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miércoles, 10 de junio de 2015

Tierra Adelia 1 – Jean Rivolier – Laura Mir


Ya veo que lo tuyo es medir esas dichosas escaleras de todas las formas posibles. Me alegro que quedaras colgando de la barandilla en el último momento, como un hábil trapecista, soy comedida con las comparaciones, y la cosa no fuera más grave.
     
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martes, 19 de mayo de 2015

La rebeldía de Elisa - Aurea Martí




Aquella calurosa tarde de Agosto se celebraba el cumpleaños de la tía Antonia. Cumplía noventa años y estaba fuerte como un roble y de cabeza mejor que una chiquilla. Había sido maestra y todo lo relacionado con el saber le apasionaba...

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domingo, 22 de febrero de 2015

Mi gozo en un pozo, no, no, no, fue en una farola



De joven era muy aficionado a la bici y con ella iba a todas partes. Ese día me dirigía a comenzar mi aventura, la incorporación a un nuevo puesto de trabajo. Me lo había conseguido mi padre a través de un cliente de su pequeño negocio. Esta decisión fue tomada para evitar males mayores, pues mi hermano y yo en aquellos tiempos, siempre andábamos a la gresca. El pobre hombre consideró que no nos iría mal trabajar un tiempo separados. La empresa era un laboratorio de POTINGAS y como me encantaba la química, todos felices y contentos.

Apenas habían transcurrido quince minutos desde que salí de casa, cuando por arte de magia y sin saber cómo, me vi empotrado en una farola por una furgoneta. Los accidentes en aquella época no eran inusuales, lo que sí era inusual, eran las farolas que se encontraban muy distanciadas entre sí. Y fui a dar con la única existente en la zona, mejor digo que ella me encontró a mí.

De pronto todos mis sueños de llegar a ser una gran personalidad tipo Einstein, pero en química, se vieron truncados por un: ¡Quítale de ahí ese obstáculo!

Quedé despanzurrado boca arriba sobre el suelo, sin asfalto, sin visión, sin idea de lo que había ocurrido pero, escuchando los comentarios del público asistente a la función de la que, sin saberlo ni quererlo, era el principal protagonista.

— ¡Este chico está muerto! — Decían sin parar.

— ¡Hay que llamar a una ambulancia! — Pedían.

Mientras tanto, perplejo y dolorido, me interrogaba sobre lo que estaba ocurriendo.

Llegó la ambulancia, un cacharro heredado de los americanos tras finalizar la Segunda Guerra Mundial. ¿O, era de la Primera? No tiene importancia, el caso es que me introdujeron en ella y el conductor se dispuso a iniciar la marchar.

— ¡Arranca, arranca! — Le decían, pero la vieja reliquia se negaba.

Tras duras negociaciones entre chófer, enfermero y público, decidieron que en lugar de esperar a otra ambulancia, dada la gravedad del tema, lo mejor sería empujarla y así con el impulso conseguir que arrancase.

Llovían los voluntarios, obreros a los que no les importaba llegar tarde a sus puestos de trabajo, jubilados para los que el incidente era vivir una especie de insólita aventura, amas de casa que iban con su cesto hacía el mercado, y hasta niños con sus carteras repletas de libros y cuadernos que se dirigían a sus respectivos colegios.

Se pusieron manos a la obra, ahora empujaban unos, ahora empujaban otros. El motor comenzó a explosionar con unos petardeos tremendos hasta que finalmente lo consiguieron. Nos incorporamos al tránsito. La camilla comenzó a golpear en las paredes y, según lo que pude percibir, hasta en el techo.

— ¡Oh no, con las prisas nos hemos olvidado de anclar la camilla, de ésta no salimos! — Exclamó el camillero.

Llegamos al hospital y tras atenderme del múltiple accidente, tan sólo diagnosticaron cuatro costillas rotas. Al cuarto día me enviaron para casa. No tardamos en descubrir que el diagnóstico era erróneo pero… ésa es una historia que mejor dejo para otro día.

Treinta y seis años después, con la confianza que da comprar el pan siempre en el mismo establecimiento, me enteré por boca de la panadera, que andaba aquella mañana rememorando historias graciosas, y refiriéndose a una protagonizada por su mejor amigo, muy fitipaldi por cierto; el cómo empotró a un pobre ciclista, debía ser un muchacho por aquel entonces, contra la única farola existente en aquella calle, aquel día fatídico que amaneció con los mejores vaticinios internos de que sería muy especial para mí.


Nora Biel


viernes, 16 de enero de 2015

La suspicacia del inspector Gutiérrez



Vivo en un pueblecito de interior, donde nunca sucede nada pero no dejan de pasar cosas, y todo se debe al increíble recelo del inspector de policía que se emplea con verdadera vocación, sin menospreciar la colaboración de sus ineptos ayudantes.

A Gutiérrez lo trasladaron de la capital hace unos meses y me ha llegado a resultar bastante irritante, porque todo lo convierte en un acto delictivo de gran trascendencia; pienso que si fuese juez acusaría a todos los posibles sospechosos a la pena capital sin posibilidad de defensa. Demasiado tesón para esclarecer casos inexistentes, entre ellos: La sustracción de la bicicleta ebria, Los sumideros pasan inadvertidos al atardecer, La okupación fantasma de los sábados tarde y El moroso misterioso que recibía cartas de desamor, en este último fue demasiado lejos, se presentó en nuestra casa con una orden de arresto para llevarse a mi compañera de piso.

En Mayo pasado, Troska cogió pulgas y cuando me di cuenta, Zafiro, Perla y Morgana, eran parásitos propietarios sin escritura legal de animales como avituallamiento. Ante la gravedad de la plaga no me quedó más remedio que bañar a la perra y a los tres gatos.

Todo fue bien hasta que le tocó el turno a Morgana, una gata arisca como pocas. Con la rabia de cien felinos, al meterla en la bañera se enganchó con saña y dientes, me desgarró parte de la carne del antebrazo. Tuve que ir a urgencias y el doctor anotó en el informe: Agresión Animal. Se curó con los días, y aquello quedó en una anécdota sin más.

En otro orden, mi compañera tiene un mono de noche precioso, de raso negro con hombros al descubierto, al probármelo el antepasado año para el festejo de Nochevieja, y por exceso de pandero, lo rajé de arriba abajo, cosa que la disgustó bastante, pero no dijo nada. Con resignación lo guardó para una mejor ocasión.

Después de un año de pasar hambre y realizar ejercicios agotadores, conseguí rebajar los nueve kilos que me sobraban para meterme dentro del mono. Me lo probé y estaba perfecto, el rasgado seguía descosido, pero quedaba bien aunque enseñara hasta donde la espalda pierde su decoroso nombre.

Así es que mi novio Daniel, unos amigos, el mono y yo, decidimos pasar el fin de año en el hotel de Doña Juanita, aprovechando una promoción.

Después de una noche de cierto desenfreno estábamos durmiendo plácidamente, cuando a las seis de la mañana sonó la alarma del móvil que no habíamos desconectado. A las ocho volvió a sonar y para nuestra sorpresa, era el teléfono de la habitación, desde recepción me requerían.

— Señorita Sanz, el inspector Gutiérrez pregunta por usted.

Me quedé pasmada, temblando contesté:

— Ahora mismo bajo.

Con las lagañas pegadas y el mono negro como testigo, porque no bajaba. Daniel y yo, nos acercamos a los cuatro agentes de policías.

— Señorita Núria Sanz, tendría que acompañarnos a comisaría para tomarle declaración. — Ante mi cara de incredulidad prosiguió. — Se ha presentado una denuncia de agresión contra usted. — Mi novio nervioso, observado y conteniéndose, no sabía qué hacer, y paseaba de un lado a otro midiendo el hall del hotel.

Como pude, aclaré la apreciación inadvertida de “animal” y en ese estado hipnótico mi mente no paraba de pensar y me di cuenta de que todo había sido producto de su imaginación enfermiza y mi falta de empadronamiento, mientras mis ojos no podían apartarse de la cara decepcionada que lucía ese primer día del año el inspector Gutiérrez. En el fondo me dio lástima que se quedará sin sospechoso a quien detener.


Sonia Mallorca


*Todo parecido con la realidad no es pura coincidencia.



NOTA: La frase “y en ese estado hipnótico mi mente no paraba de pensar y me di cuenta de que…” de la novela “El diario de un hombre decepcionado” de W.N.P. Barbellion, es la que he usado para este cuento en el juego literario FRASELETREANDO, organizado por la comunidad ALMAS DE BIBLIOTECAS Y CINE.

miércoles, 7 de enero de 2015

Invierno en Castilla


                                                 * Ilustación: Fanny Campbell


Ahora que el frío queda detrás de las ventanas, y que nos vemos reunidos alrededor de esta candela, os narraré una historia que comenzó el treinta de diciembre del año 1885.

Recuerdo que el invierno de aquel año fue muy frío y había nevado copiosamente. Las dilatadas llanuras de la Mancha se hallaban cubiertas por una gruesa capa de nieve, y en las calles de Ciudad Real los chicos se entretenían entre batallas con bolas de nieve de tanta que había. En una de las calles unos niños llevaban media mañana enfrascados en su guerra, revolcándose por la nieve entre gritos y risas, montando un ruidoso alboroto. En fin lo que hacían los niños en cuanto se les dejaba solos, divertirse.

Cansados de jugar y, siendo ya hora de comer, los niños dejaron sus juegos para dirigirse a sus respetivas casas. Uno de ellos vio un muchacho medio desnudo que intentaba resguardarse del frío en un portal. Tiritaba de tal modo que le castañeaban los dientes. Bautista, que era el nombre del niño, impresionado por el lamentable estado de aquel otro se acercó y le preguntó que por qué no se abrigaba mejor, por qué no se retiraba a su casa. El niño le contestó que no tenía más abrigo que aquél y que su padre le había echado de casa por no haber llevado más que un trozo de pan y un par de céntimos. Se llamaba Juan y se dedicaba a la mendicidad.

Al escuchar estas palabras Bautista, cogiéndole de la mano, le llevó a su casa y con el permiso de sus padres le dio ropa de abrigo de la que él tenía de sobra, y comida suficiente para que aquel día no tuviera que volver a pensar en su hambre. A estos nobles gestos añadió el casi medio real que tenía en su hucha, que era todo lo que había conseguido ahorrar de la paga de sus padres.
Aquel niño al verse abrigado, comido y con aquella cantidad de dinero en sus manos, con lágrimas en los ojos y el corazón agradecido, no pudo hacer otra cosa que exclamar al cielo y bendecir aquella familia que tanto estaba haciendo por él. Se fue mejor abrigado de lo que vino y habiendo comido caliente, cosa que no recordaba haber hecho en mucho tiempo. Desapareció entre las blancas calles de aquel frío día de crudo invierno.

Pasaron los años y Bautista creció sin que la suerte dejara nunca de acompañarle. Se convirtió en un hombre honrado de buenos principios, contrajo matrimonio con una mujer encantadora y tenía dos preciosas niñas. Él y su familia vivían en una casa de campo, modesta pero próspera en las afueras de la ciudad.

A Bautista le encantaba la caza y siempre que podía le gustaba salir al monte y traerse algunas piezas para completar el rancho familiar. Un día mientras cazaba en un bosque de los alrededores, distraído por la emoción de aquella buena jornada de caza con varias piezas cobradas, se adentró más de lo que tenía por costumbre en el bosque, donde fue sorprendido por dos hombres armados con trabucos. Tras quitarle la escopeta y las presas, le condujeron hacia el interior del bosque por unos senderos tortuosos, hasta llegar a una cueva que debía de servir de guarida a los bandidos. Había más hombres, también armados con trabucos, machetes y espadas que les esperaban.

Uno de ellos se adelantó, mientras los otros se apartaban para darle paso. Bautista pensó que debía ser el jefe de aquella banda. Se le quedó mirando, de arriba abajo por unos segundos, hasta que clavó su mirada en sus ojos. Sin pestañear le preguntó por su nombre y por su casa. Bautista se negó, temiendo que los bandoleros quisieran hacer daño a su familia, lo que en aquellos tiempos solía pasar a menudo. Los maleantes solían asaltar casas de campo alejadas, llevándose todo lo que encontraran de valor sin importarles que la sangre corriera. Pero el bandolero, poniéndole la boca del trabuco debajo de la barbilla, le dijo que podía guardar su nombre, si así lo deseaba, pero sólo si le quitaba importancia a dejar los sesos manchando las paredes de la cueva. Bautista sólo pudo que obedecer.

Cuando Bautista le dijo su nombre y apellidos ocurrió algo que le sorprendió de sobremanera. El que sin ningún lugar a dudas era el jefe de esos bandoleros, dirigiéndose a sus compañeros  dijo que le devolvieran a ese hombre su escopeta y su caza, que le acompañaran hasta el camino para que pudiera llegar temprano a su casa y sobre todo sin causarle el más mínimo agravio. Pidió a  Bautista que no descubriera su escondrijo.

Se comenzaron a oír protestas y recriminaciones, “desvelará el escondite”, “tiene armas valiosas”, “es de mayor provecho degollado.” El jefe levantó la mano y con una mirada fría dijo unas palabras:

— Da pan al que tiene hambre y abrigo al que tiene frío. Quién tenga valor para tocar a este hombre tendrá que vérselas conmigo. ¡Juro por la sangre que me corre que mataré como a un perro a quien toque un pelo de su cabeza! —. Dijo con la expresión feroz en la cara.

Sin decir nada más se volvió hacia el involuntario invitado, se acercó a él y le puso en la mano medio real. Bautista recordó al niño desvalido, hambriento y medio desnudo de su niñez, que temblaba medio muerto de frío en aquel portal, se llamaba Juan.

Aquel día Bautista regresó pronto a su casa, poseedor de un secreto que jamás desvelaría. A partir de entonces, sobre unos de los pilares que sujetaban la cancela de su casa, todas las noches dejaba medio real. De tanto en tanto desaparecía, pero quién sabe si el agradecimiento, hacía que a veces apareciese más dinero del que había dejado el día anterior.

Esta historia ocurrió hace muchos años y os aseguro que es real, porque el niño desvalido y muerto de frío no fue otro que yo mismo. Hace ya algunos años que no visito la casa de Bautista, ahora ya no lo necesito, sé que están bien, él y su familia. Quiero suponer que envejeciendo como yo lo hago cada día alrededor de esta candela  y de los míos. Puede que un día de estos, antes de que la vida se me escape, vaya a visitarlo. Esta vez, pero, no pasaré de largo y llamaré a su puerta. Puede, hijos míos, que os haya gustado este pasaje de mi vida.



Hipólito


martes, 28 de octubre de 2014

Pasaje hacia Terranova - Concluyendo el ciclo



El calor del sol renueva lo caduco, llena de energía los mermados contenidos, hace florecer tenues esperanzas, recurrentes y atrevidas, considerándolas como novedosas. Vanguardistas ilusiones se enfrentan solas, cara a cara, como cada verano, al azul del mar.

Seres sentados y somnolientos en la orilla, ensimismados, sumergen los pies en el agua tibia, mientras sobre las ondas de las olas a lo lejos, titilan como diamantes pulidos, los brillos candentes de una nueva estación.

Despunta Junio con sigilo, emerge por la izquierda del calendario, tímido y sonriente. Augurando sin pretenderlo un nuevo estío, desperdigando con descaro cuerpos gloriosos por nuestras costas calmas, con la única ambición de retener un bronce pasajero y nocivo sobre la piel.

Los niños rebozados en esa extraña mezcolanza que forman la crema protectora y la arena fina al mezclarse, delineando sobre su blancura, amorfos tatuajes. Juegan con cubos y conchas, reflejando la luz sobre la madre perla, hasta formar esos ecos irisados, creando en sus vulnerables e inmaculadas mentes, un universo para sí de fantasía.

La arena salpicada de bulliciosos chiringuitos, ofrecen una oferta desmesurada en hostelería para un turismo cada vez más decadente. Donde unos pobres inmigrantes, venidos desde muy lejos, partieron un día en busca del necesitado Dorado, ya deslucido a causa de las innumerables decepciones; se esmeran en exceso muchas veces, por unos salarios que rozan lo ridículo, aguantando en ocasiones desaires de algún malnacido con aires de grandeza, creyéndose casi divino en su corte particular.

Siento cierto hastío.

A lo lejos diviso el puerto, mi destino por el momento. Para esta travesía preciso poco equipaje. Una mochila con una muda, papel y tinta. Un pasaje en primera, porque lo digo yo, hacia Terranova.  Y ganas, muchas ganas de surcar los mares en busca de infinitas aventuras.

Marcho sin lágrimas ni pesares, hacia otro puerto, con el sudor y el salitre pegado a la camiseta que me dan cierto apresto. Acartonada, voy embarcando en el Slippery, qué extraño nombre para un navío.

Echo la última mirada sobre el malecón antes de partir, por si decidiera no volver, pero sé en mi interior que tendré la necesidad de pisarlo algún día. Cuando naufrague en las frías aguas personales, esas que muchas veces ahogan por exceso de sensibilidad.

Las nuevas perspectivas se abren con dinamismo e ilusión hacia Terranova, aproximándome a lo que considero concreto y por tanto serio, y hasta un poco más formal, encubierta siempre por el anonimato que conceden con generosidad los murmullos de las multitudes.

Cruzar mares y océanos, explorar tierras remotas en busca de la libertad, con ansias arrolladoras, esas ansias que experimentan los hombres desesperados, cuando ya poco o nada tienen que perder. Se arrojan al mar bravío, cuando creen que todo está perdido, porque ya nada se deja atrás.

El barco zarpa lento, la brisa acaricia suavemente mi cara, hago un gesto con la mano a modo de despido, digo adiós a alguien imaginario que espera paciente para verme partir.

Suspiro porque al fin, puedo explorar el otro lado, los azules y turquesas, que se encuentran aguardándome tras la línea de aquel lejano y legendario horizonte.


                                                         *****


Han pasado siete largos años de aquella mala despedida, de la que en muchos momentos no he sido consciente, en otros era sentirla como en carne viva, pero hoy, después de comprender lo incomprensibles, contradictorios e imprevisibles que somos, por fin sin pesar ni angustia, vuelvo a casa. Gracias por salir a recibirme, como bien dijiste en un ayer: Bienvenida seas.


Laura Mir






jueves, 25 de septiembre de 2014

Otro otoño



Recordando a Laura y Marc allá donde quiera que estén...


Otro otoño, que me cubre con sus vientos y sus lluvias sin pasar inadvertido. Otro otoño de tristeza e hipocresía que me coge como siempre, desprevenida.

Mientras las gentes reordenan abrigos y lustran botas, me quedo estática observando este jardín de hojas marchitas, amarillentas y rojizas que caen al suelo, y les siento envidia porque se integran en esta tierra oscura que te cobija, formando una alfombra, te dan calor, te ocultan de las miradas de este mármol perenne, de ésta estatua pétrea  que dejaste tras de ti, tras tantas mentiras negras.

Otro otoño que hace palpable el dolor y la incomprensión de tu marcha, sin nota y sin despedida. Avasallándome y arrastrándome a esa fosa húmeda donde habitas, a ese rincón donde la muerte te custodia y a mí sin descanso, me acecha.

Otro otoño echándote de menos sobre este pedestal de piedra e imaginando, que puedo transformarme en hojas que mecidas por el viento, caen, al igual que caen del árbol donde cohabitan,  y se depositan sobre la tierra; imaginando que soy el agua que las moja y filtra toda su savia, hasta ese abismo en el que te hayas, sólo para pasar un segundo contigo, rozarme contigo en ese instante para portarte un breve aliento de vida.

Otro otoño que paso procurando recordarme que la voluntad de alguien siempre es respetable, aunque esa decisión sea una gran mentira que te ata a una losa de por vida con nombre pero sin flores. Ligada a una tumba como una estatua viva sobre un pedestal de piedra que ve como el transcurso del tiempo la ensucia, la embrutece y la marchita.


Laura Mir

viernes, 19 de septiembre de 2014

El despertar




Miro a tus ojos y no veo ese hermoso color verde, a tientas como un ciego, sólo siento, siento en la piel tus miradas cálidas que me abrigan en los tiempos gélidos, cuando en las noches de invierno ando perdida sin encontrar donde refugiarme.

Me ofreces tu cuerpo como la única verdad de la vida, aún sabiendo que lo profanaré de verdades poco ciertas una vez más, y que marcharé al amanecer sin mirar atrás. Habiendo saciado las ansias, te dejo desnudo y expuesto al mundo, quizás con las ganas reprimidas de esa caricia secreta por miedo a no verme volver jamás.

Me has dado los mejores años de tu vida, esas experiencias que no puedes trasmitir, pero que sé que existen porque me llenan de paz en esas guerras que libro con los más  absurdos adversarios, pero tú, respetando mis imaginaciones, no dices nada, sólo sonríes ante mi candidez.

Tú, que con tus labios pintas esos universos de luz que me llenan cuando me siento vacía, triste y oscura; perversa y retorcida me dijiste una vez; me enrosco del dolor que el desamor e incomprensión provoca, sin comprender que al corazón no lo calma la pasión loca y fatua, si no la ternura infinita con la que me abrazas.

Contigo no hay miedos que no pueda superar. Hoy me he puesto a pensarte un poco más, lo sé, terca hasta la médula. En este ignoto desierto del pensamiento contrapuesto, me he dado cuenta de que me amas sin pedir nada, sin exigencias, y yo, he visto la realidad de esta estúpida que sintiéndose mujer a tu lado, no ha sabido apreciar cómo se debe todo lo que me profesas.

Cansada de negarte en silencio y de rotar por el mundo buscando un no sé qué, quiero quedarme enredada en tu pecho y en tu ternura para siempre, porque me he dado cuenta, y espero que no sea demasiado tarde, que te amo con locura, y que no hay otro sitio donde quiera estar, quiero toda esa fuerza, apoyo y refugio que me consagran tus brazos y que hasta hoy no he sabido valorar.

¿Me puedo quedar?


Sonia Mallorca

martes, 22 de julio de 2014

Mi padre



Mi nombre no tiene ninguna importancia, sólo diré que soy un hombre de cierta edad, vivo con mi padre ya mayor y bastante entorpecido por lo que precisa de muchos cuidados; cuando lo observo distraído viendo la televisión, ajeno a mi mirada, siento una ternura que no puedo describir, me da la impresión de que es más de lo que pueden sentir otros. Pero para que puedan entender de lo que hablo, es preciso que sepan mi historia.

Durante la postguerra los tiempos no fueron fáciles, mi madre había enviudado quedando con tres niños pequeños y ante la escasez de recursos y medios para conseguirlos, optó por darme en adopción por ser el mayor, pensando quizás, que podría sobrellevar esa carga mejor, ignoro en realidad como le fue porque no la he vuelto a ver nunca más.

La realidad fue muy distinta, pasé gran parte de mi infancia de institución en institución, con una ira y rebeldía muy difícil de cuantificar, eran tiempos de una disciplina muy severa, crecí torcido, demasiado torcido, convirtiéndome en lo que puede calificarse como un gamberro.

Una de mis gamberradas más placentera era molestar a los vagabundos que vivían en los parques y portales. Cosa muy fea no voy a negarlo, en mi defensa diré que era un adolescente de los que ahora se considerarían muy difíciles.

Durante algunas semanas me dio por meterme con uno al que reconozco que le hice la vida imposible, siempre lo abordaba al atardecer en el callejón donde solía recluirse, me gustaba hacerlo enfadar, escuchar sus gritos e insultos. A veces cuando dormía le tiraba piedras, algunas no eran pequeñas puedo asegurarlo.

La cuestión es que un día harto de mis excesos decidió denunciarme en el cuartelillo de la guardia civil por lo que fui arrestado en un centro a espera de juicio.

Cuando este se celebró descubrimos que el vagabundo era mi padre, dado por muerto durante la guerra. No hace falta explicar la emotividad que nos produjo a los dos esta revelación.

Ambos decidimos unir nuestras vidas y aunque fueron tiempos muy duros, lo conseguimos.

Me siento orgulloso de todo el esfuerzo y en cierta manera también siento orgullo ante el hecho de haber sido un gamberro, quizás nunca hubiese conocido a mi padre de no haber sido así, a ese hombre valiente que luchó por un país que le dio la espalda al acabar la guerra como a tantos otros.

Lo observo viendo la televisión y mi ternura hacia él es infinita, porque me enseñó a ser el hombre responsable, trabajador y honrado que soy hoy.


Anónimo


lunes, 21 de julio de 2014

La elección



Es una realidad estar aquí al borde de este precipicio, esta fina línea transparente me mantiene en tierra estable de lo socialmente correcto, como una frontera de controles imaginarios limitan lo conocido de aquellos dominios utópicos e inexplorados de lo no vivido.

Es un pasaje contenido, me niego a comprender y no comprendo, tanto que el tiempo ha hecho perder las referencias iniciales por los recovecos de la memoria, es tanto el silencio interno que llego por momentos a perder la razón por la inconsistencia de lo moralmente aceptado y lo oficialmente impuesto.

Sólo necesitaba una visión más amplia, una confirmación y un desafío.

Atrás quedaron los callejones sinuosos repletos de dudas y olvido, rincones negros cubiertos por el polvo de ajenos recelos escondidos.

Soplan nuevos vientos pero ni tú ni yo podemos sentirlos, si doy ese paso, si te quedas atrás, dejaremos de convivir juntos en este mismo entresijo. A veces, frente a tu declive se me olvida que soy quien domino, callo, otorgo, y nunca exijo.

Aquí, inmediatos y entrelazados muchas veces por nuestras diferencias, en esta extraña encrucijada del destino, rara mezcolanza que resulta un desatino, te pido que te eches a un lado, que me dejes espacio porque lo necesito, para desplegar mis alas, y sobrevolar los contratiempos que porta de por sí el tiempo.

Se agita mi pecho sólo al pensar que existe esa posibilidad de elección, entre la luz y la sombra, entre la paz y la desesperación que conlleva el miedo.

Sólo necesitaba eso; una visión más amplia, una confirmación y un desafío.

Ahora, en el precipicio de las elecciones de último momento, elijo la maravillosa luz, esa luz que brilla y llevo dentro.


Laura Mir




sábado, 12 de julio de 2014

Ejercicio al aire libre



Hoy es domingo, está nublado y no apetece ir a la playa a darse un baño, por lo tanto, iré a andar.

Haré una excursión por los campos de las lindes del pueblo. Me pongo mis botas de montaña, preparo mi mochila con un picnic… ¿Qué más me falta?... ¡Ah! El bastón que me regaló mi hija, cómo olvidarlo, es una maravilla, sobre todo para subir las cuestas.

Salgo de casa, cuando llevo un rato caminando puedo ver los preciosos campos dorados de trigo, salpicados aquí y allá de rojas amapolas. Me encanta andar por estos caminos en esta estación, por la cantidad de flores silvestres y verdes que me encuentro, por las traviesas mariposas que revolotean a mí alrededor y el trinar de los pájaros de trasfondo.

Llego a una ermita muy pequeña, debe ser románica, de piedra ennegrecida por el suceder del tiempo; por uno de sus laterales pasa un arroyo de aguas cristalinas y rocas musgosas, me siento a descansar, es el momento de comer algo mientras disfruto de este lugar tan especial para mí.

Oigo estruendosos truenos, grandes goterones me salpican, recojo todo rápidamente sin orden ni concierto, metiendo de cualquier modo las cosas dentro de la mochila para continuar mi camino, pero la lluvia cada vez en más intensa, me pongo una capelina comprada en Decathlon, me viene un poco grande pero al menos no me mojo. Apresuro el paso con tan mala suerte que piso la tela y caigo al suelo, toda enredada en ella, no puedo ni sacar las manos para apoyarme y levantarme, doy varias vueltas sobre mí misma rebozándome en el fango.

No sé ni siquiera de donde ha salido ese perro enorme ladrando a mi lado, ladra que te ladra, va a dejarme sorda. Detrás aparece un hombre con un gran paraguas que manda callar al animal.

— ¿Te has hecho daño? — Me dice mientras me ayuda a levantarme.

— No, no, estoy bien. Muchas gracias.

— ¿Seguro que estás bien?

— Sí, sí, no se preocupe, gracias.

— De nada — Me dice mientras comienza a caminar con el chucho al lado — Qué vaya bien.

— Igualmente.

Retomo el camino de vuelta, al llegar al pueblo cesa de llover, me noto agobiada por el clima y dolorida por la caída. Llego a casa, me quito la capa asesina, la ropa, me seco, me cambio y salgo al balcón. Entonces observo en el horizonte un precioso y gran arcoíris, nítido, se puede contar sus colores, admiro esa maravilla de la física, y al final pienso que el paseo, aunque ha sido accidentado, en realidad se ha convertido en una gran aventura, de esas que merece la pena contar.


Angels

miércoles, 9 de julio de 2014

El miedo del corazón fatuo




Vuelvo a paralizarme en el filo del bordillo, con miedo a echar el pie sobre el pavimento gris como si no hubiera asfalto, y fuera a enfrentarme a la inmensidad del mar, al vacío, y retorna la ansiedad; pierdo la seguridad y el calor, me ahogo; un temblor me recorre, me percato de que una bandada de golondrinas negras vuelan raso y en silencio sobre mí, sigilosas aletean, bajo un cielo lánguido y deslucido, vaticinando nubes hoscas y el retorno de aquellos tiempos oscuros, repletos de absoluta soledad.

Giro la cabeza, no puedo soportarlo más, esta espiral emocional me arrastra, no alcanzo a aferrarme a nada, ya no quedan rescoldos de buenos fuegos junto al hogar, y sin quererlo siento todas las células de mi cuerpo como si fueran estopa; rígidas y resecas. Y noto que la vida me muestra su lado más severo, las lágrimas se desbordan incontenibles y comienza a sufrir una vez más este pobre corazón fatuo, corazón, corazón como el de una calabaza, hueco y lleno de contradicciones e indecisiones, y de semillas que nunca encontrarán una tierra fértil y próspera donde germinar.

Se me hace tan extraño, me siento tan ajena que ni siquiera me reconozco viviendo en este entresijo de existencia, mal encauzada, suspendida entre el suelo firme y la profundidad del mar, y poco importa mi periferia si soy muy poco valiente y en soledad me quedo siempre, sin tomar las riendas de la providencia por exceso de prudencia, y abrazada fuerte, muy fuerte al miedo… tiemblo.

Anónimo




domingo, 6 de julio de 2014

El vivo al hoyo



Es una tremenda desgracia que alguien se muera. Si es cercano hasta puede llegar a ser doloroso pero, si es lejano, el acontecimiento es engorroso, y más cuando tienes el día del entierro sin un respiro y en tu fondo de armario no hay un triste vestido negro que lucir ese día. La ocurrencia del muerto pasa de ser algo sin ninguna importancia personal a una tragedia a nivel mundial, porque es tu mundo, el de ese día, el que tienes que cambiar por completo.

Ana, recordaba que Laura se había hecho hacía poco un vestido negro, ella siempre tan previsora, por si se muere alguien o por si me muero yo. Se lo pediría para tan embarazosa ocasión.

- Ana, en la parte lateral izquierda, por dentro, pone: Devuélvase a su legítimo propietario y en perfectas condiciones, ya sabemos lo desastre que eres.

- No te apures mujer que te lo devuelvo igual que me lo dejas, impecable. – Contestó con el vestido puesto y observándose en el amplio espejo de la habitación. - ¿Con este quieres que te entierren?

- Sí, claro.- Contestó Laura.

- Puede que falten muchas décadas todavía y ¿Sí engordas?

- Ya sabes lo que odio el factor sorpresa, mejor tenerlo todo preparado. Nunca se sabe ¿Por qué crees que he dejado tanto margen en las costuras?

Girando un poco la tela de la falda, observó que en realidad había dejado demasiada tela.

  
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Ana como siempre llegó justa de tiempo, era el problema eterno, aunque era adicta a la raya de los parpados desde hacía años, nunca le quedaban bien al primer trazo por el ligero temblor del final.

El sol lucía en todo su esplendor, dibujando una sombra únicamente perceptible bajo cada una de las dos personas que discutían acaloradamente ante el ataúd que reposaba sobre la plataforma grúa que lo introduciría dentro de la fosa ¿Qué fosa?, buscó Ana mirando el suelo a su alrededor.

¡Santo Dios! Debido a la huelga del personal municipal reivindicando indumentaria laboral, hablando en plata, ropa de trabajo; no se había cavado el agujero. Ana pensó que estos tenían su mismo problema, sin vestido para la ocasión ¡Qué cosas!

La viuda exaltada gritaba sobre el respeto que se le debía a su difunto marido, mientras el encargado de la funeraria intentaba excusarse alegando los recortes dinerarios municipales que sufrían, y eso se traducía en menos personal y poco equipamiento. A ella le daba igual, su querido esposo había estado pagando los muertos toda la vida para que por lo menos tuviera un agujero hecho donde descansar. El empleado indicaba que, según el convenio y debido al deterioro por el trabajo, se indicaba que el uniforme se cambiará dos veces al año. Y desde hacía dos que no se realizaba, por lo que los trabajadores habían iniciado una huelga indefinida.

-¡Indefinida!- Exclamó la acalorada viuda - ¿Hasta cuándo tiene que esperar mi amado esposo?

- Señora, tranquilícese que le va a dar algo. La solución que puedo darle es meterlo en una de las cámaras frigoríficas hasta que la situación se regularice.

- Oiga, caballero. Mi marido murió en el mar, se cayó por la borda, han estado buscándolo un mes, un mes ¿Entiende lo que es un mes metido en agua? ¿Ahora pretende qué lo meta en hielo? ¿No se merece descansar ya?

Unos espontáneos asistentes y amigos del difunto se quitaron las chaquetas y las corbatas, y cogiendo picos y palas se pusieron a cavar la fosa bajo un sol de justicia, mientras la viuda prometía encarnada de ira:

- Esto, desde luego, no va a quedar así.


                                                  ********

Ana pensaba mientras observaba a los voluntarios sepultureros trabajar, que de poco servían las previsiones a largo plazo de su estimada amiga Laura, si luego sucedían cosas como esta. Se oía entre murmullos que al final el cadáver lo rescataron unos pescadores entre las redes de arrastre, y que tenía toda la cara mordisqueada por las bogas, de lo que estaba segura era de que bogas no comería jamás.

En estos y otros andaba su cabeza cuando los sudorosos amigos acabaron la fosa. Salieron de ella y la gente dispersada empezó a agruparse para observar y opinar sobre la profundidad y anchura del agujero. Ana también se acercó, tanto se aproximaron que sin querer la empujaron, y resbalando del montículo de tierra en el que se hallaba subida, cayó dentro de la sepultura, ensuciándose de fango el vestido del futuro sepelio de Laura. Se miró dentro de la fosa y llena de terrones terrosos se sintió desconsolada, con lo aprensiva que era su amiga difícilmente podría entender eso del vivo al hoyo.

Y efectivamente fue así, Laura le regaló el vestido con mala cara después de días sin hablarle y Ana, jamás volvió a probar las bogas por mucho que le gustasen.


Laura Mir


* Basado en hechos totalmente reales, doy fe.

viernes, 27 de junio de 2014

Las tribulaciones de Nora



Emprendimos la marcha justo cuando el sol se ponía, dejando un precioso color rojo intenso en el cielo. Una maravillosa y fantástica sensación me recorría por el cuerpo tras el largo y estresante día.

Pasamos el control con las típicas anécdotas que nos son tan características, vaya que somos algo así como los Simpson pero en versión española.

Nos dirigimos a pasar el control y el policía encargado de capitanear el cotarro me dice:

 –Señora, ponga en una bandeja el ordenador, en otra el Ipad, en otra el bolso, en otra el neceser y, así sucesivamente.- ¡Vaya, que necesitaba más bandejas que en una fiesta de palacio! Yo que, para no perder la costumbre, estoy en mi nube particular, pensando en quién sabe qué, pues eso, que no me enteré de nada. El buen hombre repitiendo las instrucciones con la infinita paciencia de un santo; el santo de la paciencia, creo que se llamaba Job o algo así. Y…finalmente viendo la cara de pueblerina distraída que tengo, se da por vencido y, con resignación, me permite pasar.

Llego al arco detector de armas de fuego y otras armas peligrosas, y el siguiente poli me dice:

 –Señora, quítese las botas.

¿Por qué a mí? Me pregunto al ver que a nadie más se lo pide. Quizás, además de la cara quiere comprobar que mis pies son igual de palurdos!

Me saco las botas y, justo en ese instante, ¡Zas! El calcetín emite una explosión que deja mi pulgar izquierdo, enterito al descubierto. Lo miro a los ojos con cara de cordero degollado, bueno, cordero no, cordera, Y exclamo un:

–¡Oh!- Que sale de lo más profundo de mí. Él sonríe y exclama.

–No pasa nada, adelante.- Yo suelto un ¡Uff! De hondo alivio y le doy las gracias.

Nos sentamos en la puerta de embarque y, a los cinco minutos, la voz estridente de la señora esa que tienen sólo para dar malas noticias a los viajeros anuncia:

–Señores pasajeros les informamos que, el vuelo con destino a (…) tendrá un retraso en su salida de treinta minutos.

Y, ahí estás tú, evaluando la situación que ha podido provocar este retraso.

 –¿Será algún problema del chisme volador?¿El cacharro soportará la altura y aguantará el trayecto?- Mejor saco el libro y me enfrasco en mi lectura, no sea que piense cosas raras y salga huyendo como alma que lleva el diablo. Y es entonces, cuando estoy sumida en el mundo de la historia de turno…  otra vez la señora del megáfono dice:

–Señores pasajeros les informamos que, ta,ta,ta.- ¡Nada, que tenemos que coger los bártulos y cambiar de puerta de embarque!¡Será posible, no sólo me saca de mi historia sino que me hace ir de excursión por todo el aeropuerto!

Al fin lo conseguimos, nos acomodamos en los asientos. Lo de acomodarnos es un decir, no se podían reclinar, tenían restos de desechos de los anteriores acomodados y un cierto perfume a humanidad que embriagaba.

El piloto nos informa de que su nombre es Román Sánchez y que el trayecto será de dos horas diez minutos. Te relajas, llamándose Román es seguro que cumplirá lo que dice y en dos horas diez minutos nos dejará en el destino sanos y salvos.

Y vuelta a la señora:

–Señores pasajeros les informamos de que está terminantemente prohibido fumar a bordo - ¡Y tú, que ya llevas dos horas mentalizada de la prohibición y ya no recordabas haber fumado en tu vida, sientes un deseo irrefrenable de encender un cigarrito e introducirte por el sistema que trae hasta ti la voz de la ya no tan desconocida, y cerrarle la boca de una vez!

Entre cabezadas y más cabezadas llegamos a destino, este nos recibe con un frío del carajo y una lluvia pertinaz, por supuesto no llevas paraguas y te pasean a la intemperie por toda la pista, para dejarte más remojada que una sopa de letras.

–¿Para qué habré ido a la peluquería? A perder el tiempo.- Me pregunto y me respondo en una especie de diálogo interior.

Salimos de allí y a coger un bus hasta la zona de alquiler de vehículos sita en Cerro Muriano.

Exhausta acabo de tomar la decisión de que, ¡al próximo viaje me voy caminando!

Nora Biel






viernes, 30 de mayo de 2014

Un día de lo más normal



Otro año más y con él, una nueva temporada de carreras por delante, en la que visitar circuitos y reencontrarse con viejos amigos. Cogimos el coche y pusimos rumbo a Madrid.

Cómo no podía ser de otra forma, dejamos todo el papeleo y los planes de viaje para última hora y fue por ello que, sin quererlo, vivimos “un día de lo más normal”.

Ya en el circuito y habiendo dejado a los maridos con los pilotos decidimos salir a comernos el día. Lo primero sería quitarnos la fastidiosa tarea de recoger la licencia de Sergio en la RFEA (Real Federación Española de Automovilismo), por aquello de no hacer los deberes hasta el último día y, una vez resuelto, pasarlo en grande por la ciudad.

Beatriz se puso al volante de mi coche y emprendimos la marcha. Tras vueltas y más vueltas por el centro de Madrid en busca del edificio de la RFEA, nos dimos cuenta de que se lo había tragado Cibeles o algún que otro dios mitológico que se había propuesto amargarnos el día.

Ante tal desesperación y en un ataque brillante de racionalidad, saqué el plano de Madrid y comencé a darle instrucciones a mi piloto.

— A la izquierda, a la derecha.- ¡Horror, no giraba en la dirección que yo le indicaba si no en la contraria y cada vez estábamos más perdidas por los madriles! – ¿Pero Beatriz, por qué no me haces caso? - Le dije al fin, perpleja.
— Es que soy dislexicaaaaa- Contestó, fuera de sí.
— ¡Pues ya podías haberlo dicho antes, te habría indicado con señas y nos habríamos evitado esta visita turística por calles sin interés!

Paramos ante un semáforo, más que nada por aquello de que estaba en rojo. Cuando, de repente, nos encontramos a una gitana al lado del parabrisas que no dudó ni un segundo en embadurnarnos el cristal con espuma del más reluciente marrón tierra. Beatriz, con los nervios ya prácticamente hechos trenzas, le dio rauda y veloz al limpia en su posición más rápida al tiempo que el semáforo pasaba a verde, aceleró y me dijo:

 — ¡La gitana corre tras nosotras!
 — ¿Cómoooo? ¡Ni se te ocurra parar! -Exclamé aterrorizada, imaginando no sé cuantas cosas que podría hacernos si nos alcanzaba.

Beatriz comenzó a reírse, con esa risa tan divertida que siempre me contagiaba y, mientras tanto, yo blanca de miedo.

— ¿Se puede saber de qué te ríes?
   De, de, de. ¡Que llevamos el aparato de limpiar cristales de la gitana en el techo!
   ¿Eh?
   Sí, cuando le di al limpia tomó vida propia y se lo arrebató de la mano, saliendo
disparado y terminó en el techo del coche.

Yo no me había enterado de nada. Pensaba que corría furiosa por no haberle permitido limpiar el cristal y… ¡Resultaba que, la pobre mujer, sólo quería recuperar su herramienta de trabajo!

Entre risas y más risas conseguimos dar con el edificio y recoger la dichosa licencia.

El tráfico estaba imposible en la ciudad pero, al cabo de un rato, conseguimos llegar al aparcamiento donde solíamos dejar el coche en nuestras visitas. Al llegar a la entrada un policía nos da el alto y nos pide que abramos el maletero.

— No llevamos nada —Le dije, pensando en el problema que nos iba a ocasionar.
— ¡Que abran el maletero!— Repitió, como si diera órdenes a todo un escuadrón del ejército.
— Muy bien pero…que sepa que después no lo podremos cerrar.

Ante su mirada decidí que lo mejor sería obedecer y le dí instrucciones a Beatriz que dio al botón rojo de disparar. Después del gran crec del disparo, fruto de la presión ejercida sobre aquella cerradura rota, el capó quedó de par en par descubriendo nuestros secretos: moqueta gris oscura adornada con alguna que otra mancha, sin más peligro que los posibles microorganismos invisibles que pudieran existir.

— Ciérrelo – Me ordenó otra vez el policía, me confundía con uno de sus hombres. O…con algún tipo de terrorista decidido a autoinmolarse en un bonito coche que todavía estaba acabando de pagar con gran esfuerzo.

Parecía que para el policía era del todo lógico ese razonamiento.

Ante tal situación de principio de irritación justificada, decidí, claro que sin pensarlo, que ahora la orden la daba yo.

— ¡Ciérrelo usted, ya le avisé de que no se podía!

Sin decirme nada se puso a la tarea. Una, otra y otra, veinte veces más y nada. Menos mal, pues si el dichoso maletero se hubiese comportado bien, cosa que únicamente hacía ante las manos de Sergio, quizás habríamos pasado la tarde en comisaría. Con su orgullo herido nos hizo apartarnos a un lado para dar paso a la larga lista de coches que teníamos detrás. Llamó a un empleado del local quien no tuvo mejor suerte, ante ello decidió que aparcásemos a un lado y allí intentaría solucionar el problema. Después de varios intentos fallidos más, decidió ir a por una brida y, cogiendo el artilugio superior e inferior que formaban el cierre del vehículo, los unió y apretó la brida hasta que quedó lo más cerrado posible.

Respiramos aliviadas y nos fuimos a comer a “Casa Paco”. Ya tenía yo ganas de ir a este sitio, que en visitas anteriores no había podido visitar. Nos pusimos las botas. ¡Qué forma de comer! Pero…quizá fue debido a tanta tensión acumulada. Disfrutamos al máximo de la compañía mutua, hablamos por los codos sin tregua y llegó la hora del café. ¡Oh no, en este restaurante no servían café! ¿Cómo demonios seguir de palique sin el esperado y tan deseado café? La primera vez en mi vida que me encontraba en semejante situación. No cabía duda de que, ese día, todos los astros se habían confabulado en nuestra contra. Pedimos la cuenta y tras desembolsar una cantidad bastante elevada para un establecimiento que no servía mi bebida favorita, nos fuimos.

Encontramos una terracita que no estaba nada mal y tomamos el preciado cafecito, con cremita y calentito. ¡Qué rico!  Después del cigarrito nos levantamos y, a pasear para bajar la comida. Entramos en varias tiendas de objetos de recuerdos con la falsa excusa de alargar aquel agradable rato en el centro de la ciudad

Pagamos el aparcamiento y fuimos hasta el coche. ¡Otra vez la pesadilla! No era Chicote ni en la cocina, pero era digno de un reality show. La brida había cedido y el maletero estaba abierto como un palmo! Nos fuimos turnando las dos con los señores que habían formado corrillo. Tras observar a las dos damas en apuros, decidieron que sólo un macho machote conseguiría realizar la hazaña.

Finalmente desistimos, decidimos que era preferible llevar el maletero un palmo abierto a pasar el resto del día en un aparcamiento.

 Llegamos a la salida, Beatriz introduce el tíquet por la ranura y ¿Adivina? Ni hacia delante ni hacia detrás, el tiempo para salir había sido sobrepasado. Ahí estábamos, las dos pobres victimas de no se sabe qué confabulación directa contra nosotras, envueltas en el más absoluto bochorno. Y fue en ese preciso momento en el que la barrera se abrió, movimos nuestras miradas perplejas intentando averiguar de qué forma se había producido el milagro y, los cuatro ojos, recayeron sobre nuestro salvador, el chico de la brida. Con un guiño nos hizo señas de pasar y con tono gracioso exclamó:

— ¡Por fin sois libres! 

No lo pensamos dos veces, le dirigimos sendas sonrisas, Beatriz puso la directa y cogimos la de Villadiego. Estábamos hasta las narices de tanta aventura. Al llegar al exterior, de nuevo, al inframundo de los atascos.

—No pasa nada, tampoco tenemos ninguna prisa.- Comentamos.

Y allí, entre tanto coche esperando conseguir avanzar aunque fuera un centímetro, veo acercarse a un señor hacia mi ventanilla. ¿Ahora qué querrá este? Al tiempo me giré hacia Beatriz para ignorarlo, pero él, insiste, dio la vuelta y tocó con los nudillos la ventanilla. Mi amiga ante el desconcierto, no abre. Es entonces cuando él saca de un bolsillo interior de su chaqueta una cartera, dejando al descubierto, en el breve espacio de tiempo que transcurre desde que la coge hasta la empotra en el cristal, su bonita placa de Policía Nacional. Beatriz le abre, él se presenta, al parecer es de la secreta. Nos mira a esa cara que se te queda cuando estás pensando: ¿Y, ahora qué he hecho?...y tras una inquietante pausa, simplemente dice:

—Desde mi coche he observado que llevan el maletero abierto.

 ¡Uff! Le decimos que se nos ha estropeado y le damos las gracias. Cuatro coches más allá, un grupo de personas nos llaman para decirnos lo mismo. Al fin, conseguimos salir del dichoso atasco y entrar en la autopista, claxon por aquí, claxon por allá, con la dichosa frase. ¡Lleváis el maletero abierto!

Llegamos a la barrera del circuito y los vigilantes como no podía ser de otro modo, exclaman ¡Lleváis el maletero abierto!

— ¡Ya lo sabemos!- Contestamos las dos a la vez con un tono de irritación que deja al hombre desconcertado. Miramos hacia atrás y…estaba abierto pero no un palmo ¡Estaba abierto de par en par!

Los chicos ya habían terminado los entrenos y los padres estaban con ellos haciendo planes para ir a cenar.

 — ¿Qué tal vuestra escapada? - Preguntaron con interés.

Cruzamos nuestra cómplice mirada, esa mirada que solíamos tener en aquella época y contestamos.

—Pues muy bien, nada especial, un día de los más normal.

Hoy en día, seguimos sin planificar las cosas, las dos entendemos que, la mayoría de las veces, con tanto planificar te pierdes esos pequeños y divertidos momentos que te ofrece la vida.

           
       
Nora Biel