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jueves, 18 de enero de 2018

Un hombre nuevo - Laura Mir








El impacto de la bala lo hizo caer al suelo herido, ciego y sin recordar quién era. Despertó horas más tarde entre lobregueces, se incorporó como pudo y comenzó a andar a tientas, trastabillando con los cuerpos inertes de sus compañeros.


                                               ****


La maldita guerra, la tristeza y la languidez, hicieron que los glúteos y el corazón se le endurecieran. Cada día subía la colina para otear desde la cima, se sentaba en las alturas esperando sin saber muy bien el qué.

Miraba hasta donde se perdía la vista, viendo y lamentando los campos baldíos y sus prolongados silencios.

Aquella tarde el sol de octubre desdibujaba el camino, alargando su sombra por entre los árboles, el hombre se tambaleaba a cada paso mientras con torpeza intentaba asirse al aire. Bajó corriendo la ladera hasta los establos, mal ensilló a Rayo y al galope fue a su encuentro.

Supuraba bajo los párpados y la sangre empapaba sus ropas. Le tocó la sucia frente, ardía. Sin pensarlo se lo llevó a casa con lágrimas en los ojos: ¡Cuánto detestaba tanta hostilidad!

Le procuró todos los cuidados de los que disponía para que se recuperara. Durante los delirios de él, ella le habló de las cosechas perdidas, de la cerda que se llevó el ejército, de los hijos que nunca tuvieron y del marido fusilado por insurrecto.

Cuando les cubrió el invierno y el temporal de nieve arrecía, lo tapó con su cuerpo y la piel de borreguito. Susurrándole al oído tembloroso:

—Tranquilo. No sufras, estás a salvo… Pronto llegará la primavera y este duro diciembre quedará atrás. Tienes que esforzarte y ponerte bien porque habrá que arar el campo norte, yo sola no puedo.

En cierta ocasión ella le preguntó su nombre y él le contestó:

—No lo recuerdo. Por mucho que lo intento, no recuerdo nada.

—De alguna forma hay que llamarte, te llamaré Apolo como el dios griego.

Ella pensó que era mejor así y quemó en la chimenea el uniforme junto a su documentación. Desde ese momento sería un hombre nuevo.

A principios de marzo, ambos estaban bastante recuperados.

Al oírla cantar desde la cocina, él sintió que ese era el mejor hogar y pensó que aquella mujer lo quería de verdad. Sin dudarlo se lo preguntó y la joven con una sonrisa le contestó:

—En el pasado, en el presente… Toda la vida.

Ella sabía con certeza de que ahora sí, ahora sí podrían tener los hijos que nunca tuvieron, aunque no la recordara.




Laura Mir   



viernes, 1 de abril de 2016

Ambos lo sabíamos - Laura Mir



Al final del día entré en la habitación pequeña con un cuchillo en la mano, como si aquella estancia fuese una trampa y tuviese miedo, sin un grito, sin una queja.

Dejé el arma en la coqueta, y con rabia empecé a desabrocharme, sin cerrar los postigos, tanto daba.

Me aproximé al somier y crujió un poco, era viejo, como todo lo que nos rodeaba.

Me descalcé y estiré de las medias con fuerza, sin importar si se rompían o no, deseaba en aquel momento, que tras ellas se fuera el resto de mi piel. Notaba frío, estaba helada.

                                                                           Había vuelto a caer.

Tú temblabas vuelto de espaldas, te castañeaban los dientes. No sé si de arriba abajo o de abajo arriba. Tanto daba.

Me aproximé a tu oído y te mentí bajito para animarte:

— No hace tanto frío, es una noche estupenda.

Pero los fríos, ni el tuyo ni el mío, eran exteriores.

                                                                          Habías vuelto a caer.

Me metí en la cama y no pude hacer otra cosa que pegar la cara contra tu espalda, para que pudieses sentir todo lo que llevaba dentro de la jornada,  fue muy dura. También había una gran parte de ti junto al dolor y la sangre que en su retorno, golpeaba de nuevo y con violencia, la sien.

Enrosqué mis piernas a las tuyas y te abracé, con la única intención de calentarnos el corazón y el alma, pero fue imposible, habíamos vuelto a caer y ambos, ambos… lo sabíamos.

Lo sabíamos tan bien como nos conocíamos, entonces sin otra cosa que hacer ante los sinremedios, contradicciones y todos los nones del mundo, rompimos el frío, y nos reímos.



Laura Mir




martes, 30 de junio de 2015

La fuerza del amor - Beni



Siempre he tenido un cuerpo orondo, de dimensiones extraordinarias.

A los veinticinco, y después de haber perdido un peso considerable a base de esos esfuerzos sobrehumanos en los que ponemos a prueba la voluntad de la mente, pude comprar mi primer vestido de confección estándar.

Lo conseguí a base de raciones de risa, qué otra cosa podía hacer: mucho ejercicio, sudando hasta quedar extenuada y cerrando el pico con todas las hambres habidas y por haber en mi interior. Conceptos cruciales para ese fin.

Me sentía tan feliz con mi nuevo cuerpo esculpido día a día, que mantenerme era una decisión inamovible frente a la provocación en fiestas y celebraciones de todo tipo.

Han pasado muchos años y muchos kilos más de aquello; y reconozco que soy una persona que disfruto comiendo. Ahora estoy en esas “edades complicadas”. Esas en que los excesos que cometes y hayas cometido a lo largo de toda tu vida, te pasan factura.

He tenido dos hijos, que también se hacen notar por sus formas corporales. Un marido y dos novios.

Desde que me separé, no había conseguido mantener una relación seria, y mis frustraciones emocionales, las suplía con abundantes ingestas de alimento descontroladas.

Pero de vez en cuando la vida nos besa la boca, sí, sí, eso es lo que me pasó cuando conocí a este hombre que me venera y le gusta mi cuerpo, tal cual es. Me quiere con locura, y lo mejor de todo, es que sus besos, saben a pastel de nata y chocolate.

Confieso que he suplido mis ansias de comer por su amor, he perdido peso y estoy divina. Creo que es la primera vez en mi vida que estoy en perfecto equilibrio.

¡Lo que no consiga el amor!


Beni


lunes, 29 de junio de 2015

Un nuevo comienzo - Aurea Martí



— Ya puedes abrir los ojos – dijo Verónica.

Silvia se contempló en el espejo que colgaba  tras la puerta de su dormitorio. Estaba preciosa. Sus amigos habían hecho un excelente trabajo. El maquillaje había quedado natural y discreto. Su cabello estaba recogido en un moño italiano que estilizaba su bonito cuello, y sus manos lucían una elegante manicura francesa. 

Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos.

— No llores, cariño, te vas a estropear el maquillaje — dijo Pablo.

— Es que es todo tan perfecto. Estoy tan tan tan…— tartamudeó Silvia.

— Increíble, estás increíble querida – le atajó Natalia.

— Sí, jamás pensé que algún día me vería así de guapa. Gracias chicos. Y este vestido es precioso. No me puedo creer que al final consiguierais que el gran Francelo aceptara encargarse del diseño.

— Para ti lo mejor, preciosa —  dijo Pablo guiñándole un ojo.

— Además te vas a convertir en la señora de Valverde. Eres la envidia de media ciudad — añadió Karina —.Tienes que estar espectacular.

— Sí, es cierto. He tenido mucha suerte. Luis es perfecto. Me trata de maravilla y quiere mucho a Claudia.  

— Qué envidia me das, cariño. Ya quisiera yo uno así para mí. Vas a vivir como una reina. Espero que a partir de ahora que te va a sobrar el dinero, seas un poco más espléndida con tus amigos—. Dijo Pablo guiñando el ojo de nuevo.

— Chicos, ya sabéis que no me importa su dinero. He trabajado toda la vida para sacar a Claudia adelante y no me importaría seguir haciéndolo.

— No te importaría, pero ya no tendrás que hacerlo— replicó Karina sarcásticamente.

— No. Ya hablé con mi encargado en el Petit Moulin Rouge. El martes fue mi última noche.  Hicieron un espectáculo especial como despedida y les prometí que iría a verles de vez en cuando.

— Dudo mucho que vuelvas a pisar ese lugar. No es más que un tugurio. No sé ni cómo aceptaste trabajar allí. Una vez casada es mejor que te olvides de ese ambiente — dijo Natalia.

— A la fuerza ahorcan…

Silvia miró hacia el suelo entristecida. Su vida iba a cambiar radicalmente. Sí, era para mejor, lo tenía claro. Pero un cambio tan drástico le daba pavor.

Natalia que se dio cuenta de su repentina congoja le cogió la mano y subiéndole la barbilla con el dedo índice para mirar a sus ojos, le dijo:

— Alegra esa cara mujer. Al final todo ha salido bien. En unos minutos serás la señora de Valverde y todo el sufrimiento que has vivido hasta hora se irá evaporando. Luis no es sólo rico, es un buen hombre que cuidará bien de ti y de Claudia.

— Y pobre como no lo haga, que si me entero yo de que ese señorito os hace sufrir, se las tendrá que ver conmigo —. Amenazó Pablo.

— Sí, tenéis razón. Todo esto es como un sueño. Soy muy feliz.

— Pues claro mujer. Si es que de vez en cuando la vida nos besa en la boca y hay que disfrutarlo— dijo Karina.

— Exacto preciosa, así que ahora respira hondo y ve a por tu Luis, que seguro que ya ha salido hacia la capilla —.  Apremió Pablo.

— Sí, vamos, vamos, que ya es casi la hora—. Añadió Karina preocupada mirando el reloj.

Silvia se echó un último vistazo en el espejo. Sus lágrimas apenas habían estropeado el rímel de los ojos. Seguía estando preciosa. Natalia le estiró la larga cola del vestido, y todos juntos se dirigieron a la puerta del apartamento. Silvia estaba lista para comenzar por fin a vivir.



Aurea Martí


miércoles, 17 de junio de 2015

Peldaños de fuego - Laura Mir & Jaime Ros - Premio a dúo CREA UNA HISTORIA



Sobre peldaños de fuego comenzaría el descenso. Bajaría renunciando al aire que me pesa. Para buscarme en ti. Para encontrarte sin el marco que enjaula esta ventana. Para huir de la luz de la farola que te ilumina, incluso cuando no estás. 

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viernes, 12 de junio de 2015

La noche - Benjamín J. M.




Me gusta la noche. Me gusta desesperadamente la noche. Horas mágicas en las cuales todo se confunde, como fundidos en bronce entre las sombras que sólo se diferencian por sus matices grisáceos...

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lunes, 25 de mayo de 2015

Pasaje a K-Pax - Laura Mir y Jaime Ros - Premio a dúo Fraseletreando






La vida tiene estos descaros de mala suerte. Corro, caigo, y sin poder ni sacudir la ropa, sigo corriendo para llegar al tren que me llevará a la pasión de la Semana Santa. De verdad, quería unas tapas, unas saetas y un par de finos y una fina que se deje beber. Dos minutos más, y pierdo el tren. Podía haberlo perdido en lugar de haber encontrado el castigo.

Aquellas noches vuelven inevitablemente a mi memoria. Vuelven, a la hora de que la sábana cubre mi cuerpo. Necesito volar, despejar y airear mi propia alma. Fue un error que se guardó como la llave bajo el felpudo. Llegué tarde a la relación, cuando tuve que haberlo hecho mucho antes. Ahora un simple billete me llevará lejos de aquí, cerca del sol del sur, que me aleje de este frío que trae este mes de marzo.

Lo echo tanto de menos, cuando me meto en la cama es como si me faltara el aire, necesito sentir su cuerpo a mi lado, su peso sobre el mullido colchón, su respiración, su calor… este frío no hay edredón que lo quite. Incluso la perra lo echa de menos, lo busca, husmea y sólo encuentra su vacío. No comprendo cómo pude dejar que la relación se deteriorara tanto. Ahora no puedo pensar en ello, tengo que ir a solucionar un tema personal a Sevilla, increíble en plenas fiestas, con lo poco que me gustan las saetas, las procesiones y el gentío.

Espero que la compañía de asiento se vista de corto y apretado, que tenga sabor a nueva oportunidad, a nuevo inicio, un nuevo aliento que se ahogue mientras deje de exhalarse el antiguo. La maleta es liviana como lo fueron mis razones. Pero son sólo unas horas de viaje, contando traqueteos que suman metros de lejanía.

Pero no hubo ningún sabor a nueva oportunidad en el asiento de al lado. Vino el regusto de lo perdido, de lo que se dejó de ganar, de aquello que se dejó de sentir, para que las entrañas voltearan en el interior de su abdomen.

Tenía pensado que mi viaje fuera placentero, ya saben, un buen libro y un humeante café, necesitaba relajarme, pero no, tuve que encontrarme con él en el asiento de al lado. Tan alto, con esas piernas que estorban en todos sitios, y encima, no me tocó ventanilla, lo veía muy incómodo y con demasiadas reticencias.

— Al margen de nuestras diferencias y habiendo cariño por ti, te cedo el sitio.

— Gracias, para ti es más fácil, porque eres pequeña. Pero para mí siempre fue más difícil, ni encontré el lugar en la cama. Tuviste que meterte tú para probarla.

 — El problema fue del colchón, te dije que de dos metros.

— Dicen que para todos los males, hay dos remedios: el tiempo y el silencio, pero por lo visto a nosotros no nos funciona, seguimos igual cuando nos vemos.

— Pues no sé de qué tiempo hablas. No se dejó que pasase. Ni sé de qué silencio, si tengo aborrecido el sonido del móvil. Lo cambio tres veces al día, para pensar que siempre le suena a otra persona. Pero la dichosa luz, parpadea y parpadea. Y mira que al principio pensé que me sacarías de este planeta para llevarme a K-Pax.

— El problema es que no me escribiste la carta.

— Te escribí cientos de ellas mientras duró lo nuestro. Las dejaba acostadas en la cabecera de la cama, donde dormitaban los cabellos que te iban abandonando.

— ¿Donde la perra iba a dormir mientras trabajábamos?

— Sí.

—  Se las debió de comer todas.

— Resulta que el amor murió entre dentelladas caninas. Culpa del muerto, typical spanish.

— Será tu amor porque el mío sigue siendo el mismo.

Al decir esto, sus miradas se cruzaron, se sostuvieron y comprendieron que nada había muerto entre ellos, sólo las cartas para ir a K-Pax, viéndose sin posibilidad de realizar un viaje interplanetario, decidieron irse juntos tras el Santo Cristo y que fuera lo que este señor en taparrabos quisiera.



Laura Mir y Jaime Ros











jueves, 21 de mayo de 2015

Conversando con Laura - L. Mir & A. Gaytán




La plaza lucía diferente, era estar en el mismo sitio pero sentirse distinto y Joaquín desconocía el origen de aquella sensación que tanto le agradaba. La nitidez de los alrededores era extrañamente peculiar y el aroma de las flores le embriagaba.


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miércoles, 20 de mayo de 2015

Porque te quiero - Laura Mir



Acabo de volver otra vez de las montañas de la locura, fui sólo para gritar por si mis ecos le llegaban y me respondía, pero entre los murmullos de los retornados vientos no encontré respuesta alguna. Las saetas corrían por nuestras distantes esferas como siempre, pero esta vez era más patente, latía la sien y estaba sola, mientras me consumían las ganas en las que ardía por no volver a arder con él.

Me lo guardo todo porque a nadie le importa, ya sabes eso de que para todos los males, hay dos remedios: el tiempo y el silencio. Callé y me abandoné en exceso, entonces el fondo blanco se tornó carmesí.

En aquellos momentos podía oír tu voz lejana entre tus lágrimas y las sirenas, mientras me acompañabas:

— Tienes que luchar…  ¿Me oyes? porque si tú te pierdes, me arrastras contigo. Yo te quiero, no puedes hacerme esto.

Llueve en el exterior, hoy llueve mucho.

Ahora soy consciente de lo que he hecho y salgo fuera, para que el ruido de la lluvia sobre el pavimento gris se confunda con mi llanto y nadie lo oiga, a nadie le importa; mientras te prometo, que aunque él haya muerto, me quedo contigo. Sabes que no soy valiente, pero porque te quiero como me quieres... lucharé.




Laura Mir



martes, 19 de mayo de 2015

Enganche emocional - L. Mir & S. Arnau



La noche llegó sin previo aviso, no la esperaba a ella ni tampoco a ti. Fue una gran sorpresa que llamaras a mi puerta cuando, sinceramente, te daba casi por perdida en medio de cualquier paraíso inventado por tu grandilocuencia...

  
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Rosa Blanca - 1.896 (3) - Laura Mir & Julia C.



1.896

Blanca se abandonó un poco más en la mullida butaca aquella desapacible y extraña tarde de invierno, donde pasado y presente se intentaban conjugar de alguna forma para poder mostrar un tímido futuro, que a su entender mostraba poco aliento. Su cabeza no paraba de dar vueltas a su existencia y con pesar se daba cuenta de que no había hecho...


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Etéreo - Laura Mir




Hace tanto calor que hago rodar el vaso helado, distraídamente de una mejilla a otra, cuando roza los labios, beso el frío cristal, como si le besara a él, mientras le pienso y en mis adentros me digo...

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Sendas paralelas - Alfonso Gaytán & L. Mir



Somos dos caminos, uno sobre el otro, que se prolongan, giran, proyectan sombras y jamás se cruzan.

Somos dos almas que brillan con la misma intensidad, pero sin llegar a deslumbrarnos, ni tú a mí, ni yo a ti.


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lunes, 4 de mayo de 2015

Dimensiones - La clave (1º parte) - Laura Mir & Salvador Arnau



El día amaneció repleto de ilusiones. Decenas de gusanillos correteaban dando bandazos por el estómago de Marcos, procurándole una mezcla de alegría y nervios que le sabían a gloria bendita. Hoy, había quedado para su primera cita en solitario con Andrea a la que conocía desde hacia algo más de un mes.


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sábado, 25 de abril de 2015

Las excusas de Ariadna



Era imposible recordar el instante en que se instaló el silencio en sus vidas. Puede que fuera en el mismo momento en que Raúl marchó a trabajar por la diversidad marina en los corales de Australia, y Ariadna, quizá por miedo a sufrir, levantó la gran barrera entre ellos. Partiendo y distanciando en muchos kilómetros el ecosistema que habían creado, destruyendo el equilibrio.

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viernes, 3 de abril de 2015

El consuelo



En muchas familias, existe esa mujer que nunca se empareja para tener hijos propios y tiene la exclusiva misión de velar por todos los cachorros de la manada, es a la que llamamos la tía coyote. Así fue como mi tía Elena, siguiendo el ejemplo de la naturaleza, ejerció su compromiso hasta la muerte, haciendo de madre de todos, sin haber engendrado a ninguno.

Nos unía un vínculo muy especial, quizá porque siempre fui la más débil del clan y sentía cierta inclinación a mi protección, incluso cuando me hice mayor y comprendía, hasta cierto punto, la soledad que imperaba en su vida. Vivirla a través de los logros de otros sin la posibilidad biológica de sentirlos propios. En cierta forma, me daba pena, e imaginaba que debía de haber una historia oculta detrás, se me hacía raro, porque era bien parecida, cariñosa y muy amable.

La vida más o menos fue pasando hasta que enfermó, y decidí, puesto que mi trabajo me lo permitía, cuidar de ella hasta su fallecimiento. Era como devolverle algo de todo lo que nos había dado.

Durante los pocos años que duró su enfermedad, hablamos mucho. Pocas veces se quejó de lo que le había tocado vivir, pero entre consejos amorosos que me daba y expresiones sueltas, pude hilar una historia.

Pablo llegó al pueblo un verano y Elena se enamoró de él. No podía ser de otro modo, era joven, guapo, divertido y artista. Algo que a mis abuelos nunca les gustó porque lo veían bohemio y sin un futuro aceptable, un pelagatos, decían. Oponiéndose de forma categórica a ese gran amor que ambos se profesaban.

Ante tanta presión y no quedándoles más remedio, una noche se fugaron y, anduvieron hasta que su padre los encontró a la mañana siguiente y la trajo de vuelta a casa entre amenazas y lágrimas. Haciendo de mi tía, la mujer más desgraciada del mundo, convirtiéndola en la comidilla del pueblo y marcándola de por vida por una sociedad excesivamente encorsetada, falsamente puritana y con un índice acusador muy ágil, capaz de enviar a una persona eternamente y sin dilación, al otro lado de las sombras.

Si hubieron cartas de por medio, lo ignoro, lo cierto es que con ellas o sin ellas, el tiempo transcurrió y los suspiros del principio se transformaron con el acontecer de los meses en tristeza, que con los años fue una amargura profunda que abarcaba todo su corazón, haciendo que la responsabilidad de cuidar a los que íbamos llegando, llenará como un sucedáneo, sus tremendos vacíos internos.

En cierta ocasión y próxima a su muerte, me dijo que le gustaría que al faltar ella, me quedara y conservara la estatua que compró hace años en una galería de la ciudad, y que ahora decoraba el salón. Le tenía gran estima y por nada del mundo desearía que fuesen a otras manos, que debía quedarse en la familia, como todo, como ella misma.

Hoy, limpiando a fondo, y viendo la escultura El Beso como la llamaba ella, llena de polvo, he procedido a meterla en agua jabonosa y al volcarla para introducirla en la bañera he podido leer a duras penas:

En un beso sabrás todo lo que he callado, todo lo que te he amado durante estos años, pero ese beso que tanto deseo, hoy no llegará, deberá esperar a mañana, este es mi consuelo diario”.

Grabado toscamente sobre la gran base de la figura de frío mármol, como si se hubiese hecho con un punzón, encima de la firma del mundialmente famoso escultor, Pablo Santián.


Laura Mir


miércoles, 1 de abril de 2015

Si tuviera



Si tuviera que morir porque he amado,

con gusto pues sería condenado.

Si tuviera que vivir sin tu recuerdo,

con mucho quisiera ser ajusticiado.

 

El mañana de un futuro a tu lado,

pintará mi cuerpo de empeño.

Me atormenta lo que no me has dado,

porque solo vivo por un sueño.

 

No mires mi helada tristeza,

así son las cosas de la vida.

Mientras escribo tu belleza,

tu mirada en mí se acomoda.

 

Ver la vida, los cuerpos pegados,

baile de labios bajo tus ojos.

Mirar dos reflejos cruzados,

encontrándose en los espejos.

 

Sigo tus pasos por el mundo,

acunando tú sueño inacabado.

Mimando tu cuerpo maltrecho,

mi vida reposando sobre tu pecho.

 

Soy aquel que mora a tu sombra,

vigilando el hilo de un destino.

Esperando al filo de la palabra,

seguir a tu lado por el camino.

 

Sueño con regalarte un recuerdo,

que sería dulce a tu mirar azulado.

En un beso, sabrás todo lo que he callado,

que siempre sería por ti, recordado.

 

Si tuviera que morir porque he amado,

con gusto pues sería condenado.

Si tuviera que vivir sin tu recuerdo,

Cuánto quisiera haberte besado.

 


Benjamín J. Green



lunes, 23 de marzo de 2015

Mundo azulado




Escribo a tus mañanas y a tus noches. Escribo en esas horas extrañas en que no son ni una cosa ni la otra, es cuando puedo dejar que mi pluma vuele libre, para que pueda dibujar con su magia los contornos de esa piel que, aún no he podido tatuar con mis palabras trenzada entre los mechones de emociones y de pensamientos que me embargan.

Dejo que el viento que nace de tus suspiros entren por mi ventana y me lleven de un lugar a otro, donde bebo siempre sediento de las aguas claras y frescas de los mundos que regalas, impregnándome de los aromas, admirando esos colores que no existen más que en tu imaginación vestida de sueños.

Mientras me queden fuerzas seguiré las sendas que pasan delante de todas tus edades, entraré y saldré de las vidas de los que de alguna manera comparten tantos viajes contigo. Creeré que las mañanas han sido pintadas en tus cielos para mí, mientras me paseo por entre las nubes, jugando al escondite con los futuros que están por venir, sobre todo aquellos que nos requieren entre risas y gritos.

Mientras mis ojos registran los horizontes buscando las puertas que llevan un poco más allá, mi ansia por creer que lo imposible existe. Solo tengo que dejarme llevar e inventar palabras que nos conducirán donde nunca nadie ha estado jamás, porque en la profundidad del invierno, finalmente, aprendí que dentro de mí yace un verano invencible.

Erradicada la oscuridad que planeaba sobre mis pesadillas de antaño, miro cara a cara al destino, sostengo la mirada y le obligo a llevarme por donde yo quiero, indiferente a sus protestas y pataleos.

Sé que ese día llegará, y será él, el que ría el último, pero me da igual, porque ese día ya habrá dejado de importarme, cuando me recubran los seis palmos reglamentarios y tenga la boca llena de tierra, nadie oirá ya, lo que tenga que decir.

Así que sordo a sus quejas, lo arrastro, empujo y tiro por la senda que he elegido, donde los tiempos que están por nacer de tus sueños, me esperan con una cálida bienvenida en la voz y un lugar acogedor en tu memoria. Ese es el destino que quiero para mí, acompañados de alguna manera, de todo lo que anhelo.

Puede que no todo vaya como desees o sueñes, pues la perfección no existe en los corazones humanos, aunque las intenciones si lo sean. Solo será cuestión de capear el temporal con una canción a la mañana que está por llegar y con una sonrisa de tus labios.

Pasearé a tu lado, escuchando los sonidos del mundo y mirando la vida a través de este presente que hoy solo pasa a través de ti, me aferraré con uñas y dientes a tus sentimientos, bailaré sobre los fuegos del infierno de los mediocres, sin que estos puedan ni siquiera tener la posibilidad de tocarme.

Planearé sobre las llanuras estériles del fanatismo y de la sinrazón, cogido de tu mano, mientras nacen los poemas y mueren los tiempos oscuros de un pasado casi olvidado.

Ahora, solo deseo mirar al mundo a través de tus azulados ojos, porque quiero despertar cada mañana al lado de alguien que aún conserva su alma.



Benjamín J. Green


jueves, 19 de marzo de 2015

ABRAZO DE OSO



Es comprensible que esta puerta por dentro no tenga tirador, porque el trozo de carne de aquí, de esta cámara, no escapa, pero el que lo diseña, tendría que haber tenido en cuenta a la niña esta, que espabilada, espabilada, no es, y a más, con la tendencia a llevar siempre la contraria. Mala idea tuve en decirle: Vigila niña, que la puerta no se cierre. Pero ella que anda a saber dónde, no ha vigilado y nos hemos quedado encerrados en esta cámara frigorífica, con un frío de mil demonios.

— Cuando estuve en Rusia, no hacía tanto frío como aquí— dijo ella inocentemente.

— ¿Y eso debe quedar cerca de Babia, no?— Pregunto, sin esperar respuesta, porque si las neuronas son lentas, imagínense a bajo cero.

— Más bien queda por donde perdiste la simpatía—. Me responde ante mi sorpresa, castañeteando los dientes y con labios azulados. Vestida con tirantes, y yo con estalactitas en las pestañas, pero aun así, no puedo dejar de mirar sus pechos que parecen galletas Oreos a punto de escapar.

— No creas que en Rusia no pasé frío, llegué en pleno agosto y estábamos a cinco grados bajo cero, decían que era atípico.

 Atípico es estar aquí encerrado, sin saber dónde acaba la carne de ternera y donde empieza la de burra.

— Esto de la carne de burra es nuevo, no recuerdo haberla visto en la entrada del último pedido, creo que te equivocas. Lo que hace el frío intenso— dijo la muchacha mientras se restregaba los brazos en un vano intento de entrar en calor—. No hay forma, vamos a morir aquí, en este infierno blanco cubiertos por una chapa de acero, que forma más extraña de perecer.

—Y los del CSI buscando agentes. Mira, podemos ponernos a gritar como locos, a ver si pasa alguien por aquí y le da por mirar porque la ternera está revuelta.

— Es tarde, hasta mañana que lleguen… Seguro que estamos muertos. Siempre pensé en morir tranquila, apaciblemente en compañía de gente querida, y no contigo que eres grande como un oso canoso hasta donde se pierde mi imaginación.

— Te diría que te abrazaras a tu puñetera madre para entrar en calor, pero es lo que tienen los deseos, que van por donde quieren. O te coges un trozo de ternera, o te conformas conmigo. Ni tienes mucho tiempo para pensar.

— Ni en un millón de años— dijo, girándose y mostrándole la espalda—. Antes me agarro al cordero que al marrano.

— Veo, gata, que sacas las uñas… Tienes suerte que el cochino no puede sacar las manos de los sobacos…

—  Esta puede considerarse una situación extrema y profunda, como si fuera invierno en pleno verano, y debería servirnos para entender que en la profundidad del invierno finalmente aprendí, que dentro de mí yace un verano invencible, y por ese motivo, porque no sé quien lo dijo, y porque no quiero morir aquí y menos contigo, me abrazo con todas mis fuerzas a ti.

¡Bendita filosofía gasta la niña!

No os voy a mentir, salimos. Entre otras cosas, porque conseguí despegar las manos de los sobacos, y extenderle los brazos, no sin cierto miedo de que se me clavaran las Oreos. Así fue como la rubia se metió entre estos brazos, que aquella noche fueron zarpas, como si fuera un oso polar, para compartir el poco calor que nos quedaba, y para comprender que debajo de la escarcha pueden esconderse otros brotes de algo profundo y bueno. Y desde aquella ocasión, nunca volví a ser escarcha para ella.



Jaime Ros