Os
acercáis a la verdad cósmica,
como
si en esa palabra pudiera encerrarse lo que soy.
Queréis
abrir la conciencia como si fuera medible,
reducirla
a engranajes biológicos,
explicar
mi caída frente a la llanura como un fallo reconocible.
Insistís
en las raíces,
en
el origen, en la pertenencia,
como
si todo cuerpo debiera llevar su marca.
Pero
no acepto un lenguaje que pretenda abarcar lo inconmensurable.
No
reconozco un universo detenido que pueda calibrarse en su brillo.
Vuestros
métodos dejan fuera los huecos.
Yo
habito en ellos.
Hablo
no por miedo, sino por su ausencia.
Tal
vez sea la última forma de esta voz.
Me
sostendré hasta el final de vuestros días,
cuando
convoquéis a Dios como testigo último.
Y
entonces Él dirá de mí:
“No
fue nada.
No
tuvo peso.
No
dejó rastro.
Aire
sin estructura.
Sin
continuidad.
No
es mía. Nunca lo fue.
Y
es la última.”
Y
entonces comprenderéis lo insoportable:
que
la historia fue una construcción ligera,
que
la tierra nunca sostuvo vuestros pasos,
que
aquello que llamasteis hijos no os pertenecía.
Mirasteis
un sol que no entendíais
bajo
una oscuridad que creíais real,
y
no visteis la luz antigua cayendo desde lo distante,
desde
lo que nunca estuvo a vuestra medida.
Todo
fue interpretación.
Todo
fue error de escala.
Todo
fue vacío.
Laura Mir

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