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viernes, 16 de enero de 2015

La suspicacia del inspector Gutiérrez



Vivo en un pueblecito de interior, donde nunca sucede nada pero no dejan de pasar cosas, y todo se debe al increíble recelo del inspector de policía que se emplea con verdadera vocación, sin menospreciar la colaboración de sus ineptos ayudantes.

A Gutiérrez lo trasladaron de la capital hace unos meses y me ha llegado a resultar bastante irritante, porque todo lo convierte en un acto delictivo de gran trascendencia; pienso que si fuese juez acusaría a todos los posibles sospechosos a la pena capital sin posibilidad de defensa. Demasiado tesón para esclarecer casos inexistentes, entre ellos: La sustracción de la bicicleta ebria, Los sumideros pasan inadvertidos al atardecer, La okupación fantasma de los sábados tarde y El moroso misterioso que recibía cartas de desamor, en este último fue demasiado lejos, se presentó en nuestra casa con una orden de arresto para llevarse a mi compañera de piso.

En Mayo pasado, Troska cogió pulgas y cuando me di cuenta, Zafiro, Perla y Morgana, eran parásitos propietarios sin escritura legal de animales como avituallamiento. Ante la gravedad de la plaga no me quedó más remedio que bañar a la perra y a los tres gatos.

Todo fue bien hasta que le tocó el turno a Morgana, una gata arisca como pocas. Con la rabia de cien felinos, al meterla en la bañera se enganchó con saña y dientes, me desgarró parte de la carne del antebrazo. Tuve que ir a urgencias y el doctor anotó en el informe: Agresión Animal. Se curó con los días, y aquello quedó en una anécdota sin más.

En otro orden, mi compañera tiene un mono de noche precioso, de raso negro con hombros al descubierto, al probármelo el antepasado año para el festejo de Nochevieja, y por exceso de pandero, lo rajé de arriba abajo, cosa que la disgustó bastante, pero no dijo nada. Con resignación lo guardó para una mejor ocasión.

Después de un año de pasar hambre y realizar ejercicios agotadores, conseguí rebajar los nueve kilos que me sobraban para meterme dentro del mono. Me lo probé y estaba perfecto, el rasgado seguía descosido, pero quedaba bien aunque enseñara hasta donde la espalda pierde su decoroso nombre.

Así es que mi novio Daniel, unos amigos, el mono y yo, decidimos pasar el fin de año en el hotel de Doña Juanita, aprovechando una promoción.

Después de una noche de cierto desenfreno estábamos durmiendo plácidamente, cuando a las seis de la mañana sonó la alarma del móvil que no habíamos desconectado. A las ocho volvió a sonar y para nuestra sorpresa, era el teléfono de la habitación, desde recepción me requerían.

— Señorita Sanz, el inspector Gutiérrez pregunta por usted.

Me quedé pasmada, temblando contesté:

— Ahora mismo bajo.

Con las lagañas pegadas y el mono negro como testigo, porque no bajaba. Daniel y yo, nos acercamos a los cuatro agentes de policías.

— Señorita Núria Sanz, tendría que acompañarnos a comisaría para tomarle declaración. — Ante mi cara de incredulidad prosiguió. — Se ha presentado una denuncia de agresión contra usted. — Mi novio nervioso, observado y conteniéndose, no sabía qué hacer, y paseaba de un lado a otro midiendo el hall del hotel.

Como pude, aclaré la apreciación inadvertida de “animal” y en ese estado hipnótico mi mente no paraba de pensar y me di cuenta de que todo había sido producto de su imaginación enfermiza y mi falta de empadronamiento, mientras mis ojos no podían apartarse de la cara decepcionada que lucía ese primer día del año el inspector Gutiérrez. En el fondo me dio lástima que se quedará sin sospechoso a quien detener.


Sonia Mallorca


*Todo parecido con la realidad no es pura coincidencia.



NOTA: La frase “y en ese estado hipnótico mi mente no paraba de pensar y me di cuenta de que…” de la novela “El diario de un hombre decepcionado” de W.N.P. Barbellion, es la que he usado para este cuento en el juego literario FRASELETREANDO, organizado por la comunidad ALMAS DE BIBLIOTECAS Y CINE.

viernes, 26 de diciembre de 2014

LA BUHARDILLA DE OLIVIA



Desde el ventanuco de la buhardilla acompañada de su fiel perro Mysti, Olivia observaba como la nieve caía recubriendo las calles y los tejados de la cuidad.

La horrible mujer con la cual se había casado su padre, solía encerrarla allí arriba por cualquier motivo, real o ficticio, sin sospechar que a Olivia le gustaba ese lugar lleno de polvo y de misterio. Estaba repleto de cajas y de cosas que a lo largo de los años se habían ido amontonando por los rincones.

Hoy hacia mucho frío, el viento helado del invierno se filtraba por todas las rendijas y hacía que se estremeciera por mucho que se abrazara a su querido Mysti, mientras imaginaba que estaba entre los brazos de su madre. Olivia nunca había llegado a conocerla. Según lo que le había contado su padre, había muerto en el parto y aunque Olivia soñaba con ella todas las noches, nunca podía por mucho que se esforzara, recordar su rostro.

Además, nunca había visto una foto de ella en casa: “Seguro que la bruja con la que se había casado su padre las había tirado o escondido”. Pensaba Olivia.

Cuánto le hubiese gustado poder verla y dejarse querer por ella. Todo eso imaginaba mientras abrazaba a su único amigo, puede que nunca la hubiese conocido pero la echaba tanto de menos. Siempre pensaba en ella cuando veía a otros niños de la mano de sus madres cuando salía a la calle. En aquellos momentos no podía evitar llorar, lo que conllevó que no la sacaran mucho de casa por ser muy llorona y sensiblera.

Antes de ponerse a llorar otra vez, decidió buscar entre todas las pertenencias allí almacenadas, una manta vieja o algo con que cubrirse que mitigara un poco el helor que sentía.

La buhardilla estaba repleta de cajas, paquetes, muebles, maletas viejas, baúles; todo estaba cubierto de una gruesa capa de polvo.

Dentro de un viejo armario Olivia encontró un abrigo de lana, raído y descolorido que le quedaba muy grande, pero que le proporcionó protección contra el frío de esa tarde invernal.

Tenía las manos heladas, para calentárselas las metió en los bolsillos, faltaba poco para que su madrastra viniera a buscarla, siempre le levantaba el castigo un poco antes de que volviera su padre del trabajo, para después hacerse la mártir y quejarse del comportamiento incorregible. Éste, cansado de trabajar, escuchaba las quejas con paciencia y la reconvenía un poco. Ella sabía que su padre la quería, pero estaba tan ocupado que pocas veces podían disfrutar juntos.

En ese preciso momento le pareció palpar algo en el fondo del bolsillo derecho del viejo abrigo que le llegaba hasta los pies, era una vieja nota de papel amarilleada por el tiempo, que ponía:

“Busca la puerta del mundo olvidado que está hacia abajo y donde sólo se puede llegar desde arriba. Cuando lo encuentres, allí te estaré esperando.

Madelene”.

Madelene, era el nombre de su madre. Leyó la nota unas cuantas veces más, hasta que se convenció de que la misiva era de ella y algo dentro de su corazoncito le decía que buscara esa misteriosa puerta. Cuando oyó que la llamaban, era su madrastra que le decía que ya era hora de volver a su cuarto para esperar a su padre, Olivia se guardó la nota y escondió el abrigo, resuelta a volver cuanto antes para poder empezar la búsqueda.

Aquella noche Olivia soñó que bajaba unas escaleras de colores y al final de ella, la esperaba una mujer vestida de blanco con los brazos abiertos a los cuales se lanzó sin pensarlo, sabía que era su madre. Mientras la abrazaba y la besaba esta le dijo al oído:

— Sabía que encontrarías el baúl, hermosa mía.

Olivia se despertó sobresaltada, ella había visto unos cuantos baúles viejos en la buhardilla, debía volver ahí arriba la antes posible. Decidió portarse mal desde primera hora, con un poco de suerte su malvada madrastra la castigaría pronto y podría comenzar su búsqueda. Olivia volvió a dormirse con una sonrisa en la cara.

No eran aún las diez de la mañana, cuando Olivia ya estaba castigada en la buhardilla con su amigo Misty. Había derramado adrede una botella de leche, crimen capital, según su madrastra.

Una vez en la buhardilla y con el viejo abrigo puesto, Olivia empezó a buscar, los baúles estaban casi todos en el mismo lugar, en un rincón, unos sobre otros; todos eran más grandes que ella, ninguno parecía diferente a los demás, salvo uno.

Éste, curiosamente estaba tapado con una manta gruesa y pesada, después de tirar y forcejear, por fin pudo dejar al descubierto el misterioso baúl, Olivia se quedó con la boca abierta. No era un viejo trasto lleno de polvo y mugre, era magnífico. Las esquinas estaban tachonadas con cobre, todas las bisagras brillaban, la tapa estaba tallada con imágenes de planetas, animales fantásticos, dragones, hadas, hasta había unicornios que parecían tener vida propia. Olivia sabía que había encontrado el baúl de sus sueños, ahora sólo faltaba poder abrirlo.

El cierre era de un hierro negro y brillante, no se veía ningún agujero de una cerradura y parecía que era una pieza más de adorno. Olivia intento tirar de la tapa hacia arriba, pero no se movía, además de que debía pesar bastante, ya llevaba más de una hora intentando abrir el dichoso baúl, cuando en una esquina de la tapa se fijo que había una talla diferente a las demás, era la palma de una mano pequeña como la suya.

Olivia con el corazón latiendo muy rápido en el pecho, apoyó su mano sobre la talla. De repente el baúl comenzó a temblar y a sacudirse, asustada Olivia retiró la mano.

La tapa se estaba levantando sola, muy lentamente y por la rendija salía una luz dorada que hacía daño a la vista si la mirabas muy fijamente. Misty estaba a su lado gruñendo ligeramente intercalando algún gemido, pero movía el rabo como si supiera lo que había en aquel baúl.

Cuando estuvo abierto, Olivia no pudo evitar asomarse dentro.

Al hacerlo vio una escalera de peldaños de colores, igual a la del sueño.

Misty y ella, empezaron a bajar adentrándose en un mundo nuevo, todo lo que les rodeaba era mágico, las nubes del cielo que ahora la cubría se paraban a hablar, los pájaros tenían cuatro alas, las fuentes de agua cantaban canciones, extraños y bellos caballos galopaban por los prados de hierba intensamente irisados.

Subiendo hacia ella por aquella escalera, Olivia, vio a una mujer vestida de blanco, con sus largos cabellos dorados que parecían dejar polvo de estrellas a su paso, supo de inmediato quien era aquella desconocida, por fin sus sueños tendrían rostro.

Olivia y su madre se fundieron en un abrazo de años de separación y de tristeza, que en esos mismos instantes se esfumaron para dejar paso a la alegría y la felicidad más absoluta, entre lágrimas, risas entrecortadas y tiernos besos.

Olivia y Misty en contra de lo que podríais pensar no desaparecieron, la madre de Olivia era una gran maga que había sido desterrada del mundo de los hombres por la maldición de un malvado brujo, pero ella había conseguido mantener una de las puertas mágicas abierta. Sabía que su hija algún día la encontraría porque también poseía sus poderes, y su don la guiaría hacia ella.

Esa puerta tenía una peculiaridad, en cuanto traspasabas su marco, el tiempo se paraba en el mundo de los hombres.

Olivia pudo vivir felizmente a caballo entre dos mundos, y durante toda su vida la acompañó un baúl de madera tallada con las esquinas remachadas de cobre brillante.


Sonia Mallorca





sábado, 8 de noviembre de 2014

Hacedor de mundos - Relato a 6º Concurso Arma una historia basada en una imagen



Me encuentro en mitad de una pradera que se extiende hasta donde abarca la mirada; la hierba verde aún salpicada del rocío, brilla bajo la luz de la mañana. Hay una ligera cuesta que lleva hacia lo alto de una colina. Allí dirijo mis pasos. Una vez en la cima, una figura a cierta distancia e inmóvil, llama mi atención. Parece un árbol, pero no consigo verlo bien, debo acercarme más, la curiosidad me puede.

Ignoro por qué, pero tengo la sensación de que el tiempo se ha detenido, mientras me acerco a lo que sin duda es un gran árbol, aunque algo extraño. Me recuerda a las leyendas sobre los ents, esos míticos y milenarios arboles pastores que guiaban a sus pares por un mundo tan antiguo que su recuerdo se pierde en las edades de la memoria arcana.

Nunca creí que tendría la ocasión de ver un ents, pero este no es uno de ellos, es algo aún mucho más especial. No me atrevo a acercarme, me siento en la hierba a cierta distancia y escucho como aquella cosa canta con voz amorosa al vástago que gesta en su abultado vientre, mientras la brisa mece suavemente las hojas de sus frondosas ramas.

De repente me doy cuenta de que es un hacedor de mundos, el árbol sagrado que cobija bajo sus ramas los universos de todos los tiempos y lo que lleva en el vientre es un mundo nuevo. Siento, más que veo: su cielo azul salpicado de nubes blancas, sus mares, tierras y a todas las criaturas que habitan en él.

Oigo como su corazón late al ritmo de las estaciones que están por llegar, fuerte y joven, henchido por el ansia de salir al día que se avecina lleno de un futuro terrible y maravilloso, me invade una sensación protectora, y no puedo evitar que mis sentidos liberados, sin cuerpo, se unan a esta nueva tierra a punto de nacer.

Acunados por las mareas del tiempo estas sensaciones se abren, dando paso hacia las entrañas de este nuevo ser, haciéndome una con su corteza.

Todo tiembla y se estremece a mí alrededor, como si todo fuera a estallar, las puertas de la inmensidad se están abriendo, creo que ya ha llegado el momento y pronto estaré sintiendo sobre la piel el calor del sol, veré como las nubes cabalgan sobre los vientos hacia los cuatro puntos cardinales, libres por fin y llenas de vida por compartir.

Ayer era una mujer que paseaba por un prado de hierba verde aun húmeda de rocío y ahora soy aquella que guía hacia la nueva luz a un mundo lleno de esperanzas y de ilusiones por estrenar.

La fuerza que me empuja se hace patente en mí, todo se distorsiona mientras la velocidad de los acontecimientos hace que mí alma se estire hasta el punto de una ruptura que nunca llega a producirse.

Abro los ojos sin saber muy bien donde estoy, mientras el condenado despertador parece haberse vuelto loco, lo apago y cojo rápidamente ese cuaderno que tengo sobre la mesilla para apuntar lo que he soñado.

Arreglada, salgo a la calle, voy retrasada, para no cambiar. Noto algo extraño en el ambiente, la gente está parada en los portales, fuera de sus coches, mirando hacia el cielo, y todo, todo, todo… es silencio.

Lo que hay en el cielo me deja boquiabierta: llenando el espacio, hay un mundo nuevo, una tierra gemela, rotando sobre su eje, ajena a tanta expectación, luce resplandeciente e inmensamente azul.

Mientras el silencio de las segundas oportunidades, lo envuelve todo.



Sonia Mallorca




sábado, 1 de noviembre de 2014

Cortos al Primer Concurso de Microterror de Sonia Mallorca y Benjamín J. Green - Relato ganador en la categoría Presentación: PLACER SANGRIENTO de Benjamín J. Green







PLACER SANGRIENTO


Oigo los gritos de la gente, veo como corre la sangre y un escalofrió de placer recorre mi cuerpo, en casa me masturbaré frenéticamente mientras rememoro las imágenes.

Hoy le ha tocado al pasamanos de madera del metro, se ha llenado de sangre enseguida, casi me corro allí mismo.

Ahora necesito encontrar un tobogán de esos antiguos donde poder insertar mis cuchillas de afeitar, esta vez me llevaré una cámara para poder filmar como se rajan las piernas los niños que se tiren por él.

Sé que detrás de tu casa hay uno de esos, mañana estaré por ahí.


SOLO


Algo pasa, tengo la impresión de que no estoy solo mientras escribo, ya van dos veces que me parece ver una sombra por el rabillo del ojo.

Siento frio, sin embargo todo está cerrado.

Juro que a veces hay algo que pasa rozándome, tengo hasta miedo de apagar la luz,  me ha parecido ver brillar unos ojos en la oscuridad de mi habitación.

Esta mañana no pude abrir la puerta de la calle, hace días que no duermo y en mi cama hay alguien tirado, inmóvil.

Hoy a su lado hay una mujer de negro mirándome.

Estoy solo… tengo miedo


Autor: Benjamín J. Green


                                                        *****



PERFORMANCE


La rata indiferente a mi presencia se dedica tranquilamente a lo suyo, que es hincarle el diente al dedo pequeño de mi pie derecho, mientras una de sus hermanas ya se está cebando con lo que queda del izquierdo.

Esta anestesia que me inyectan cada dos horas es increíble, no siento nada y como estoy amarrada a una cama sin posibilidad de moverme, como todos, contemplo el espectáculo.

La sangre que empapa las sabanas atrae a más ratas negras y veo como la más grande se va acercando al ojo que me queda, hasta parece sonreír, mientras me lo arranca.


MALDITA


Hace unas semanas, he participado en una sesión de espiritismo y una tarde al ir a aparcar mi moto en el garaje, en mi sitio había un tipo siniestro que no se quería apartar, me bajé de la moto mosqueada a punto de decirle cuatro cosas, cuando me habló:
— Hola Sonia, ya llevo una hora esperándote.

— ¿Y tú quién eres? — Le espeté de mal humor.

— Al que has llamado hace algún tiempo, soy el diablo y siempre que estés sola te visitaré.

Hasta me casé para no estar nunca sola, en vano.

Maldita, pienso mientras me disparo.


Autora: Sonia Mallorca







sábado, 25 de octubre de 2014

Mientras la hiedra crece - Primer relato ganador del 5º Concurso Arma una Historia basada en una imagen









Hay muchas maneras de sentirse, pero en la situación que estoy viviendo actualmente puedo afirmar que es de extrañeza,  como si lo extraño no fuera ya suficientemente raro, inhabitual e increíble; cuando piensas que nada puede sorprenderte, el destino te da un revés con mano vuelta mostrándote con todo lujo de detalles, lo equivocada que estabas.

Heredé esta casa señorial de dos pisos, al fallecimiento de mi abuela paterna, junto a un pequeño montante en efectivo que no llegaba para cubrir por completo su restauración, por lo que opté por pagar los tributos, rehabilitar la planta baja, adecentar un poco el jardín y darle una buena podada a la salvaje hiedra que amenazaba con cubrirlo todo. Acabadas las obras y en espera de un golpe de mayor fortuna, nos instalamos hace unos meses mi perro Chasco y yo.

Todo parecía ir bien, pero me sentía como si en la casa hubiese alguien más. No, no es que faltase nada, pero notaba que las cosas a la vuelta del trabajo no estaban tal como las había dejado, y por las noches en la planta superior se oían ruidos, pero en las casas viejas ya se sabe, todo cruje. Ni puertas, ni ventanas forzadas, todo cerrado para aumentar la intriga.

Día tras día, vivía con la sospecha, y antes de que la paranoia me afectara por completo y acabaran encerrándome en un psiquiátrico, seguí el consejo de un compañero de trabajo e instalé una cámara detectora de movimiento, de esas que se ponen en marcha y echan fotos por segundo.

Cuál no sería mi sorpresa al revelar las casi dos mil fotos, cuando en las últimas instantáneas aparecía un hombre mayor, trajeado y bien peinado junto a mi perro Chasco. Entonces me di cuenta de que ese señor con tan buena planta, vivía en mi casa, a unos metros por encima de mí.

Por un momento pensé en llamar a las autoridades y que ellas se encargaran, que para eso están. Pero por otro lado y ante este carácter romántico y mistérico que me posee, quería conocer a toda costa, la identidad de mi carismático inquilino, exento de alquiler.

Preguntando por el pueblo, aquí y allá, a las porteras por vocación más que por oficio, me enteré de que mi abuela vivía con un amante, todo un caballero de los de antes, educado y galante, caído en desgracia, pero que le dio compañía y calor en sus últimos años, del cual nosotros no teníamos menor noticia.

A su fallecimiento, ante el talante intransigente y egoísta de mi padre, por nadie ignorado y para evitar mayores sufrimientos a la familia, la buena mujer decidió no dejarle nada a ninguno de los dos, y legarme la totalidad de sus bienes, con la esperanza de que pareciéndome a ella en su compasión y por caridad humana, diera cobijo y abrigo a ese hombre.

Ya han pasado varias semanas de este descubrimiento, y como si no pasara nada, que sí que pasa porque es muy extraño, los dos hacemos nuestra vida haciendo que nos ignoramos por completo. Existiendo un nexo de unión entre ambos, mi perro, mejor dicho, nuestro perro Chasco, que parece que ha adoptado al caballero, por el cariño que le profesa.

Cuando creen que estoy dormida, hombre y perro salen a contemplar las estrellas, pero en realidad les observo desde mi ventana, dándome cuenta de la forma curiosa con que la hiedra crece, tupida, espesa y con fuerza salvaje, custodiando los velados secretos, por todo el jardín.


Sonia Mallorca


domingo, 19 de octubre de 2014

La Dama de Agua




Aquella tarde Clara estaba nerviosa, su padre volvía de un viaje de negocios después de una semana, resultaba insoportable aguantarla, arriba y abajo, saltando. Su abuela para tranquilizarla la hizo sentar a su lado y comenzó a contarle una historia:

— Hace algún tiempo, en un bosque cercano donde hay un río, vivía en sus profundidades, una linda Dama de Agua, de larguísimos cabellos negros y ojos cristalinos. Por la noche se sentaba en una roca a la luz de luna y con un peine de plata se peinaba y esperaba, durante el día era un mirlo negro y hermoso.

— ¿Qué esperaba abuela? ¿Qué es un mirlo? ¿Por qué era un mirlo? ¿Es en el bosque de al lado? ¿Es en el río del bosque?...

— Tantas preguntas no sé si podré contestarlas, ya se me ha olvidado la primera. Mira, te cuento la historia y luego me haces todas las preguntas — la niña asintió con la cabeza — Estas mujeres son muy raras de encontrar porque son escasas; pero son de una tal belleza que hechizan a los hombres, los enamoran, para tener descendencia.

— ¿Qué es enamorar abuela? ¿Y la descendencia?

— Enamorar es querer a alguien y la descendencia son los hijos que tiene la pareja, como tu padre y tu madre.

— A mamá no la conocí.

— Murió al nacer tú — dijo la abuela con pesar en los ojos mirando a aquella chiquilla de tez traslúcida — Sigo con la historia. Pues una de ellas, una noche conoció a un hombre y se enamoró perdidamente de él, cosa que una Dama de Agua no debe hacer jamás, porque nunca tienen niños, sólo engendran niñas que se llevan con ellas al fondo del río, porque son niñas tan especiales como ellas, de día pájaros y de noche mujeres acuáticas. Pero está se enamoró perdidamente, hasta el punto de que cuando tuvo a la niña por el amor que sentía hacia su pareja, la dejó a su cuidado, sacrificando el amor que una madre puede sentir. La excusa que puso es que quería que conociera los dos mundos, porque llegado el momento, la niña tiene que volver al lecho del río, al llegar al final de la pubertad se vuelven inmortales.

— ¿Qué es el final de la pubertad, abuela? — preguntó Clara ya más calmada.

— El final de la pubertad es cuando una niña deja de ser niña y se convierte en mujer.

— ¿Eso me pasará a mí?

— Eso nos pasa a todas.

— ¿Cuándo?

— Llegará un día que tu corazón te dirá que estás preparada para aceptar el amor de un hombre. Ese día, habrás dejado a la pequeña niña que eres, y serás una hermosa mujer.

Clara se quedó pensativa. No entendía que pudiera existir más unión que la que la unía a su padre y a su abuela. Los nervios volvieron a activarse, y corrió a la ventana en busca de una nube de polvo que le indicara la proximidad de su padre. Bajo la coreografía rítmica de los vencejos, vio que el momento ya llegaba, estaba a punto de llegar.

Corrió hacia la puerta.

— Clara — dijo su abuela interrumpiendo su carrera. – Dame un beso.

Dudó un segundo, y a la misma velocidad, corrió hacia a su abuela a darle un abrazo, mientras ella acariciaba toda la largura de su pelo. Al salir, dejó que entrara toda la luz por la puerta que quedó abierta.

Mientras el rugido del coche cesaba, y se escuchaban los gritos enérgicos de la niña, la abuela estrechó entre sus manos aquel peine de plata, que su hijo trajo junto a su nieta recién nacida.



Sonia Mallorca y Jaime Ros


viernes, 10 de octubre de 2014

Miles de años deseando - 4º Relato ganador del concurso "Arma una historia basada en una imagen"





Estoy en un lugar de mi vida en el cual, tengo más pasado que futuro y que puedo elegir lamentarme por ello o alegrarme por lo que me queda. No siempre tengo claro cual de las dos cosas hago ni por qué lo hago. Cuando me encuentro en ese intermedio en el cual ni una cosa ni la otra existen.

Hay días que me invade esa cansada lucidez, que me cuenta cosas que ya conozco y recuerdo, que pesan tanto como el mundo que llevo a mi espalda cansada y torcida por el tiempo que pasa indiferente a mis negros, tristes y caducos pensamientos.

Otros son claros como las mañanas de primavera, donde el sol brilla y calienta esta mente joven que solo contempla el horizonte o el lugar donde se juntan el cielo y la tierra, que me llama y me promete que todo será del color de los sueños que aún están por llegar, pero no llegan.

También existen aquellos por los cuales uno camina, sin pasado ni futuro, mirando a través de los ojos de otros, que a su vez hacen lo mismo hasta el infinito que no existe y que se pierde en los confines de lo que nunca podrá ser, de lo que nunca es y de lo que nunca fue.

Los años malos y buenos se mezclan en esa batidora que se llama existencia, que todo lo masca y que acaba siendo algo que te acompaña por el sendero que conduce a Yggdrasil, el árbol de la vida, guardián de la sabiduría y del destino, esperando a que las hilanderas del hilo infinito que guía tu vida se cansen de ti, y lo corten.

Días de pasados, futuros e inciertos, se van turnando en la rueda que nunca para de girar, llevándonos en su baile enloquecido por las edades que nos toca vivir, reír o llorar, sin que nada puedas hacer, más que seguir girando hasta que un día te caigas de ella y pases a formar parte del abono que hace que el tiempo florezca los frutos, esos que nunca podrás probar ni saborear.

Cuál es el aliciente que hace que te levantes por las mañanas para seguir caminando, aunque sea a regañadientes, dolorido y exhausto, decepcionado por lo que te rodea, hastiado de la esperanza y de las promesas incumplidas de los tiempos. No lo sabes o quizá no te importe, sólo hay que poner un pie delante del otro hasta que caigas por el abismo, que seguro más pronto que tarde, se abrirá bajo tus pies.

Hoy caminas erguido ligero como la brisa que te lleva en volandas hacia la luz del nuevo día, siguiendo la pista a los sueños de felicidad y de locura compartida con la conciencia recién lavada y perfumada, hoy vistes de nuevo, enseñando la eterna sonrisa del que cree firmemente en la bondad y en la verdad de lo que le rodea, pisando fuerte por la senda del que sabe que todo va a salir bien sin mirar hacia atrás.

Todo esto sería maravilloso si fuera humano, pero solo soy un androide con forma humana, con un corazón digital, que está a la vista de todo el mundo, que por alguna razón desconocida es capaz de soñar, sentir o imaginar. Me siento tan solo entre los míos, tan despreciado por los humanos, que cuando observo mi imagen reflejada en un cristal con ese display que enseña los años de mi corazón de metal, además de la tristeza de mi mirada, me refleja un corazón destrozado a pellizcos.

Sólo deseo que se apague de una vez para poder descansar.


Sonia Mallorca



viernes, 3 de octubre de 2014

En dos desiertos distintos - 1º Relato ganador concurso Escribir a Dúo










Ni siquiera había anochecido y estaba realmente cansada, había tenido un día terrible. Llamada tras llamada, consulta tras consulta, urgencia tras urgencia; pero una en especial de última hora, que había durado más de dos horas entre la vida y la muerte, habían mermado todas mis fuerzas.

Llegué a casa arrastrando de mí misma, me tumbé en la cama, sólo por unos instantes simplemente para reponerme. Cuando me di cuenta estaba soñando, y mientras soñaba, soñaba que soñaba que me había dejado la luz encendida, las gafas puestas, el libro sobre el regazo y la aguja con la que me recojo el pelo y siempre termino clavándomela, en la mano.

Por un instante pensé que la escena era grotesca y descontrolada, precisaba con urgencia ser inmortalizada, nunca me había pasado algo así, por lo que abrí los ojos, conecté el ordenador y empecé a escribir, dejándome llevar…

Volví al mismo árbol, como hago siempre, para cambiar las flores marchitas, abrazarme al tronco para sentirme un poco más cerca de ti, y gritar en alto tu nombre:

— ¡¡¡SERGIOOOOOOO!!!

Pero todo era diferente, la carretera estrecha y tortuosa ya no era la misma, ni las florestas, ni los boscajes, ni los árboles, ni siquiera el árbol, el maldito árbol no estaba allí. Los colores eran distintos, más vivos y los aromas más suaves. Giré a mí alrededor por si me hubiese equivocado de lugar, pero no era así, la casa de la loma seguía en el mismo sitio, enmarcada por un impresionante cielo azul, desfiguraba el horizonte con altanería e insolencia. No entiendo cómo después de tanto tiempo, de tantas veces como había ido, nunca lo había apreciado. Despertó mi interés y emprendí el sendero hacia la cancela.

A medida que me aproximaba llegaban los sonidos a chiquillería, risas, juegos y algarabías de bocas infantiles.

Pude verlos bien tras la verja, jugaban, reían, eran felices y emanaban nueva vida.

Estaban todos, todos aquellos niños mutilados que salvamos de las minas.

Y entonces caí en la cuenta, comprendí, pude comprender por fin tus palabras ante tantas quejas: Nunca somos por lo que tenemos, ni siquiera somos por lo que creemos, somos, y escucha bien, sólo somos, por lo que hacemos.

Me giré, no quise molestarlos y comencé a desandar el camino.

Desperté plena de una emoción que no puedo definir, es como si lo sintiera cerca, muy cerca, casi en mi interior, como nunca lo había sentido estando en vida.

Fuera había anochecido; me quité las gafas, cerré el libro, me recogí el pelo, apagué la luz y abracé con fuerzas mis piernas. Y con la cabeza recostada entre ellas, consideré lo que construimos juntos en aquellos campos de refugiados, en aquél ardiente desierto en guerra, plantando cara a la muerte, fue donde en realidad fuimos, cerré los ojos y comprendiendo, la herida de mi pecho cicatrizó, y por fin, pude llorarte.

                                                                   *****

¿Recuerdas cuando rodábamos por las dunas hasta que nuestros cuerpos chocaban en un rincón del desierto?

Estuve mucho tiempo en lo alto de la duna contemplando las islas de arena rodeadas de sus propias sombras. Hasta que me dejé caer por la ladera buscando entre caricias, a piel suave, entre enfermedades y lucha, una velocidad que diera un sentido a los criminales ecos de cada fatalismo. Mi velocidad se tuvo que reducir a cero. Cumplí. Sólo fue eso, que mi vida plena tuvo que decir adiós.

Ahora no sé saber decirte que estoy bien, ahora no sé saber decirte que el sol ya no me quema, que vivo en una constante puesta de sol. Ahora no sé hacer para que la luz que tanto me llena te atraviese, ahora no sé hacer que la sombra que es tu dolor se convierta en el primer rayo del día.

Intento comprender por qué es mi nombre el que se desgañita en tus noches de desvelos, mientras es pura placidez la que me ha llegado tras mi muerte.

Quisiera que bailaras bajo la lluvia del desierto, como cuando tus pies descalzos se iban hundiendo bajo los granos que no soportaban tu peso, quisiera volver a ver tu pelo mojado aplastado en tu cara quemada por el Sol, y que de ahí, de esa agua, de esa sonrisa, volvieran a salir las Reinas del Desierto, volviera a brotar tu risa que bien valía la condena de mil noches de desierto.

Deja, entre bailes y risas, que el agua que nos besaba desde el cielo, vaya limpiando cada grano de dolor que se adhiere a tu alma, que se quede en su lugar, en el suelo del desierto, bajo las estrellas que nunca supimos contar, porque era nuestro calor el que nos protegió del frío de cada día que allí vivimos. 

Deja que sea lo que soy, comprende y deja ahora, que sea libertad.



Sonia Mallorca y Jaime Ernesto


viernes, 19 de septiembre de 2014

El despertar




Miro a tus ojos y no veo ese hermoso color verde, a tientas como un ciego, sólo siento, siento en la piel tus miradas cálidas que me abrigan en los tiempos gélidos, cuando en las noches de invierno ando perdida sin encontrar donde refugiarme.

Me ofreces tu cuerpo como la única verdad de la vida, aún sabiendo que lo profanaré de verdades poco ciertas una vez más, y que marcharé al amanecer sin mirar atrás. Habiendo saciado las ansias, te dejo desnudo y expuesto al mundo, quizás con las ganas reprimidas de esa caricia secreta por miedo a no verme volver jamás.

Me has dado los mejores años de tu vida, esas experiencias que no puedes trasmitir, pero que sé que existen porque me llenan de paz en esas guerras que libro con los más  absurdos adversarios, pero tú, respetando mis imaginaciones, no dices nada, sólo sonríes ante mi candidez.

Tú, que con tus labios pintas esos universos de luz que me llenan cuando me siento vacía, triste y oscura; perversa y retorcida me dijiste una vez; me enrosco del dolor que el desamor e incomprensión provoca, sin comprender que al corazón no lo calma la pasión loca y fatua, si no la ternura infinita con la que me abrazas.

Contigo no hay miedos que no pueda superar. Hoy me he puesto a pensarte un poco más, lo sé, terca hasta la médula. En este ignoto desierto del pensamiento contrapuesto, me he dado cuenta de que me amas sin pedir nada, sin exigencias, y yo, he visto la realidad de esta estúpida que sintiéndose mujer a tu lado, no ha sabido apreciar cómo se debe todo lo que me profesas.

Cansada de negarte en silencio y de rotar por el mundo buscando un no sé qué, quiero quedarme enredada en tu pecho y en tu ternura para siempre, porque me he dado cuenta, y espero que no sea demasiado tarde, que te amo con locura, y que no hay otro sitio donde quiera estar, quiero toda esa fuerza, apoyo y refugio que me consagran tus brazos y que hasta hoy no he sabido valorar.

¿Me puedo quedar?


Sonia Mallorca