La
princesa y Sant Jordi, en su final,
no
comieron perdices;
la
historia se quebró
antes
de llegar al desenlace.
Dijiste
que me amabas.
Y
fue apenas aire.
No
hubo distancia
entre
tu adiós y el olvido,
como
si nunca hubiéramos sido.
Me
quedé en la vereda,
viendo
al río hacer su trabajo:
descender
por los riscos
y
borrar tu nombre
entre
las piedras.
Emprendiste
otros cauces,
otras
orillas
pronuncian
tu nombre ahora.
Aprendí
del agua,
y
del dragón que surgía
desde
su profundidad:
de
su persistencia,
de
su antigua certeza
de
que todo se va.
Dijiste
que me amabas.
Pero
el río no guardó nada.
Siguió
saltando por los riscos,
arrastrando
la memoria,
olvidando
nuestros nombres.
Nora
Biel

Lo que más me ha llegado del poema es que no percibo el dolor como una protesta o un reproche, sino como la aceptación de algo inevitable. El río parece simbolizar precisamente eso: un movimiento que no puede detenerse. Aunque hay tristeza por la pérdida, también percibo la comprensión de que la marcha forma parte de la naturaleza de las cosas.
ResponderEliminarPor eso el final me resulta tan potente. No encuentro resistencia ni búsqueda de consuelo, sino la constatación serena de que el agua sigue su curso y acaba llevándose incluso los nombres. Me ha parecido una imagen muy hermosa y muy humana.
Gracias por traerlo.
Un abrazo.