Ella
llevaba años intentando explicarle las cosas.
No
porque creyera tener siempre la razón, sino porque veía ciertos patrones antes
de que fueran evidentes para los demás. Compartía ideas, observaciones,
intuiciones. Las exponía con paciencia. Pero cada vez ocurría lo mismo: él las
discutía, las cuestionaba, las rechazaba. Siempre había un pero, una objeción,
una razón por la que aquello no podía ser así.
Y
ella terminaba cansándose.
Lo
más extraño llegaba después. Días o meses más tarde, aquellas mismas ideas
aparecían repetidas en algún canal ajeno, en boca de alguien que vivía de
captar atención, alimentar debates interminables y mantener entretenidos a
quienes todavía creían estar descubriendo algo novedoso. Entonces él las
compartía, las celebraba o las daba por válidas.
Las
mismas ideas.
Las
mismas palabras.
Las
mismas conclusiones.
Solo
que, cuando venían de ella, parecían no tener valor.
No
era una cuestión de reconocimiento. Nunca lo fue. Era la sensación de hablar
con alguien que necesitaba que las cosas llegaran desde fuera para poder
verlas. Como si la verdad dependiera de quién la pronunciara y no de lo que
contenía.
Después
de años observando el mismo ciclo, ella decidió marcharse.
No
por enfado.
Por
agotamiento.
Porque
llega un momento en que explicar una y otra vez lo mismo deja de ser
comunicación y se convierte en desgaste. Y porque algunas personas ven las
señales antes de tiempo, pero no pueden obligar a nadie a mirarlas.
A
veces la distancia no nace de una discusión.
Nace
de comprobar, durante demasiado tiempo, que te escuchan solo cuando otra voz
repite lo que tú ya habías dicho.
Y
comprendió algo más.
Hay
prisiones que no parecen prisiones.
Están
hechas de ideas demasiado herméticas, de certezas que no dejan entrar la duda
ni la luz.
Desde
dentro se confunden con la libertad.
Pero
no lo son.
Son
cárceles invisibles construidas con dogmas, relatos y verdades incuestionables.
Ofrecen
la tranquilidad de creer que ya se poseen todas las respuestas y evitan la
incomodidad de cuestionarse a uno mismo.
Y
quizá por eso resultan tan difíciles de abandonar.
Porque
una mente que no puede cuestionar sus propios barrotes sigue estando encerrada,
aunque crea que vuela.
Y
llega un día en que dejas de intentar abrir la puerta de la jaula de otro.
No
porque no puedas.
Sino
porque entiendes que hay vuelos que cada uno debe decidir por sí mismo.
Porque
la libertad no se impone, se elige.
Y
hay quien pasa la vida mirando hacia fuera desde los barrotes, mientras otros,
aun con miedo, extienden las alas y se atreven a volar.
Ella
eligió volar.
Laura
Mir






