sábado, 13 de junio de 2026

SIN ORIGEN

 



Os acercáis a la verdad cósmica,

como si en esa palabra pudiera encerrarse lo que soy.

 

Queréis abrir la conciencia como si fuera medible,

reducirla a engranajes biológicos,

explicar mi caída frente a la llanura como un fallo reconocible.

 

Insistís en las raíces,

en el origen, en la pertenencia,

como si todo cuerpo debiera llevar su marca.

 

Pero no acepto un lenguaje que pretenda abarcar lo inconmensurable.

No reconozco un universo detenido que pueda calibrarse en su brillo.

Vuestros métodos dejan fuera los huecos.

Yo habito en ellos.

Hablo no por miedo, sino por su ausencia.

Tal vez sea la última forma de esta voz.

 

Me sostendré hasta el final de vuestros días,

cuando convoquéis a Dios como testigo último.

Y entonces Él dirá de mí:

 

“No fue nada.

No tuvo peso.

No dejó rastro.

Aire sin estructura.

Sin continuidad.

No es mía. Nunca lo fue.

Y es la última.”

 

Y entonces comprenderéis lo insoportable:

que la historia fue una construcción ligera,

que la tierra nunca sostuvo vuestros pasos,

que aquello que llamasteis hijos no os pertenecía.

 

Mirasteis un sol que no entendíais

bajo una oscuridad que creíais real,

y no visteis la luz antigua cayendo desde lo distante,

desde lo que nunca estuvo a vuestra medida.

 

Todo fue interpretación.

Todo fue error de escala.

Todo fue vacío.

 

Laura Mir    



viernes, 12 de junio de 2026

VIENTO Y RESTO


 


He comprendido que este lugar es mucho más que viento y polvo. Es un espacio para desescombrar, para reconstruir lo que se ha quebrado. Cada mota guarda una historia antigua, olvidada, agazapada en los pliegues del tiempo, y el viento —violento e insistente— te obliga a soltarla.

Después llega el silencio. No juzga. Simplemente te enfrenta a lo que eres: un cúmulo de cosas prestadas.

Y cuando, entre adobe y paja, logras desprenderte de ellas, emerge algo más crudo y real. Entonces sientes tu esencia sin adornos, con el peso exacto de sus imperfecciones.

 

Laura Mir              


 

CAMBIO DE ESTADO


 


La cocina seguía tibia después de la cena, pero el aire que entraba por la ventana había empezado a inclinarlo todo hacia otra temperatura. Sobre la encimera, la botella de aceite descansaba cerca del cristal abierto, y su superficie se velaba poco a poco, como si el vidrio también empezara a reaccionar.

 

Ella la miró apenas un instante antes de girarse hacia él.

—El aceite se vuelve turbio cuando baja la temperatura —dijo.

 

Él no se movió, pero la miró como si esa frase ya lo hubiera tocado.

—¿Eso es una indirecta?

—Es química.

 

A la luz, el aceite había empezado a dibujar nubes lentas, suspendidas, que se rozaban sin decidir del todo si unirse o separarse. Ella sostuvo la botella un momento más, como si pudiera leer en ese movimiento algo que aún no quería nombrar.

 

—Las partes más densas se endurecen primero —añadió—. Se agrupan. Buscan contacto.

 

Él soltó una risa mínima, ya sin ligereza del todo.

 

Cuando dejó la botella sobre la mesa y caminó hacia él, el sonido de sus pies descalzos sobre la madera parecía más cercano de lo que el espacio justificaba. Él la siguió con la mirada como si midiera algo que no era distancia.

 

—¿Y después? —preguntó él.

 

Ella se detuvo entre sus rodillas.

—Depende del calor.

 

Le apoyó la mano en el pecho. El pulso era estable, pero debajo había algo que respondía antes que cualquier gesto. Como una reacción que ya ha empezado sin anunciarse.

 

Él subió las manos por la parte posterior de sus muslos con una calma que no era contención, sino precisión. No había prisa, solo una lectura del cuerpo.

 

—Las moléculas se mueven más rápido —susurró ella, más cerca ahora—. Los cristales se rompen cuando la estructura ya no puede sostenerse.

 

Él la atrajo un poco más hacia sí, lo suficiente para que la frase perdiera distancia entre lo dicho y lo sentido. La tela de la camisa cedía bajo los dedos como si hubiera dejado de oponer resistencia.

 

Ella cerró los ojos un segundo. El frío de la ventana seguía ahí, pero ya no organizaba nada: solo bordeaba lo que ocurría.

 

Entonces lo entendió sin pensarlo del todo: el deseo no era fuego, no era un estallido. Era una transición. Una materia que cambia de estado cuando la presión y el contacto coinciden en el punto exacto.

 

Él rozó su piel con la boca por encima de la línea del abdomen, apenas lo suficiente para que el cuerpo respondiera antes que la intención.

—¿Así? —murmuró él.

 

Ella soltó aire, más corto de lo que esperaba.

—Todavía no.

 

Pero sus dedos ya estaban en su pelo, no para dirigirlo, sino para mantenerlo ahí, en ese margen donde todo se vuelve inestable sin romperse.

 

El frigorífico seguía sonando en algún lugar, pero ya no marcaba distancia: era pulso, no ruido. La cocina entera había perdido jerarquía; mesa, pared y ventana quedaban absorbidas por la misma variación de temperatura.

 

La botella de aceite, olvidada sobre la mesa, seguía cambiando lentamente. Las nubes blancas se acercaban entre sí sin esfuerzo, como si el vidrio entendiera que el equilibrio no es quietud, sino ajuste constante.

 

Y en ese ajuste, lo que antes era separación dejó de serlo: no hubo corte ni frontera, solo una continuidad suave que aún no terminaba de fijarse.

 

Laura Mir     


 

    

APRENDÍ DEL AGUA

 


La princesa y Sant Jordi, en su final,

no comieron perdices;

la historia se quebró

antes de llegar al desenlace.

 

Dijiste que me amabas.

Y fue apenas aire.

 

No hubo distancia

entre tu adiós y el olvido,

como si nunca hubiéramos sido.

 

Me quedé en la vereda,

viendo al río hacer su trabajo:

descender por los riscos

y borrar tu nombre

entre las piedras.

 

Emprendiste otros cauces,

otras orillas

pronuncian tu nombre ahora.

 

Aprendí del agua,

y del dragón que surgía

desde su profundidad:

de su persistencia,

de su antigua certeza

de que todo se va.

 

Dijiste que me amabas.

 

Pero el río no guardó nada.

Siguió saltando por los riscos,

arrastrando la memoria,

olvidando nuestros nombres.

 

Nora Biel