Es
el mismo mundo, pero ya no existo en él.
¿Qué
me ha hecho cambiar?
Quizá
el angioedema.
Pero
no por el dolor.
Ni
por el miedo.
Ni
siquiera por esa sensación de no saber si vas a volver a respirar.
Fue
otra cosa.
Fue
mirarme al espejo y no reconocerme.
Ver
mi cara inmóvil.
Esperar
un gesto que no llegaba.
Intentar
sonreír y encontrarme con una desconocida al otro lado del cristal.
Y
quizá fue ahí, precisamente ahí, cuando empecé a ver la realidad.
Porque
cuando tu cuerpo se detiene, hay cosas que ya no puedes seguir corriendo.
Te
paras.
Y
ves.
Ves
la inutilidad del que vive encerrado en una obsesión aniquiladora y no tiene
ojos para nada más.
Al
que llega y no saluda.
Al
que se va y no se despide.
Al
que te deja con la palabra en la boca.
Al
que te escucha sin escucharte.
Al
que consigue hacerte sentir que molestas cuando eres tú quien siempre está.
Y
entonces te preguntas:
¿Cómo
no lo había visto antes?
Pero
sí lo habías visto.
Solo
que antes encontrabas excusas.
Ahora
ya no.
Y
no, no te has vuelto más susceptible.
Te
has vuelto consciente.
Y
qué difícil es eso.
Porque
la consciencia no siempre libera.
A
veces pesa.
Pesa
muchísimo.
Te
hace mirar de frente cosas que antes podías esquivar.
Te
hace reconocer ausencias.
Desintereses.
Distancias.
Pequeñas
crueldades que antes llamabas despistes para poder seguir amando igual.
Y
un día te das cuenta de que no ha cambiado nadie.
Has
cambiado tú.
Sigues
en el mismo pueblo.
En
la misma mesa.
Con
las mismas personas.
En
los mismos lugares.
Pero
ya no estás en la misma frecuencia.
Algo
dentro de ti giró.
Y
cuando algo gira así, ya no vuelve exactamente a su sitio.
Puedes
quedarte.
Puedes
sonreír.
Puedes
seguir hablando.
Puedes
hacer como si nada.
Pero
ya sabes.
Y
ese es el verdadero problema.
Que
una vez que ves, ya no puedes dejar de ver.
Quieres
huir de lo que has entendido, pero no puedes, es imposible huir de ti.
Así
que te quedas ahí.
Atrapada
entre lo que ahora sabes
y
lo poco que puedes cambiar.
Quizá
eso sea crecer.
Descubrir
que algunas personas no son quienes creías.
Descubrir
que no todo el mundo siente con la misma profundidad con la que tú sientes.
Descubrir
que estar para todos no significa que todos vayan a estar para ti.
Y,
sobre todo, descubrir que también tú tienes un límite.
El
mío llegó cuando dejé de reconocerme en el espejo.
Desde
entonces, quizá sigo viviendo en el mismo mundo.
Pero
ya no soy la misma persona que lo habitaba.
El
mundo no cambió.
Cambió
mi forma de mirarlo.
Y
ahora lo veo todo.
Incluso
aquello que hubiera preferido no ver.
Y
en el proceso no solo muere tu gato, como en realidad ha sucedido, y han tenido
que enterrarlo en el patio porque tú no estabas.
También
mueren las personas que amas y las entierras junto al gato, aunque sigan
respirando.
Laura Mir