He
comprendido que este lugar es mucho más que viento y polvo. Es un espacio para
desescombrar, para reconstruir lo que se ha quebrado. Cada mota guarda una
historia antigua, olvidada, agazapada en los pliegues del tiempo, y el viento
—violento e insistente— te obliga a soltarla.
Después
llega el silencio. No juzga. Simplemente te enfrenta a lo que eres: un cúmulo
de cosas prestadas.
Y
cuando, entre adobe y paja, logras desprenderte de ellas, emerge algo más crudo
y real. Entonces sientes tu esencia sin adornos, con el peso exacto de sus
imperfecciones.
Laura Mir

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