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miércoles, 10 de junio de 2015
Tierra Adelia 1 – Jean Rivolier – Laura Mir
Ya veo que lo tuyo es medir esas dichosas escaleras de todas las formas posibles. Me alegro que quedaras colgando de la barandilla en el último momento, como un hábil trapecista, soy comedida con las comparaciones, y la cosa no fuera más grave.
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martes, 19 de mayo de 2015
La rebeldía de Elisa - Aurea Martí
Aquella calurosa tarde de Agosto se celebraba el cumpleaños de la tía Antonia. Cumplía noventa años y estaba fuerte como un roble y de cabeza mejor que una chiquilla. Había sido maestra y todo lo relacionado con el saber le apasionaba...
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domingo, 22 de febrero de 2015
Mi gozo en un pozo, no, no, no, fue en una farola
De
joven era muy aficionado a la bici y con ella iba a todas partes. Ese día me
dirigía a comenzar mi aventura, la incorporación a un nuevo puesto de trabajo. Me
lo había conseguido mi padre a través de un cliente de su pequeño negocio. Esta
decisión fue tomada para evitar males mayores, pues mi hermano y yo en aquellos
tiempos, siempre andábamos a la gresca. El pobre hombre consideró que no nos
iría mal trabajar un tiempo separados. La empresa era un laboratorio de POTINGAS y como me encantaba la química,
todos felices y contentos.
Apenas
habían transcurrido quince minutos desde que salí de casa, cuando por arte de
magia y sin saber cómo, me vi empotrado en una farola por una furgoneta. Los
accidentes en aquella época no eran inusuales, lo que sí era inusual, eran las
farolas que se encontraban muy distanciadas entre sí. Y fui a dar con la única
existente en la zona, mejor digo que ella me encontró a mí.
De
pronto todos mis sueños de llegar a ser una gran personalidad tipo Einstein,
pero en química, se vieron truncados por un: ¡Quítale de ahí ese obstáculo!
Quedé
despanzurrado boca arriba sobre el suelo, sin asfalto, sin visión, sin idea de
lo que había ocurrido pero, escuchando los comentarios del público asistente a
la función de la que, sin saberlo ni quererlo, era el principal protagonista.
— ¡Este
chico está muerto! — Decían sin parar.
— ¡Hay
que llamar a una ambulancia! — Pedían.
Mientras
tanto, perplejo y dolorido, me interrogaba sobre lo que estaba ocurriendo.
Llegó
la ambulancia, un cacharro heredado de los americanos tras finalizar la Segunda
Guerra Mundial. ¿O, era de la Primera? No tiene importancia, el caso es que me
introdujeron en ella y el conductor se dispuso a iniciar la marchar.
— ¡Arranca,
arranca! — Le decían, pero la vieja reliquia se negaba.
Tras
duras negociaciones entre chófer, enfermero y público, decidieron que en lugar
de esperar a otra ambulancia, dada la gravedad del tema, lo mejor sería
empujarla y así con el impulso conseguir que arrancase.
Llovían
los voluntarios, obreros a los que no les importaba llegar tarde a sus puestos
de trabajo, jubilados para los que el incidente era vivir una especie de insólita
aventura, amas de casa que iban con su cesto hacía el mercado, y hasta niños
con sus carteras repletas de libros y cuadernos que se dirigían a sus
respectivos colegios.
Se
pusieron manos a la obra, ahora empujaban unos, ahora empujaban otros. El motor
comenzó a explosionar con unos petardeos tremendos hasta que finalmente lo
consiguieron. Nos incorporamos al tránsito. La camilla comenzó a golpear en las
paredes y, según lo que pude percibir, hasta en el techo.
— ¡Oh
no, con las prisas nos hemos olvidado de anclar la camilla, de ésta no salimos!
— Exclamó el camillero.
Llegamos
al hospital y tras atenderme del múltiple accidente, tan sólo diagnosticaron
cuatro costillas rotas. Al cuarto día me enviaron para casa. No tardamos en
descubrir que el diagnóstico era erróneo pero… ésa es una historia que mejor
dejo para otro día.
Treinta
y seis años después, con la confianza que da comprar el pan siempre en el mismo
establecimiento, me enteré por boca de la panadera, que andaba aquella mañana rememorando
historias graciosas, y refiriéndose a una protagonizada por su mejor amigo, muy
fitipaldi por cierto; el cómo empotró a un pobre ciclista, debía ser un
muchacho por aquel entonces, contra la única farola existente en aquella calle,
aquel día fatídico que amaneció con los mejores vaticinios internos de que
sería muy especial para mí.
Nora
Biel
viernes, 16 de enero de 2015
La suspicacia del inspector Gutiérrez
Vivo en un pueblecito de interior, donde nunca sucede nada
pero no dejan de pasar cosas, y todo se debe al increíble recelo del inspector
de policía que se emplea con verdadera vocación, sin menospreciar la
colaboración de sus ineptos ayudantes.
A Gutiérrez lo trasladaron de la capital hace unos meses y
me ha llegado a resultar bastante irritante, porque todo lo convierte en un
acto delictivo de gran trascendencia; pienso que si fuese juez acusaría a todos
los posibles sospechosos a la pena capital sin posibilidad de defensa. Demasiado
tesón para esclarecer casos inexistentes, entre ellos: La sustracción de la
bicicleta ebria, Los sumideros pasan inadvertidos al atardecer, La okupación
fantasma de los sábados tarde y El moroso misterioso que recibía cartas de desamor,
en este último fue demasiado lejos, se presentó en nuestra casa con una orden
de arresto para llevarse a mi compañera de piso.
En Mayo pasado, Troska cogió pulgas y cuando me di cuenta,
Zafiro, Perla y Morgana, eran parásitos propietarios sin escritura legal de
animales como avituallamiento. Ante la gravedad de la plaga no me quedó más
remedio que bañar a la perra y a los tres gatos.
Todo fue bien hasta que le tocó el turno a Morgana, una gata
arisca como pocas. Con la rabia de cien felinos, al meterla en la bañera se
enganchó con saña y dientes, me desgarró parte de la carne del antebrazo. Tuve
que ir a urgencias y el doctor anotó en el informe: Agresión Animal. Se curó con los días, y aquello quedó en una
anécdota sin más.
En otro orden, mi compañera tiene un mono de noche precioso,
de raso negro con hombros al descubierto, al probármelo el antepasado año para
el festejo de Nochevieja, y por exceso de pandero, lo rajé de arriba abajo,
cosa que la disgustó bastante, pero no dijo nada. Con resignación lo guardó
para una mejor ocasión.
Después de un año de pasar hambre y realizar ejercicios
agotadores, conseguí rebajar los nueve kilos que me sobraban para meterme
dentro del mono. Me lo probé y estaba perfecto, el rasgado seguía descosido, pero
quedaba bien aunque enseñara hasta donde la espalda pierde su decoroso nombre.
Así es que mi novio Daniel, unos amigos, el mono y yo,
decidimos pasar el fin de año en el hotel de Doña Juanita, aprovechando una
promoción.
Después de una noche de cierto desenfreno estábamos
durmiendo plácidamente, cuando a las seis de la mañana sonó la alarma del móvil
que no habíamos desconectado. A las ocho volvió a sonar y para nuestra sorpresa,
era el teléfono de la habitación, desde recepción me requerían.
— Señorita Sanz, el inspector Gutiérrez pregunta por usted.
Me quedé pasmada, temblando contesté:
— Ahora mismo bajo.
Con las lagañas pegadas y el mono negro como testigo, porque
no bajaba. Daniel y yo, nos acercamos a los cuatro agentes de policías.
— Señorita Núria Sanz, tendría que acompañarnos a comisaría
para tomarle declaración. — Ante mi cara de incredulidad prosiguió. — Se ha
presentado una denuncia de agresión contra usted. — Mi novio nervioso,
observado y conteniéndose, no sabía qué hacer, y paseaba de un lado a otro
midiendo el hall del hotel.
Como pude, aclaré la apreciación inadvertida de “animal” y en ese estado hipnótico mi mente no paraba de pensar y me
di cuenta de que todo había sido producto de su imaginación enfermiza y
mi falta de empadronamiento, mientras mis ojos no podían apartarse de la cara decepcionada
que lucía ese primer día del año el inspector Gutiérrez. En el fondo me dio
lástima que se quedará sin sospechoso a quien detener.
Sonia Mallorca
*Todo parecido con la
realidad no es pura coincidencia.
NOTA: La frase “y en ese estado hipnótico mi mente no paraba
de pensar y me di cuenta de que…” de la novela “El diario de un hombre
decepcionado” de W.N.P. Barbellion, es la que he usado para este cuento en el
juego literario FRASELETREANDO, organizado por la comunidad ALMAS DE BIBLIOTECAS Y CINE.
miércoles, 7 de enero de 2015
Invierno en Castilla
* Ilustación: Fanny Campbell
Ahora que
el frío queda detrás de las ventanas, y que nos vemos reunidos alrededor de
esta candela, os narraré una historia que comenzó el treinta de diciembre del
año 1885.
Recuerdo
que el invierno de aquel año fue muy frío y había nevado copiosamente. Las
dilatadas llanuras de la Mancha se hallaban cubiertas por una gruesa capa de nieve,
y en las calles de Ciudad Real los chicos se entretenían entre batallas con
bolas de nieve de tanta que había. En una de las calles unos niños llevaban
media mañana enfrascados en su guerra, revolcándose por la nieve entre gritos y
risas, montando un ruidoso alboroto. En fin lo que hacían los niños en cuanto
se les dejaba solos, divertirse.
Cansados de
jugar y, siendo ya hora de comer, los niños dejaron sus juegos para dirigirse a
sus respetivas casas. Uno de ellos vio un muchacho medio desnudo que intentaba
resguardarse del frío en un portal. Tiritaba de tal modo que le castañeaban los
dientes. Bautista, que era el nombre del niño, impresionado por el lamentable
estado de aquel otro se acercó y le preguntó que por qué no se abrigaba mejor,
por qué no se retiraba a su casa. El niño le contestó que no tenía más abrigo
que aquél y que su padre le había echado de casa por no haber llevado más que
un trozo de pan y un par de céntimos. Se llamaba Juan y se dedicaba a la
mendicidad.
Al
escuchar estas palabras Bautista, cogiéndole de la mano, le llevó a su casa y
con el permiso de sus padres le dio ropa de abrigo de la que él tenía de sobra,
y comida suficiente para que aquel día no tuviera que volver a pensar en su
hambre. A estos nobles gestos añadió el casi medio real que tenía en su hucha,
que era todo lo que había conseguido ahorrar de la paga de sus padres.
Aquel niño
al verse abrigado, comido y con aquella cantidad de dinero en sus manos, con
lágrimas en los ojos y el corazón agradecido, no pudo hacer otra cosa que
exclamar al cielo y bendecir aquella familia que tanto estaba haciendo por él.
Se fue mejor abrigado de lo que vino y habiendo comido caliente, cosa que no
recordaba haber hecho en mucho tiempo. Desapareció entre las blancas calles de
aquel frío día de crudo invierno.
Pasaron
los años y Bautista creció sin que la suerte dejara nunca de acompañarle. Se
convirtió en un hombre honrado de buenos principios, contrajo matrimonio con una
mujer encantadora y tenía dos preciosas niñas. Él y su familia vivían en una
casa de campo, modesta pero próspera en las afueras de la ciudad.
A Bautista
le encantaba la caza y siempre que podía le gustaba salir al monte y traerse
algunas piezas para completar el rancho familiar. Un día mientras cazaba en un
bosque de los alrededores, distraído por la emoción de aquella buena jornada de
caza con varias piezas cobradas, se adentró más de lo que tenía por costumbre
en el bosque, donde fue sorprendido por dos hombres armados con trabucos. Tras
quitarle la escopeta y las presas, le condujeron hacia el interior del bosque por
unos senderos tortuosos, hasta llegar a una cueva que debía de servir de
guarida a los bandidos. Había más hombres, también armados con trabucos,
machetes y espadas que les esperaban.
Uno de
ellos se adelantó, mientras los otros se apartaban para darle paso. Bautista
pensó que debía ser el jefe de aquella banda. Se le quedó mirando, de arriba
abajo por unos segundos, hasta que clavó su mirada en sus ojos. Sin pestañear
le preguntó por su nombre y por su casa. Bautista se negó, temiendo que los bandoleros
quisieran hacer daño a su familia, lo que en aquellos tiempos solía pasar a
menudo. Los maleantes solían asaltar casas de campo alejadas, llevándose todo
lo que encontraran de valor sin importarles que la sangre corriera. Pero el
bandolero, poniéndole la boca del trabuco debajo de la barbilla, le dijo que
podía guardar su nombre, si así lo deseaba, pero sólo si le quitaba importancia
a dejar los sesos manchando las paredes de la cueva. Bautista sólo pudo que
obedecer.
Cuando Bautista
le dijo su nombre y apellidos ocurrió algo que le sorprendió de sobremanera. El
que sin ningún lugar a dudas era el jefe de esos bandoleros, dirigiéndose a sus
compañeros dijo que le devolvieran a ese
hombre su escopeta y su caza, que le acompañaran hasta el camino para que
pudiera llegar temprano a su casa y sobre todo sin causarle el más mínimo
agravio. Pidió a Bautista que no descubriera
su escondrijo.
Se
comenzaron a oír protestas y recriminaciones, “desvelará el escondite”, “tiene
armas valiosas”, “es de mayor provecho degollado.” El jefe levantó la mano y con
una mirada fría dijo unas palabras:
— Da pan
al que tiene hambre y abrigo al que tiene frío. Quién tenga valor para tocar a
este hombre tendrá que vérselas conmigo. ¡Juro por la sangre que me corre que mataré
como a un perro a quien toque un pelo de su cabeza! —. Dijo con la expresión
feroz en la cara.
Sin decir
nada más se volvió hacia el involuntario invitado, se acercó a él y le puso en
la mano medio real. Bautista recordó al niño desvalido, hambriento y medio
desnudo de su niñez, que temblaba medio muerto de frío en aquel portal, se
llamaba Juan.
Aquel día
Bautista regresó pronto a su casa, poseedor de un secreto que jamás desvelaría.
A partir de entonces, sobre unos de los pilares que sujetaban la cancela de su
casa, todas las noches dejaba medio real. De tanto en tanto desaparecía, pero
quién sabe si el agradecimiento, hacía que a veces apareciese más dinero del
que había dejado el día anterior.
Esta
historia ocurrió hace muchos años y os aseguro que es real, porque el niño
desvalido y muerto de frío no fue otro que yo mismo. Hace ya algunos años que
no visito la casa de Bautista, ahora ya no lo necesito, sé que están bien, él y
su familia. Quiero suponer que envejeciendo como yo lo hago cada día alrededor
de esta candela y de los míos. Puede que
un día de estos, antes de que la vida se me escape, vaya a visitarlo. Esta vez,
pero, no pasaré de largo y llamaré a su puerta. Puede, hijos míos, que os haya
gustado este pasaje de mi vida.
Hipólito
martes, 28 de octubre de 2014
Pasaje hacia Terranova - Concluyendo el ciclo
El calor del sol renueva lo caduco, llena de energía los
mermados contenidos, hace florecer tenues esperanzas, recurrentes y atrevidas,
considerándolas como novedosas. Vanguardistas ilusiones se enfrentan solas,
cara a cara, como cada verano, al azul del mar.
Seres sentados y somnolientos en la orilla, ensimismados,
sumergen los pies en el agua tibia, mientras sobre las ondas de las olas a lo
lejos, titilan como diamantes pulidos, los brillos candentes de una nueva
estación.
Despunta Junio con sigilo, emerge por la izquierda del
calendario, tímido y sonriente. Augurando sin pretenderlo un nuevo estío,
desperdigando con descaro cuerpos gloriosos por nuestras costas calmas, con la
única ambición de retener un bronce pasajero y nocivo sobre la piel.
Los niños rebozados en esa extraña mezcolanza que forman la
crema protectora y la arena fina al mezclarse, delineando sobre su blancura,
amorfos tatuajes. Juegan con cubos y conchas, reflejando la luz sobre la madre
perla, hasta formar esos ecos irisados, creando en sus vulnerables e
inmaculadas mentes, un universo para sí de fantasía.
La arena salpicada de bulliciosos chiringuitos, ofrecen una
oferta desmesurada en hostelería para un turismo cada vez más decadente. Donde
unos pobres inmigrantes, venidos desde muy lejos, partieron un día en busca del
necesitado Dorado, ya deslucido a causa de las innumerables decepciones; se
esmeran en exceso muchas veces, por unos salarios que rozan lo ridículo,
aguantando en ocasiones desaires de algún malnacido con aires de grandeza,
creyéndose casi divino en su corte particular.
Siento cierto hastío.
A lo lejos diviso el puerto, mi destino por el momento. Para
esta travesía preciso poco equipaje. Una mochila con una muda, papel y tinta.
Un pasaje en primera, porque lo digo yo, hacia Terranova. Y ganas, muchas ganas de surcar los mares en
busca de infinitas aventuras.
Marcho sin lágrimas ni pesares, hacia otro puerto, con el
sudor y el salitre pegado a la camiseta que me dan cierto apresto. Acartonada,
voy embarcando en el Slippery, qué
extraño nombre para un navío.
Echo la última mirada sobre el malecón antes de partir, por
si decidiera no volver, pero sé en mi interior que tendré la necesidad de
pisarlo algún día. Cuando naufrague en las frías aguas personales, esas que
muchas veces ahogan por exceso de sensibilidad.
Las nuevas perspectivas se abren con dinamismo e ilusión
hacia Terranova, aproximándome a lo que considero concreto y por tanto serio, y
hasta un poco más formal, encubierta siempre por el anonimato que conceden con
generosidad los murmullos de las multitudes.
Cruzar mares y océanos, explorar tierras remotas en busca de
la libertad, con ansias arrolladoras, esas ansias que experimentan los hombres
desesperados, cuando ya poco o nada tienen que perder. Se arrojan al mar
bravío, cuando creen que todo está perdido, porque ya nada se deja atrás.
El barco zarpa lento, la brisa acaricia suavemente mi cara,
hago un gesto con la mano a modo de despido, digo adiós a alguien imaginario
que espera paciente para verme partir.
Suspiro porque al fin, puedo explorar el otro lado, los
azules y turquesas, que se encuentran aguardándome tras la línea de aquel
lejano y legendario horizonte.
*****
Han pasado siete largos años de aquella mala despedida, de
la que en muchos momentos no he sido consciente, en otros era sentirla como en
carne viva, pero hoy, después de comprender lo incomprensibles, contradictorios
e imprevisibles que somos, por fin sin pesar ni angustia, vuelvo a casa.
Gracias por salir a recibirme, como bien dijiste en un ayer: Bienvenida seas.
Laura Mir
jueves, 25 de septiembre de 2014
Otro otoño
Recordando a Laura y Marc allá donde quiera que estén...
Otro otoño, que me cubre con sus vientos y sus lluvias sin
pasar inadvertido. Otro otoño de tristeza e hipocresía que me coge como
siempre, desprevenida.
Mientras las gentes reordenan abrigos y lustran botas, me
quedo estática observando este jardín de hojas marchitas, amarillentas y
rojizas que caen al suelo, y les siento envidia porque se integran en esta
tierra oscura que te cobija, formando una alfombra, te dan calor, te ocultan de
las miradas de este mármol perenne, de ésta estatua pétrea que dejaste tras de ti, tras tantas mentiras
negras.
Otro otoño que hace palpable el dolor y la incomprensión de
tu marcha, sin nota y sin despedida. Avasallándome y arrastrándome a esa fosa
húmeda donde habitas, a ese rincón donde la muerte te custodia y a mí sin descanso,
me acecha.
Otro otoño echándote de menos sobre este pedestal de piedra
e imaginando, que puedo transformarme en hojas que mecidas por el viento, caen,
al igual que caen del árbol donde cohabitan, y se depositan sobre la tierra; imaginando que
soy el agua que las moja y filtra toda su savia, hasta ese abismo en el que te
hayas, sólo para pasar un segundo contigo, rozarme contigo en ese instante para portarte un breve aliento de vida.
Otro otoño que paso procurando recordarme que la voluntad de
alguien siempre es respetable, aunque esa decisión sea una gran mentira que te
ata a una losa de por vida con nombre pero sin flores. Ligada a una tumba como
una estatua viva sobre un pedestal de piedra que ve como el transcurso del
tiempo la ensucia, la embrutece y la marchita.
Laura Mir
viernes, 19 de septiembre de 2014
El despertar
Miro a tus ojos y no veo ese hermoso color verde, a tientas
como un ciego, sólo siento, siento en la piel tus miradas cálidas que me
abrigan en los tiempos gélidos, cuando en las noches de invierno ando perdida
sin encontrar donde refugiarme.
Me ofreces tu cuerpo como la única verdad de la vida, aún
sabiendo que lo profanaré de verdades poco ciertas una vez más, y que marcharé
al amanecer sin mirar atrás. Habiendo saciado las ansias, te dejo desnudo y
expuesto al mundo, quizás con las ganas reprimidas de esa caricia secreta por
miedo a no verme volver jamás.
Me has dado los mejores años de tu vida, esas experiencias
que no puedes trasmitir, pero que sé que existen porque me llenan de paz en
esas guerras que libro con los más absurdos
adversarios, pero tú, respetando mis imaginaciones, no dices nada, sólo sonríes
ante mi candidez.
Tú, que con tus labios pintas esos universos de luz que me
llenan cuando me siento vacía, triste y oscura; perversa y retorcida me dijiste
una vez; me enrosco del dolor que el desamor e incomprensión provoca, sin
comprender que al corazón no lo calma la pasión loca y fatua, si no la ternura
infinita con la que me abrazas.
Contigo no hay miedos que no pueda superar. Hoy me he puesto
a pensarte un poco más, lo sé, terca hasta la médula. En este ignoto desierto
del pensamiento contrapuesto, me he dado cuenta de que me amas sin pedir nada,
sin exigencias, y yo, he visto la realidad de esta estúpida que sintiéndose
mujer a tu lado, no ha sabido apreciar cómo se debe todo lo que me profesas.
Cansada de negarte en silencio y de rotar por el mundo
buscando un no sé qué, quiero quedarme enredada en tu pecho y en tu ternura
para siempre, porque me he dado cuenta, y espero que no sea demasiado tarde, que
te amo con locura, y que no hay otro sitio donde quiera estar, quiero toda esa
fuerza, apoyo y refugio que me consagran tus brazos y que hasta hoy no he
sabido valorar.
¿Me puedo quedar?
Sonia Mallorca
martes, 22 de julio de 2014
Mi padre
Mi nombre no tiene ninguna importancia, sólo diré que soy un
hombre de cierta edad, vivo con mi padre ya mayor y bastante entorpecido por lo
que precisa de muchos cuidados; cuando lo observo distraído viendo la
televisión, ajeno a mi mirada, siento una ternura que no puedo describir, me da
la impresión de que es más de lo que pueden sentir otros. Pero para que puedan
entender de lo que hablo, es preciso que sepan mi historia.
Durante la postguerra los tiempos no fueron fáciles, mi
madre había enviudado quedando con tres niños pequeños y ante la escasez de
recursos y medios para conseguirlos, optó por darme en adopción por ser el
mayor, pensando quizás, que podría sobrellevar esa carga mejor, ignoro en
realidad como le fue porque no la he vuelto a ver nunca más.
La realidad fue muy distinta, pasé gran parte de mi infancia
de institución en institución, con una ira y rebeldía muy difícil de
cuantificar, eran tiempos de una disciplina muy severa, crecí torcido,
demasiado torcido, convirtiéndome en lo que puede calificarse como un gamberro.
Una de mis gamberradas más placentera era molestar a los
vagabundos que vivían en los parques y portales. Cosa muy fea no voy a negarlo,
en mi defensa diré que era un adolescente de los que ahora se considerarían muy difíciles.
Durante algunas semanas me dio por meterme con uno al que
reconozco que le hice la vida imposible, siempre lo abordaba al atardecer en el
callejón donde solía recluirse, me gustaba hacerlo enfadar, escuchar sus gritos
e insultos. A veces cuando dormía le tiraba piedras, algunas no eran pequeñas
puedo asegurarlo.
La cuestión es que un día harto de mis excesos decidió
denunciarme en el cuartelillo de la guardia civil por lo que fui arrestado en
un centro a espera de juicio.
Cuando este se celebró descubrimos que el vagabundo era mi
padre, dado por muerto durante la guerra. No hace falta explicar la emotividad
que nos produjo a los dos esta revelación.
Ambos decidimos unir nuestras vidas y aunque fueron tiempos
muy duros, lo conseguimos.
Me siento orgulloso de todo el esfuerzo y en cierta manera
también siento orgullo ante el hecho de haber sido un gamberro, quizás nunca
hubiese conocido a mi padre de no haber sido así, a ese hombre valiente que
luchó por un país que le dio la espalda al acabar la guerra como a tantos
otros.
Lo observo viendo la televisión y mi ternura hacia él es
infinita, porque me enseñó a ser el hombre responsable, trabajador y honrado
que soy hoy.
Anónimo
lunes, 21 de julio de 2014
La elección
Es una
realidad estar aquí al borde de este precipicio, esta fina línea transparente me
mantiene en tierra estable de lo socialmente correcto, como una frontera de
controles imaginarios limitan lo conocido de aquellos dominios utópicos e
inexplorados de lo no vivido.
Es un pasaje
contenido, me niego a comprender y no comprendo, tanto que el tiempo ha hecho
perder las referencias iniciales por los recovecos de la memoria, es tanto el
silencio interno que llego por momentos a perder la razón por la inconsistencia
de lo moralmente aceptado y lo oficialmente impuesto.
Sólo
necesitaba una visión más amplia, una confirmación y un desafío.
Atrás
quedaron los callejones sinuosos repletos de dudas y olvido, rincones negros
cubiertos por el polvo de ajenos recelos escondidos.
Soplan nuevos
vientos pero ni tú ni yo podemos sentirlos, si doy ese paso, si te quedas atrás,
dejaremos de convivir juntos en este mismo entresijo. A veces, frente a tu declive
se me olvida que soy quien domino, callo, otorgo, y nunca exijo.
Aquí, inmediatos
y entrelazados muchas veces por nuestras diferencias, en esta extraña
encrucijada del destino, rara mezcolanza que resulta un desatino, te pido que
te eches a un lado, que me dejes espacio porque lo necesito, para desplegar mis
alas, y sobrevolar los contratiempos que porta de por sí el tiempo.
Se agita mi
pecho sólo al pensar que existe esa posibilidad de elección, entre la luz y la
sombra, entre la paz y la desesperación que conlleva el miedo.
Sólo
necesitaba eso; una visión más amplia, una confirmación y un desafío.
Ahora, en el
precipicio de las elecciones de último momento, elijo la maravillosa luz, esa
luz que brilla y llevo dentro.
Laura Mir
sábado, 12 de julio de 2014
Ejercicio al aire libre
Hoy es domingo, está nublado y no apetece ir a la playa a
darse un baño, por lo tanto, iré a andar.
Haré una excursión por los campos de las lindes del pueblo.
Me pongo mis botas de montaña, preparo mi mochila con un picnic… ¿Qué más me
falta?... ¡Ah! El bastón que me regaló mi hija, cómo olvidarlo, es una
maravilla, sobre todo para subir las cuestas.
Salgo de casa, cuando llevo un rato caminando puedo ver los
preciosos campos dorados de trigo, salpicados aquí y allá de rojas amapolas. Me
encanta andar por estos caminos en esta estación, por la cantidad de flores
silvestres y verdes que me encuentro, por las traviesas mariposas que
revolotean a mí alrededor y el trinar de los pájaros de trasfondo.
Llego a una ermita muy pequeña, debe ser románica, de piedra
ennegrecida por el suceder del tiempo; por uno de sus laterales pasa un arroyo
de aguas cristalinas y rocas musgosas, me siento a descansar, es el momento de
comer algo mientras disfruto de este lugar tan especial para mí.
Oigo estruendosos truenos, grandes goterones me salpican,
recojo todo rápidamente sin orden ni concierto, metiendo de cualquier modo las
cosas dentro de la mochila para continuar mi camino, pero la lluvia cada vez en
más intensa, me pongo una capelina comprada en Decathlon, me viene un poco
grande pero al menos no me mojo. Apresuro el paso con tan mala suerte que piso
la tela y caigo al suelo, toda enredada en ella, no puedo ni sacar las manos
para apoyarme y levantarme, doy varias vueltas sobre mí misma rebozándome en el
fango.
No sé ni siquiera de donde ha salido ese perro enorme
ladrando a mi lado, ladra que te ladra, va a dejarme sorda. Detrás aparece un
hombre con un gran paraguas que manda callar al animal.
— ¿Te has hecho daño? — Me dice mientras me ayuda a
levantarme.
— No, no, estoy bien. Muchas gracias.
— ¿Seguro que estás bien?
— Sí, sí, no se preocupe, gracias.
— De nada — Me dice mientras comienza a caminar con el
chucho al lado — Qué vaya bien.
— Igualmente.
Retomo el camino de vuelta, al llegar al pueblo cesa de
llover, me noto agobiada por el clima y dolorida por la caída. Llego a casa, me
quito la capa asesina, la ropa, me seco, me cambio y salgo al balcón. Entonces
observo en el horizonte un precioso y gran arcoíris, nítido, se puede contar
sus colores, admiro esa maravilla de la física, y al final pienso que el paseo,
aunque ha sido accidentado, en realidad se ha convertido en una gran aventura,
de esas que merece la pena contar.
Angels
miércoles, 9 de julio de 2014
El miedo del corazón fatuo
Vuelvo a paralizarme en el filo del bordillo, con miedo a echar el pie sobre el pavimento gris como si no hubiera asfalto, y fuera a enfrentarme a la inmensidad del mar, al vacío, y retorna la ansiedad; pierdo la seguridad y el calor, me ahogo; un temblor me recorre, me percato de que una bandada de golondrinas negras vuelan raso y en silencio sobre mí, sigilosas aletean, bajo un cielo lánguido y deslucido, vaticinando nubes hoscas y el retorno de aquellos tiempos oscuros, repletos de absoluta soledad.
Giro la cabeza, no puedo soportarlo más, esta espiral emocional me arrastra, no alcanzo a aferrarme a nada, ya no quedan rescoldos de buenos fuegos junto al hogar, y sin quererlo siento todas las células de mi cuerpo como si fueran estopa; rígidas y resecas. Y noto que la vida me muestra su lado más severo, las lágrimas se desbordan incontenibles y comienza a sufrir una vez más este pobre corazón fatuo, corazón, corazón como el de una calabaza, hueco y lleno de contradicciones e indecisiones, y de semillas que nunca encontrarán una tierra fértil y próspera donde germinar.
Se me hace tan extraño, me siento tan ajena que ni siquiera me reconozco viviendo en este entresijo de existencia, mal encauzada, suspendida entre el suelo firme y la profundidad del mar, y poco importa mi periferia si soy muy poco valiente y en soledad me quedo siempre, sin tomar las riendas de la providencia por exceso de prudencia, y abrazada fuerte, muy fuerte al miedo… tiemblo.
Anónimo
domingo, 6 de julio de 2014
El vivo al hoyo
Es una
tremenda desgracia que alguien se muera. Si es cercano hasta puede llegar a ser
doloroso pero, si es lejano, el acontecimiento es engorroso, y más cuando
tienes el día del entierro sin un respiro y en tu fondo de armario no hay un
triste vestido negro que lucir ese día. La ocurrencia del muerto pasa de ser
algo sin ninguna importancia personal a una tragedia a nivel mundial, porque es
tu mundo, el de ese día, el que tienes que cambiar por completo.
Ana,
recordaba que Laura se había hecho hacía poco un vestido negro, ella siempre
tan previsora, por si se muere alguien o
por si me muero yo. Se lo pediría para tan embarazosa ocasión.
- Ana, en la
parte lateral izquierda, por dentro, pone: Devuélvase
a su legítimo propietario y en perfectas condiciones, ya sabemos lo
desastre que eres.
- No te
apures mujer que te lo devuelvo igual que me lo dejas, impecable. – Contestó
con el vestido puesto y observándose en el amplio espejo de la habitación. - ¿Con
este quieres que te entierren?
- Sí, claro.-
Contestó Laura.
- Puede que
falten muchas décadas todavía y ¿Sí engordas?
- Ya sabes lo
que odio el factor sorpresa, mejor tenerlo todo preparado. Nunca se sabe ¿Por
qué crees que he dejado tanto margen en las costuras?
Girando un
poco la tela de la falda, observó que en realidad había dejado demasiada tela.
********
Ana como
siempre llegó justa de tiempo, era el problema eterno, aunque era adicta a la
raya de los parpados desde hacía años, nunca le quedaban bien al primer trazo
por el ligero temblor del final.
El sol lucía
en todo su esplendor, dibujando una sombra únicamente perceptible bajo cada una
de las dos personas que discutían acaloradamente ante el ataúd que reposaba
sobre la plataforma grúa que lo introduciría dentro de la fosa ¿Qué fosa?,
buscó Ana mirando el suelo a su alrededor.
¡Santo Dios!
Debido a la huelga del personal municipal reivindicando indumentaria laboral,
hablando en plata, ropa de trabajo; no se había cavado el agujero. Ana pensó
que estos tenían su mismo problema, sin vestido para la ocasión ¡Qué cosas!
La viuda
exaltada gritaba sobre el respeto que se le debía a su difunto marido, mientras
el encargado de la funeraria intentaba excusarse alegando los recortes
dinerarios municipales que sufrían, y eso se traducía en menos personal y poco
equipamiento. A ella le daba igual, su querido esposo había estado pagando los
muertos toda la vida para que por lo menos tuviera un agujero hecho donde
descansar. El empleado indicaba que, según el convenio y debido al deterioro
por el trabajo, se indicaba que el uniforme se cambiará dos veces al año. Y
desde hacía dos que no se realizaba, por lo que los trabajadores habían
iniciado una huelga indefinida.
-¡Indefinida!-
Exclamó la acalorada viuda - ¿Hasta cuándo tiene que esperar mi amado esposo?
- Señora,
tranquilícese que le va a dar algo. La solución que puedo darle es meterlo en
una de las cámaras frigoríficas hasta que la situación se regularice.
- Oiga,
caballero. Mi marido murió en el mar, se cayó por la borda, han estado
buscándolo un mes, un mes ¿Entiende lo que es un mes metido en agua? ¿Ahora
pretende qué lo meta en hielo? ¿No se merece descansar ya?
Unos
espontáneos asistentes y amigos del difunto se quitaron las chaquetas y las
corbatas, y cogiendo picos y palas se pusieron a cavar la fosa bajo un sol de
justicia, mientras la viuda prometía encarnada de ira:
- Esto, desde
luego, no va a quedar así.
********
Ana pensaba
mientras observaba a los voluntarios sepultureros trabajar, que de poco servían
las previsiones a largo plazo de su estimada amiga Laura, si luego sucedían
cosas como esta. Se oía entre murmullos que al final el cadáver lo rescataron
unos pescadores entre las redes de arrastre, y que tenía toda la cara
mordisqueada por las bogas, de lo que estaba segura era de que bogas no comería
jamás.
En estos y
otros andaba su cabeza cuando los sudorosos amigos acabaron la fosa. Salieron
de ella y la gente dispersada empezó a agruparse para observar y opinar sobre
la profundidad y anchura del agujero. Ana también se acercó, tanto se
aproximaron que sin querer la empujaron, y resbalando del montículo de tierra
en el que se hallaba subida, cayó dentro de la sepultura, ensuciándose de fango
el vestido del futuro sepelio de Laura. Se miró dentro de la fosa y llena de
terrones terrosos se sintió desconsolada, con lo aprensiva que era su amiga
difícilmente podría entender eso del vivo al hoyo.
Y
efectivamente fue así, Laura le regaló el vestido con mala cara después de días
sin hablarle y Ana, jamás volvió a probar las bogas por mucho que le gustasen.
Laura Mir
viernes, 27 de junio de 2014
Las tribulaciones de Nora
Emprendimos
la marcha justo cuando el sol se ponía, dejando un precioso color rojo intenso
en el cielo. Una maravillosa y fantástica sensación me recorría por el cuerpo
tras el largo y estresante día.
Pasamos
el control con las típicas anécdotas que nos son tan características, vaya que
somos algo así como los Simpson pero en versión española.
Nos
dirigimos a pasar el control y el policía encargado de capitanear el cotarro me
dice:
–Señora, ponga en una bandeja el ordenador, en
otra el Ipad, en otra el bolso, en otra el neceser y, así sucesivamente.-
¡Vaya, que necesitaba más bandejas que en una fiesta de palacio! Yo que, para
no perder la costumbre, estoy en mi nube particular, pensando en quién sabe
qué, pues eso, que no me enteré de nada. El buen hombre repitiendo las
instrucciones con la infinita paciencia de un santo; el santo de la paciencia,
creo que se llamaba Job o algo así. Y…finalmente viendo la cara de pueblerina distraída
que tengo, se da por vencido y, con resignación, me permite pasar.
Llego
al arco detector de armas de fuego y otras armas peligrosas, y el siguiente
poli me dice:
–Señora, quítese las botas.
¿Por
qué a mí? Me pregunto al ver que a nadie más se lo pide. Quizás, además de la
cara quiere comprobar que mis pies son igual de palurdos!
Me
saco las botas y, justo en ese instante, ¡Zas! El calcetín emite una explosión
que deja mi pulgar izquierdo, enterito al descubierto. Lo miro a los ojos con
cara de cordero degollado, bueno, cordero no, cordera, Y exclamo un:
–¡Oh!-
Que sale de lo más profundo de mí. Él sonríe y exclama.
–No
pasa nada, adelante.- Yo suelto un ¡Uff! De hondo alivio y le doy las gracias.
Nos
sentamos en la puerta de embarque y, a los cinco minutos, la voz estridente de
la señora esa que tienen sólo para dar malas noticias a los viajeros anuncia:
–Señores
pasajeros les informamos que, el vuelo con destino a (…) tendrá un retraso en
su salida de treinta minutos.
Y,
ahí estás tú, evaluando la situación que ha podido provocar este retraso.
–¿Será algún problema del chisme volador?¿El
cacharro soportará la altura y aguantará el trayecto?- Mejor saco el libro y me
enfrasco en mi lectura, no sea que piense cosas raras y salga huyendo como alma
que lleva el diablo. Y es entonces, cuando estoy sumida en el mundo de la
historia de turno… otra vez la señora
del megáfono dice:
–Señores pasajeros les informamos que,
ta,ta,ta.- ¡Nada, que tenemos que coger los bártulos y cambiar de puerta de
embarque!¡Será posible, no sólo me saca de mi historia sino que me hace ir de
excursión por todo el aeropuerto!
Al
fin lo conseguimos, nos acomodamos en los asientos. Lo de acomodarnos es un
decir, no se podían reclinar, tenían restos de desechos de los anteriores
acomodados y un cierto perfume a humanidad que embriagaba.
El
piloto nos informa de que su nombre es Román Sánchez y que el trayecto será de
dos horas diez minutos. Te relajas, llamándose Román es seguro que cumplirá lo
que dice y en dos horas diez minutos nos dejará en el destino sanos y salvos.
Y
vuelta a la señora:
–Señores
pasajeros les informamos de que está terminantemente prohibido fumar a bordo -
¡Y tú, que ya llevas dos horas mentalizada de la prohibición y ya no recordabas
haber fumado en tu vida, sientes un deseo irrefrenable de encender un cigarrito
e introducirte por el sistema que trae hasta ti la voz de la ya no tan
desconocida, y cerrarle la boca de una vez!
Entre
cabezadas y más cabezadas llegamos a destino, este nos recibe con un frío del
carajo y una lluvia pertinaz, por supuesto no llevas paraguas y te pasean a la
intemperie por toda la pista, para dejarte más remojada que una sopa de letras.
–¿Para
qué habré ido a la peluquería? A perder el tiempo.- Me pregunto y me respondo
en una especie de diálogo interior.
Salimos
de allí y a coger un bus hasta la zona de alquiler de vehículos sita en Cerro Muriano.
Exhausta
acabo de tomar la decisión de que, ¡al próximo viaje me voy caminando!
Nora
Biel
viernes, 30 de mayo de 2014
Un día de lo más normal
Otro año más y con él, una nueva temporada de
carreras por delante, en la que visitar circuitos y reencontrarse con viejos
amigos. Cogimos el coche y pusimos rumbo a Madrid.
Cómo no podía ser de otra forma, dejamos todo el
papeleo y los planes de viaje para última hora y fue por ello que, sin
quererlo, vivimos “un día de lo más normal”.
Ya en el circuito y habiendo dejado a los maridos con los pilotos decidimos
salir a comernos el día. Lo primero sería quitarnos la fastidiosa tarea de
recoger la licencia de Sergio en la RFEA (Real Federación Española de
Automovilismo), por aquello de no hacer los deberes hasta el último día y, una
vez resuelto, pasarlo en grande por la ciudad.
Beatriz se puso al volante de mi coche y emprendimos la marcha. Tras
vueltas y más vueltas por el centro de Madrid en busca del edificio de la RFEA,
nos dimos
cuenta de que se lo había tragado Cibeles o
algún que otro dios mitológico que se había propuesto amargarnos el día.
Ante tal desesperación y en un ataque brillante de racionalidad, saqué el
plano de Madrid y comencé a darle instrucciones a mi piloto.
— A la izquierda, a la derecha.- ¡Horror, no giraba en la dirección que yo
le indicaba si no en la contraria y cada vez estábamos más perdidas por los madriles! – ¿Pero Beatriz, por qué no me haces
caso? - Le dije al fin, perpleja.
— Es que soy dislexicaaaaa- Contestó, fuera de sí.
— ¡Pues ya podías haberlo dicho antes, te habría indicado con señas y nos
habríamos evitado esta visita turística
por calles sin interés!
Paramos ante un semáforo, más que nada por aquello de que estaba en rojo.
Cuando, de repente, nos encontramos a una gitana al lado del parabrisas que no
dudó ni un segundo en embadurnarnos el cristal con espuma del más reluciente
marrón tierra. Beatriz, con los nervios ya prácticamente hechos trenzas, le dio
rauda y veloz al limpia en su posición más rápida al tiempo que el semáforo
pasaba a verde, aceleró y me dijo:
— ¡La gitana corre tras nosotras!
— ¿Cómoooo? ¡Ni se te
ocurra parar! -Exclamé aterrorizada, imaginando no sé cuantas cosas que podría
hacernos si nos alcanzaba.
Beatriz comenzó a reírse, con esa risa tan divertida que siempre me
contagiaba y, mientras tanto, yo blanca de miedo.
— ¿Se puede saber de qué te ríes?
—
De, de, de. ¡Que llevamos el aparato de
limpiar cristales de la gitana en el techo!
—
¿Eh?
—
Sí, cuando le di al limpia tomó vida
propia y se lo arrebató de la mano, saliendo
disparado y terminó en el techo del coche.
Yo no me había enterado de nada. Pensaba que corría furiosa por no haberle
permitido limpiar el cristal y… ¡Resultaba que, la pobre mujer, sólo quería
recuperar su herramienta de trabajo!
Entre risas y más risas conseguimos dar con el edificio y recoger la
dichosa licencia.
El tráfico estaba imposible en la ciudad pero, al cabo de un rato,
conseguimos llegar al aparcamiento donde solíamos dejar el coche en nuestras
visitas. Al llegar a la entrada un policía nos da el alto y nos pide que
abramos el maletero.
— No llevamos nada —Le dije, pensando en el problema que nos iba a
ocasionar.
— ¡Que abran el maletero!— Repitió, como si diera órdenes a todo un
escuadrón del ejército.
— Muy bien pero…que sepa que después no lo podremos cerrar.
Ante su mirada decidí que lo mejor sería obedecer y le dí instrucciones a
Beatriz que dio al botón rojo de disparar. Después del gran crec del disparo,
fruto de la presión ejercida sobre aquella cerradura rota, el capó quedó de par
en par descubriendo nuestros secretos: moqueta gris oscura adornada con alguna
que otra mancha, sin más peligro que los posibles microorganismos invisibles
que pudieran existir.
— Ciérrelo – Me ordenó otra vez el policía, me confundía con uno de sus
hombres. O…con algún tipo de terrorista decidido a autoinmolarse en un bonito
coche que todavía estaba acabando de pagar con gran esfuerzo.
Parecía que para el policía era del todo lógico ese razonamiento.
Ante tal situación de principio de irritación justificada, decidí, claro
que sin pensarlo, que ahora la orden la daba yo.
— ¡Ciérrelo usted, ya le avisé de que no se podía!
Sin decirme nada se puso a la tarea. Una, otra y otra, veinte veces más y
nada. Menos mal, pues si el dichoso maletero se hubiese comportado bien, cosa
que únicamente hacía ante las manos de Sergio, quizás habríamos pasado la tarde
en comisaría. Con su orgullo herido nos hizo apartarnos a un lado para dar paso
a la larga lista de coches que teníamos detrás. Llamó a un empleado del local
quien no tuvo mejor suerte, ante ello decidió que aparcásemos a un lado y allí
intentaría solucionar el problema. Después de varios intentos fallidos más,
decidió ir a por una brida y, cogiendo el artilugio superior e inferior que
formaban el cierre del vehículo, los unió y apretó la brida hasta que quedó lo
más cerrado posible.
Respiramos aliviadas y nos fuimos a comer a “Casa Paco”. Ya tenía yo ganas
de ir a este sitio, que en visitas anteriores no había podido visitar. Nos
pusimos las botas. ¡Qué forma de comer! Pero…quizá fue debido a tanta tensión
acumulada. Disfrutamos al máximo de la compañía mutua, hablamos por los codos
sin tregua y llegó la hora del café. ¡Oh no, en este restaurante no servían
café! ¿Cómo demonios seguir de palique sin el esperado y tan deseado café? La
primera vez en mi vida que me encontraba en semejante situación. No cabía duda
de que, ese día, todos los astros se habían confabulado en nuestra contra.
Pedimos la cuenta y tras desembolsar una cantidad bastante elevada para un
establecimiento que no servía mi bebida favorita, nos fuimos.
Encontramos una terracita que no estaba nada mal y tomamos el preciado
cafecito, con cremita y calentito. ¡Qué rico! Después del cigarrito nos
levantamos y, a pasear para bajar la comida. Entramos en varias tiendas de
objetos de recuerdos con la falsa excusa de alargar aquel agradable rato en el
centro de la ciudad
Pagamos el aparcamiento y fuimos hasta el coche. ¡Otra vez la pesadilla! No
era Chicote ni en la cocina, pero era digno de un reality show. La brida había
cedido y el maletero estaba abierto como un palmo! Nos fuimos turnando las dos
con los señores que habían formado corrillo. Tras observar a las dos damas en
apuros, decidieron que sólo un macho machote conseguiría realizar la hazaña.
Finalmente desistimos, decidimos que era preferible llevar el maletero un
palmo abierto a pasar el resto del día en un aparcamiento.
Llegamos a la salida, Beatriz introduce el tíquet por la
ranura y ¿Adivina? Ni hacia delante ni hacia
detrás, el tiempo para salir había sido sobrepasado. Ahí estábamos, las dos
pobres victimas de no se sabe qué confabulación directa contra nosotras,
envueltas en el más absoluto bochorno. Y fue en ese preciso momento en el que
la barrera se abrió, movimos nuestras miradas perplejas intentando averiguar de
qué forma se había producido el milagro y, los cuatro ojos, recayeron sobre nuestro salvador, el chico de la brida. Con un
guiño nos hizo señas de pasar y con tono gracioso exclamó:
— ¡Por fin sois libres!
No lo pensamos dos veces, le dirigimos sendas sonrisas, Beatriz puso la
directa y cogimos la de Villadiego. Estábamos hasta las narices de tanta
aventura. Al llegar al exterior, de nuevo, al inframundo de los atascos.
—No pasa nada, tampoco tenemos ninguna prisa.- Comentamos.
Y allí, entre tanto coche esperando conseguir avanzar aunque fuera un
centímetro, veo acercarse a un señor hacia mi ventanilla. ¿Ahora qué querrá
este? Al tiempo me giré hacia Beatriz para ignorarlo, pero él, insiste, dio la
vuelta y tocó con los nudillos la ventanilla. Mi amiga ante el desconcierto, no
abre. Es entonces cuando él saca de un bolsillo interior de su chaqueta una
cartera, dejando al descubierto, en el breve espacio de tiempo que transcurre
desde que la coge hasta la empotra en el cristal, su bonita placa de Policía
Nacional. Beatriz le abre, él se presenta, al parecer es de la secreta. Nos mira
a esa cara que se te queda cuando estás pensando: ¿Y, ahora qué he hecho?...y
tras una inquietante pausa, simplemente dice:
—Desde mi coche he observado que llevan el maletero abierto.
¡Uff! Le decimos que se nos ha estropeado y le damos las gracias. Cuatro
coches más allá, un grupo de personas nos llaman para decirnos lo mismo. Al fin,
conseguimos salir del dichoso atasco y entrar en la autopista, claxon por aquí,
claxon por allá, con la dichosa frase. ¡Lleváis el maletero abierto!
Llegamos a la barrera del circuito y los vigilantes como no podía ser de
otro modo, exclaman ¡Lleváis el maletero abierto!
— ¡Ya lo sabemos!- Contestamos las dos a la vez con un tono de irritación
que deja al hombre desconcertado. Miramos hacia atrás y…estaba abierto pero no
un palmo ¡Estaba abierto de par en par!
Los chicos ya habían terminado los entrenos y los padres estaban con ellos
haciendo planes para ir a cenar.
— ¿Qué tal vuestra escapada? - Preguntaron con interés.
Cruzamos nuestra cómplice mirada, esa mirada que solíamos tener en aquella
época y contestamos.
—Pues muy bien, nada especial, un día de los más normal.
Hoy en día, seguimos sin planificar las cosas, las dos entendemos que, la
mayoría de las veces, con tanto planificar te pierdes esos pequeños y
divertidos momentos que te ofrece la vida.
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