La
pandemia y su circo no rompieron a todo el mundo por igual. A la mayoría nos
doblaron el espinazo, sí, pero a los que ya caminaban por el borde los
despeñaron por el acantilado.
Antes
de 2020 ya había un ejército de fantasmas sosteniéndose con hilos de coser: la
cuenta en números rojos, la cabeza hecha un trapo, la soledad pegada a la piel
como mugre. Gente que hacía un esfuerzo brutal solo para parecer humana:
ducharse, bajar la basura, disimular ante el vecino para que no se notara que
por dentro ya estaban en ruinas.
Vivían
en un equilibrio miserable, pero vivían.
Y
de golpe les dimos el espaldarazo oficial a sus peores demonios. Les dijimos:
tenías razón. El mundo exterior es peligroso. La gente contamina. Enciérrate.
Al
agorafóbico le regalamos la confirmación de su paranoia.
Al
que acumulaba compulsivamente, la coartada perfecta para pudrirse entre basura
sin dar explicaciones.
Al
depresivo, la rendición disfrazada de civismo.
Al
hipocondríaco le entregamos patente de corso: su pánico neurótico, que antes
podía parecer desproporcionado a los demás, se convirtió de la noche a la
mañana en el estándar de conducta. Lo dejamos atrapado en un bucle donde cada
tos ajena era una sentencia y cada inyección que se demora, una condena.
Al
conspiranoico le dimos gasolina de 98 octanos. La torpeza, las contradicciones
y el secretismo de la gestión oficial le redactaron el guion de su vida: una
tribu, una coartada y la fantasía narcisista de ser el único «despierto» en un
mundo de ovejas.
Elevamos
el síntoma a decreto ley.
Lo
patológico pasó a ser lo patriótico.
El
problema vino cuando se acabó el miedo oficial y abrimos las jaulas. Pensamos
que la gente saldría corriendo a celebrar, como si dos años de aislamiento
congelaran el alma en vez de pudrirla.
Pero
es que sin testigos no hay vergüenza.
Y
sin vergüenza, la mierda se vuelve paisaje.
Cuando
nadie entra en tu casa, dejas de fregar. Cuando nadie te mira, dejas de
vestirte. Cuando nadie te habla, se te olvida cómo articular palabra.
Lo
insano no solo se vuelve cotidiano: se vuelve cómodo.
Se
convierte en una madriguera caliente de la que da pánico salir.
Aquel
circo no inventó la locura ni la soledad. Solo les puso un candado por fuera.
Y
lo más vil no fue el encierro, sino lo que hicimos después: tiramos la llave,
nos fuimos de cañas a celebrar la «nueva normalidad» y nos convencimos de que
los que se quedaron dentro estaban a salvo.
¿A
salvo de qué?
¿Del
virus?
Menudo
negocio.
Mientras
tanto, a los vulnerables se los comía la podredumbre.
Los
daños de verdad no salen en los telediarios. No se cuentan en camas de UCI. Se
cuentan en coches acumulando polvo en el garaje hasta que se les pudren las
ruedas. En persianas que llevan años bajadas. En comida a domicilio encargada
de madrugada para no cruzar la mirada con el repartidor. En móviles que
terminan muriéndose en un cajón porque nadie llama y porque el de dentro ya
tampoco tiene agallas para responder.
La
realidad es indignante y brutal: nos dimos la vuelta, seguimos con nuestra vida
y dejamos a los más lisiados tirados en su oscuridad.
Y
lo peor no es que se quedaran dentro.
Lo
peor es que nos importó un carajo.
Laura Mir






