Antes de que la tierra tuviera número de registro y las piedras fueran sometidas a formar fronteras, el tiempo no se contaba en años, sino en caminos de escarcha.
Alakon caminaba y caminaba para llegar a ninguna parte. Caminaba porque creía que con cada paso que daba ayudaba al mundo a mantenerse, a no descontrolarse.
A su izquierda, pegado como una extensión suya, oscuro como la sombra, trotaba un animal inmenso. Tenía la alzada de un lobo viejo y la mirada paciente de los que han visto nacer y morir a muchos en todas las estaciones.
Cruzado al pecho, la mujer portaba un zurrón de piel curtida, pesado y agrietado por los fríos inviernos.
Quien se la encontraba por las sendas creía que dentro guardaba los remedios naturales necesarios para aplacar las fiebres del cuerpo. Pero Alakon no cargaba plantas ni raíces. En la bolsa llevaba criptogramas para despertar conciencias.
No eran términos cotidianos, sino fragmentos de un idioma antiguo que los hombres y las mujeres iban perdiendo bajo el peso del olvido, el miedo, la ira y la frustración.
Pronunciaba extraños mantras, los necesarios para sacudir el fondo de lo recóndito. Para despertar aquello que el cuerpo había guardado bajo capas de polvo e hielo.
Cuando alguien se detenía ante ella con el alma atascada, Alakon abría los labios y hablaba. Su voz ronca rompía el silencio del páramo con sonidos cortantes y profundos.
Y mientras su voz resonaba, ocurría el milagro en su carne.
Alakon introducía la mano en el zurrón y la rozaba contra el fondo. Al sacarla, su palma respondía con una forma de dermografismo sagrado: la piel blanca se encendía en surcos escarlata, dibujando en relieve, rayas, círculos y espirales sobre su propia carne, la geometría exacta que el otro necesitaba para descodificar.
No era una cura porque no era una enfermedad lo que los aquejaba; era el reflejo depurado de sí mismos que habían olvidado.
Quien miraba la palma de Alakon leía allí su propia verdad, la chispa necesaria para encender de nuevo la conciencia y recordar quiénes fueron.
Después, la mujer soplaba. Cuando el sentido de lo sagrado caía en el interior del otro como una piedra en un pozo profundo, el sarpullido rojo remitía lentamente en su piel; el lobo sacudía el polvo del lomo y Alakon, la Caminadora, volvía a ponerse en marcha hacia el siguiente recodo de cualquier camino.
Laura Mir






