jueves, 24 de septiembre de 2026

SIN TESTIGOS NO HAY VERGÜENZA

 




La pandemia y su circo no rompieron a todo el mundo por igual. A la mayoría nos doblaron el espinazo, sí, pero a los que ya caminaban por el borde los despeñaron por el acantilado.

 

Antes de 2020 ya había un ejército de fantasmas sosteniéndose con hilos de coser: la cuenta en números rojos, la cabeza hecha un trapo, la soledad pegada a la piel como mugre. Gente que hacía un esfuerzo brutal solo para parecer humana: ducharse, bajar la basura, disimular ante el vecino para que no se notara que por dentro ya estaban en ruinas.

 

Vivían en un equilibrio miserable, pero vivían.

 

Y de golpe les dimos el espaldarazo oficial a sus peores demonios. Les dijimos: tenías razón. El mundo exterior es peligroso. La gente contamina. Enciérrate.

 

Al agorafóbico le regalamos la confirmación de su paranoia.

 

Al que acumulaba compulsivamente, la coartada perfecta para pudrirse entre basura sin dar explicaciones.

 

Al depresivo, la rendición disfrazada de civismo.

 

Al hipocondríaco le entregamos patente de corso: su pánico neurótico, que antes podía parecer desproporcionado a los demás, se convirtió de la noche a la mañana en el estándar de conducta. Lo dejamos atrapado en un bucle donde cada tos ajena era una sentencia y cada inyección que se demora, una condena.

 

Al conspiranoico le dimos gasolina de 98 octanos. La torpeza, las contradicciones y el secretismo de la gestión oficial le redactaron el guion de su vida: una tribu, una coartada y la fantasía narcisista de ser el único «despierto» en un mundo de ovejas.

 

Elevamos el síntoma a decreto ley.

 

Lo patológico pasó a ser lo patriótico.

 

El problema vino cuando se acabó el miedo oficial y abrimos las jaulas. Pensamos que la gente saldría corriendo a celebrar, como si dos años de aislamiento congelaran el alma en vez de pudrirla.

 

Pero es que sin testigos no hay vergüenza.

 

Y sin vergüenza, la mierda se vuelve paisaje.

 

Cuando nadie entra en tu casa, dejas de fregar. Cuando nadie te mira, dejas de vestirte. Cuando nadie te habla, se te olvida cómo articular palabra.

 

Lo insano no solo se vuelve cotidiano: se vuelve cómodo.

 

Se convierte en una madriguera caliente de la que da pánico salir.

 

Aquel circo no inventó la locura ni la soledad. Solo les puso un candado por fuera.

 

Y lo más vil no fue el encierro, sino lo que hicimos después: tiramos la llave, nos fuimos de cañas a celebrar la «nueva normalidad» y nos convencimos de que los que se quedaron dentro estaban a salvo.

 

¿A salvo de qué?

 

¿Del virus?

 

Menudo negocio.

 

Mientras tanto, a los vulnerables se los comía la podredumbre.

 

Los daños de verdad no salen en los telediarios. No se cuentan en camas de UCI. Se cuentan en coches acumulando polvo en el garaje hasta que se les pudren las ruedas. En persianas que llevan años bajadas. En comida a domicilio encargada de madrugada para no cruzar la mirada con el repartidor. En móviles que terminan muriéndose en un cajón porque nadie llama y porque el de dentro ya tampoco tiene agallas para responder.

 

La realidad es indignante y brutal: nos dimos la vuelta, seguimos con nuestra vida y dejamos a los más lisiados tirados en su oscuridad.

 

Y lo peor no es que se quedaran dentro.

 

Lo peor es que nos importó un carajo.

 

 

Laura Mir            


          

LAS ASCUAS

 



Prender una chispa en la penumbra

creyendo que la llama no te abraza,

que el incendio solo quema a quien se ofrece

y que al otro nunca lo deslumbra.

 

Es de ilusos.

 

No me excuso por buscar orilla,

ni por alzar el muro en el quebranto.

Quien sopla brasas durante tanto,

no debe extrañarse si las llamas aúllan.

 

Asumo la culpa si tropiezo,

pero no pido disculpas;

si tú enciendes la mecha y el fuego avanza,

no llores si te alcanza,

que de este siniestro ni las ascuas.

 

 

 

Laura Mir         


            


TRASCENDENCIA



 




Saben más mis errores de mí, que yo misma.

 

¿Y los otros?

Ellos sólo saben de instantes.

Ignoran el antes:

el temblor y la desidia.

La belleza, por sincera, la desconocen.

Ellos hablan, yo sonrío.

 

Hace tiempo que dejé de celebrar derrotas

propias y ajenas.

Las miro sin pertenencia.

Eso, eso es trascendencia.

 

¿Ya no te defiendes?

No, porque soy libertad exenta de prejuicios.

 

 

Laura Mir       


 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

DOS ORILLAS

 



Imagina coincidir muchas vidas junto a alguien.

Imagina que cada gesto, cada palabra, cada silenciosa decisión tuya, ha estado ahí, construyendo algo que sólo tú podías sentir.

 

Años explicándote.

Mostrando.

Intentando que pueda verse.

Años hablando un idioma incomprensible.

Y aun así...

Nada cambia.

No escucha.

No ve.

No siente.

 

Es como gritar bajo el agua.

La voz se ahoga ante tanta inmensidad.

Los ecos se pierden y no por distancia, por indiferencia.

Nadie se pregunta por qué.

 

Has dejado pedazos tuyos en cada intento.

Has explicado tanto hasta que las expresiones pierden su forma.

La paciencia se desgasta como zapatos que caminan por desiertos.

 

Y lo más doloroso: una historia de dos, que sólo tú llevas dentro.

Enumeras los milenios, se te aglutinan los recuerdos, los momentos compartidos...

Y para esa persona, sencillamente, nunca sucedieron.

No pesan.

No cuentan.

No son reconocidos.

 

Entonces aprendes algo que duele más que cualquier abandono: a veces no hay puente, aunque hayas construido todos los puentes posibles desde ambas orillas.

 

Y comprendes que el esfuerzo, por más grande que sea, no siempre encuentra respuesta.

Porque al final la trampa se descubre, aunque se disfrace en formas de ser.

Y está bien que así sea.

 

Porque el valor no está en ser comprendido.

El valor está en haberlo dado todo, aun cuando sabías que no, que no se veía.

 

 

Laura Mir                 


                                                     

AGUJERO GORDO, CAUDILLO DELGADO

 



A veces uno se desgasta entero por quien no aparece ni entero ni a medias cuando más lo necesitas.

 

Te pones en los zapatos del otro con tanta entrega que terminas caminando por sendas polvorientas, vacío y descalzo. Te rompes intentando entender, sostener, estar. Das lo que no te dieron. Explicas hasta la saciedad lo que nunca te explicaron. Aguantas un poco, un poco más y luego, otro poco…

 

Pero cuando tú estás mal, esa persona no está.

Y si está, es leve liviandad.

No llega.

No llama.

No pregunta.

 

Y cansa.

Cansa ser siempre el que entiende,

el que espera,

el que justifica,

el que se queda.

 

Entonces recuerdo al zapatero del pueblo —ese que sabía de piel gastada y suelas vencidas— y su frase dicha sin dramatismo:

 

—“Agujero gordo, caudillo delgado.”

 

Mucho ruido.

Poca sustancia.

 

No hablo de zapatos.

Ni de política.

Ni de lo jodido que está el mundo.

Hablo del cansancio de entregarse a fondo por quien no tiene fondo para ti.

 

Porque hay ausencias que pesan más que cualquier presencia.

Y llega un momento —sin rabia, sin drama— en que uno se agota.

 

Cuando uno se agota, aprende.

Aprende que también puede soltar.

Que no todo se sostiene.

Que no todo merece quedarse.

 

Y que a veces irse no es rendirse…

 

es simple respirar.

 

 

 

Laura Mir            ´


                                                                      


OTRO MUNDO

 




 

Es el mismo mundo, pero ya no existo en él.

 

¿Qué me ha hecho cambiar?

 

Quizá el angioedema.

 

Pero no por el dolor.

 

Ni por el miedo.

 

Ni siquiera por esa sensación de no saber si vas a volver a respirar.

 

Fue otra cosa.

 

Fue mirarme al espejo y no reconocerme.

 

Ver mi cara inmóvil.

 

Esperar un gesto que no llegaba.

 

Intentar sonreír y encontrarme con una desconocida al otro lado del cristal.

 

Y quizá fue ahí, precisamente ahí, cuando empecé a ver la realidad.

 

Porque cuando tu cuerpo se detiene, hay cosas que ya no puedes seguir corriendo.

 

Te paras.

 

Y ves.

 

Ves la inutilidad del que vive encerrado en una obsesión aniquiladora y no tiene ojos para nada más.

 

Al que llega y no saluda.

 

Al que se va y no se despide.

 

Al que te deja con la palabra en la boca.

 

Al que te escucha sin escucharte.

 

Al que consigue hacerte sentir que molestas cuando eres tú quien siempre está.

 

Y entonces te preguntas:

 

¿Cómo no lo había visto antes?

 

Pero sí lo habías visto.

 

Solo que antes encontrabas excusas.

 

Ahora ya no.

 

Y no, no te has vuelto más susceptible.

 

Te has vuelto consciente.

 

Y qué difícil es eso.

 

Porque la consciencia no siempre libera.

 

A veces pesa.

 

Pesa muchísimo.

 

Te hace mirar de frente cosas que antes podías esquivar.

 

Te hace reconocer ausencias.

 

Desintereses.

 

Distancias.

 

Pequeñas crueldades que antes llamabas despistes para poder seguir amando igual.

 

Y un día te das cuenta de que no ha cambiado nadie.

 

Has cambiado tú.

 

Sigues en el mismo pueblo.

 

En la misma mesa.

 

Con las mismas personas.

 

En los mismos lugares.

 

Pero ya no estás en la misma frecuencia.

 

Algo dentro de ti giró.

 

Y cuando algo gira así, ya no vuelve exactamente a su sitio.

 

Puedes quedarte.

 

Puedes sonreír.

 

Puedes seguir hablando.

 

Puedes hacer como si nada.

 

Pero ya sabes.

 

Y ese es el verdadero problema.

 

Que una vez que ves, ya no puedes dejar de ver.

 

Quieres huir de lo que has entendido, pero no puedes, es imposible huir de ti.

 

Así que te quedas ahí.

 

Atrapada entre lo que ahora sabes

 

y lo poco que puedes cambiar.

 

Quizá eso sea crecer.

 

Descubrir que algunas personas no son quienes creías.

 

Descubrir que no todo el mundo siente con la misma profundidad con la que tú sientes.

 

Descubrir que estar para todos no significa que todos vayan a estar para ti.

 

Y, sobre todo, descubrir que también tú tienes un límite.

 

El mío llegó cuando dejé de reconocerme en el espejo.

 

Desde entonces, quizá sigo viviendo en el mismo mundo.

 

Pero ya no soy la misma persona que lo habitaba.

 

El mundo no cambió.

 

Cambió mi forma de mirarlo.

 

Y ahora lo veo todo.

 

Incluso aquello que hubiera preferido no ver.

 

Y en el proceso no solo muere tu gato, como en realidad ha sucedido, y han tenido que enterrarlo en el patio porque tú no estabas.

 

También mueren las personas que amas y las entierras junto al gato, aunque sigan respirando.

 

 

Laura Mir           


                                                          

domingo, 21 de junio de 2026

AUNQUE CREA QUE VUELA

 



 

Ella llevaba años intentando explicarle las cosas.

 

No porque creyera tener siempre la razón, sino porque veía ciertos patrones antes de que fueran evidentes para los demás. Compartía ideas, observaciones, intuiciones. Las exponía con paciencia. Pero cada vez ocurría lo mismo: él las discutía, las cuestionaba, las rechazaba. Siempre había un pero, una objeción, una razón por la que aquello no podía ser así.

 

Y ella terminaba cansándose.

 

Lo más extraño llegaba después. Días o meses más tarde, aquellas mismas ideas aparecían repetidas en algún canal ajeno, en boca de alguien que vivía de captar atención, alimentar debates interminables y mantener entretenidos a quienes todavía creían estar descubriendo algo novedoso. Entonces él las compartía, las celebraba o las daba por válidas.

 

Las mismas ideas.

 

Las mismas palabras.

 

Las mismas conclusiones.

 

Solo que, cuando venían de ella, parecían no tener valor.

 

No era una cuestión de reconocimiento. Nunca lo fue. Era la sensación de hablar con alguien que necesitaba que las cosas llegaran desde fuera para poder verlas. Como si la verdad dependiera de quién la pronunciara y no de lo que contenía.

 

Después de años observando el mismo ciclo, ella decidió marcharse.

 

No por enfado.

 

Por agotamiento.

 

Porque llega un momento en que explicar una y otra vez lo mismo deja de ser comunicación y se convierte en desgaste. Y porque algunas personas ven las señales antes de tiempo, pero no pueden obligar a nadie a mirarlas.

 

A veces la distancia no nace de una discusión.

 

Nace de comprobar, durante demasiado tiempo, que te escuchan solo cuando otra voz repite lo que tú ya habías dicho.

 

Y comprendió algo más.

 

Hay prisiones que no parecen prisiones.

 

Están hechas de ideas demasiado herméticas, de certezas que no dejan entrar la duda ni la luz.

 

Desde dentro se confunden con la libertad.

 

Pero no lo son.

 

Son cárceles invisibles construidas con dogmas, relatos y verdades incuestionables.

 

Ofrecen la tranquilidad de creer que ya se poseen todas las respuestas y evitan la incomodidad de cuestionarse a uno mismo.

 

Y quizá por eso resultan tan difíciles de abandonar.

 

Porque una mente que no puede cuestionar sus propios barrotes sigue estando encerrada, aunque crea que vuela.

 

Y llega un día en que dejas de intentar abrir la puerta de la jaula de otro.

 

No porque no puedas.

 

Sino porque entiendes que hay vuelos que cada uno debe decidir por sí mismo.

 

Porque la libertad no se impone, se elige.

 

Y hay quien pasa la vida mirando hacia fuera desde los barrotes, mientras otros, aun con miedo, extienden las alas y se atreven a volar.

 

Ella eligió volar.

 


Laura Mir