Una mujer ha transitado
tempestades, con fuerzas insospechadas, ya domina al agua brava y al violento céfiro,
y aún, todavía, no ha alcanzado en edad al tiempo.
Creció de más, y se rompió el orden
natural: niña (alejada), mujer (narciso exento), madre (ignorada/psicópata/indefensión
aprendida) …
Quiso ganar espacio, y en el
intento, llegó hasta aquí envuelta en sí misma y abrigada por costurones
“verdinolentos”.
Ahora envejece, y no, no puede, aunque
la marquen las canas, sentirse anciana.
Otra mujer, similar pero muy
diferente, camina encogida y abrigada en miedos porque solo ve imposibles sin
ningún intento, transita con voz quejosa, ciega al viaje, se postra ante los
años, los acontecimientos y la invisibilidad con mucho dolor y sufrimiento.
Y cuando la primera mujer, le habla
a la segunda, para animarla, de las fuerzas y los esfuerzos que hizo para
superar el difícil trayecto, la segunda le replica:
—Me estás mintiendo.
La otra mujer, la primera, se
encoge de hombros porque superó las opiniones de los otros hace tiempo, se gira
sin decir palabra, de golpe, sin dudar, como se gira el fuerte viento.
Laura Mir

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