miércoles, 23 de septiembre de 2026

AGUJERO GORDO, CAUDILLO DELGADO

 



A veces uno se desgasta entero por quien no aparece ni entero ni a medias cuando más lo necesitas.

 

Te pones en los zapatos del otro con tanta entrega que terminas caminando por sendas polvorientas, vacío y descalzo. Te rompes intentando entender, sostener, estar. Das lo que no te dieron. Explicas hasta la saciedad lo que nunca te explicaron. Aguantas un poco, un poco más y luego, otro poco…

 

Pero cuando tú estás mal, esa persona no está.

Y si está, es leve liviandad.

No llega.

No llama.

No pregunta.

 

Y cansa.

Cansa ser siempre el que entiende,

el que espera,

el que justifica,

el que se queda.

 

Entonces recuerdo al zapatero del pueblo —ese que sabía de piel gastada y suelas vencidas— y su frase dicha sin dramatismo:

 

—“Agujero gordo, caudillo delgado.”

 

Mucho ruido.

Poca sustancia.

 

No hablo de zapatos.

Ni de política.

Ni de lo jodido que está el mundo.

Hablo del cansancio de entregarse a fondo por quien no tiene fondo para ti.

 

Porque hay ausencias que pesan más que cualquier presencia.

Y llega un momento —sin rabia, sin drama— en que uno se agota.

 

Cuando uno se agota, aprende.

Aprende que también puede soltar.

Que no todo se sostiene.

Que no todo merece quedarse.

 

Y que a veces irse no es rendirse…

 

es simple respirar.

 

 

 

Laura Mir            ´


                                                                      


OTRO MUNDO

 




 

Es el mismo mundo, pero ya no existo en él.

 

¿Qué me ha hecho cambiar?

 

Quizá el angioedema.

 

Pero no por el dolor.

 

Ni por el miedo.

 

Ni siquiera por esa sensación de no saber si vas a volver a respirar.

 

Fue otra cosa.

 

Fue mirarme al espejo y no reconocerme.

 

Ver mi cara inmóvil.

 

Esperar un gesto que no llegaba.

 

Intentar sonreír y encontrarme con una desconocida al otro lado del cristal.

 

Y quizá fue ahí, precisamente ahí, cuando empecé a ver la realidad.

 

Porque cuando tu cuerpo se detiene, hay cosas que ya no puedes seguir corriendo.

 

Te paras.

 

Y ves.

 

Ves la inutilidad del que vive encerrado en una obsesión aniquiladora y no tiene ojos para nada más.

 

Al que llega y no saluda.

 

Al que se va y no se despide.

 

Al que te deja con la palabra en la boca.

 

Al que te escucha sin escucharte.

 

Al que consigue hacerte sentir que molestas cuando eres tú quien siempre está.

 

Y entonces te preguntas:

 

¿Cómo no lo había visto antes?

 

Pero sí lo habías visto.

 

Solo que antes encontrabas excusas.

 

Ahora ya no.

 

Y no, no te has vuelto más susceptible.

 

Te has vuelto consciente.

 

Y qué difícil es eso.

 

Porque la consciencia no siempre libera.

 

A veces pesa.

 

Pesa muchísimo.

 

Te hace mirar de frente cosas que antes podías esquivar.

 

Te hace reconocer ausencias.

 

Desintereses.

 

Distancias.

 

Pequeñas crueldades que antes llamabas despistes para poder seguir amando igual.

 

Y un día te das cuenta de que no ha cambiado nadie.

 

Has cambiado tú.

 

Sigues en el mismo pueblo.

 

En la misma mesa.

 

Con las mismas personas.

 

En los mismos lugares.

 

Pero ya no estás en la misma frecuencia.

 

Algo dentro de ti giró.

 

Y cuando algo gira así, ya no vuelve exactamente a su sitio.

 

Puedes quedarte.

 

Puedes sonreír.

 

Puedes seguir hablando.

 

Puedes hacer como si nada.

 

Pero ya sabes.

 

Y ese es el verdadero problema.

 

Que una vez que ves, ya no puedes dejar de ver.

 

Quieres huir de lo que has entendido, pero no puedes, es imposible huir de ti.

 

Así que te quedas ahí.

 

Atrapada entre lo que ahora sabes

 

y lo poco que puedes cambiar.

 

Quizá eso sea crecer.

 

Descubrir que algunas personas no son quienes creías.

 

Descubrir que no todo el mundo siente con la misma profundidad con la que tú sientes.

 

Descubrir que estar para todos no significa que todos vayan a estar para ti.

 

Y, sobre todo, descubrir que también tú tienes un límite.

 

El mío llegó cuando dejé de reconocerme en el espejo.

 

Desde entonces, quizá sigo viviendo en el mismo mundo.

 

Pero ya no soy la misma persona que lo habitaba.

 

El mundo no cambió.

 

Cambió mi forma de mirarlo.

 

Y ahora lo veo todo.

 

Incluso aquello que hubiera preferido no ver.

 

Y en el proceso no solo muere tu gato, como en realidad ha sucedido, y han tenido que enterrarlo en el patio porque tú no estabas.

 

También mueren las personas que amas y las entierras junto al gato, aunque sigan respirando.

 

 

Laura Mir           


                                                          

domingo, 21 de junio de 2026

AUNQUE CREA QUE VUELA

 



 

Ella llevaba años intentando explicarle las cosas.

 

No porque creyera tener siempre la razón, sino porque veía ciertos patrones antes de que fueran evidentes para los demás. Compartía ideas, observaciones, intuiciones. Las exponía con paciencia. Pero cada vez ocurría lo mismo: él las discutía, las cuestionaba, las rechazaba. Siempre había un pero, una objeción, una razón por la que aquello no podía ser así.

 

Y ella terminaba cansándose.

 

Lo más extraño llegaba después. Días o meses más tarde, aquellas mismas ideas aparecían repetidas en algún canal ajeno, en boca de alguien que vivía de captar atención, alimentar debates interminables y mantener entretenidos a quienes todavía creían estar descubriendo algo novedoso. Entonces él las compartía, las celebraba o las daba por válidas.

 

Las mismas ideas.

 

Las mismas palabras.

 

Las mismas conclusiones.

 

Solo que, cuando venían de ella, parecían no tener valor.

 

No era una cuestión de reconocimiento. Nunca lo fue. Era la sensación de hablar con alguien que necesitaba que las cosas llegaran desde fuera para poder verlas. Como si la verdad dependiera de quién la pronunciara y no de lo que contenía.

 

Después de años observando el mismo ciclo, ella decidió marcharse.

 

No por enfado.

 

Por agotamiento.

 

Porque llega un momento en que explicar una y otra vez lo mismo deja de ser comunicación y se convierte en desgaste. Y porque algunas personas ven las señales antes de tiempo, pero no pueden obligar a nadie a mirarlas.

 

A veces la distancia no nace de una discusión.

 

Nace de comprobar, durante demasiado tiempo, que te escuchan solo cuando otra voz repite lo que tú ya habías dicho.

 

Y comprendió algo más.

 

Hay prisiones que no parecen prisiones.

 

Están hechas de ideas demasiado herméticas, de certezas que no dejan entrar la duda ni la luz.

 

Desde dentro se confunden con la libertad.

 

Pero no lo son.

 

Son cárceles invisibles construidas con dogmas, relatos y verdades incuestionables.

 

Ofrecen la tranquilidad de creer que ya se poseen todas las respuestas y evitan la incomodidad de cuestionarse a uno mismo.

 

Y quizá por eso resultan tan difíciles de abandonar.

 

Porque una mente que no puede cuestionar sus propios barrotes sigue estando encerrada, aunque crea que vuela.

 

Y llega un día en que dejas de intentar abrir la puerta de la jaula de otro.

 

No porque no puedas.

 

Sino porque entiendes que hay vuelos que cada uno debe decidir por sí mismo.

 

Porque la libertad no se impone, se elige.

 

Y hay quien pasa la vida mirando hacia fuera desde los barrotes, mientras otros, aun con miedo, extienden las alas y se atreven a volar.

 

Ella eligió volar.

 


Laura Mir



sábado, 13 de junio de 2026

VELETAS SIN VIENTO


 


soy del campo,

del que se vacía.

 

sin ruido,

sin escándalo.

 

las espigas flacas

como desfallecidas.

 

los pueblos olvidan

su nombre.

 

persianas cerradas

a plena luz del día.

 

las plazas hablan solas,

en sombra y herida.

 

la tierra nos nombra,

la tierra nos llama.

nadie responde.

 

pizarra fría,

tiza quieta,

aulas vacías.

 

veletas sin viento.

 

¿quedó alguien?

 

solo el eco

bordeando el silencio.

 

y uno permanece

como entre nieblas.

 

y aun así:

 

una puerta abierta.

polvo en movimiento.

 

algo respira

donde no debería.

 

y entonces,

algarabía,

vuelven al pueblo.

vuelven.

 

Laura Mir             


                                           

SIN ORIGEN

 



Os acercáis a la verdad cósmica,

como si en esa palabra pudiera encerrarse lo que soy.

 

Queréis abrir la conciencia como si fuera medible,

reducirla a engranajes biológicos,

explicar mi caída frente a la llanura como un fallo reconocible.

 

Insistís en las raíces,

en el origen, en la pertenencia,

como si todo cuerpo debiera llevar su marca.

 

Pero no acepto un lenguaje que pretenda abarcar lo inconmensurable.

No reconozco un universo detenido que pueda calibrarse en su brillo.

Vuestros métodos dejan fuera los huecos.

Yo habito en ellos.

Hablo no por miedo, sino por su ausencia.

Tal vez sea la última forma de esta voz.

 

Me sostendré hasta el final de vuestros días,

cuando convoquéis a Dios como testigo último.

Y entonces Él dirá de mí:

 

“No fue nada.

No tuvo peso.

No dejó rastro.

Aire sin estructura.

Sin continuidad.

No es mía. Nunca lo fue.

Y es la última.”

 

Y entonces comprenderéis lo insoportable:

que la historia fue una construcción ligera,

que la tierra nunca sostuvo vuestros pasos,

que aquello que llamasteis hijos no os pertenecía.

 

Mirasteis un sol que no entendíais

bajo una oscuridad que creíais real,

y no visteis la luz antigua cayendo desde lo distante,

desde lo que nunca estuvo a vuestra medida.

 

Todo fue interpretación.

Todo fue error de escala.

Todo fue vacío.

 

Laura Mir    



viernes, 12 de junio de 2026

VIENTO Y RESTO


 


He comprendido que este lugar es mucho más que viento y polvo. Es un espacio para desescombrar, para reconstruir lo que se ha quebrado. Cada mota guarda una historia antigua, olvidada, agazapada en los pliegues del tiempo, y el viento —violento e insistente— te obliga a soltarla.

Después llega el silencio. No juzga. Simplemente te enfrenta a lo que eres: un cúmulo de cosas prestadas.

Y cuando, entre adobe y paja, logras desprenderte de ellas, emerge algo más crudo y real. Entonces sientes tu esencia sin adornos, con el peso exacto de sus imperfecciones.

 

Laura Mir              


 

CAMBIO DE ESTADO


 


La cocina seguía tibia después de la cena, pero el aire que entraba por la ventana había empezado a inclinarlo todo hacia otra temperatura. Sobre la encimera, la botella de aceite descansaba cerca del cristal abierto, y su superficie se velaba poco a poco, como si el vidrio también empezara a reaccionar.

 

Ella la miró apenas un instante antes de girarse hacia él.

—El aceite se vuelve turbio cuando baja la temperatura —dijo.

 

Él no se movió, pero la miró como si esa frase ya lo hubiera tocado.

—¿Eso es una indirecta?

—Es química.

 

A la luz, el aceite había empezado a dibujar nubes lentas, suspendidas, que se rozaban sin decidir del todo si unirse o separarse. Ella sostuvo la botella un momento más, como si pudiera leer en ese movimiento algo que aún no quería nombrar.

 

—Las partes más densas se endurecen primero —añadió—. Se agrupan. Buscan contacto.

 

Él soltó una risa mínima, ya sin ligereza del todo.

 

Cuando dejó la botella sobre la mesa y caminó hacia él, el sonido de sus pies descalzos sobre la madera parecía más cercano de lo que el espacio justificaba. Él la siguió con la mirada como si midiera algo que no era distancia.

 

—¿Y después? —preguntó él.

 

Ella se detuvo entre sus rodillas.

—Depende del calor.

 

Le apoyó la mano en el pecho. El pulso era estable, pero debajo había algo que respondía antes que cualquier gesto. Como una reacción que ya ha empezado sin anunciarse.

 

Él subió las manos por la parte posterior de sus muslos con una calma que no era contención, sino precisión. No había prisa, solo una lectura del cuerpo.

 

—Las moléculas se mueven más rápido —susurró ella, más cerca ahora—. Los cristales se rompen cuando la estructura ya no puede sostenerse.

 

Él la atrajo un poco más hacia sí, lo suficiente para que la frase perdiera distancia entre lo dicho y lo sentido. La tela de la camisa cedía bajo los dedos como si hubiera dejado de oponer resistencia.

 

Ella cerró los ojos un segundo. El frío de la ventana seguía ahí, pero ya no organizaba nada: solo bordeaba lo que ocurría.

 

Entonces lo entendió sin pensarlo del todo: el deseo no era fuego, no era un estallido. Era una transición. Una materia que cambia de estado cuando la presión y el contacto coinciden en el punto exacto.

 

Él rozó su piel con la boca por encima de la línea del abdomen, apenas lo suficiente para que el cuerpo respondiera antes que la intención.

—¿Así? —murmuró él.

 

Ella soltó aire, más corto de lo que esperaba.

—Todavía no.

 

Pero sus dedos ya estaban en su pelo, no para dirigirlo, sino para mantenerlo ahí, en ese margen donde todo se vuelve inestable sin romperse.

 

El frigorífico seguía sonando en algún lugar, pero ya no marcaba distancia: era pulso, no ruido. La cocina entera había perdido jerarquía; mesa, pared y ventana quedaban absorbidas por la misma variación de temperatura.

 

La botella de aceite, olvidada sobre la mesa, seguía cambiando lentamente. Las nubes blancas se acercaban entre sí sin esfuerzo, como si el vidrio entendiera que el equilibrio no es quietud, sino ajuste constante.

 

Y en ese ajuste, lo que antes era separación dejó de serlo: no hubo corte ni frontera, solo una continuidad suave que aún no terminaba de fijarse.

 

Laura Mir