El impacto de la bala lo
hizo caer al suelo herido, ciego y sin recordar quién era. Despertó horas más
tarde entre lobregueces, se incorporó como pudo y comenzó a andar a tientas,
trastabillando con los cuerpos inertes de sus compañeros.
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La maldita guerra, la tristeza
y la languidez, hicieron que los glúteos y el corazón se le endurecieran. Cada
día subía la colina para otear desde la cima, se sentaba en las alturas esperando
sin saber muy bien el qué.
Miraba hasta donde se perdía
la vista, viendo y lamentando los campos baldíos y sus prolongados silencios.
Aquella tarde el sol de octubre
desdibujaba el camino, alargando su sombra por entre los árboles, el hombre se
tambaleaba a cada paso mientras con torpeza intentaba asirse al aire. Bajó
corriendo la ladera hasta los establos, mal ensilló a Rayo y al galope fue a su
encuentro.
Supuraba bajo los párpados y
la sangre empapaba sus ropas. Le tocó la sucia frente, ardía. Sin pensarlo se
lo llevó a casa con lágrimas en los ojos: ¡Cuánto detestaba tanta hostilidad!
Le procuró todos los
cuidados de los que disponía para que se recuperara. Durante los delirios de él,
ella le habló de las cosechas perdidas, de la cerda que se llevó el ejército,
de los hijos que nunca tuvieron y del marido fusilado por insurrecto.
Cuando les cubrió el
invierno y el temporal de nieve arrecía, lo tapó con su cuerpo y la piel de
borreguito. Susurrándole al oído tembloroso:
—Tranquilo. No sufras, estás
a salvo… Pronto llegará la primavera y este duro diciembre quedará atrás.
Tienes que esforzarte y ponerte bien porque habrá que arar el campo norte, yo
sola no puedo.
En cierta ocasión ella le
preguntó su nombre y él le contestó:
—No lo recuerdo. Por mucho
que lo intento, no recuerdo nada.
—De alguna forma hay que
llamarte, te llamaré Apolo como el dios griego.
Ella pensó que era mejor así
y quemó en la chimenea el uniforme junto a su documentación. Desde ese momento
sería un hombre nuevo.
A principios de marzo, ambos
estaban bastante recuperados.
Al oírla cantar desde la
cocina, él sintió que ese era el mejor hogar y pensó que aquella mujer lo
quería de verdad. Sin dudarlo se lo preguntó y la joven con una sonrisa le
contestó:
—En el pasado, en el
presente… Toda la vida.
Ella sabía con certeza de
que ahora sí, ahora sí podrían tener los hijos que nunca tuvieron, aunque no la
recordara.
Laura Mir



















