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miércoles, 20 de mayo de 2015
Dimensiones 4 - La clavija - L. Mir & S. Arnau
Lyra y Andrea siguieron los pasos del Ente hasta que llegaron a un bosque muy profundo donde les esperaban, sentados en círculo, nueve ancianos que formaban parte del consejo. En el centro había una piedra giratoria redonda y el Ente, acompañó a Andrea ...
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martes, 19 de mayo de 2015
Dimensiones 3 - La esencia - L. Mir & S. Arnau
Andrea abrió los ojos y observó a su alrededor, todo era muy extraño. La larga mesa que gobernaba la estancia estaba repleta de frascos y polvo; en la esquina había un par de escobas apoyadas, más grandes de lo normal, las paredes cubiertas de fotos...
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Dimensiones 2 - La zíngara - L. Mir & S. Arnau
Todo era bosque, mirasen donde mirasen, todo era bosque. Se cogieron de las manos con más miedo que ternura, ese miedo que invita a unirse para encontrar cuanto antes la salida. Se adentraron en la espesura en busca de algo que les resultara familiar, al principio caminaron a paso...
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jueves, 19 de febrero de 2015
Transmutación
Una suave brisa aminoraba el calor
estival del mediodía. El camino estaba en buenas condiciones, y siempre que te
mantuvieras fuera de las carriladas que habían dejado los carros en las lluvias
de primavera, podías circular cómodamente en bicicleta. Ambos lados de la vía
estaban flanqueados por márgenes de adobe seco, que permitían contemplar el
paisaje de trigales dorados, salpicado de granjas y de casas unifamiliares que
se distribuían espontáneamente en pequeños grupos, como para compartir el calor
en invierno.
Tras un rato de agradable pedaleo,
vi a lo lejos una casita de tejado rojo, rodeada de un jardín protegida, a
escasos quinientos metros, por un gran bosque de pinos en su parte trasera.
Justo lo que andaba buscando. Me acerqué, contento, pues me había costado
encontrarla y me interesaba mucho conocer a Julia.
Apoyé la bicicleta al lado del
portón de la cerca y llamé a la señora:
— ¡Buenos días, Julia, soy David!
— ¡Buenos días, perdone un momento,
ahora le abro!
Me contestó una voz juvenil que
provenía del corazón de aquel jardín selvático. Al momento apareció una cabeza
coronada por una hermosa cabellera totalmente blanca. Cuando acabó de
incorporarse, se presentó ante mí una anciana sonriente, de porte esbelto y
elegancia natural. Me franqueó la entrada y me saludó con un par de besos.
— ¿Qué tal David, ha sido difícil
encontrarme? Me alegra que haya venido, pase, pase, le estaba esperando.
— Gracias Julia, ha sido un poco
complicado, pero aquí estoy al fin. No puede usted imaginar las ganas que tenía
de conocerla.
— Espero estar a la altura de sus
expectativas. Vamos, entremos en casa, estará usted cansado.
Me condujo a un acogedor saloncito,
con dos sillones ante la chimenea apagada. Estuvimos horas y horas hablando. Yo
era incapaz de apartar mis ojos de los suyos, grandes, levemente rasgados y de
un azul purísimo. Eran unos ojos de dieciocho años en un rostro de ochenta.
Tenían tal frescura, tal expresividad, que seducían.
Mi doctorado sobre los espíritus
guardianes de los bosques y las corrientes de agua me habían llevado hasta
Julia, conocida mundialmente por los poemas que escribía sobre el particular.
Entre líneas se advertía que ella era depositaria de unos conocimientos ancestrales, más allá de la cuidada expresión
poética. Por ello me sentí ridículo, haberme presentado allí con mis flamantes
conocimientos académicos y cargado de notas y bibliografía. Así que dejé que,
con su bonita voz, me enseñase cosas que desconocía por completo, saberes
antiguos, arcanos…
Cuando comenzó a instruirme sobre
las náyades, supe que, hasta aquel momento, no había adquirido ninguna certeza,
ningún conocimiento real. Mi tesis doctoral se había limitado a una visión
antropológica de un área de la mitología grecolatina, a erudición simplemente,
sin conexión con la realidad de lo estudiado.
Julia me estaba haciendo cruzar el
umbral hacia otra dimensión. Durante tres días me instruyó, me hizo concebir
nuevas categorías mentales, otros aspectos de lo real. Todo ello bajo un ayuno absoluto, salpicado con sesiones de
meditación y contemplación.
La noche del tercer al cuarto día,
dormí con una profundidad sin precedentes. Desperté alegre, feliz y confiado,
tras haber tomado la decisión más extraña de mi vida.
Julia dio unos golpecitos a la
puerta del dormitorio y entró.
— Buenos días, David—. Dijo
sonriendo.
—Toma, bebe esta infusión. No rompe
el ayuno, pero te mantendrá bien lúcido hasta la noche.
La bebí, estaba amarga y aromática.
Hizo que me encontrara mejor durante todo el día, hasta el punto que ayudé a
Julia en el jardín y realicé pequeñas reparaciones en el tejado, amén de repintar
la valla.
Al caer la tarde, Julia me hizo las
últimas recomendaciones y nos despedimos con un largo abrazo.
— Marcha con alegría y sin temor
alguno.
Como respuesta, tomé sus manos y la besé
en las mejillas sorprendentemente suaves. Acto seguido me puse en camino hacia
mi objetivo.
En
la noche estival, una brisa fresca y sutil acariciaba mi rostro. Guiado por el
camino, me adentré en la espesura. Nada desenfocaba mi mente absorta en su
propósito, pretendía llegar al arroyo antes que mi cuerpo, mientras guardaba en
su interior las maravillas nocturnas que la envolvían como los tesoros que
siempre quiso poseer.
La luna corría tras las nubes, estrellas
centelleaban sobre la silueta negra de un pino enorme. De pronto, una masa
alada me rozó, tal vez un búho de caza, silencioso y discreto.
Transcurrido un tiempo indeterminado,
el fiel sendero, apenas visible, me llevaba con seguridad al corazón del
bosque. Por fin penetré en las tinieblas. Ya no podía ver el camino, pero me
guiaban gorjeos de pájaros ¿Notas de flautines y píccolos, violines, chelos y
bajos? ¡Oh, no, eran voces de mujer! Percibí entre los juncos formas femeninas
de luz, jugando juntas en el arroyo.
Ya nadaban, ya surcaban el aire. Unían
por momentos, etéreos, sus bellos cuerpos refulgentes, no poco más que núbiles,
en sublimes pasos de danza. Esparcían corpúsculos de oro y azul en cada
movimiento de sus brazos, en cada pirueta de sus piernas.
Entonces, cautivado por tanta
hermosura, osé decirles en mi arrobamiento:
— Divinas hijas de la Tierra. Benditas
seáis, mis náyades, siempre protectores espíritus. Bellas, armónicas, graciosas!
Maravillosas criaturas, encarnáis las fuerzas telúricas y los primigenios
poderes ¡Llevadme con vosotras!
Al
instante, me envolvieron todas. Noté un delicado beso y, al volverme hacia la
fuente de la caricia, vi unos ojos que reconocí al instante, eran los ojos de
Julia en un cuerpo de náyade. Una mirada y una sonrisa de complicidad bastaron
para explicarlo todo.
Seguimos juntos, cual cardumen de
peces, hasta las copas de los árboles,
hasta el fondo del arroyo. Finalmente sentí que mi cuerpo transmutado, se
fundía con el de ellas. Pertenecía a la Tierra, tal que las náyades. Presente,
pasado y futuro me fueron revelados.
En un último descenso, atravesamos
el agua y nos hundimos en la tierra. Allí me acomodaron en las profundidades. Una
oquedad, como el útero de la Madre Tierra,
sería el hogar al que regresaba. Acunado por su gigantesca masa,
recorrería los espacios siderales eternamente.
Kairos42
sábado, 11 de octubre de 2014
EL HEREJE - 4º Concurso "Arma una historia basada en una imagen"
Me miro en el espejo y sólo puedo verlo a él, no sabía que
el mas allá sería esto, un simple contador conectado a mi corazón, no sabía muy
bien para que servía, cuando me desperté, estaba ahí, ahora sólo me quedaba
esperar, lo que sí me preocupaba un poco era el número que aparecía en el
display “34038”. Se ve que la tecnología también había llegado hasta aquí, sí, tuve que coger número para poder entrar a la
antesala del purgatorio y cuando por fin me tocó, me llevaron directamente ante
el diablo, el cual me informó de lo que tenía dispuesto para mí, por mi mala
vida y mis afrentas al estamento religioso, que como bien era sabido por todos,
sólo tenía pena de infierno.
Mi ahora jefe me confesó que le sabía mal tener que
condenarme, que la religión y él no tenían buenas relaciones, pero que había un
contrato que le obligaba a castigar a los que se mofaban de su celestial y
encumbrado colega. Y como no podía sustraerse de lo firmado, me condenaba por
reincidente, cansino y descreído, solo que no iba a ser apaleado ni torturado,
iba a estar confinado en un lugar con otros y otras como yo, hasta me guiñó el
ojo con sorna. Eran buenas noticias, no me iban a abrir en canal ni nada que se
le pareciera, así que seguí algo más tranquilo, al guardián que se me asigno tenía
pinta de filósofo griego.
Seguimos un largo pasillo, con innumerables puertas a los
lados, todas numeradas y al llegar a la 666 el filósofo se paró, abrió la puerta y esperó a que entrara.
Cuando esta se cerró, vi que me encontraba en un pequeño salón donde había un
par de personas sentadas en unas butacas, se parecía mucho a la sala de espera
de la consulta de cualquier médico, saludé a los presentes y me senté. De
repente una voz que salía de un altavoz me nombró, al mismo tiempo que se abría
una puerta en la cual no había reparado. Un poco receloso me encontré en una
sala inmensa y cuál fue mi sorpresa cuando la encontré atestada de purpurados,
santos, santas, patriarcas, profetas, papas, cardenales, santones e iluminados
de todos los colores, razas y religiones, no me lo podía creer, este cabrón de diablo
se había reído de mí con guiño incluido.
Pero lo peor es que todos me estaban mirando, como cordero
para sacrificio, y vi en sus ojos el ansia por convertir, subyugar y convencer,
casi me desmayo. De repente un hombre se me acercó, o sea un tipo más bien como yo, contador en
el pecho incluido. Después de haberme saludado me llevó junto a una especie de
cabina de cristal y me informó que los números del display no eran los años que
iba a pasar allí, eran los números de los que tenían que sermonearme por tantos
años de desprecio a las religiones, que sólo podría salir de la cabina cada dos
mil sermones y que lo sentía mucho por mí. Iba a negarme rotundamente a aquello,
pero antes de darme cuenta estaba encerrado y ya se estaba acercando el primero
de ellos con cara de loco furioso y con pinta de un Savonarola a punto de ser
conducido a la hoguera.
Llevo cincuenta sermones, ya no puedo más y el cristal sólo
refleja mi angustia, a la par de todo lo que me queda por escuchar... 3988
sermones.
Por hereje estoy bien jodido y por ateo convencido, así me
veo.
Benjamín J. Green
viernes, 10 de octubre de 2014
Miles de años deseando - 4º Relato ganador del concurso "Arma una historia basada en una imagen"
Estoy en un lugar de mi vida en el cual, tengo más pasado que futuro y que puedo elegir lamentarme por ello o alegrarme por lo que me queda. No siempre tengo claro cual de las dos cosas hago ni por qué lo hago. Cuando me encuentro en ese intermedio en el cual ni una cosa ni la otra existen.
Hay días que me invade esa cansada lucidez, que me cuenta
cosas que ya conozco y recuerdo, que pesan tanto como el mundo que llevo a mi
espalda cansada y torcida por el tiempo que pasa indiferente a mis negros,
tristes y caducos pensamientos.
Otros son claros como las mañanas de primavera, donde el sol
brilla y calienta esta mente joven que solo contempla el horizonte o el lugar
donde se juntan el cielo y la tierra, que me llama y me promete que todo será
del color de los sueños que aún están por llegar, pero no llegan.
También existen aquellos por los cuales uno camina, sin
pasado ni futuro, mirando a través de los ojos de otros, que a su vez hacen lo
mismo hasta el infinito que no existe y que se pierde en los confines de lo que
nunca podrá ser, de lo que nunca es y de lo que nunca fue.
Los años malos y buenos se mezclan en esa batidora que se
llama existencia, que todo lo masca y que acaba siendo algo que te acompaña por
el sendero que conduce a Yggdrasil, el árbol de la vida, guardián de la
sabiduría y del destino, esperando a que las hilanderas del hilo infinito que
guía tu vida se cansen de ti, y lo corten.
Días de pasados, futuros e inciertos, se van turnando en la
rueda que nunca para de girar, llevándonos en su baile enloquecido por las
edades que nos toca vivir, reír o llorar, sin que nada puedas hacer, más que
seguir girando hasta que un día te caigas de ella y pases a formar parte del abono
que hace que el tiempo florezca los frutos, esos que nunca podrás probar ni
saborear.
Cuál es el aliciente que hace que te levantes por las
mañanas para seguir caminando, aunque sea a regañadientes, dolorido y exhausto,
decepcionado por lo que te rodea, hastiado de la esperanza y de las promesas
incumplidas de los tiempos. No lo sabes o quizá no te importe, sólo hay que
poner un pie delante del otro hasta que caigas por el abismo, que seguro más pronto
que tarde, se abrirá bajo tus pies.
Hoy caminas erguido ligero como la brisa que te lleva en
volandas hacia la luz del nuevo día, siguiendo la pista a los sueños de
felicidad y de locura compartida con la conciencia recién lavada y perfumada, hoy
vistes de nuevo, enseñando la eterna sonrisa del que cree firmemente en la
bondad y en la verdad de lo que le rodea, pisando fuerte por la senda del que
sabe que todo va a salir bien sin mirar hacia atrás.
Todo esto sería maravilloso si fuera humano, pero solo soy
un androide con forma humana, con un corazón digital, que está a la vista de
todo el mundo, que por alguna razón desconocida es capaz de soñar, sentir o
imaginar. Me siento tan solo entre los míos, tan despreciado por los humanos,
que cuando observo mi imagen reflejada en un cristal con ese display que enseña
los años de mi corazón de metal, además de la tristeza de mi mirada, me refleja
un corazón destrozado a pellizcos.
Sólo deseo que se apague de una vez para poder descansar.
Sonia Mallorca
lunes, 29 de septiembre de 2014
Y con ella caminaba - 1º Relato ganador por BENJAMIN J. GREEN - 3º Concurso arma una historia basada en una imagen
Por donde pasaba crecía la maldad, la vida se marchitaba y la locura se apoderaba de los hombres, las ratas negras de las alcantarillas que raramente se dejaban ver, se lanzaban a la caza de cualquier cosa que se moviera, incluido a los pobres desgraciados que se encontraran solos por la calle, atacándolos en manadas enloquecidas por el olor a sangre, clavándoles los colmillos en los ojos y cegándolos para después, devorarlos vivos. Las madres arrojaban a sus hijos por las ventanas y se cortaban las venas, cuando no se intentaban matar entre ellas, como fieras sedientas de sangre mientras gritaban y morían maldiciendo a los cielos negros.
Se veía como las personas se agredían unas a otras con cualquier cosa que tuvieran a mano, mientras las fuerzas de la ley disparaban a todo aquel que se ponía a tiro, el caos más sanguinario se apoderó de la pequeña ciudad, que pasó de ser un lugar agradable a una especie de campo de batalla donde los cuerpos se pudrían en montones diseminados aquí y allá, sirviendo de alimento a los perros que se habían unido a aquella matanza, sin que nada ni nadie supiera muy bien el porqué de toda esa locura asesina.
Ya era la tercera ciudad donde se manifestaba aquella locura sangrienta, las autoridades del país no sabían lo que podía haber provocado tales matanzas y no tenían una respuesta lógica a todo aquello, era algo incomprensible, la preocupación y la paranoia empezaban a hacer acto de presencia en el país, nadie sabía lo que pasaba y porqué.
Pronto una cuarta cuidad fue arrasada por sus habitantes en otro baño de sangre. Se declaró la ley marcial en todo el país, que estaba siendo abandonado por millones de personas, nunca en toda la historia de la humanidad había ocurrido algo semejante.
Hasta que en la décima cuidad asolada, se encontró a una superviviente.
La historia que contaban no tenía ningún sentido, hablaban de una niña vestida de negro, acompañada por una gran bestia que a su paso hacia que la gente se volviera loca, una niña pequeña y agradable, de profundos ojos negros que sonreía al hablar y que cuando lo hacía mostraba colmillos afilados como los de un animal.
La bestia ya caminaba sobre el mundo de los hombres, nada se podía hacer para detenerla, con ella caminaba el infierno y, ese fue el final de la humanidad.
Benjamín J. Green
sábado, 27 de septiembre de 2014
Como os lo cuento - 3º Concurso "Arma una historia basada en una imagen"
Recuerdo que por aquellos tiempos corrían rumores sobre una
bestia grande y atroz, que destrozaba con sus fauces todo lo que encontraba en
su camino, el pueblo estaba atemorizado, las gentes corrían a meterse en sus
casas cuando el sol empezaba a caer y las sombras se alargaban.
Aquel día, estaba con mis ovejas, tuve un problema con una
de las churras y me recogí más tarde de lo habitual. Es por ese motivo que pude
verlo todo, y juro que es como lo cuento.
Las ovejas de repente quedaron en silencio, Tomás, el perro,
levantó las orejas, agachó el rabo y erizó el lomo. Ni siquiera el viento
ululaba, todo era estático por aquel sendero.
Tomás me cogía del brazo e intentaba que retrocediera, fue
tanta su insistencia y por miedo a que me mutilara para siempre, decidí llevar
al rebaño tras una gran roca y allí nos escondimos.
A los pocos minutos por la vereda vi que venía caminando una
niña sola, vestida con una caperuza, iba tranquila y ajena a esa quietud
inquietante que se respiraba.
A medida que se acercaba, pude agudizar la vista, y la
sombra que proyectaba se alargaba y engrandecía a la velocidad en que oscurecía
la noche; era cada vez más y más grande, hasta tal punto que se integró en la
pequeña y sólo era bestia.
En pocos minutos el brutal animal saltó por encima del risco
donde me hallaba y en un santiamén, lo que se tarda en suspirar, devoró a mis ovejas,
Tomás y yo temblábamos abrazados, fue una masacre, cuando sació su hambre me
miró por unos instantes, en sus ojos vi al mismísimo diablo, contuve el
aliento, noté el suyo, giró la cabeza y huyó.
Pasaron horas hasta que Tomás y yo pudimos reponernos, era
casi al alba cuando reemprendimos el camino al pueblo, con miedo y sin las
churras, y con la certeza de que volvíamos del mismo infierno.
Fue como os lo cuento – Dijo el pastor sin rebaño dejando
con mano temblorosa el vaso de vino sobre la barra del bar.
Laura Mir
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