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miércoles, 10 de enero de 2018

Mi mejor momento - José Mª García Sánchez







El sol ya había empezado a despuntar por el horizonte, estábamos a finales de mayo y amanecía más temprano. Llevaba los ojos entrecerrados por el sueño y los cegadores rayos de luz que venían del este. La temperatura a esa hora era agradable, y por un instante, me arrepentí de llevar una chaqueta de lana fina, me estorbaba.

Nos dirigíamos a Palma, donde nos esperaban a partir de las siete. Ya casi era la hora. El traqueteo del viaje y el no haber comido nada desde anoche, me habían revuelto un poco el estómago. Los demás estaban en silencio, si acaso se oía algún leve quejido, quizá por la brusquedad del conductor, que nos trataba como a animales.

Llegamos a un polígono industrial a las afueras de la ciudad. Desde luego aquello no era el Palacio de Marivent. Bajamos por la puerta trasera en fila india. Unos empleados nos apremiaban para ir más deprisa, alguno incluso de forma francamente desagradable.

Una vez dentro, lo primero que noté fue un olor nauseabundo. A pesar de que todo estaba limpio, las paredes alicatadas y el suelo brillante, el ambiente era fétido. Y un murmullo que parecía provenir de otras salas, me recordaba un lamento.

Cuando todos estuvimos allí, esperando con la excitación de quien hace algo nuevo, apareció un tipo que empezó a separarnos por grupos, aunque no entendí qué criterio seguía. Puede parecer absurdo, pero se diría que lo hacía por tamaños, o por peso. A mí me colocaron pasado el último grupo, junto a la pared del fondo. Al principio pensé que me dejaban solo, seguramente porque era el más joven de todos, pero finalmente trajeron a otro compañero más o menos de mi misma edad.

Pronto el primer grupo, formado por los más viejos, fue conducido a una sala contigua, parecía mucho más grande. Los empleados los trataban con malos modos, a empujones y sin miramientos. Cerraron la puerta al salir y se hizo un profundo silencio entre nosotros, apenas interrumpido por lejanos y acompasados ruidos de maquinaria, que con la regularidad propia de un reloj, mantenía un ritmo monótono y constante de sonidos metálicos.

Fueron saliendo los grupos por ese extraño orden descendente, siempre con los mismos modales e idéntica desconsideración, hasta que quedamos solamente, mi circunstancial compañero y yo. A nosotros nos trataron un poco mejor, acaso por el aspecto desvalido que da la infancia. Incluso un empleado muy joven, me acarició la cabeza.

Nos llevaron a otra estancia más pequeña con una especie de camilla en el centro. Un tipo vestido con una bata blanca —a lo mejor, un doctor—, me cogió por las axilas y me pesó en una balanza romana, me midió con una vara y me palpó el cuello y las piernas. Mientras negaba con la cabeza, le comentó algo a su ayudante en un idioma que no entendí. Por un momento, añoré la vida anodina y aburrida que había llevado hasta entonces en Algaida junto a mi madre.

Hizo la misma operación con mi compañero, aunque a éste, nada más lo midió y lo pesó. Inmediatamente se lo llevaron con los otros y volví a quedarme solo.

También habían salido los de la bata blanca, y me acerqué a la puerta entreabierta. Era una fábrica maloliente, llena de cintas que transportaban bultos sin formas reconocibles, de hombres y mujeres con delantales, guantes y gorros que iban de un lado a otro. Y aquel olor infame, lo inundaba todo.

Pensé que por mi edad o mi físico, no era apto para estar allí, por eso me rechazaban. Querría haberles dicho que a pesar de mi apariencia podía serles útil, pero sabía que no me entenderían por mucho que me esforzara.

Un empleado me cogió y me llevó de nuevo afuera. Me dejó al cuidado del conductor, que fumaba un cigarrillo tras otro. Me gustaba el olor a Bisonte, pues enmascaraba aquel otro tan penetrante y repugnante.

Del interior de la nave, se oía el ritmo machacón de cadenas y maquinaria, cintas y golpes. La actividad era frenética, y yo había sido excluido sin saber exactamente por qué.

El conductor estaba sentado en un poyete, a la sombra de la pared del edificio. Con el cigarrillo apagado entre los dedos amarillos de tantos años de nicotina. Dormitaba. Un camión frigorífico estaba en el muelle de carga, situado en el otro extremo de la nave, esperando para ser cargado. Eso me daba una idea de que probablemente en aquella industria se trataba con productos perecederos.

Aproveché la siesta del fumador de cigarrillos sin boquilla, para colarme en la fábrica. Vi a algunos de mis compañeros haciendo cola, tal vez repartían el desayuno. Me coloqué tras ellos y los seguí. Una cinta mecánica, como las de los aeropuertos, facilitaban nuestro tránsito por el inmueble. Diríase que no querían que malgastásemos nuestra energía en el traslado. Cuando estábamos a punto de entrar en una habitación, el pasillo se fue haciendo cada vez más y más estrecho, hasta el punto de no poder moverme. Suerte de que la cinta transportadora del suelo,  nos hacía avanzar.

Al final, sólo veía a quien me precedía en el camino, hasta que un brazo articulado, grande y vigoroso, me inmovilizó la cabeza. Un golpe seco en el occipital me dejó aturdido, casi inconsciente. No pude ver cómo una sierra circular que tenía a mi derecha me seccionaba la yugular. Al mismo tiempo, una cadena me enganchaba una pata trasera, me rompía la pezuña, me volteaba y colgaba de un gancho del techo. Fui avanzando cabeza abajo, medio adormecido, tras mis compañeros. Todos iguales, todos colgados del revés, todos desangrándonos lentamente. Entre brumas, noté el calor de la sangre resbalar por mi cuello, empapando la lana de mi cara y tapándome un ojo. Inútilmente intenté balar para llamar a mamá, pero la sierra mecánica también debía haberme seccionado la tráquea.

Poco a poco fui perdiendo fuerza, ya no podía agitarme, ni respirar, ni ver. Únicamente sentí el hedor de la muerte. Mi último aliento sirvió para contar mi postrera hora de vida, sin duda, la mejor de todas.
 


José Mª García Sánchez



lunes, 25 de septiembre de 2017

La cooperativa - José Mª García Sánchez





Augusto Indeleble decidió suicidarse tras saberse con serios problemas económicos. Necesitaba despedir a un empleado y no tenía valor para hacerlo.

Tras dejar una nota al Juez, fue incapaz de apretar el gatillo. En su último delirio, pensó en una alternativa: reunir a sus seis empleados y proponerles jugar a la ruleta rusa.

Cada uno de los trabajadores haría un disparo apuntándose a un pie. Si no tenía bala, el afortunado seguiría trabajando. En caso contrario, se ganaría una pensión por invalidez y el resto de sus compañeros conservarían el empleo.

Los cinco primeros lo intentaron sin éxito.

Sólo quedaba un turno. Rogelio cogió el Colt  con firmeza y disparó.

«D. Augusto Indeleble, conocido empresario local, se suicidó ayer en la soledad de su despacho. La Guardia Civil, alertada por sus propios empleados, halló muerto al malogrado gerente de la empresa con un revólver en la mano y un disparo en la cabeza. Una nota manuscrita explicaba las razones que llevaron a Indeleble hasta tan trágico desenlace.

Los trabajadores, huérfanos tras el fallecimiento de su jefe, constituirán una cooperativa que llevará su nombre en homenaje a su memoria.

La familia pide una oración por su alma. Que Dios le perdone.

El Palentino, 7-9-2017».



José María García Sánchez