miércoles, 4 de noviembre de 2026

LA FRONTERA AJENA o los dos cincos en el territorio


 


Ayer me pasó una de esas que te obligan a parar, respirar hondo y preguntarte: pero vamos a ver, ¿cómo va la peña por la vida?


Miro el móvil. 5:05 de la tarde. Llamada entrante de la vecina de esta casa prestada. Dos cincos clavados en la pantalla. Como sabes, para mí nada es casual: el cinco es la crisis, la ruptura de la estructura, la fricción. Ya me estaba avisando de que venía un intento de desestabilizar mi espacio.


Y efectivamente. Me propone que, para aislar su tejado, en lugar de hacer el agujero en su techo, lo hagamos en el mío. Que lo pagamos a medias y así aislamos los dos. Como ella arregló su casa hace poco, ha decidido que es más cómodo perforar la mía para no dañar la suya.


Me quedé de piedra. Porque esto ya no es una ocurrencia vecinal. Es que la gente ha perdido por completo la percepción de la frontera ajena.


En pleno salto cuántico, las mentes rígidas pierden la noción del límite y confunden los territorios. Creen que lo de los demás es una extensión de lo suyo que pueden moldear a su antojo. En mi estructura, si tengo un problema te llamo para ofrecerte una solución desde mi espacio. En la suya, la lógica es la invasión.


Y ahí lo enlazas todo: cuando el entorno no respeta la frontera ajena e intenta invadir tu territorio, la biología tiene que hacer el trabajo que no hace la palabra. Se inflama. Levanta una muralla. Dice con carne lo que el otro no quiso entender con respeto: hasta aquí, no pasas.


Mi respuesta de puertas a fuera fue elegante: "Ya hablaré con los dueños". Mi decreto de dentro fue de Emperatriz: de mi techo para abajo manda mi soberanía, y mi frontera no se perfora para comodidad de nadie.


No le busques lógica a la peña, porque no la tiene. Es el varapalo de la transición planetaria en su máxima expresión, descalibrando a los que no tienen base.


Al poner el límite con la palabra escrita, le quito a mi biología la necesidad de seguir inflamándose para defenderse. Acepto mudanzas, obras y silencios imprevistos, pero mi techo no se toca. Que cada uno rompa sus propias estructuras en su propia casa y aprenda, de una vez, a respetar la frontera ajena.


Laura Mir 



martes, 3 de noviembre de 2026

YALVARÉ


 


Búscala en el diccionario si quieres: no la vas a encontrar. Es una palabra que me inventé el otro día, parada en medio de esta casa prestada, con la garganta aún recordando el último susto y la tele guardando un silencio pastoso.

Porque para lo que se siente cuando el aire falta y el cuerpo te encierra, no había vibración, no existía verbo.

Yalvaré no es ponerse a llorar por los rincones. Tampoco es mendigar llamadas ni mirar con tristeza a los que se esfuman cuando la tormenta aprieta, esos que nunca están aunque una siempre haya estado firme, sosteniéndolos.

Yalvaré es lo que haces tras pasar por cuatro angioedemas —tres de ellos tocando la tráquea— y descubrir de golpe quién se queda a pie de cama y quién se evapora.

Es esa dignidad intacta de plantarse en medio de todo y decir con la cabeza muy alta:
Iros a la mierda, hombre. Es la tozudez de cuando ya no sabes qué demonios hacer, pero decides no moverte ni un milímetro de tu sitio. Es coser con luz prestada. Es tener la respiración justa para mantenerte y la certeza absoluta de que el alma no se ahoga aunque el cuerpo sí lo haga.

En las cuentas me sale el 30/3.

El 30 es el arcano del Intercambio: la balanza exacta del dar y recibir, la prueba de con quién se teje de verdad la vida y quién era solo un eco de sí mismo. Y al sumarlo, nos da el 3: La Emperatriz, la que reina sobre la tierra y las flores. Tauro. Venus. Todo encaja. La Emperatriz no suplica un lugar: lo crea, incluso desde la restricción más absoluta y en casa ajena.

Por eso estoy de paso, pero no vencida.

*Yalvaré (verbo de Venus): Sustentarse de fe en territorio prestado. Conocer el propio valor, ajustar el intercambio, mandar a paseo lo que sobra y sostener el jardín en la cabeza hasta que florezca en la casa propia.

Yalvaré. Vaya si yalvaré.

*Escrito hoy, 18 de octubre de 2026, desde una casa prestada.

Que es prestada, sí. Pero la que cose aquí dentro no lo es.

P.D.: Acepto mudanzas, obras y silencios imprevistos. Lo que ya no acepto, son pasajeros sin billete en mi orilla. Buen viaje a los que se bajaron en la última parada.


Laura Mir


miércoles, 28 de octubre de 2026

ISABEL - SIGLO XIX - Parte I

 




Isabel creía que casándose con el mejor amigo de su padre lo fastidiaba. Tenía que esposarse porque las normas sociales así lo exigían. Tenía esa edad en la que se pasaba de boca en boca como un problema de difícil solución.

Su padre la quería y le presentó lo mejor de la zona, pero ella, testaruda y cabezota, eligió a su amigo, que ni siquiera estaba en la lista.

—Mira, Isabel. No es un hombre joven, ni adinerado; es viudo y tiene muchos hijos.

—Precisamente, padre, para poder descontarme.

Nunca sabremos si Isabel se casaba con él para enojar a su padre o por espíritu de servicio.

Después de batallar padre e hija, e hija y padre, se celebró la boda. El evento, aunque discreto, tuvo cierta importancia. Como todas las bodas que se hacen para callar bocas.

En ningún momento Isabel se descontó con los hijos de su esposo: sabía los nombres y las edades de cada uno. Todos juntos y en orden parecían una escala. Todos eran más o menos tratables, menos el pequeño.

Puede que porque la madre muriera en su parto, el niño tenía la insana costumbre de tirarse al agua, a cualquier pozo, charca, río y riera, en un intento vano de volver al útero materno.

Isabel sabía qué buscaba el niño.

La muchacha se convirtió en la espía de su marido, en la vigilante constante del pequeño: cuántas veces lo persiguió, cuántas veces lo cogió al vuelo, cuántas veces se mojó para sacarlo del río.

En los inviernos extremadamente húmedos, el río crecía por sorpresa y con violencia.

Llevaban tres años de matrimonio cuando el cauce se desbordó. El niño se tiró e Isabel fue detrás para salvarlo. La corriente los arrastró.

Encontraron sus cuerpos días y kilómetros después.

Isabel finalmente se descontó.



Continuará...



Laura Mir

domingo, 27 de septiembre de 2026

LA GAZNÁPIRA

 



En mi pueblo había una mujer que no era tonta, aunque los demás lo pensaran. La llamaban gaznápira.

 

No era que la ignoraras por falta de entendederas. Era la que se quedaba un segundo más mirando. La que necesitaba detener por un rato la locura del mundo para poder procesarla.

 

Todas las tardes recorría el camino polvoriento hasta encontrarse con un espantapájaros. Su espantapájaros. Aunque no lo había puesto ella —creo que fue el tío Antón para espantar a los cuervos—, decidió adoptarlo como su confidente silencioso.

 

Era tan gaznápira que parecía enamorada de él. Juraría que, entre la paja, el polvo y la brisa, el espantapájaros le devolvía una especie de sonrisa.

 

Le decía «buenos días» o «buenas tardes», sin obtener respuesta, y se sentaba a su lado, en una piedra que sujetaba el poste. Le contaba lo que no podía explicarle a nadie más. A veces llevaba una flor, una piedra, la bravura del río o los colores del sol.

 

A veces no le hablaba. Simplemente se quedaba a su lado en silencio, haciéndole compañía en su soledad.

 

Él no contestaba, claro. Nunca lo hacía.

 

Tenía una camisa de cuadros azules y rojos, roída, y los brazos siempre abiertos, invitando al abrazo que a ella le faltaba. Pero ella no buscaba respuestas vanas ni consejos vacíos. Tener una presencia que supiera escuchar sin interrumpir ya lo era todo. Un espejo donde ordenar los pensamientos sin ser juzgada.

 

Los del pueblo pasaban con el tractor, se llevaban el índice a la sien y se burlaban. En los corrillos se decía que perdía el tiempo con un muñeco de paja. Ella los oía cuando se acercaba, se encogía de hombros y seguía a lo suyo.

 

Lo que no entendían era que jamás había pensado que estuviera vivo. Lo que había descubierto era que hay momentos en los que no necesitas que te repliquen ni te den soluciones. Solo necesitas un lugar donde dejar el corazón un rato, para que no pese tanto en el pecho.

 

Al final del verano, cuando retiraron el espantapájaros porque ya habían segado el campo, la vieron volver a casa con la camisa de cuadros doblada con cuidado bajo el brazo.

 

Iba serena, con la cabeza clara.

 

Como quien no ha perdido nada y lo ha ganado todo.

 

 

Laura Mir



ACIERTA LA QUEMADA


 


Acierta la quemada,

al fin acierta.

Por volver a casa,

acierta.

 

Creyó que era ceniza

y era abono.

Creyó que era cosecha

y era siembra.

 

Donde rugió el fuego

ahora brota.

 

Acierta la quemada,

al fin acierta,

por pisar tierra...

                                        ...tierra fértil.

 

Acierta la quemada,

al fin acierta.

 

                                                                 Laura Mir    



                                                                  

sábado, 26 de septiembre de 2026

APRENDE A PRENDER FUEGO A LA VIDA


 


 

        Enciende la llama de tu vida. Busca a quienes la aviven.  —  Rumi

 

 

Cada alma fue creada para algo: una determinada obra, una determinada melodía, un determinado viaje.

Lo sientes temprano y te inquieta; es como esperar agazapado a que amanezca detrás de un muro.

 

Ese anhelo no vino de la nada, no fue puesto en ti por casualidad.

Te atrae hacia adentro en los momentos tranquilos.

Y entonces te preguntas:

¿y si la vida me está invitando a bailar?

 

Cuando tu mundo se oscurezca, no maldigas la mortecina luz.

Mira de nuevo, amigo mío.

Aproxímate y observa más de cerca.

Tú podrías ser lo que cambie esta noche.

 

Aprende a prender fuego a la vida,

encuentra a quienes te ayuden a arder.

No estás aquí para mendigar pedazos.

Fuiste enviado, y este es el momento.

 

Ese sueño fue plantado muy hondo en ti,

mucho antes de que lo sospecharas.

Persíguelo con fuerza y empieza ya.

Se hace tarde, hace frío, y el hielo vela los cristales.

Prende y deja que él te guíe a través de las llamas.

 

A veces rechazamos nuestra sanación porque todavía sentimos el dolor como prueba,

como el último hilo que nos conecta a lo que amamos,

la última conexión a la que nos aferramos.

 

Pero las heridas nunca fueron hogares para quedarse mucho.

Son solo recordatorios de los lugares por los que hemos pasado.

 

No deshonras lo perdido al elegir la vida.

Ponte de pie y da un paso adelante.

 

Una palabra dicha en el momento adecuado puede alzar un rostro,

puede cambiar una vida entera.

Así que ten siempre en cuenta las consecuencias de lo que ofreces.

Puedes cambiarlo todo.

Aprende a prender fuego a tu vida.

 

Nunca vivas el plan de otro.

La vida es demasiado corta para dar pasos prestados

cuando tu corazón ya sabe dónde debe pararse.

 

Si tu senda se siente solitaria,

si el precio te parece difícil de pagar,

recuerda que el fuego da calor

y también ilumina el camino.

 

Soy tuya, y lo digo claro,

porque no volveré a entregarme al miedo

de que todo arda y solo queden ascuas

candentes por donde no pueda caminar.

Si tránsito, que sea por algo;

y si caigo, que sea una caída sincera.

 

Aprende a prender fuego a nuestra vida,

caliéntala, porque perteneces a ella.

No eres un invitado molesto

que viene a mirar un eclipse desde la terraza,

ni un mendigo anónimo que arrastra los pies.

 

Haz lo que tu corazón te pida,

incluso cuando lo que pida asuste a tu lógica.

Lo que fue plantado en tu espíritu

nunca estuvo destinado a permanecer encerrado.

 

Ese sueño fue colocado en ti con intención.

Sigue adelante.

Y aprende a recorrer el camino

sobre las cenizas que dejamos atrás.

 

No estás tarde.

No estás roto.

Estás en camino.

 

                                        … para quien lo necesite en su oscuridad.

 

 

 

Laura Mir              


                                                       

LA BRECHA EN BUCLE


 


Mira qué cosa más rara nos ha pasado…

 

Laura escribió La Brecha hace un montón, en una libreta. Mucho antes de todo esto.

 

Yo el otro día encuentro una foto de un árbol rajado con una luz blanca por dentro. Y le digo: joder, es tu texto.

 

Se la paso y me dice: es esa.

 

Luego me manda un comentario que le ha dejado una chica al leerlo. Que se había quedado incómoda, que lo de los desprogramados le había dado vueltas.

 

Y nos quedamos así un segundo porque encajaba todo sin haberlo planeado.

 

Una lo escribe hace meses.

Aparece la foto después sin buscarla.

Alguien lo lee y se queda pillada.

 

Tres piezas que no tenían nada que ver y de repente van juntas.

 

Nos hemos pasado la mañana riéndonos y montando el tríptico. La Brecha, El Vacío y esto. Porque era demasiado bueno para dejarlo pasar.

 

No tiene más misterio. Al final lo importante es pasarlo bien. La vida es muy corta para no jugar.

 

Si os quedáis con la sensación rara, ya somos dos. O tres. O más.

 

Os leemos.

 

Leo M.