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lunes, 8 de enero de 2018

La noche estrellada - Jaime Ros






La curiosidad siempre fue un gato que no había muerto. Por eso, a pesar de que sus gafas oscuras y su bastón la señalaban como invidente, decidió entrar a la sala de exposiciones.

Intentó seguir los pasos que se ampliaban con sus propios ecos, queriendo distinguir así, dónde encontraban las vistas la importancia. Cuando unos cuantos pies marcaron con su sonido su marcha, se situó donde creyó que estaba el cuadro y se quedó mirando sin poder mirar. Gente venía e iba. Pero seguía allí quieta, mirando una oscuridad como otra cualquiera.

La noche es un telón azul, que se arremolina, como la tela que se va escondiendo bajo un puño.                           Una voz, que se situó detrás de ella, hizo que su pelo oscilara.              ¿Cómo es el azul?         Unos segundos de silencio siguieron la duda, hasta que una fría mano se posó en el lateral de su cuello. Escapó un silbido de su boca, sintió su pecho encogerse.

   ¿Lo sientes?                     Sí, lo siento.             Azul.

Las estrellas, y la luna, las pintó de color amarillo,        dio un grito, y callado, puso cinco dedos en la palma de la mano de ella, juntos, y fue separándolos lentamente,             y  tienen un cerco que lo separa del telón de la noche. Abajo, las laderas quedan arañadas, como formando parte de la oscuridad…

¿Cómo es la noche verdadera?

La negrura que invade tus ojos, pero con millones de minúsculos puntos de luz, de calor invisible que no se dejan ser invadidos.      
           
El brazo de él pasó bajo el brazo de ella, y el brazo de ella se recostó sobre el de él. Comenzaron a caminar, dando él el primer paso en la dirección correcta. Ella se dejó guiar, y escuchaba que los pasos se adentraban en la dirección contraria, y escuchó la puerta abrirse, y sintió el sol cómo calentaba la piel. Anduvieron entre el vaivén de los peatones, aguardando al borde del alquitrán, cruzando la calle y sintiendo un mundo que no se escondía bajo el tic-tac del golpeo de su bastón. Hablaban de todo, mientras hacían recuento de nada. Se sentía segura, caminando con la libertad de no hacerlo libre.

La brisa corría, separándolos, y trayéndole miles de aromas. Los iba reconociendo, todos juntos y podía separarlos, uno a uno, andaba en un mismo momento por muchas calles, esos olores eran los mismos, pero también de nuevos, de los parques y travesías que transitaba. Se sentaron al contacto de la madera de un banco. Ella quiso ver qué le rodeaba, aspirando fuerte cada molécula que flotaba en el aire, mientras él guardaba silencio para que pudiera escuchar aquél único rincón del planeta.

Apretaba la tierra en su mano, mientras que le hablaba con la voz más baja que tenía para no perturbar ese rincón,               los árboles se levantan con su tronco marrón,              la tierra crepitaba en su mano                        con sus copas verdes,                   y la mano acariciaba el frescor de la hierba,                hacia un cielo que se esconde tras las nubes             y  un pequeño trocito de pañuelo, con una burbuja de aire, golpeaba suavemente la cara de ella          que el sol las miente como naranjas,               gritó, al sentir una llama sobre su piel. 
               
En esta noche que empieza a ser estrellada.

¿Cómo es el rojo?             



Jaime Ros




viernes, 22 de abril de 2016

La fuerza de la ausencia - Jaime Ros





Cuando la cama es ahora sólo para ti, es muy duro poner el pie en el suelo. Pisar un suelo con el frío que es sólo mío. Me sigue a cada paso, por el pasillo, en el lavabo, mientras el jabón desaparece por el desagüe, en la cocina, con un café que irremediablemente dejó de estar caliente, mientras se suspira, mientras se piensa, mientras se devora las primeras bocanadas del día. Me paro al salir, respiro hondo y repito las palabras: “Hoy no vuelvo… hoy no vuelvo… … hoy no vuelvo.”

Pero volví, pero vuelvo, después de haberme encontrado con la calle, de seguir nucas formando una sucesión de baldosas en movimiento que huyen a más velocidad de la que yo sé huir. Volví después de haber recibido una sonrisa, pero dedicándome unos ojos tristes, de una de las secretarias, después de haber pagado por una comida que no me supo y después de bajarme tres paradas más allá de lo que toca, para tener la sensación durante tres paradas que hoy no vuelvo.

Se fue. Se fue mientras repartía una caricia en mi mano. Aún siento ese calor, siento como sus dedos se fueron deslizando desde la muñeca, recorrieron la palma de mi mano, atravesaron cada una de las líneas que la cruza. Poco a poco, se fueron juntando los dedos, los míos, los suyos. Me viene la imagen a cámara lenta. Cada vez que cierro los ojos, cada vez que los párpados caen. Me arrancaría el brazo para dejar de sentir su calor en la punta de los dedos, pero no puedo permitirme vivir sin sentir su calor en la punta de los dedos. Ahí, justo ahí. En el último contacto.

En su marcha quedaron los recuerdos de un futuro que no es el que me prometió.  Quedó su lado del armario, y sus cajones, su pijama encima de la silla, con la manga apoyada en el suelo dejando todo el frío. Quedó su taza en el fregadero y el cepillo de dientes encarado hacia la misma pared. Quedó todo de ella, aunque ya no quede nada de ella. Quedaron todas su consonantes, y todas su vocales, las palabras que estuvieron dichas y las que guardó en algún rincón. Le permití tener algún rincón. Quedaron las tonterías para hacerme reír. Quedó la sequía en mi garganta.

En noches que soy más humo que aire, más alcohol que sangre, dejo al frío que me sigue paso a paso guardando su retrato y confundo la punta de mi dedo con el calor de un cuerpo de tanto la hora. Siempre el mismo, el que me bendice con el silencio, sólo roto por el sonido de la cremallera de los pantalones, y me maldice con la compañía. El que no me pregunta y al que no tengo que explicarle que aquella noche dobló una esquina, porque no se pueden atravesar los edificios, y cruzó por allí, porque no lo hizo por otra calle. Me digo… me digo… … me digo. Que debí ser yo el que fundió piel y metal, que debió ser mi espalda la que rompió la luna, que por qué no fueron mis oídos los que escucharon el ruido del frenazo, y no oí como sonó mi propia muerte. Por qué no fue mi cabeza la que impactó sobre el asfalto, y no fue mi ser el que iba dejando escapar el calor estirado en el suelo.

No tardará en llegar el momento en que se deje de contar hasta tres, en que se encontrará el valor en su ausencia, y se estirará mi cuerpo en la silueta que dejó el suyo. Buscaré su calor, que seguro que está allí oculto, más allá de mis dedos, esperándome, y ese día, uno… dos… …tres, no volveré.


Jaime Ros


miércoles, 17 de junio de 2015

Peldaños de fuego - Laura Mir & Jaime Ros - Premio a dúo CREA UNA HISTORIA



Sobre peldaños de fuego comenzaría el descenso. Bajaría renunciando al aire que me pesa. Para buscarme en ti. Para encontrarte sin el marco que enjaula esta ventana. Para huir de la luz de la farola que te ilumina, incluso cuando no estás. 

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lunes, 25 de mayo de 2015

Pasaje a K-Pax - Laura Mir y Jaime Ros - Premio a dúo Fraseletreando






La vida tiene estos descaros de mala suerte. Corro, caigo, y sin poder ni sacudir la ropa, sigo corriendo para llegar al tren que me llevará a la pasión de la Semana Santa. De verdad, quería unas tapas, unas saetas y un par de finos y una fina que se deje beber. Dos minutos más, y pierdo el tren. Podía haberlo perdido en lugar de haber encontrado el castigo.

Aquellas noches vuelven inevitablemente a mi memoria. Vuelven, a la hora de que la sábana cubre mi cuerpo. Necesito volar, despejar y airear mi propia alma. Fue un error que se guardó como la llave bajo el felpudo. Llegué tarde a la relación, cuando tuve que haberlo hecho mucho antes. Ahora un simple billete me llevará lejos de aquí, cerca del sol del sur, que me aleje de este frío que trae este mes de marzo.

Lo echo tanto de menos, cuando me meto en la cama es como si me faltara el aire, necesito sentir su cuerpo a mi lado, su peso sobre el mullido colchón, su respiración, su calor… este frío no hay edredón que lo quite. Incluso la perra lo echa de menos, lo busca, husmea y sólo encuentra su vacío. No comprendo cómo pude dejar que la relación se deteriorara tanto. Ahora no puedo pensar en ello, tengo que ir a solucionar un tema personal a Sevilla, increíble en plenas fiestas, con lo poco que me gustan las saetas, las procesiones y el gentío.

Espero que la compañía de asiento se vista de corto y apretado, que tenga sabor a nueva oportunidad, a nuevo inicio, un nuevo aliento que se ahogue mientras deje de exhalarse el antiguo. La maleta es liviana como lo fueron mis razones. Pero son sólo unas horas de viaje, contando traqueteos que suman metros de lejanía.

Pero no hubo ningún sabor a nueva oportunidad en el asiento de al lado. Vino el regusto de lo perdido, de lo que se dejó de ganar, de aquello que se dejó de sentir, para que las entrañas voltearan en el interior de su abdomen.

Tenía pensado que mi viaje fuera placentero, ya saben, un buen libro y un humeante café, necesitaba relajarme, pero no, tuve que encontrarme con él en el asiento de al lado. Tan alto, con esas piernas que estorban en todos sitios, y encima, no me tocó ventanilla, lo veía muy incómodo y con demasiadas reticencias.

— Al margen de nuestras diferencias y habiendo cariño por ti, te cedo el sitio.

— Gracias, para ti es más fácil, porque eres pequeña. Pero para mí siempre fue más difícil, ni encontré el lugar en la cama. Tuviste que meterte tú para probarla.

 — El problema fue del colchón, te dije que de dos metros.

— Dicen que para todos los males, hay dos remedios: el tiempo y el silencio, pero por lo visto a nosotros no nos funciona, seguimos igual cuando nos vemos.

— Pues no sé de qué tiempo hablas. No se dejó que pasase. Ni sé de qué silencio, si tengo aborrecido el sonido del móvil. Lo cambio tres veces al día, para pensar que siempre le suena a otra persona. Pero la dichosa luz, parpadea y parpadea. Y mira que al principio pensé que me sacarías de este planeta para llevarme a K-Pax.

— El problema es que no me escribiste la carta.

— Te escribí cientos de ellas mientras duró lo nuestro. Las dejaba acostadas en la cabecera de la cama, donde dormitaban los cabellos que te iban abandonando.

— ¿Donde la perra iba a dormir mientras trabajábamos?

— Sí.

—  Se las debió de comer todas.

— Resulta que el amor murió entre dentelladas caninas. Culpa del muerto, typical spanish.

— Será tu amor porque el mío sigue siendo el mismo.

Al decir esto, sus miradas se cruzaron, se sostuvieron y comprendieron que nada había muerto entre ellos, sólo las cartas para ir a K-Pax, viéndose sin posibilidad de realizar un viaje interplanetario, decidieron irse juntos tras el Santo Cristo y que fuera lo que este señor en taparrabos quisiera.



Laura Mir y Jaime Ros











martes, 19 de mayo de 2015

La liberadora de la esclava - Jaime Ros




— Aquella joven salía cubriéndose el rostro. Atrás el dueño de la posada repartiéndole improperios y puntapiés. ¡Pobre! Apenas podía mantenerse en pie. Con unas monedas en la mano del posadero se acabó su sufrimiento.


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Sucedánico suicidio - Laura Mir & Jaime Ros



Por mucho que busco, soy incapaz de encontrar ese instante preciso en el que convergemos, porque puede que, aun habiendo ido a los confines de los jardines olvidados, habiéndonos perdido en ellos, dábamos vueltas y vueltas, mientras los cigarrillos se consumían en ceniceros de terracota y al retorno...

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lunes, 4 de mayo de 2015

La cuna de los secretos - Jaime Ros



Se desvivía por vivir. Anduvo pisando las huellas que se habían marcado entre los pasajes del suelo. No esquivó ninguna, cada vez que pisaba una de ellas quería recoger la presión que había quedado olvidada. Sintiendo que la presión de otros cuerpos subían por sus piernas, rodeando sus rodillas, atándose al fémur para hacerlo fuerte y poder soportar el resto de su peso.

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viernes, 17 de abril de 2015

Aquí, Allí - Prime premio de FRASELETREANDO




Esta es una historia que bien pudo ocurrir Aquí, pero fue Allí donde sucedió. Fue Allí, porque allí no existía ni el asfalto, ni los edificios, no habían aceras ni pasos de cebras que indicaran por dónde se debe pasar, tampoco los coches que lo atravesaran tiñendo el aire de color. Aunque, quizá, sería más correcto decir que allí existía tierra virgen, con un suelo pecoso de piedras, como reproduciendo el cielo de una noche sin luces que lo apaguen, habían plantas, secas o llenas de vidas, y la tierra se podía empuñar y ver como el polvo escapaba adhiriéndose a toda superficie.  

Allí era una enorme planicie, que ocupaba de horizonte a horizonte, sin una montaña ni un monte que hicieran levantar la vista. Él, pensó, que había mucho entre tanta nada,  y que de aquella nada, un poco del todo podía ser suyo, alguna posesión más que la que ocupara el espacio de sus zapatos. Fue así como cogió una vara de avellano, a imagen de las que se usaban para dar justicia, sin ser necesario que fuera repartida por uno que fuera justo, y la clavó donde su brazo no se podía extender más. Girando sobre sí mismo, iba creando una cicatriz en la tierra, viendo como los granos se iban amontonando unos encima de otros, al lado del surco que era visible por ser una línea de sombra entre tanta luz.

Una vez finalizado el círculo, fue recogiendo las piedras a las que podía llegar desde el borde de la sombra. Las introducía dentro del mismo, guardando cada estrella, cada constelación dentro de su territorio. Al finalizar vio que era mucho cielo, pero poca tierra. Así que, volvió a pensar, que siguiendo el surco podría fabricar un cielo más grande. Dentro de ese cielo cupieron más constelaciones, pero seguía sin ser suficiente. Así que a este círculo le siguió otro, y después siguió otro. Tuvo que luchar contra la nieve para que no cubriera la frontera de todo lo que era suyo, y luchar contra el agua que quería borrarla y gritarle al mismo viento que quería difuminar el cielo que era suyo del que no.

Al final vivía angustiado, vivía pensando que cuando estaba en una de sus fronteras, la otra podía poder ir desapareciendo, o que alguien podía robar las estrellas que eran suyas. Había veces que esta angustia hacía que tuviera que tirar con fuerza del cuello de su jersey para poder respirar.  Hasta que un pino solitario le susurró que desde lo alto podría ver todo en interior del paréntesis que formaba los horizontes, desde arriba se podría ver el cielo que estaba bajo sus pies. Empezó a trepar por él, abrazándose con fuerza, sintiendo como la corteza le raspaba el pecho y se clavaba en sus brazos. Cuanto más alto trepaba, más sangre se iba escapando,  hasta que consiguió llegar a lo alto y desde arriba ver que lo único que realmente nos pertenece es el tiempo. Aunque quiso creer que no era tarde.

Esta es una historia que bien pudo ocurrir Aquí, porque aquí también se piensa que tarde no significa tarde, aunque fue Allí donde sucedió.


Jaime Ros



jueves, 19 de marzo de 2015

ABRAZO DE OSO



Es comprensible que esta puerta por dentro no tenga tirador, porque el trozo de carne de aquí, de esta cámara, no escapa, pero el que lo diseña, tendría que haber tenido en cuenta a la niña esta, que espabilada, espabilada, no es, y a más, con la tendencia a llevar siempre la contraria. Mala idea tuve en decirle: Vigila niña, que la puerta no se cierre. Pero ella que anda a saber dónde, no ha vigilado y nos hemos quedado encerrados en esta cámara frigorífica, con un frío de mil demonios.

— Cuando estuve en Rusia, no hacía tanto frío como aquí— dijo ella inocentemente.

— ¿Y eso debe quedar cerca de Babia, no?— Pregunto, sin esperar respuesta, porque si las neuronas son lentas, imagínense a bajo cero.

— Más bien queda por donde perdiste la simpatía—. Me responde ante mi sorpresa, castañeteando los dientes y con labios azulados. Vestida con tirantes, y yo con estalactitas en las pestañas, pero aun así, no puedo dejar de mirar sus pechos que parecen galletas Oreos a punto de escapar.

— No creas que en Rusia no pasé frío, llegué en pleno agosto y estábamos a cinco grados bajo cero, decían que era atípico.

 Atípico es estar aquí encerrado, sin saber dónde acaba la carne de ternera y donde empieza la de burra.

— Esto de la carne de burra es nuevo, no recuerdo haberla visto en la entrada del último pedido, creo que te equivocas. Lo que hace el frío intenso— dijo la muchacha mientras se restregaba los brazos en un vano intento de entrar en calor—. No hay forma, vamos a morir aquí, en este infierno blanco cubiertos por una chapa de acero, que forma más extraña de perecer.

—Y los del CSI buscando agentes. Mira, podemos ponernos a gritar como locos, a ver si pasa alguien por aquí y le da por mirar porque la ternera está revuelta.

— Es tarde, hasta mañana que lleguen… Seguro que estamos muertos. Siempre pensé en morir tranquila, apaciblemente en compañía de gente querida, y no contigo que eres grande como un oso canoso hasta donde se pierde mi imaginación.

— Te diría que te abrazaras a tu puñetera madre para entrar en calor, pero es lo que tienen los deseos, que van por donde quieren. O te coges un trozo de ternera, o te conformas conmigo. Ni tienes mucho tiempo para pensar.

— Ni en un millón de años— dijo, girándose y mostrándole la espalda—. Antes me agarro al cordero que al marrano.

— Veo, gata, que sacas las uñas… Tienes suerte que el cochino no puede sacar las manos de los sobacos…

—  Esta puede considerarse una situación extrema y profunda, como si fuera invierno en pleno verano, y debería servirnos para entender que en la profundidad del invierno finalmente aprendí, que dentro de mí yace un verano invencible, y por ese motivo, porque no sé quien lo dijo, y porque no quiero morir aquí y menos contigo, me abrazo con todas mis fuerzas a ti.

¡Bendita filosofía gasta la niña!

No os voy a mentir, salimos. Entre otras cosas, porque conseguí despegar las manos de los sobacos, y extenderle los brazos, no sin cierto miedo de que se me clavaran las Oreos. Así fue como la rubia se metió entre estos brazos, que aquella noche fueron zarpas, como si fuera un oso polar, para compartir el poco calor que nos quedaba, y para comprender que debajo de la escarcha pueden esconderse otros brotes de algo profundo y bueno. Y desde aquella ocasión, nunca volví a ser escarcha para ella.



Jaime Ros


jueves, 29 de enero de 2015

Tú, tu momia y yo


Andrea y Pau tomaban el primer café de la mañana, cuando les anunciaron que la momia egipcia ya había salido de camino al museo, y que en una escasa media hora la tendrían sobre la mesa de trabajo. Las caras demostraban que las relaciones entre ellos, no habían mejorado en los últimos días, desde que Pau puso su nombre encima de su compañera sin haber participado en el reciente estudio sobre los hallazgos de oro bajo las uñas de algunos monjes egipcios. Y aunque el humor no era para ir a  partir piñones juntos, se soportaban y se hablaban de modo cortés.

— Pau, antes que nada, tendríamos que hacer una toma completa, para saber a que nos enfrentamos.

La cucharilla iba golpeando los bordes de la taza mientras se meneaba en manos de Pau.

— Pues ya sabes. Prepara las placas y el equipo—. Chupó la cucharilla—. Ya me encargo de ir haciendo las primeras incisiones.

— Pau, el procedimiento es el de siempre, primero se hacen las tomas, se cotejan y luego se hace las cisuras precisas, pareces nuevo.

— Ya no soy nuevo en ninguna parte — dijo desfrunciendo el ceño—. Venga, vamos preparándolo todo que no tardará en llegar.

Mientras observaban las radiografías:

— ¿Ves eso? — Preguntó Andrea.

Pau la miró de reojo. No lo había visto. Eso le sorprendió. Él era el que tenía la plaza en el aquel laboratorio, y en él había reposado la confianza hasta que la doña rizos dorados, osó poner los pies en su sagrado suelo.

— Sí, ya lo había visto—. Contestó aún buscando.

— Parece una placa de metal.

— Si, posiblemente sea una placa. Pero si te fijas, no tiene un corte regular.

— Ya lo veo, ciega no soy — le respondió ella—. Por aquellas casualidades, ¿no sabrás copto?

— No hace falta que alardees.

— Parece ser que algo puedo aportar—. Dijo Andrea con recochineo.

A Pau eso le sorprendió y no pudo evitar que le viniese la imagen del cuello de la gallina que cayó en manos de su musculosa abuela. De inmediato, desechó la ocurrencia y ocupó sus pensamientos en otra cosa.

Andrea limpió y secó la placa y mientras la observaba detenidamente, Pau escribía un email a su jefe, de espaldas a ella, solicitando  que la cambiaran de ubicación, no la aguantaba.

—... No empi… no empieces… lo que no… puedes… puedes acabar.

— ¿Qué estás diciendo? — Le preguntó Pau con la sospecha de que lo había descubierto y mirando para atrás. — Me estás chuleando, ¿Verdad?

— ¿Por qué siempre piensas que todo lo que digo es para incordiarte?

— Porque desde que llegaste al departamento, se acabó mi paz.

— Siempre exagerando.

Pau se levantó como si la silla estuviese electrificada. A grandes zancadas,  y entre murmuraciones mal sonantes se dirigió al vestuario. Allí dio un grito apretando los puños, se quitó la bata, que quedó tendida en el suelo, y se puso a golpear un punch ball, con la foto de Andrea y una fregona Vileda girada a forma de rizos. 

Ahora se sentía tranquilo, el sudor se deslizaba por la frente, por el torso. Mientras se iba secando se repetía: “Este laboratorio es mío,  todo lo que hay aquí es mío”. Volvía hacia el laboratorio repitiendo: “Este laboratorio es mío,  todo lo que hay aquí es mío”. Se plantó detrás de ella, y se repitió: “Este laboratorio es mío, y el culo de esta es mío.”

Levantó la mano, y antes de que pudiera hacer posesión del culo, Andrea se giró diciendo, con cara de sorpresa:

Si tienes pensado tocarme el culo, no empieces lo que no puedes acabar.


Jaime Ros



jueves, 22 de enero de 2015

Más que ayer




Unos dedos que se aprietan en su antebrazo, tirando de ella hasta levantarla del suelo, casi parece que va a desarmarse, hasta aterrizar en el pecho de su padre, notar cómo se aferran sus brazos a ella, y sentir el viento que golpea sobre su cara.

Ese es el primer recuerdo que guarda. Después de ese, todos se convirtieron en una sucesión de huídas. Pasó su vida entre allí y allá, sin encontrar reposo en ningún lugar. Nunca tuvo el cariño de una almohada dos noches seguidas, ni supo si amanecía de la misma forma en el mismo lugar. Su madre quedó en el recuerdo de algún andén del olvido. Con su pelo del color del sol sobre un campo de trigo, agitando la mano, fabricando un adiós. Buscó a su padre en las palabras, pero nunca le encontró en la explicación. Sólo sabía que huía. Huía. Huía.

Unos dedos se apretaron al antebrazo, tirando de ella, hasta dejarla clavada en el suelo. Su padre paró en la huída, la miró, comprendió y asintió. Desapareció doblando una esquina para no volver a aparecer nunca más. En la mano que le sujetó quiso encontrar la pausa que nunca había tenido, quería olvidar la costumbre de ser una sombra siempre inquieta. Quería respirar en los actos sencillos, de dormir sin que sea un sobresalto el despertador, cocinar pudiendo saborear los olores. Había vivido con la excesiva prisa de la huída, y con ello, las comparaciones siempre quedaban detrás. No encontró un uno más uno, porque todo se resumió en uno.

— Pero no puedo saber cuánto me quieres.

Más que ayer. Era la única contestación que él creía posible. Consciente, que la medida seguía siendo imprecisa. Quiso encontrar un metro para poder situar junto a él cada milímetro de amor, pero no quería sacarlo de dentro de sus entrañas. También, creía, que podía perderse si salía de dentro de él, y no quería arriesgarse a perderlo por poder medirlo. Tampoco sabía cómo verter su amor dentro de una vasija, y es que cada milímetro se le hacía tan precioso, que no se convencía de vomitar algo tan preciado, ni era riesgo de que se evaporase a rayos de una Luna tímida. Así, cada noche, mientras las sábanas cogían instintivamente la forma de ella, él desaparecía por las escaleras del sótano, convencido de que la quería más que ayer, y que debajo de que cada haber, se escondía un hacer.

Cuando la senectud ya no era un destino, se sentó frente a ella en la mesa que se había impregnado de largos años de recuerdos. Un aparato brillaba bajo su sonrisa, y su mano, puesta sobre la mano de ella, comenzó a temblar de excitación.

— Lo encontré.

— Sabía que lo harías.

— Sólo era cuestión de buscar entre las moléculas de amor que se esconden en la sangre. Era el único secreto, lo demás, lo llevo todo expuesto.

Los canos pelos del pecho escapaban del botón desabrochado. Una aguja atravesó su piel justo donde el corazón latía más fuerte. De allí, escapó una gota de sangre, quedó atrapada juguetonamente en la aguja, hasta precipitarse en el aparato. Se escuchó un pitido. Acercándose las gafas leyó, moviendo unos labios mudos, con la tranquilidad de la edad.

— ¿Cuánto me quieres?

—  Más que ayer.

Ella sonrió convencida de la respuesta. Se levantó apoyándose en el bastón de él, encontrando el apoyo que hubo después de huir. Él se apoyó en el bastón de ella, recostando sus años de pausa. Caminaron hacia el atardecer tantas veces repetido, en busca del sol que calentara todo el amor que quedaba, que era, menos del que se guardó ayer.


Jaime Ros





                                                                                        ... Menos que mañana.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Justo en la puerta - 3º Parte




Sabía cómo mojaba el agua del mar cuando inundaba sus  zapatos, pero a hasta esos días, ignoraba como salpicaba la soledad cuando se instalaba en un único alma. Lo fue descubriendo entre las sábanas de la habitación de invitados, pero hasta el momento justo que la ola decidió romper en sus mocasines, no había sido consciente de ello. El agua que caía por su gabardina, horadando la arena de la playa, sólo conseguía hablarle de la melancolía. El sentimiento que le agujereaba concordaba con una playa enterrada y vacía, de la que apenas se vislumbraba un horizonte confundido entre agua y cielo, acuarelas ondulantes de gris, sobre gris eterno.

Se sentía vestido sólo con la lluvia que caía, mientras entraba en el apartamento de reciente alquiler. Bajo la ventana se apilaban tres maletas que aun estaban sin abrir, que ocultaban el presente que ya no es, de aquella vida que fue humo en sus pulmones, que le apaciguó mientras sentía que corría por su garganta.

En otra parte de la ciudad, una mujer se desnudaba en un piso vacío y silencioso, en un cuarto de baño donde quería encontrar agua caliente que templara su fría alma. Allí, desnuda, descalza sobre mármol blanco, buscó su reflejo en el espejo, se miró a los ojos, y se quiso hablar entre signos que aun debía inventar para que los silencios empezaran a volverse torpes. De las manos que agarraban su pelo, una escapó hacia el espejo dibujando un corazón en el cristal sobre su propia frente, a imagen del dedo que añoraba,  del que aún sentía el tacto del añorado calor.

Ya no había trabajo acumulado en la nueva cocina, la costumbre cayó edificio abajo, saltando entre las cortinas y estampándose a los talones de su marcha. Debería ser un momento para encontrar la respiración perdida, pero el aliento quedó tras la puerta cerrada.  Entre aquellas paredes extrañas miraba el teléfono, intentando encontrar las fuerzas en el que fue su aliento, pero el aliento no le quería encontrar, se escapaba al lado de unas sienes que se humedecían al compás de su fracaso.

El vaho difuminaba la luz en el cuarto de baño, mientras cubría su cuerpo compartido con una toalla. Cientos de pensamientos cruzaban por su mente, sin que ninguno se detuviera, sin que ninguno quedara fijo, saltaban como caminando por una calle en obras, rotando sobre sí mismos y cogiendo la dolorosa forma del arrepentimiento. Hasta que sus ojos se despejaron, hasta que volvió a mirar el corazón dibujado, que ahora, había quedado entrelazado a otro igual, que había escapado de los dedos que una vez mordió entre ternura y frenesí.

En el vestidor, el vestido rojo corto, quedó arrinconado como si hubiese quedado olvidado en aquella habitación de hotel. Se vistió a imagen de los gratos recuerdos, y tomó todo el aire al cerrar la misma puerta donde sus pulmones se vaciaron empujando el llanto que contenía su interior. La ciudad ahora era sólo un murmullo, de roncos ruidos que llegaban para marcharse mezclados con suaves silencios que le permitían oír lo que su corazón quería gritarle.

Bajo la ventana se apilaban tres maletas que aun quedaban por abrir, y justo en la puerta, una ropa vestida de lluvia comenzó a deslizarse, mientras unos dientes encontraban el sabor a unos labios, y una cintura sentía como se entrelazaban unos brazos, como dos corazones dibujados sobre un espejo, y una ropa escogida a gratos recuerdos, desnudó un cuerpo que por una noche fue compartido, y que aquella noche volvió a vestirse de deseo con la ropa íntima de la pasión. Mientras el éxtasis les iba recorriendo, había, bajo la ventana, tres maletas apiladas, como un futuro que aún queda por abrir. 


Jaime Ros







lunes, 3 de noviembre de 2014

HAMBRE DE JAIME ROS - PRIMER PREMIO POESIA OTORGADO POR LLEGAREMOS A TODOS



Como roja sangre sobre blanca nieve, así de reluciente eres.
En corto trecho repatriaste este corazón que era frío como su tormento.
¡Cómo no quieres tener el color del Sol más tempranero!
¿Cómo no quieres querer que de quererte esté hambriento?

Hambre por tenerte, hambre es lo que tengo,
hambre por comerme ese alma que es mi alimento,
hambre de tus ojos, hambre de todo tu cuerpo,
hambre, sólo hambre de en ti, verme dentro.

Si en la cara oculta de la Luna tuvieses cinco minutos para estar conmigo,
subiría con humo de hoguera hecha con cada segundo que en mi cabeza vas ardiendo,
tan hambriento estoy, tan hambriento, por conocer el hilo perdido de tu ombligo.
Pero sabes, aun con hambre, que no pido, la frontera que piso tú vas definiendo.

Si en la punta de mi dedo quisiera un tesoro,
una lágrima tuya caída de pura alegría, sería,
no quiero diamante que es guijarro que no añoro,
que no busco más riqueza que oírte reír algún día.

Hambre por quererte, hambre es lo que tengo,
hambre por comerme esa mente que es mi sustento,
hambre de tus labios, hambre de tus íntimos besos,
hambre, sólo hambre de devorar todos tus secretos.

Si el destino, que nadie dijo, que de mí fuese compañero,
quiere que sea sólo deshilachado de un pañuelo al viento,
sea… pero no pierdas esa mente que hace mi mundo divino,
mi niña, tú no pierdas eso, que por eso, yo soy hambriento.

En noches como ésta, que por temor a no soñarte no duermo,
dejo para ti expuesto lo poco que tengo, mis palabras, mis sentimientos
y jurarte que no sabía que existía hambre de no pertenecer a tu beso,
porque con la brasa de tu alma, calentaste, un corazón que era frío destierro.



Jaime Ros




domingo, 19 de octubre de 2014

La Dama de Agua




Aquella tarde Clara estaba nerviosa, su padre volvía de un viaje de negocios después de una semana, resultaba insoportable aguantarla, arriba y abajo, saltando. Su abuela para tranquilizarla la hizo sentar a su lado y comenzó a contarle una historia:

— Hace algún tiempo, en un bosque cercano donde hay un río, vivía en sus profundidades, una linda Dama de Agua, de larguísimos cabellos negros y ojos cristalinos. Por la noche se sentaba en una roca a la luz de luna y con un peine de plata se peinaba y esperaba, durante el día era un mirlo negro y hermoso.

— ¿Qué esperaba abuela? ¿Qué es un mirlo? ¿Por qué era un mirlo? ¿Es en el bosque de al lado? ¿Es en el río del bosque?...

— Tantas preguntas no sé si podré contestarlas, ya se me ha olvidado la primera. Mira, te cuento la historia y luego me haces todas las preguntas — la niña asintió con la cabeza — Estas mujeres son muy raras de encontrar porque son escasas; pero son de una tal belleza que hechizan a los hombres, los enamoran, para tener descendencia.

— ¿Qué es enamorar abuela? ¿Y la descendencia?

— Enamorar es querer a alguien y la descendencia son los hijos que tiene la pareja, como tu padre y tu madre.

— A mamá no la conocí.

— Murió al nacer tú — dijo la abuela con pesar en los ojos mirando a aquella chiquilla de tez traslúcida — Sigo con la historia. Pues una de ellas, una noche conoció a un hombre y se enamoró perdidamente de él, cosa que una Dama de Agua no debe hacer jamás, porque nunca tienen niños, sólo engendran niñas que se llevan con ellas al fondo del río, porque son niñas tan especiales como ellas, de día pájaros y de noche mujeres acuáticas. Pero está se enamoró perdidamente, hasta el punto de que cuando tuvo a la niña por el amor que sentía hacia su pareja, la dejó a su cuidado, sacrificando el amor que una madre puede sentir. La excusa que puso es que quería que conociera los dos mundos, porque llegado el momento, la niña tiene que volver al lecho del río, al llegar al final de la pubertad se vuelven inmortales.

— ¿Qué es el final de la pubertad, abuela? — preguntó Clara ya más calmada.

— El final de la pubertad es cuando una niña deja de ser niña y se convierte en mujer.

— ¿Eso me pasará a mí?

— Eso nos pasa a todas.

— ¿Cuándo?

— Llegará un día que tu corazón te dirá que estás preparada para aceptar el amor de un hombre. Ese día, habrás dejado a la pequeña niña que eres, y serás una hermosa mujer.

Clara se quedó pensativa. No entendía que pudiera existir más unión que la que la unía a su padre y a su abuela. Los nervios volvieron a activarse, y corrió a la ventana en busca de una nube de polvo que le indicara la proximidad de su padre. Bajo la coreografía rítmica de los vencejos, vio que el momento ya llegaba, estaba a punto de llegar.

Corrió hacia la puerta.

— Clara — dijo su abuela interrumpiendo su carrera. – Dame un beso.

Dudó un segundo, y a la misma velocidad, corrió hacia a su abuela a darle un abrazo, mientras ella acariciaba toda la largura de su pelo. Al salir, dejó que entrara toda la luz por la puerta que quedó abierta.

Mientras el rugido del coche cesaba, y se escuchaban los gritos enérgicos de la niña, la abuela estrechó entre sus manos aquel peine de plata, que su hijo trajo junto a su nieta recién nacida.



Sonia Mallorca y Jaime Ros


miércoles, 15 de octubre de 2014

Otro otoño - Poesía



Que es lo que me cubre con sus vientos,
sino otro otoño que con sus lluvias viene.
Se viste la tristeza, que me vio desprevenida
se desnuda la hipocresía como repetición de día.

Soy estática piedra en jardín de hojas marchitas
 que fueron verdes, y ahora, de rojo heridas.
Sólo envidia que les tengo, que serán fértil suelo
alfombra de calor, como fueron tus negras mentiras.

Que es lo que el dolor de mi alma palpa,
sino otro otoño sin comprensión de tu marcha.
Sin adiós, sin palabra escrita, sólo ser fosa
donde la muerte alza a mi encuentro sus alas.

Sobre el pedestal de piedra imagino,
que soy hoja de viento mecida,
que vuela hasta mecerse en el cielo,
y cae para rozar un segundo tu cuerpo.

Que es  lo que ya sé, si no siento,
sino otro otoño de echarte de menos,
que lo filtrase como árbol al agua,
transformar el abismo donde te hayas.

Quedó todo, pero sin tener el aliento,
de no poder pasar un segundo contigo.
Es abismo el jardín que habito,
es fosa lo que quedó en mi pecho.

Que es una estatua de piedra aunque viva,
sino otro otoño que ensucia y embrutece,
este pedestal de mármol que  habita,
sobre el tiempo que las flores marchita.



Jaime Ernesto Ros