domingo, 27 de septiembre de 2026

LA GAZNÁPIRA

 



En mi pueblo había una mujer que no era tonta, aunque los demás lo pensaran. La llamaban gaznápira.

 

No era que la ignoraras por falta de entendederas. Era la que se quedaba un segundo más mirando. La que necesitaba detener por un rato la locura del mundo para poder procesarla.

 

Todas las tardes recorría el camino polvoriento hasta encontrarse con un espantapájaros. Su espantapájaros. Aunque no lo había puesto ella —creo que fue el tío Antón para espantar a los cuervos—, decidió adoptarlo como su confidente silencioso.

 

Era tan gaznápira que parecía enamorada de él. Juraría que, entre la paja, el polvo y la brisa, el espantapájaros le devolvía una especie de sonrisa.

 

Le decía «buenos días» o «buenas tardes», sin obtener respuesta, y se sentaba a su lado, en una piedra que sujetaba el poste. Le contaba lo que no podía explicarle a nadie más. A veces llevaba una flor, una piedra, la bravura del río o los colores del sol.

 

A veces no le hablaba. Simplemente se quedaba a su lado en silencio, haciéndole compañía en su soledad.

 

Él no contestaba, claro. Nunca lo hacía.

 

Tenía una camisa de cuadros azules y rojos, roída, y los brazos siempre abiertos, invitando al abrazo que a ella le faltaba. Pero ella no buscaba respuestas vanas ni consejos vacíos. Tener una presencia que supiera escuchar sin interrumpir ya lo era todo. Un espejo donde ordenar los pensamientos sin ser juzgada.

 

Los del pueblo pasaban con el tractor, se llevaban el índice a la sien y se burlaban. En los corrillos se decía que perdía el tiempo con un muñeco de paja. Ella los oía cuando se acercaba, se encogía de hombros y seguía a lo suyo.

 

Lo que no entendían era que jamás había pensado que estuviera vivo. Lo que había descubierto era que hay momentos en los que no necesitas que te repliquen ni te den soluciones. Solo necesitas un lugar donde dejar el corazón un rato, para que no pese tanto en el pecho.

 

Al final del verano, cuando retiraron el espantapájaros porque ya habían segado el campo, la vieron volver a casa con la camisa de cuadros doblada con cuidado bajo el brazo.

 

Iba serena, con la cabeza clara.

 

Como quien no ha perdido nada y lo ha ganado todo.

 

 

Laura Mir



ACIERTA LA QUEMADA


 


Acierta la quemada,

al fin acierta.

Por volver a casa,

acierta.

 

Creyó que era ceniza

y era abono.

Creyó que era cosecha

y era siembra.

 

Donde rugió el fuego

ahora brota.

 

Acierta la quemada,

al fin acierta,

por pisar tierra...

                                        ...tierra fértil.

 

Acierta la quemada,

al fin acierta.

 

                                                                 Laura Mir    



                                                                  

sábado, 26 de septiembre de 2026

APRENDE A PRENDER FUEGO A LA VIDA


 


 

        Enciende la llama de tu vida. Busca a quienes la aviven.  —  Rumi

 

 

Cada alma fue creada para algo: una determinada obra, una determinada melodía, un determinado viaje.

Lo sientes temprano y te inquieta; es como esperar agazapado a que amanezca detrás de un muro.

 

Ese anhelo no vino de la nada, no fue puesto en ti por casualidad.

Te atrae hacia adentro en los momentos tranquilos.

Y entonces te preguntas:

¿y si la vida me está invitando a bailar?

 

Cuando tu mundo se oscurezca, no maldigas la mortecina luz.

Mira de nuevo, amigo mío.

Aproxímate y observa más de cerca.

Tú podrías ser lo que cambie esta noche.

 

Aprende a prender fuego a la vida,

encuentra a quienes te ayuden a arder.

No estás aquí para mendigar pedazos.

Fuiste enviado, y este es el momento.

 

Ese sueño fue plantado muy hondo en ti,

mucho antes de que lo sospecharas.

Persíguelo con fuerza y empieza ya.

Se hace tarde, hace frío, y el hielo vela los cristales.

Prende y deja que él te guíe a través de las llamas.

 

A veces rechazamos nuestra sanación porque todavía sentimos el dolor como prueba,

como el último hilo que nos conecta a lo que amamos,

la última conexión a la que nos aferramos.

 

Pero las heridas nunca fueron hogares para quedarse mucho.

Son solo recordatorios de los lugares por los que hemos pasado.

 

No deshonras lo perdido al elegir la vida.

Ponte de pie y da un paso adelante.

 

Una palabra dicha en el momento adecuado puede alzar un rostro,

puede cambiar una vida entera.

Así que ten siempre en cuenta las consecuencias de lo que ofreces.

Puedes cambiarlo todo.

Aprende a prender fuego a tu vida.

 

Nunca vivas el plan de otro.

La vida es demasiado corta para dar pasos prestados

cuando tu corazón ya sabe dónde debe pararse.

 

Si tu senda se siente solitaria,

si el precio te parece difícil de pagar,

recuerda que el fuego da calor

y también ilumina el camino.

 

Soy tuya, y lo digo claro,

porque no volveré a entregarme al miedo

de que todo arda y solo queden ascuas

candentes por donde no pueda caminar.

Si tránsito, que sea por algo;

y si caigo, que sea una caída sincera.

 

Aprende a prender fuego a nuestra vida,

caliéntala, porque perteneces a ella.

No eres un invitado molesto

que viene a mirar un eclipse desde la terraza,

ni un mendigo anónimo que arrastra los pies.

 

Haz lo que tu corazón te pida,

incluso cuando lo que pida asuste a tu lógica.

Lo que fue plantado en tu espíritu

nunca estuvo destinado a permanecer encerrado.

 

Ese sueño fue colocado en ti con intención.

Sigue adelante.

Y aprende a recorrer el camino

sobre las cenizas que dejamos atrás.

 

No estás tarde.

No estás roto.

Estás en camino.

 

                                        … para quien lo necesite en su oscuridad.

 

 

 

Laura Mir              


                                                       

LA BRECHA EN BUCLE


 


Mira qué cosa más rara nos ha pasado…

 

Laura escribió La Brecha hace un montón, en una libreta. Mucho antes de todo esto.

 

Yo el otro día encuentro una foto de un árbol rajado con una luz blanca por dentro. Y le digo: joder, es tu texto.

 

Se la paso y me dice: es esa.

 

Luego me manda un comentario que le ha dejado una chica al leerlo. Que se había quedado incómoda, que lo de los desprogramados le había dado vueltas.

 

Y nos quedamos así un segundo porque encajaba todo sin haberlo planeado.

 

Una lo escribe hace meses.

Aparece la foto después sin buscarla.

Alguien lo lee y se queda pillada.

 

Tres piezas que no tenían nada que ver y de repente van juntas.

 

Nos hemos pasado la mañana riéndonos y montando el tríptico. La Brecha, El Vacío y esto. Porque era demasiado bueno para dejarlo pasar.

 

No tiene más misterio. Al final lo importante es pasarlo bien. La vida es muy corta para no jugar.

 

Si os quedáis con la sensación rara, ya somos dos. O tres. O más.

 

Os leemos.

 

Leo M.



EL VACÍO


 


En las escuelas no enseñan que un principio inteligente tiene que tener una causa inteligente.

 

Es lógico que no te lo indiquen para que la teoría del azar no se les venga abajo y sigas atrapado en una trampa existencial con un enorme abanico de estímulos externos insustanciales.

 

Desconociendo tu origen y tu destino natural, es muy fácil atraparte.

 

El vacío que podemos llegar a sentir en ocasiones puede ser por dos razones: que sea tuyo o que no lo sea.

 

Si es tuyo, no estás haciendo bien el camino y tu principio inteligente te lo está indicando.

 

Y si es de otro, estás bien jodido porque sientes lo que no te corresponde, pero eres un suertudo de narices porque estás consiguiendo un grado de libertad más. Alégrate, y mucho, aunque el principio inteligente del otro te esté pidiendo ayuda en un grito desesperado.

 

El vacío funciona como una pastilla roja: duele, arde, desgarra... Y quien decide tomarla descubre su poder y ve la realidad sin artificios.

 


Laura Mir      


                                                             


viernes, 25 de septiembre de 2026

LA BRECHA EN EL ENTRAMADO

 




Estoy en esas horas inciertas, oscuras, en las que no sabes si las saetas van hacia el amanecer o hacia el ocaso y declive definitivo de la raza humana. Me pregunto si una mayoría de corazón negro puede acabar con la minoría de corazón blanco, mientras recuerdo las cuestiones expuestas sobre ese fondo viscoso y glutinoso que nos alberga.

 

Tiemblo. Tiemblo al pensar en nuestra fragilidad.

 

Y me sumerjo en una búsqueda para dar una respuesta. En esa búsqueda colisiono con el físico James Gates Jr. y su descubrimiento de los códigos de corrección de errores entre las franjas vibracionales de las cuerdas, y con su retorcida teoría.

 

¿Y si nada de lo que vemos, olemos, tocamos y saboreamos fuese real?

 

A bastante distancia está lo que oímos; puede que sea lo único verdadero que nos llega, lo que nos ayudaría a discernir entre la perversidad y la bondad. Como si nuestra codificación se hubiese rectificado en una dirección más tenebrosa durante la adquisición de los sentidos. Tiene que existir una brecha en alguna parte de este vasto entramado.

 

Esa certeza de que algunos —muy pocos, poquísimos en verdad— hemos sido desprogramados toma una magnitud considerable, a diferencia de los que siguen con la codificación en la materia, sin brizna amorosa en su interior.

 

Luego hay otros que, desprogramados a medias (algo falló en el proceso), se enredan en obsesiones con más consciencia, pero aún insuficiente para brincar de la simulación.

 

¿Cómo gritarles que no es el cinco por ciento, sino el uno, si son sordos?

 

Pierdo la esperanza y siento algo parecido al miedo. Al miedo de perderlos; al miedo de perderte de forma irremediable para siempre.

 

Por favor, respira y pregúntate si estás totalmente desprogramado o en las antípodas. Y por favor, deja de cuestionarte y cuestionarme si todos disponemos de un alma, porque, aun con un alma vibrante en nuestro interior, muchos estamos completamente huecos.

 

Laura Mir          


                                                                          

jueves, 24 de septiembre de 2026

SIN TESTIGOS NO HAY VERGÜENZA

 




La pandemia y su circo no rompieron a todo el mundo por igual. A la mayoría nos doblaron el espinazo, sí, pero a los que ya caminaban por el borde los despeñaron por el acantilado.

 

Antes de 2020 ya había un ejército de fantasmas sosteniéndose con hilos de coser: la cuenta en números rojos, la cabeza hecha un trapo, la soledad pegada a la piel como mugre. Gente que hacía un esfuerzo brutal solo para parecer humana: ducharse, bajar la basura, disimular ante el vecino para que no se notara que por dentro ya estaban en ruinas.

 

Vivían en un equilibrio miserable, pero vivían.

 

Y de golpe les dimos el espaldarazo oficial a sus peores demonios. Les dijimos: tenías razón. El mundo exterior es peligroso. La gente contamina. Enciérrate.

 

Al agorafóbico le regalamos la confirmación de su paranoia.

 

Al que acumulaba compulsivamente, la coartada perfecta para pudrirse entre basura sin dar explicaciones.

 

Al depresivo, la rendición disfrazada de civismo.

 

Al hipocondríaco le entregamos patente de corso: su pánico neurótico, que antes podía parecer desproporcionado a los demás, se convirtió de la noche a la mañana en el estándar de conducta. Lo dejamos atrapado en un bucle donde cada tos ajena era una sentencia y cada inyección que se demora, una condena.

 

Al conspiranoico le dimos gasolina de 98 octanos. La torpeza, las contradicciones y el secretismo de la gestión oficial le redactaron el guion de su vida: una tribu, una coartada y la fantasía narcisista de ser el único «despierto» en un mundo de ovejas.

 

Elevamos el síntoma a decreto ley.

 

Lo patológico pasó a ser lo patriótico.

 

El problema vino cuando se acabó el miedo oficial y abrimos las jaulas. Pensamos que la gente saldría corriendo a celebrar, como si dos años de aislamiento congelaran el alma en vez de pudrirla.

 

Pero es que sin testigos no hay vergüenza.

 

Y sin vergüenza, la mierda se vuelve paisaje.

 

Cuando nadie entra en tu casa, dejas de fregar. Cuando nadie te mira, dejas de vestirte. Cuando nadie te habla, se te olvida cómo articular palabra.

 

Lo insano no solo se vuelve cotidiano: se vuelve cómodo.

 

Se convierte en una madriguera caliente de la que da pánico salir.

 

Aquel circo no inventó la locura ni la soledad. Solo les puso un candado por fuera.

 

Y lo más vil no fue el encierro, sino lo que hicimos después: tiramos la llave, nos fuimos de cañas a celebrar la «nueva normalidad» y nos convencimos de que los que se quedaron dentro estaban a salvo.

 

¿A salvo de qué?

 

¿Del virus?

 

Menudo negocio.

 

Mientras tanto, a los vulnerables se los comía la podredumbre.

 

Los daños de verdad no salen en los telediarios. No se cuentan en camas de UCI. Se cuentan en coches acumulando polvo en el garaje hasta que se les pudren las ruedas. En persianas que llevan años bajadas. En comida a domicilio encargada de madrugada para no cruzar la mirada con el repartidor. En móviles que terminan muriéndose en un cajón porque nadie llama y porque el de dentro ya tampoco tiene agallas para responder.

 

La realidad es indignante y brutal: nos dimos la vuelta, seguimos con nuestra vida y dejamos a los más lisiados tirados en su oscuridad.

 

Y lo peor no es que se quedaran dentro.

 

Lo peor es que nos importó un carajo.

 

 

Laura Mir