Ayer me pasó una de esas que te obligan a parar, respirar hondo y preguntarte: pero vamos a ver, ¿cómo va la peña por la vida?
Miro el móvil. 5:05 de la tarde. Llamada entrante de la vecina de esta casa prestada. Dos cincos clavados en la pantalla. Como sabes, para mí nada es casual: el cinco es la crisis, la ruptura de la estructura, la fricción. Ya me estaba avisando de que venía un intento de desestabilizar mi espacio.
Y efectivamente. Me propone que, para aislar su tejado, en lugar de hacer el agujero en su techo, lo hagamos en el mío. Que lo pagamos a medias y así aislamos los dos. Como ella arregló su casa hace poco, ha decidido que es más cómodo perforar la mía para no dañar la suya.
Me quedé de piedra. Porque esto ya no es una ocurrencia vecinal. Es que la gente ha perdido por completo la percepción de la frontera ajena.
En pleno salto cuántico, las mentes rígidas pierden la noción del límite y confunden los territorios. Creen que lo de los demás es una extensión de lo suyo que pueden moldear a su antojo. En mi estructura, si tengo un problema te llamo para ofrecerte una solución desde mi espacio. En la suya, la lógica es la invasión.
Y ahí lo enlazas todo: cuando el entorno no respeta la frontera ajena e intenta invadir tu territorio, la biología tiene que hacer el trabajo que no hace la palabra. Se inflama. Levanta una muralla. Dice con carne lo que el otro no quiso entender con respeto: hasta aquí, no pasas.
Mi respuesta de puertas a fuera fue elegante: "Ya hablaré con los dueños". Mi decreto de dentro fue de Emperatriz: de mi techo para abajo manda mi soberanía, y mi frontera no se perfora para comodidad de nadie.
No le busques lógica a la peña, porque no la tiene. Es el varapalo de la transición planetaria en su máxima expresión, descalibrando a los que no tienen base.
Al poner el límite con la palabra escrita, le quito a mi biología la necesidad de seguir inflamándose para defenderse. Acepto mudanzas, obras y silencios imprevistos, pero mi techo no se toca. Que cada uno rompa sus propias estructuras en su propia casa y aprenda, de una vez, a respetar la frontera ajena.
Laura Mir






