viernes, 3 de abril de 2015

El consuelo



En muchas familias, existe esa mujer que nunca se empareja para tener hijos propios y tiene la exclusiva misión de velar por todos los cachorros de la manada, es a la que llamamos la tía coyote. Así fue como mi tía Elena, siguiendo el ejemplo de la naturaleza, ejerció su compromiso hasta la muerte, haciendo de madre de todos, sin haber engendrado a ninguno.

Nos unía un vínculo muy especial, quizá porque siempre fui la más débil del clan y sentía cierta inclinación a mi protección, incluso cuando me hice mayor y comprendía, hasta cierto punto, la soledad que imperaba en su vida. Vivirla a través de los logros de otros sin la posibilidad biológica de sentirlos propios. En cierta forma, me daba pena, e imaginaba que debía de haber una historia oculta detrás, se me hacía raro, porque era bien parecida, cariñosa y muy amable.

La vida más o menos fue pasando hasta que enfermó, y decidí, puesto que mi trabajo me lo permitía, cuidar de ella hasta su fallecimiento. Era como devolverle algo de todo lo que nos había dado.

Durante los pocos años que duró su enfermedad, hablamos mucho. Pocas veces se quejó de lo que le había tocado vivir, pero entre consejos amorosos que me daba y expresiones sueltas, pude hilar una historia.

Pablo llegó al pueblo un verano y Elena se enamoró de él. No podía ser de otro modo, era joven, guapo, divertido y artista. Algo que a mis abuelos nunca les gustó porque lo veían bohemio y sin un futuro aceptable, un pelagatos, decían. Oponiéndose de forma categórica a ese gran amor que ambos se profesaban.

Ante tanta presión y no quedándoles más remedio, una noche se fugaron y, anduvieron hasta que su padre los encontró a la mañana siguiente y la trajo de vuelta a casa entre amenazas y lágrimas. Haciendo de mi tía, la mujer más desgraciada del mundo, convirtiéndola en la comidilla del pueblo y marcándola de por vida por una sociedad excesivamente encorsetada, falsamente puritana y con un índice acusador muy ágil, capaz de enviar a una persona eternamente y sin dilación, al otro lado de las sombras.

Si hubieron cartas de por medio, lo ignoro, lo cierto es que con ellas o sin ellas, el tiempo transcurrió y los suspiros del principio se transformaron con el acontecer de los meses en tristeza, que con los años fue una amargura profunda que abarcaba todo su corazón, haciendo que la responsabilidad de cuidar a los que íbamos llegando, llenará como un sucedáneo, sus tremendos vacíos internos.

En cierta ocasión y próxima a su muerte, me dijo que le gustaría que al faltar ella, me quedara y conservara la estatua que compró hace años en una galería de la ciudad, y que ahora decoraba el salón. Le tenía gran estima y por nada del mundo desearía que fuesen a otras manos, que debía quedarse en la familia, como todo, como ella misma.

Hoy, limpiando a fondo, y viendo la escultura El Beso como la llamaba ella, llena de polvo, he procedido a meterla en agua jabonosa y al volcarla para introducirla en la bañera he podido leer a duras penas:

En un beso sabrás todo lo que he callado, todo lo que te he amado durante estos años, pero ese beso que tanto deseo, hoy no llegará, deberá esperar a mañana, este es mi consuelo diario”.

Grabado toscamente sobre la gran base de la figura de frío mármol, como si se hubiese hecho con un punzón, encima de la firma del mundialmente famoso escultor, Pablo Santián.


Laura Mir


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