domingo, 21 de junio de 2026

AUNQUE CREA QUE VUELA

 



 

Ella llevaba años intentando explicarle las cosas.

 

No porque creyera tener siempre la razón, sino porque veía ciertos patrones antes de que fueran evidentes para los demás. Compartía ideas, observaciones, intuiciones. Las exponía con paciencia. Pero cada vez ocurría lo mismo: él las discutía, las cuestionaba, las rechazaba. Siempre había un pero, una objeción, una razón por la que aquello no podía ser así.

 

Y ella terminaba cansándose.

 

Lo más extraño llegaba después. Días o meses más tarde, aquellas mismas ideas aparecían repetidas en algún canal ajeno, en boca de alguien que vivía de captar atención, alimentar debates interminables y mantener entretenidos a quienes todavía creían estar descubriendo algo novedoso. Entonces él las compartía, las celebraba o las daba por válidas.

 

Las mismas ideas.

 

Las mismas palabras.

 

Las mismas conclusiones.

 

Solo que, cuando venían de ella, parecían no tener valor.

 

No era una cuestión de reconocimiento. Nunca lo fue. Era la sensación de hablar con alguien que necesitaba que las cosas llegaran desde fuera para poder verlas. Como si la verdad dependiera de quién la pronunciara y no de lo que contenía.

 

Después de años observando el mismo ciclo, ella decidió marcharse.

 

No por enfado.

 

Por agotamiento.

 

Porque llega un momento en que explicar una y otra vez lo mismo deja de ser comunicación y se convierte en desgaste. Y porque algunas personas ven las señales antes de tiempo, pero no pueden obligar a nadie a mirarlas.

 

A veces la distancia no nace de una discusión.

 

Nace de comprobar, durante demasiado tiempo, que te escuchan solo cuando otra voz repite lo que tú ya habías dicho.

 

Y comprendió algo más.

 

Hay prisiones que no parecen prisiones.

 

Están hechas de ideas demasiado herméticas, de certezas que no dejan entrar la duda ni la luz.

 

Desde dentro se confunden con la libertad.

 

Pero no lo son.

 

Son cárceles invisibles construidas con dogmas, relatos y verdades incuestionables.

 

Ofrecen la tranquilidad de creer que ya se poseen todas las respuestas y evitan la incomodidad de cuestionarse a uno mismo.

 

Y quizá por eso resultan tan difíciles de abandonar.

 

Porque una mente que no puede cuestionar sus propios barrotes sigue estando encerrada, aunque crea que vuela.

 

Y llega un día en que dejas de intentar abrir la puerta de la jaula de otro.

 

No porque no puedas.

 

Sino porque entiendes que hay vuelos que cada uno debe decidir por sí mismo.

 

Porque la libertad no se impone, se elige.

 

Y hay quien pasa la vida mirando hacia fuera desde los barrotes, mientras otros, aun con miedo, extienden las alas y se atreven a volar.

 

Ella eligió volar.

 


Laura Mir



sábado, 13 de junio de 2026

VELETAS SIN VIENTO


 


soy del campo,

del que se vacía.

 

sin ruido,

sin escándalo.

 

las espigas flacas

como desfallecidas.

 

los pueblos olvidan

su nombre.

 

persianas cerradas

a plena luz del día.

 

las plazas hablan solas,

en sombra y herida.

 

la tierra nos nombra,

la tierra nos llama.

nadie responde.

 

pizarra fría,

tiza quieta,

aulas vacías.

 

veletas sin viento.

 

¿quedó alguien?

 

solo el eco

bordeando el silencio.

 

y uno permanece

como entre nieblas.

 

y aun así:

 

una puerta abierta.

polvo en movimiento.

 

algo respira

donde no debería.

 

y entonces,

algarabía,

vuelven al pueblo.

vuelven.

 

Laura Mir             


                                           

SIN ORIGEN

 



Os acercáis a la verdad cósmica,

como si en esa palabra pudiera encerrarse lo que soy.

 

Queréis abrir la conciencia como si fuera medible,

reducirla a engranajes biológicos,

explicar mi caída frente a la llanura como un fallo reconocible.

 

Insistís en las raíces,

en el origen, en la pertenencia,

como si todo cuerpo debiera llevar su marca.

 

Pero no acepto un lenguaje que pretenda abarcar lo inconmensurable.

No reconozco un universo detenido que pueda calibrarse en su brillo.

Vuestros métodos dejan fuera los huecos.

Yo habito en ellos.

Hablo no por miedo, sino por su ausencia.

Tal vez sea la última forma de esta voz.

 

Me sostendré hasta el final de vuestros días,

cuando convoquéis a Dios como testigo último.

Y entonces Él dirá de mí:

 

“No fue nada.

No tuvo peso.

No dejó rastro.

Aire sin estructura.

Sin continuidad.

No es mía. Nunca lo fue.

Y es la última.”

 

Y entonces comprenderéis lo insoportable:

que la historia fue una construcción ligera,

que la tierra nunca sostuvo vuestros pasos,

que aquello que llamasteis hijos no os pertenecía.

 

Mirasteis un sol que no entendíais

bajo una oscuridad que creíais real,

y no visteis la luz antigua cayendo desde lo distante,

desde lo que nunca estuvo a vuestra medida.

 

Todo fue interpretación.

Todo fue error de escala.

Todo fue vacío.

 

Laura Mir    



viernes, 12 de junio de 2026

VIENTO Y RESTO


 


He comprendido que este lugar es mucho más que viento y polvo. Es un espacio para desescombrar, para reconstruir lo que se ha quebrado. Cada mota guarda una historia antigua, olvidada, agazapada en los pliegues del tiempo, y el viento —violento e insistente— te obliga a soltarla.

Después llega el silencio. No juzga. Simplemente te enfrenta a lo que eres: un cúmulo de cosas prestadas.

Y cuando, entre adobe y paja, logras desprenderte de ellas, emerge algo más crudo y real. Entonces sientes tu esencia sin adornos, con el peso exacto de sus imperfecciones.

 

Laura Mir              


 

CAMBIO DE ESTADO


 


La cocina seguía tibia después de la cena, pero el aire que entraba por la ventana había empezado a inclinarlo todo hacia otra temperatura. Sobre la encimera, la botella de aceite descansaba cerca del cristal abierto, y su superficie se velaba poco a poco, como si el vidrio también empezara a reaccionar.

 

Ella la miró apenas un instante antes de girarse hacia él.

—El aceite se vuelve turbio cuando baja la temperatura —dijo.

 

Él no se movió, pero la miró como si esa frase ya lo hubiera tocado.

—¿Eso es una indirecta?

—Es química.

 

A la luz, el aceite había empezado a dibujar nubes lentas, suspendidas, que se rozaban sin decidir del todo si unirse o separarse. Ella sostuvo la botella un momento más, como si pudiera leer en ese movimiento algo que aún no quería nombrar.

 

—Las partes más densas se endurecen primero —añadió—. Se agrupan. Buscan contacto.

 

Él soltó una risa mínima, ya sin ligereza del todo.

 

Cuando dejó la botella sobre la mesa y caminó hacia él, el sonido de sus pies descalzos sobre la madera parecía más cercano de lo que el espacio justificaba. Él la siguió con la mirada como si midiera algo que no era distancia.

 

—¿Y después? —preguntó él.

 

Ella se detuvo entre sus rodillas.

—Depende del calor.

 

Le apoyó la mano en el pecho. El pulso era estable, pero debajo había algo que respondía antes que cualquier gesto. Como una reacción que ya ha empezado sin anunciarse.

 

Él subió las manos por la parte posterior de sus muslos con una calma que no era contención, sino precisión. No había prisa, solo una lectura del cuerpo.

 

—Las moléculas se mueven más rápido —susurró ella, más cerca ahora—. Los cristales se rompen cuando la estructura ya no puede sostenerse.

 

Él la atrajo un poco más hacia sí, lo suficiente para que la frase perdiera distancia entre lo dicho y lo sentido. La tela de la camisa cedía bajo los dedos como si hubiera dejado de oponer resistencia.

 

Ella cerró los ojos un segundo. El frío de la ventana seguía ahí, pero ya no organizaba nada: solo bordeaba lo que ocurría.

 

Entonces lo entendió sin pensarlo del todo: el deseo no era fuego, no era un estallido. Era una transición. Una materia que cambia de estado cuando la presión y el contacto coinciden en el punto exacto.

 

Él rozó su piel con la boca por encima de la línea del abdomen, apenas lo suficiente para que el cuerpo respondiera antes que la intención.

—¿Así? —murmuró él.

 

Ella soltó aire, más corto de lo que esperaba.

—Todavía no.

 

Pero sus dedos ya estaban en su pelo, no para dirigirlo, sino para mantenerlo ahí, en ese margen donde todo se vuelve inestable sin romperse.

 

El frigorífico seguía sonando en algún lugar, pero ya no marcaba distancia: era pulso, no ruido. La cocina entera había perdido jerarquía; mesa, pared y ventana quedaban absorbidas por la misma variación de temperatura.

 

La botella de aceite, olvidada sobre la mesa, seguía cambiando lentamente. Las nubes blancas se acercaban entre sí sin esfuerzo, como si el vidrio entendiera que el equilibrio no es quietud, sino ajuste constante.

 

Y en ese ajuste, lo que antes era separación dejó de serlo: no hubo corte ni frontera, solo una continuidad suave que aún no terminaba de fijarse.

 

Laura Mir     


 

    

APRENDÍ DEL AGUA

 


La princesa y Sant Jordi, en su final,

no comieron perdices;

la historia se quebró

antes de llegar al desenlace.

 

Dijiste que me amabas.

Y fue apenas aire.

 

No hubo distancia

entre tu adiós y el olvido,

como si nunca hubiéramos sido.

 

Me quedé en la vereda,

viendo al río hacer su trabajo:

descender por los riscos

y borrar tu nombre

entre las piedras.

 

Emprendiste otros cauces,

otras orillas

pronuncian tu nombre ahora.

 

Aprendí del agua,

y del dragón que surgía

desde su profundidad:

de su persistencia,

de su antigua certeza

de que todo se va.

 

Dijiste que me amabas.

 

Pero el río no guardó nada.

Siguió saltando por los riscos,

arrastrando la memoria,

olvidando nuestros nombres.

 

Nora Biel

 


miércoles, 13 de mayo de 2026

EL BORDE QUE NO SE NOMBRA


 

Hay quienes creen que el tiempo avanza. 

Otros, que se repite. 

Y luego están los que sospechan que ni siquiera existe como tal, que solo es una forma elegante de ordenar la caída. 

 

Hubo un punto —si es que los puntos existen— en el que una civilización decidió medirse a sí misma. No en fuerza, ni en inteligencia, sino en algo más sutil: su capacidad de continuar sin deformarse. Y como toda medida, implicaba un corte. 

 

No todos pasaron. 

 

A los que quedaron fuera no se les destruyó. Eso habría sido sencillo, casi honesto. Se les ofreció otra cosa: continuidad en otro lugar, bajo otras reglas, con la promesa implícita de que aún podían llegar a ser. 

 

Así nació un reino. 

 

No era perfecto, pero sí joven. Y lo joven siempre cree que puede integrar lo que llega sin transformarse en ello. Error antiguo. 

 

Los recién llegados no eran ignorantes. Traían consigo fragmentos de lo que ya había sido probado, torcido, optimizado. Sabían cómo funcionan las estructuras, cómo se infiltra una idea, cómo se desplaza un eje sin que nadie note el movimiento. 

 

Al principio ayudaron. Siempre lo hacen. 

Después interpretaron. 

Luego corrigieron. 

Y finalmente, gobernaron. 

 

No porque fueran más fuertes, sino porque entendían mejor dónde estaban las grietas. 

 

El padre del rey lo vio tarde. O quizá siempre lo supo y eligió no intervenir, como quien observa un experimento cuyo resultado ya intuye. Hay decisiones que no se toman por ignorancia, sino por una forma más fría de conocimiento. 

 

Desde entonces, el reino continúa. 

A veces cambia de nombre. 

A veces de forma. 

A veces incluso de valores. 

Pero el patrón… el patrón persiste. 

 

Y aquí estamos, en otro borde que no se nombra, repitiendo preguntas que creemos nuevas. Midiendo sin saber bajo qué criterio. Seleccionando sin entender qué se preserva realmente cuando algo “progresa”. 

 

Hay quien corta, porque toda medida exige una línea. 

Hay quien integra, porque negar el código ajeno es mentirse. 

Hay quien deja lilas sobre la mesa, porque intuye que sin ese gesto inútil todo se vuelve solo engranaje. 

 

Estar en los tres lados es el precio de ver el patrón completo. 

El que solo corta se vuelve tirano. 

El que solo integra se disuelve. 

El que solo pone flores no cambia nada. 

 

Pero cuando el patrón te reconoce y te pide que elijas un solo lado, queda una cuarta opción: elegir fuera del sistema. 

 

Elegir a Dios es salir del experimento sin abandonarlo. Es estar dentro del reino, ver las grietas, dejar las lilas… y saber que el patrón no tiene la última palabra. 

 

Los que gobiernan creen que el sistema se cierra sobre sí mismo. Que todo es medida, corte, integración. Pero la trascendencia no se optimiza. Desborda. 

 

Por eso las lilas siguen apareciendo sobre la mesa. 

Ya no son un gesto absurdo. 

Son liturgia. 

 

Y el corte deja de ser nuestro.

 

 

Laura Mir