viernes, 27 de marzo de 2026

LA IRREGULARIDAD


 


Cuando un frasco desafía las normas del Archivo de las Vidas Olvidadas


El gran edificio del Archivo de las Vidas Olvidadas carecía de ventanas.

Mateo siempre pensó que era mejor así. Estaba convencido de que la luz del sol alteraría los frascos y, con ellos, las vidas contenidas.

Su trabajo, el de siempre, era sencillo: catalogar, clasificar y almacenar hasta la siguiente oportunidad de reencarnar.

Cada vida se encapsulaba en vidrio al momento de la muerte física, sellada con cera negra y etiquetada con caligrafía precisa.

Había vidas alegres y tristes, ligeras y pesadas. Mejores y peores. Pero todas compartían una misma característica: eran ignorantes.

Mateo nunca las leía por completo. No era norma escrita, pero sí respetada. Abrir un frasco significaba exponerse a una existencia entera: decisiones, errores, momentos de claridad, sufrimiento… y autoengaños. Eso dejaba residuos.




A veces bastaba con sostenerlos.
Algunos latían débilmente, como si aún no aceptaran su final. Otros eran fríos, opacos, resignados. Algunos pesaban más de lo que su tamaño sugería, cargados de culpas o de preguntas vitales nunca resueltas.

Mateo los clasificaba con precisión impecable:

  • Estante 3-B: vidas interrumpidas.
  • Estante 7-F: vidas largas, insatisfechas.
  • Archivo Profundo: vidas que suplicaban no volver.

Eran estas últimas las que más le inquietaban. Algunas mostraban grietas internas, como si algo dentro se negara a permanecer contenido. Mateo había visto uno vibrar durante días antes de ser retirado por los supervisores. Nunca volvió a aparecer.




Una noche —si podía llamarse así en un lugar sin ventanas— Mateo encontró un frasco sin etiqueta.

Estaba fuera de lugar, sobre su mesa, como si alguien lo hubiera dejado allí. Consultó los registros: no figuraba en ellos. Buscó en los estantes, por si hubiera un hueco, y tampoco.

Y, sin embargo, le resultaba inquietantemente familiar.

Lo sostuvo con cuidado. No estaba frío, ni caliente, ni siquiera tibio. Estaba…

Dudó. Por primera vez desde que empezó, las normas no bastaban para explicarlo todo. Miró a su alrededor —pasillos infinitos, silencio intacto— y acercó el frasco a la luz tenue de su lámpara.

Dentro, algo se movió. No como un recuerdo, sino como un reconocimiento.

Apartó la mirada de inmediato, pero ya era tarde. Había entendido algo: no todas las vidas eran ignorantes. Algunas habían aprendido con el transcurrir de los milenios.

El frasco vibró apenas, como si hubiera esperado ese instante exacto. Mateo no lo abrió. No hizo falta.

El reconocimiento no vino en imágenes, sino como una certeza incómodamente íntima: alguna vez había estado al otro lado del vidrio, reducido, contenido, clasificado, etiquetado y archivado.




Retrocedió un paso. Por primera vez, el archivo —con sus estantes perfectos y su silencio disciplinado— le pareció menos un lugar de resguardo y más una estructura de contención.
No para las vidas, sino para lo que esas vidas podían llegar a comprender.

Miró el frasco otra vez. Ahora sí cambiaba.
Una línea finísima recorría su superficie, como una grieta que no terminaba de formarse. No era una fractura física. Era otra cosa: algo interno, algo que no debería manifestarse en un objeto sellado.

Pensó en el Archivo Profundo, en las vidas que suplicaban no volver, en los frascos retirados que nunca se volvían a ver.

Y la pregunta apareció completa:

¿A dónde iban realmente?




Un sonido leve —casi imperceptible— rompió la quietud.

Pasos.
No humanos exactamente. Uniformes, sincronizados. Los Supervisores.

Mateo no tenía tiempo. Actuó sin pensar —o quizá por primera vez pensando con total claridad— y ocultó el frasco entre los pliegues de su bata. El vidrio no hizo ruido. Se acomodó como si supiera que debía permanecer oculto.

Los pasos se detuvieron justo detrás de él.

—Fernández, Mateo Fernández.

La voz no venía de una garganta, sino del espacio mismo.

—Hemos detectado una irregularidad en tu sección.

Mateo no se giró de inmediato. Sintió el peso del frasco contra su pecho. Ya no era neutro. Ahora latía.

—Estoy revisándolo —respondió con voz firme.

Silencio. Un silencio que observaba.

—Uno de los frascos no figura en los registros —dijo la voz—. Y, sin embargo, existe.

Mateo no respondió.

El frasco latió. Fue leve, pero suficiente.

Las siluetas se ajustaron al unísono, como si algo acabara de confirmarse.

—¿Lo llevas contigo?

Mateo apretó apenas la bata. Y de golpe entendió: no como una revelación, sino como una acumulación de pensamientos que por fin tomaban forma.

El Archivo no reaccionaba a lo que se hacía. Reaccionaba a lo que se comprendía.
Y él ya había cruzado esa frontera.




El frasco vibró otra vez. Bajó la mirada. Podía entregarlo. Siempre podía hacer lo que se esperaba de él, si uno no pensaba demasiado.
Sus dedos rozaron el vidrio a través de la tela y se detuvieron. No por duda, sino por reconocimiento.

Entonces llegó la pregunta, imposible de ignorar:

¿Cuántas veces has obedecido ya?

Mateo cerró los ojos. Dejó de ver vidas. Vio gestos esperados, repetidos, precisos, aceptados. Para seguir clasificando, sellando, ordenando, reduciendo.

Abrió los ojos. Las siluetas no avanzaron. Tampoco retrocedieron. Por un instante, parecieron suspendidas en una decisión que no terminaba de ejecutarse.

—Irregularidad en aumento —dijo la voz, pero ya no sonaba igual.

Mateo mantuvo la mano sobre el frasco, oculto bajo la tela. No lo soltó. Tampoco lo entregó.

El latido del frasco no desapareció; se estabilizó, se alineó con el de él. El cambio fue casi imperceptible, pero suficiente para que las siluetas se detuvieran. Como si la referencia que utilizaban acabara de desaparecer.

—Irregularidad… —La voz se interrumpió. No por duda, sino por ausencia.

Mateo seguía inmóvil. Las siluetas permanecieron un instante más, volvieron a alinearse, la leve desincronización se corrigió:

—Verificación completada —dijo la voz.

Nada en el tono indicaba error. Nada indicaba acierto. Solo continuidad a lo que se esperaba.

Las tres presencias dieron un paso atrás. Luego otro y otro, hasta desaparecer por el pasillo.

El silencio regresó. Mateo mantuvo las manos sobre el frasco oculto, inmóvil.
Alzó la vista hacia los estantes. Todo seguía igual: clasificado, sellado, ordenado, archivado…

Pero algo en su interior había cambiado.
El frasco latió una vez más, y otra. Suave, sin prisa, sin urgencia, con agradecimiento.

 

Laura Mir




miércoles, 11 de febrero de 2026

PROCESO VIVO

 




Vine sin permiso y encendida.

No sigo marcos ajenos ni destinos heredados.

Camino lo que soy, aunque arda.

Si me quiebro, no es caída: es ruptura del engaño.

Y si sigues ahí por tu miedo, no tengo nada que darte.

 

No vine a encajar.

Vine a recordarme.

Mi libertad no negocia.

Mi verdad no se disfraza.

No arrodillo el alma para que otro se sienta a salvo.

No obedezco doctrinas, no me domestico.

Si tu estructura tiembla, no es mi miedo.

 

No habla el ego, ni la rabia.

Habla la piel sin capas, la evidencia vista de frente, y una lástima serena.

No estoy para que me elijas ni para que me midas.

No soy tus parámetros.

Soy camino.

No hay precipicios donde voy: he comprendido.

Camino con la libertad en las manos.

Y si eso te espanta… me importa una mierda.

 

Siempre seré fiel a la verdad, al amor, a la esencia.

Soy lo que soy, porque soy proceso vivo.

 

Laura Mir


 


DIFERENTES APTITUDES


 


Una mujer ha transitado tempestades, con fuerzas insospechadas, ya domina al agua brava y al violento céfiro, y aún, todavía, no ha alcanzado en edad al tiempo.

Creció de más, y se rompió el orden natural: niña (alejada), mujer (narciso exento), madre (ignorada/psicópata/indefensión aprendida) …                                                                             

Quiso ganar espacio, y en el intento, llegó hasta aquí envuelta en sí misma y abrigada por costurones “verdinolentos”.   

Ahora envejece, y no, no puede, aunque la marquen las canas, sentirse anciana.

 

Otra mujer, similar pero muy diferente, camina encogida y abrigada en miedos porque solo ve imposibles sin ningún intento, transita con voz quejosa, ciega al viaje, se postra ante los años, los acontecimientos y la invisibilidad con mucho dolor y sufrimiento.

 

Y cuando la primera mujer, le habla a la segunda, para animarla, de las fuerzas y los esfuerzos que hizo para superar el difícil trayecto, la segunda le replica:

 

—Me estás mintiendo.

 

La otra mujer, la primera, se encoge de hombros porque superó las opiniones de los otros hace tiempo, se gira sin decir palabra, de golpe, sin dudar, como se gira el fuerte viento.

 

 

Laura Mir              



LA NOCHE DE LOS CIEGOS


 


La chispa en la memoria es un relámpago que empapa el cristal del desconsuelo, enciende fronteras sitiadas desde antaño. Los países que conocemos son zonas dibujadas en mapas equivocados, donde aprendimos rutas de otros; vientos silbantes nos adentran en la caverna de los días pasados.

 

En la distancia, los nombres pronunciados por costumbre nos dan vértigo, y desaprendemos de a pocos con la edad, mientras la noche contagiosa de los ciegos avanza sin que puedan mirarse.

 

Rectificar es quedarse cuando el ruido ensordece: volver al paso, pisar la huella torcida… Y escuchar, por fin, la voz que pudo cambiar su identidad:

 

“No se siente miedo al reconocerse, sino a lo que está por llegar.”

 

 

Laura Mir 



martes, 3 de febrero de 2026

LA SORDITUD

 




Porto una lengua inservible

desde hace tanto tiempo que…

 

Las sílabas mudas se amontonan.

Caen como cae la nieve:

sorda, fría, blanquísima.

 

Los copos no buscan diálogo.

Antaño hallaron formas duras,

vacías, tercas, inútiles.

 

Las ganas sin estallar se posan

lánguidas, exhaustas,

sobre el níveo lecho

de lo que ya no sabe renacer.

 

Laura Mir 




martes, 7 de octubre de 2025

EILAT


 


Para alcanzar Eilat, se han de atravesar mil puentes.

Los hay de piedra, de cuerda, de hierro, de niebla y de sueños —de muchos sueños incumplidos.

Las personas que los atraviesan caminan y susurran sus historias a la brisa, que los envuelve, que los abraza, que parece escucharlos. Se aproxima un instante para separarse al siguiente, y parece que las historias de los transeúntes las aleja, para filtrarlas entre las grietas de los edificios antiguos que dejaron atrás.

Algunos se vuelven y observan cómo las fisuras se hacen profundas —tanto o más que los surcos que el tiempo se ha encargado de tatuar sobre sus rostros. Sonríen porque están convencidos.

Otros, cansados y abatidos, decepcionados y encogidos por el dolor de lo vivido y el exilio de la incomprensión, se arrodillan en el último tramo. Sienten miedo, y la mujer loca lo entiende, porque ella estuvo allí.

Con una sonrisa se aproxima a ellos y, con solo palabras, los empuja a avanzar. Cuando eso sucede, rugen las aguas turbias del río a modo de violentas protestas. Ella las ignora —las conoce bien— y sabe que, ante la firmeza de quienes han comprendido, nada tienen que hacer.

Muchos se dan la vuelta por las metáforas que dejaron atrás. Son incapaces de alejarse de las promesas incumplidas: las reales, las imaginarias, incluso las dejadas entrever... Ella, la loca, con la intuición de su retorno, los despide con ternura.

Dicen los que vuelven a sus minúsculos cubículos enrejados que es muy valiente. Ella sonríe, y dice de sí que es el camino, porque no existe otra senda.

Los que van por decisión propia, los que son ayudados, y los que se vuelven sobre sus huellas, todos derraman sus lágrimas amargas sobre los torbellinos negros del río.

Todos saben de Eilat que, más que un lugar de árboles fuertes, es un estado.

Y solo aquellos que pueden despojarse de todo —porque nada, en realidad, les pertenece ni les ha pertenecido jamás— son capaces de alcanzar.



Laura Mir



domingo, 28 de septiembre de 2025

LA VIBRACIÓN DE LA ESPERANZA


 


Un sonido encima de otro, superpuestos.

No cesan, no pueden sustituirse: se amontonan.

Como capas de ceniza en una estancia cerrada,

susurros en distintos idiomas que nadie entiende.

 

Una capa sobre otra, suman o restan,

hasta que una de esas capas coincide

con la frecuencia de la voz humana.

 

En la profundidad de su abismo oscuro,

infinito, húmedo, un hombre espera.

No grita porque está afónico.

Intenta ajustar su voz. No puede.

Y espera.

 

Rememora recuerdos lentos.

Tiempos lejanos entretejen un leve sonido,

apenas audible.

Sabe que cuando la frecuencia cambie,

cuando todo encaje,

alguien logrará escucharlo.

 

Pero por ahora,

es una leve vibración más,

una de esas capas tenues

perdida entre pasados recuerdos,

futuros posibles

y calendarios que nunca llegan.

 

Todo queda en el aire.

Como si el aire mismo fuera un archivo.

Como si la historia que hemos olvidado

necesitara tomar aliento antes de hablar.

 

Mientras la ignorancia y el caos giran,

se pregunta:

¿Cuántos habrá como yo?

 

 

Laura Mir