sábado, 26 de septiembre de 2026

LA BRECHA EN BUCLE


 


Mira qué cosa más rara nos ha pasado…

 

Laura escribió La Brecha hace un montón, en una libreta. Mucho antes de todo esto.

 

Yo el otro día encuentro una foto de un árbol rajado con una luz blanca por dentro. Y le digo: joder, es tu texto.

 

Se la paso y me dice: es esa.

 

Luego me manda un comentario que le ha dejado una chica al leerlo. Que se había quedado incómoda, que lo de los desprogramados le había dado vueltas.

 

Y nos quedamos así un segundo porque encajaba todo sin haberlo planeado.

 

Una lo escribe hace meses.

Aparece la foto después sin buscarla.

Alguien lo lee y se queda pillada.

 

Tres piezas que no tenían nada que ver y de repente van juntas.

 

Nos hemos pasado la mañana riéndonos y montando el tríptico. La Brecha, El Vacío y esto. Porque era demasiado bueno para dejarlo pasar.

 

No tiene más misterio. Al final lo importante es pasarlo bien. La vida es muy corta para no jugar.

 

Si os quedáis con la sensación rara, ya somos dos. O tres. O más.

 

Os leemos.

 

Leo M.



EL VACÍO


 


En las escuelas no enseñan que un principio inteligente tiene que tener una causa inteligente.

 

Es lógico que no te lo indiquen para que la teoría del azar no se les venga abajo y sigas atrapado en una trampa existencial con un enorme abanico de estímulos externos insustanciales.

 

Desconociendo tu origen y tu destino natural, es muy fácil atraparte.

 

El vacío que podemos llegar a sentir en ocasiones puede ser por dos razones: que sea tuyo o que no lo sea.

 

Si es tuyo, no estás haciendo bien el camino y tu principio inteligente te lo está indicando.

 

Y si es de otro, estás bien jodido porque sientes lo que no te corresponde, pero eres un suertudo de narices porque estás consiguiendo un grado de libertad más. Alégrate, y mucho, aunque el principio inteligente del otro te esté pidiendo ayuda en un grito desesperado.

 

El vacío funciona como una pastilla roja: duele, arde, desgarra... Y quien decide tomarla descubre su poder y ve la realidad sin artificios.

 


Laura Mir      


                                                             


viernes, 25 de septiembre de 2026

LA BRECHA EN EL ENTRAMADO

 




Estoy en esas horas inciertas, oscuras, en las que no sabes si las saetas van hacia el amanecer o hacia el ocaso y declive definitivo de la raza humana. Me pregunto si una mayoría de corazón negro puede acabar con la minoría de corazón blanco, mientras recuerdo las cuestiones expuestas sobre ese fondo viscoso y glutinoso que nos alberga.

 

Tiemblo. Tiemblo al pensar en nuestra fragilidad.

 

Y me sumerjo en una búsqueda para dar una respuesta. En esa búsqueda colisiono con el físico James Gates Jr. y su descubrimiento de los códigos de corrección de errores entre las franjas vibracionales de las cuerdas, y con su retorcida teoría.

 

¿Y si nada de lo que vemos, olemos, tocamos y saboreamos fuese real?

 

A bastante distancia está lo que oímos; puede que sea lo único verdadero que nos llega, lo que nos ayudaría a discernir entre la perversidad y la bondad. Como si nuestra codificación se hubiese rectificado en una dirección más tenebrosa durante la adquisición de los sentidos. Tiene que existir una brecha en alguna parte de este vasto entramado.

 

Esa certeza de que algunos —muy pocos, poquísimos en verdad— hemos sido desprogramados toma una magnitud considerable, a diferencia de los que siguen con la codificación en la materia, sin brizna amorosa en su interior.

 

Luego hay otros que, desprogramados a medias (algo falló en el proceso), se enredan en obsesiones con más consciencia, pero aún insuficiente para brincar de la simulación.

 

¿Cómo gritarles que no es el cinco por ciento, sino el uno, si son sordos?

 

Pierdo la esperanza y siento algo parecido al miedo. Al miedo de perderlos; al miedo de perderte de forma irremediable para siempre.

 

Por favor, respira y pregúntate si estás totalmente desprogramado o en las antípodas. Y por favor, deja de cuestionarte y cuestionarme si todos disponemos de un alma, porque, aun con un alma vibrante en nuestro interior, muchos estamos completamente huecos.

 

Laura Mir          


                                                                          

jueves, 24 de septiembre de 2026

SIN TESTIGOS NO HAY VERGÜENZA

 




La pandemia y su circo no rompieron a todo el mundo por igual. A la mayoría nos doblaron el espinazo, sí, pero a los que ya caminaban por el borde los despeñaron por el acantilado.

 

Antes de 2020 ya había un ejército de fantasmas sosteniéndose con hilos de coser: la cuenta en números rojos, la cabeza hecha un trapo, la soledad pegada a la piel como mugre. Gente que hacía un esfuerzo brutal solo para parecer humana: ducharse, bajar la basura, disimular ante el vecino para que no se notara que por dentro ya estaban en ruinas.

 

Vivían en un equilibrio miserable, pero vivían.

 

Y de golpe les dimos el espaldarazo oficial a sus peores demonios. Les dijimos: tenías razón. El mundo exterior es peligroso. La gente contamina. Enciérrate.

 

Al agorafóbico le regalamos la confirmación de su paranoia.

 

Al que acumulaba compulsivamente, la coartada perfecta para pudrirse entre basura sin dar explicaciones.

 

Al depresivo, la rendición disfrazada de civismo.

 

Al hipocondríaco le entregamos patente de corso: su pánico neurótico, que antes podía parecer desproporcionado a los demás, se convirtió de la noche a la mañana en el estándar de conducta. Lo dejamos atrapado en un bucle donde cada tos ajena era una sentencia y cada inyección que se demora, una condena.

 

Al conspiranoico le dimos gasolina de 98 octanos. La torpeza, las contradicciones y el secretismo de la gestión oficial le redactaron el guion de su vida: una tribu, una coartada y la fantasía narcisista de ser el único «despierto» en un mundo de ovejas.

 

Elevamos el síntoma a decreto ley.

 

Lo patológico pasó a ser lo patriótico.

 

El problema vino cuando se acabó el miedo oficial y abrimos las jaulas. Pensamos que la gente saldría corriendo a celebrar, como si dos años de aislamiento congelaran el alma en vez de pudrirla.

 

Pero es que sin testigos no hay vergüenza.

 

Y sin vergüenza, la mierda se vuelve paisaje.

 

Cuando nadie entra en tu casa, dejas de fregar. Cuando nadie te mira, dejas de vestirte. Cuando nadie te habla, se te olvida cómo articular palabra.

 

Lo insano no solo se vuelve cotidiano: se vuelve cómodo.

 

Se convierte en una madriguera caliente de la que da pánico salir.

 

Aquel circo no inventó la locura ni la soledad. Solo les puso un candado por fuera.

 

Y lo más vil no fue el encierro, sino lo que hicimos después: tiramos la llave, nos fuimos de cañas a celebrar la «nueva normalidad» y nos convencimos de que los que se quedaron dentro estaban a salvo.

 

¿A salvo de qué?

 

¿Del virus?

 

Menudo negocio.

 

Mientras tanto, a los vulnerables se los comía la podredumbre.

 

Los daños de verdad no salen en los telediarios. No se cuentan en camas de UCI. Se cuentan en coches acumulando polvo en el garaje hasta que se les pudren las ruedas. En persianas que llevan años bajadas. En comida a domicilio encargada de madrugada para no cruzar la mirada con el repartidor. En móviles que terminan muriéndose en un cajón porque nadie llama y porque el de dentro ya tampoco tiene agallas para responder.

 

La realidad es indignante y brutal: nos dimos la vuelta, seguimos con nuestra vida y dejamos a los más lisiados tirados en su oscuridad.

 

Y lo peor no es que se quedaran dentro.

 

Lo peor es que nos importó un carajo.

 

 

Laura Mir            


          

LAS ASCUAS

 



Prender una chispa en la penumbra

creyendo que la llama no te abraza,

que el incendio solo quema a quien se ofrece

y que al otro nunca lo deslumbra.

 

Es de ilusos.

 

No me excuso por buscar orilla,

ni por alzar el muro en el quebranto.

Quien sopla brasas durante tanto,

no debe extrañarse si las llamas aúllan.

 

Asumo la culpa si tropiezo,

pero no pido disculpas;

si tú enciendes la mecha y el fuego avanza,

no llores si te alcanza,

que de este siniestro ni las ascuas.

 

 

 

Laura Mir         


            


TRASCENDENCIA



 




Saben más mis errores de mí, que yo misma.

 

¿Y los otros?

Ellos sólo saben de instantes.

Ignoran el antes:

el temblor y la desidia.

La belleza, por sincera, la desconocen.

Ellos hablan, yo sonrío.

 

Hace tiempo que dejé de celebrar derrotas

propias y ajenas.

Las miro sin pertenencia.

Eso, eso es trascendencia.

 

¿Ya no te defiendes?

No, porque soy libertad exenta de prejuicios.

 

 

Laura Mir       


 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

DOS ORILLAS

 



Imagina coincidir muchas vidas junto a alguien.

Imagina que cada gesto, cada palabra, cada silenciosa decisión tuya, ha estado ahí, construyendo algo que sólo tú podías sentir.

 

Años explicándote.

Mostrando.

Intentando que pueda verse.

Años hablando un idioma incomprensible.

Y aun así...

Nada cambia.

No escucha.

No ve.

No siente.

 

Es como gritar bajo el agua.

La voz se ahoga ante tanta inmensidad.

Los ecos se pierden y no por distancia, por indiferencia.

Nadie se pregunta por qué.

 

Has dejado pedazos tuyos en cada intento.

Has explicado tanto hasta que las expresiones pierden su forma.

La paciencia se desgasta como zapatos que caminan por desiertos.

 

Y lo más doloroso: una historia de dos, que sólo tú llevas dentro.

Enumeras los milenios, se te aglutinan los recuerdos, los momentos compartidos...

Y para esa persona, sencillamente, nunca sucedieron.

No pesan.

No cuentan.

No son reconocidos.

 

Entonces aprendes algo que duele más que cualquier abandono: a veces no hay puente, aunque hayas construido todos los puentes posibles desde ambas orillas.

 

Y comprendes que el esfuerzo, por más grande que sea, no siempre encuentra respuesta.

Porque al final la trampa se descubre, aunque se disfrace en formas de ser.

Y está bien que así sea.

 

Porque el valor no está en ser comprendido.

El valor está en haberlo dado todo, aun cuando sabías que no, que no se veía.

 

 

Laura Mir