Recuerdo que era
una noche en cuarto creciente y me encontraba mirando el horizonte, podía
disfrutar de la silueta recortada de las colinas y sobre la misma, un conjunto
de estrellas que centelleaban. Parecían que bailaban una bonita coreografía,
titilando al compás de una música que tan sólo ellas podían percibir. En el
centro, la luna presentaba su cara más divertida.
Llevaba largo
rato observando, cuando entre el resplandor de la luna y la oscuridad de la
noche, vi dibujada la silueta de un jinete montado en un caballo blanco, que
con gráciles movimientos seguían la bonita danza de las estrellas.
A medida que se
acercaba, pude contemplar lo bien que vestía, un traje negro de buen corte con
un gracioso sombrero de ala ancha y en su mano derecha llevaba una rosa roja.
Él bajó de su montura y, dirigiéndose a mí, me entregó la flor acompañada del
ofrecimiento de su brazo. Me invitó a seguir la danza que tan bonita me parecía
como si yo me hubiese convertido en una estrella y embelesada, al compás de la
música, empezamos a bailar. Bailamos hasta que perdí la noción del tiempo,
hasta que, de repente, un destello de luz y un fuerte estruendo me hizo volver
a la realidad. Desperté de aquel lindo sueño, que nunca más, por mucho que
insistí, se volvió a repetir.
Estrella
