tiempo como si aquello fuera un baile. En un santiamén la niña estaba preparada como si fuera un maravilloso regalo. El hombre de verde le dijo que debía estarse quieta un momento, mientras la llevaba a donde estaban sus padres, no iban a tardar nada.


24 de Diciembre a altas horas de la noche.


En la habitación de un hospital de la ciudad dos padres estaban sentados juntos con sus manos cogidas. Habían decorado la habitación con guirnaldas, flores, globos, renos tirando de su carro lleno de regalos, un pequeño árbol verde de navidad engalanaba un rincón, coronado con una estrella de plata y unos cuantos paquetes en su base. Miraban todo aquello con el corazón encogido, porque en el centro de la sala, en una cama, su hija Isabel de cinco años se debatía entre la vida y la muerte.

Hacía tres semanas que Isabel se había caído jugando y se había golpeado la cabeza muy fuerte contra el suelo. Ahora estaba en aquella cama inconsciente mientras se agarraban el uno al otro desesperadamente, como si así pudieran, de alguna manera, traer a su única hija de vuelta con ellos. Iba a ser la peor Navidad de sus vidas. El único ruido que se escuchaba era el pitido de la máquina que controlaba la respiración de Isabel.

Desde la ventana de aquella habitación podían ver las casas de los alrededores, todas decoradas con algún motivo navideño y las chimeneas apagadas. Toda la ciudad dormía menos ellos, apoyados uno contra otro, miraban a través del cristal, sin ver, con el corazón encogido palpitando en un puño.

— Mamá, papá. ¿Estáis allí? ¡No os veo, ya he vuelto! ¿Dónde estoy?

Los padres que se habían quedado adormilados se despertaron por fin. No era un sueño, su hija estaba despierta y les estaba llamando. Lloraron de felicidad mientras los tres se abrazaban y se besaban. Ésta iba a ser, sin duda, la mejor Navidad de sus vidas.

Un poco más allá, al otro lado del cristal, un hombre vestido de verde, subido a un carro tirado por unos renos, sonreía, guiñó el ojo a la niña mientras se alejaba a repartir los regalos que le quedaban. Pensado que en Navidad los padres también deberían tener su regalo.


* Este cuento está dedicado a todos los padres que por alguna razón tienen que pasar las navidades en los hospitales al lado de sus hijos e hijas con la incertidumbre arraigada en el corazón y el alma perdida.



Benjamín J. Green





domingo, 30 de noviembre de 2014

Como perla, como jade




Desde el lugar en el que me encuentro veo como despierta tu delicado resplandor cuando la luz de la mañana incide sobre tu cuerpo de nácar, siento como en mi pecho de piedra se desboca un corazón que no tengo.

Sé que nunca te fijarás en mí, ni notarás mi mirada oscura y profunda, pero no me importa, sólo con poder observarte a escondidas me conformo mientras sueño.

Eres como la reina de la luz, y brillas como las alas de las hadas de los cuentos, mientras que yo sólo parezco un pedrusco oscuro, que aunque sea caliente nunca será tu amante y compañero.

Engarzada en oro, rodeada de diamantes y esmeraldas, invades mis sueños más locos y desesperados, me veo rodeando tu suave cuerpo con mis brazos mientras bailamos la música de los amores imposibles sobre suelos de mármol veteado, por inmensos salones al raso, bañados por la luz de las titilantes estrellas.

Me paso las noches esperando las mañanas, las mañanas esperando las noches, y son días los que vivo temiendo la llegada de las noches. No sé ni puedo hacer otra cosa que mirarte desde este lugar en el cual estoy fijado, totalmente incapaz de acercarme a ti, por mucho que lo desee.


Desde hace mucho tiempo, sé que me observas desde la distancia, me complace. Cuando te miro, tu color me trae recuerdos de las oscuras aguas donde nací y crecí, las profundas aguas de donde me arrancaron, hace tanto que se me antojan muy escurridizos.

Lo que veo a mí alrededor no me gusta, en realidad me asquea. Ni el oro ni los diamantes que me rodean me llenan, y menos esta exposición sobre el terciopelo negro, siento hastío de tanta admiración. En un vano intento de huir de mi realidad, sólo sueño. Sueño con los cálidos abrazos que tan sólo tú podrías darme. Y perderme por siempre en ellos. Perderme en la profundidad verde cuando me enfrento a tu mirada, es como si volviera a las fosas insondables de mi niñez.

Me cuesta soportar la luz dicroica que hiere mis sensibles ojos, tengo que cerrarlos, y entonces quedo impedida de ver el dolor que existe en los tuyos. Tal vez, si pudiera hacerte olvidar tus penas, pudiese por siempre aliviar las mías.

Los días se suceden sin que nada cambie, es soledad lo que me envuelve en este manto que ni siquiera es mío, pero cuando de soslayo te miro, se mitiga un poco esta sensación de pérdida y olvido. Estamos tan cerca y sin embargo, te noto tan lejos…

Deseo con fuerza que un algo acontecido nos adquiera para ser broche en pecho prendido, y ese sentir que desprende un corazón amante y amado nos envuelva en cálidas sensaciones, entre enamoradas risas y musicales palabras, pueda bailar por fin entre tus brazos, los amores posibles y sentidos pero de otros corazones, porque son delirados con vehemencia en este salón que tantas veces he imaginado.


Hay un lugar más allá de los sueños, donde algunas veces, cuando nadie los observa, se puede sentir como baila una perla de blanco nácar con un trozo de jade verde del color del mar profundo, al son de una música que solo existe en los corazones que no poseen, pero que les lleva por los salones inventados de las ilusiones y las esperanzas que llevan consigo los quiméricos sentires.

Desde hace algún tiempo, detrás de la persiana metálica de una prestigiosa joyería del centro de esta ciudad, sólo los seres sensibles pueden escuchar una extraña música cuando cae la noche, si se acercan en silencio hasta pueden oír las risas y el suave ruido de los pasos que se encajan con la melodía de un amor imposible, ese que vive en unos corazones que no existen, pero si intentan agudizar la vista en la oscuridad, todo se para. Y sólo pueden ver sobre el terciopelo negro, un sencillo broche de jade oscuro que, simulando unos brazos que no abrazan, envuelven con ternura protectora a una sencilla e irisada perla blanca.


Laura y Benjamín


sábado, 8 de noviembre de 2014

HIJO DE YGGDRASIL - Relato a 6º Concurso Arma una historia basada en una imagen



Aún no soy, pero estoy a punto de serlo, siento como las manos de mi padre me transmiten, a través de su piel, el calor y el amor que siente por mí. Soy consciente y, sobre todo, deseo ser. Sé como me llamaré y lo que seré. Mi nombre y el de mi padre, perdurarán siglos en la memoria de los futuros que están por llegar. Sobre mi morarán las criaturas con las cuales llevo soñado tanto tiempo, vivirán sus vidas de acuerdo con el ritmo de mis estaciones y de mis lunas, poblando mis valles, montañas y llanuras mientras me irán vistiendo de sueños y esperanzas.

Ya me parece oír cómo me llaman mis hermanos, esperándome impacientes para que me una a sus bailes eternos en los cielos de los universos, que existen mas allá de los sueños y de los tiempos, o más allá de la comprensión del espacio y del porqué de la existencia. Bulle en mí la impaciencia, después de millones de años esperando ya no aguanto más este confinamiento, aunque esté a salvo y el calor del vientre que me alimenta me reconforta, quiero salir a la luz del nuevo día que se avecina y sentir sobre la piel desnuda las brisas de la vida y los rayos del sol.

Me llamaré Midgard y seré el Reino de los hombres, mi padre el gran Yddgrasil me ha gestado en su vientre desde tiempos inmemoriales, esperando el momento propicio para dejarme ir. Siento que el tan ansiado momento está a punto de llegar y no puedo evitar esa sonrisa que se ha instalado en la comisura de mis labios, mi corazón late desbocado dentro de mi pecho de tierra, fuego y agua, siento que ya falta poco.

Oh, hermanos míos, a vosotros estaré conectado con el Bifrost, ese puente hecho arcoíris, que me permitirá tener acceso al conocimiento de los arcanos y de las runas, me abrazaré a vosotros fundiéndome en vuestro amor eterno.

Helheim, el Reino de los muertos, Svartálfuheim, el Reino de los elfos oscuros,
Niflheim, el Reino de las nieblas y el terror, Jotunheim, el Reino de los gigantes,
Vanaheim, el Reino de los Vanir, Alfheim, el Reino de los elfos de la Luz,
Asgard, el Reino de los Asir, Muspelheim, el mundo primordial de fuego.

Todos ellos nacidos antes que yo, e impacientes por darme la bienvenida. Deseo tanto cruzar el puente de los colores de la vida, saciarme en la fuente que llena el pozo del conocimiento.

Ya conozco las Nornas: Uror dueña de lo que ha sucedido, Veroandi dueña de lo que sucede y Skuld dueña de lo que debería suceder. Éstas viven bajo las raíces de mi padre y es allí donde tejen los tapices de los destinos y riegan las raíces del Yggdrasil con las aguas y la arcilla que provienen del pozo de Urd. Son las conocidas hilanderas que tejen la duración de la vida de los que serán mis futuros súbditos, esos que un día se harán llamar hombres.

Aquellos que en un futuro contarán las historias de los nacimientos de los mundos, cantarán las gestas de los Asir y de los Vanir, intentarán comprender el significado de las runas sagradas, nacerán, vivirán y morirán, sin llegar nunca a entender el verdadero significado de su corta vida, pero lo intentarán con todas sus fuerzas.

Claro que lo que os estoy contando, no son más que los sueños que me visitan a todas horas desde hace mucho tiempo, además ya siento como mi padre se estremece… por fin ha llegado el momento de mi nacimiento.


Benjamín J. Green



sábado, 1 de noviembre de 2014

Cortos al Primer Concurso de Microterror de Sonia Mallorca y Benjamín J. Green - Relato ganador en la categoría Presentación: PLACER SANGRIENTO de Benjamín J. Green







PLACER SANGRIENTO


Oigo los gritos de la gente, veo como corre la sangre y un escalofrió de placer recorre mi cuerpo, en casa me masturbaré frenéticamente mientras rememoro las imágenes.

Hoy le ha tocado al pasamanos de madera del metro, se ha llenado de sangre enseguida, casi me corro allí mismo.

Ahora necesito encontrar un tobogán de esos antiguos donde poder insertar mis cuchillas de afeitar, esta vez me llevaré una cámara para poder filmar como se rajan las piernas los niños que se tiren por él.

Sé que detrás de tu casa hay uno de esos, mañana estaré por ahí.


SOLO


Algo pasa, tengo la impresión de que no estoy solo mientras escribo, ya van dos veces que me parece ver una sombra por el rabillo del ojo.

Siento frio, sin embargo todo está cerrado.

Juro que a veces hay algo que pasa rozándome, tengo hasta miedo de apagar la luz,  me ha parecido ver brillar unos ojos en la oscuridad de mi habitación.

Esta mañana no pude abrir la puerta de la calle, hace días que no duermo y en mi cama hay alguien tirado, inmóvil.

Hoy a su lado hay una mujer de negro mirándome.

Estoy solo… tengo miedo


Autor: Benjamín J. Green


                                                        *****



PERFORMANCE


La rata indiferente a mi presencia se dedica tranquilamente a lo suyo, que es hincarle el diente al dedo pequeño de mi pie derecho, mientras una de sus hermanas ya se está cebando con lo que queda del izquierdo.

Esta anestesia que me inyectan cada dos horas es increíble, no siento nada y como estoy amarrada a una cama sin posibilidad de moverme, como todos, contemplo el espectáculo.

La sangre que empapa las sabanas atrae a más ratas negras y veo como la más grande se va acercando al ojo que me queda, hasta parece sonreír, mientras me lo arranca.


MALDITA


Hace unas semanas, he participado en una sesión de espiritismo y una tarde al ir a aparcar mi moto en el garaje, en mi sitio había un tipo siniestro que no se quería apartar, me bajé de la moto mosqueada a punto de decirle cuatro cosas, cuando me habló:
— Hola Sonia, ya llevo una hora esperándote.

— ¿Y tú quién eres? — Le espeté de mal humor.

— Al que has llamado hace algún tiempo, soy el diablo y siempre que estés sola te visitaré.

Hasta me casé para no estar nunca sola, en vano.

Maldita, pienso mientras me disparo.


Autora: Sonia Mallorca