jueves, 19 de febrero de 2015

Transmutación




Una suave brisa aminoraba el calor estival del mediodía. El camino estaba en buenas condiciones, y siempre que te mantuvieras fuera de las carriladas que habían dejado los carros en las lluvias de primavera, podías circular cómodamente en bicicleta. Ambos lados de la vía estaban flanqueados por márgenes de adobe seco, que permitían contemplar el paisaje de trigales dorados, salpicado de granjas y de casas unifamiliares que se distribuían espontáneamente en pequeños grupos, como para compartir el calor en invierno.

Tras un rato de agradable pedaleo, vi a lo lejos una casita de tejado rojo, rodeada de un jardín protegida, a escasos quinientos metros, por un gran bosque de pinos en su parte trasera. Justo lo que andaba buscando. Me acerqué, contento, pues me había costado encontrarla y me interesaba mucho conocer a Julia.

Apoyé la bicicleta al lado del portón de la cerca y llamé a la señora:

— ¡Buenos días, Julia, soy David!

— ¡Buenos días, perdone un momento, ahora le abro!

Me contestó una voz juvenil que provenía del corazón de aquel jardín selvático. Al momento apareció una cabeza coronada por una hermosa cabellera totalmente blanca. Cuando acabó de incorporarse, se presentó ante mí una anciana sonriente, de porte esbelto y elegancia natural. Me franqueó la entrada y me saludó con un par de besos.

— ¿Qué tal David, ha sido difícil encontrarme? Me alegra que haya venido, pase, pase, le estaba esperando.

— Gracias Julia, ha sido un poco complicado, pero aquí estoy al fin. No puede usted imaginar las ganas que tenía de conocerla.

— Espero estar a la altura de sus expectativas. Vamos, entremos en casa, estará usted cansado.

Me condujo a un acogedor saloncito, con dos sillones ante la chimenea apagada. Estuvimos horas y horas hablando. Yo era incapaz de apartar mis ojos de los suyos, grandes, levemente rasgados y de un azul purísimo. Eran unos ojos de dieciocho años en un rostro de ochenta. Tenían tal frescura, tal expresividad, que seducían.

Mi doctorado sobre los espíritus guardianes de los bosques y las corrientes de agua me habían llevado hasta Julia, conocida mundialmente por los poemas que escribía sobre el particular. Entre líneas se advertía que ella era depositaria de unos conocimientos  ancestrales, más allá de la cuidada expresión poética. Por ello me sentí ridículo, haberme presentado allí con mis flamantes conocimientos académicos y cargado de notas y bibliografía. Así que dejé que, con su bonita voz, me enseñase cosas que desconocía por completo, saberes antiguos, arcanos…

Cuando comenzó a instruirme sobre las náyades, supe que, hasta aquel momento, no había adquirido ninguna certeza, ningún conocimiento real. Mi tesis doctoral se había limitado a una visión antropológica de un área de la mitología grecolatina, a erudición simplemente, sin conexión con la realidad de lo estudiado.

Julia me estaba haciendo cruzar el umbral hacia otra dimensión. Durante tres días me instruyó, me hizo concebir nuevas categorías mentales, otros aspectos de lo real. Todo ello bajo un  ayuno absoluto, salpicado con sesiones de meditación y contemplación.

La noche del tercer al cuarto día, dormí con una profundidad sin precedentes. Desperté alegre, feliz y confiado, tras haber tomado la decisión más extraña de mi vida.

Julia dio unos golpecitos a la puerta del dormitorio y entró.

— Buenos días, David—. Dijo sonriendo.

—Toma, bebe esta infusión. No rompe el ayuno, pero te mantendrá bien lúcido hasta la noche.

La bebí, estaba amarga y aromática. Hizo que me encontrara mejor durante todo el día, hasta el punto que ayudé a Julia en el jardín y realicé pequeñas reparaciones en el tejado, amén de repintar la valla.

Al caer la tarde, Julia me hizo las últimas recomendaciones y nos despedimos con un largo abrazo.

— Marcha con alegría y sin temor alguno.

Como respuesta, tomé sus manos y la besé en las mejillas sorprendentemente suaves. Acto seguido me puse en camino hacia mi objetivo.

En la noche estival, una brisa fresca y sutil acariciaba mi rostro. Guiado por el camino, me adentré en la espesura. Nada desenfocaba mi mente absorta en su propósito, pretendía llegar al arroyo antes que mi cuerpo, mientras guardaba en su interior las maravillas nocturnas que la envolvían como los tesoros que siempre quiso poseer.

La luna corría tras las nubes, estrellas centelleaban sobre la silueta negra de un pino enorme. De pronto, una masa alada me rozó, tal vez un búho de caza, silencioso y discreto.

Transcurrido un tiempo indeterminado, el fiel sendero, apenas visible, me llevaba con seguridad al corazón del bosque. Por fin penetré en las tinieblas. Ya no podía ver el camino, pero me guiaban gorjeos de pájaros ¿Notas de flautines y píccolos, violines, chelos y bajos? ¡Oh, no, eran voces de mujer! Percibí entre los juncos formas femeninas de luz, jugando juntas en el arroyo.

Ya nadaban, ya surcaban el aire. Unían por momentos, etéreos, sus bellos cuerpos refulgentes, no poco más que núbiles, en sublimes pasos de danza. Esparcían corpúsculos de oro y azul en cada movimiento de sus brazos, en cada pirueta de sus piernas.

Entonces, cautivado por tanta hermosura, osé decirles en mi arrobamiento: 

— Divinas hijas de la Tierra. Benditas seáis, mis náyades, siempre protectores espíritus. Bellas, armónicas, graciosas! Maravillosas criaturas, encarnáis las fuerzas telúricas y los primigenios poderes ¡Llevadme con vosotras!

Al instante, me envolvieron todas. Noté un delicado beso y, al volverme hacia la fuente de la caricia, vi unos ojos que reconocí al instante, eran los ojos de Julia en un cuerpo de náyade. Una mirada y una sonrisa de complicidad bastaron para explicarlo todo.

Seguimos juntos, cual cardumen de peces, hasta las copas  de los árboles, hasta el fondo del arroyo. Finalmente sentí que mi cuerpo transmutado, se fundía con el de ellas. Pertenecía a la Tierra, tal que las náyades. Presente, pasado y futuro me fueron revelados.

En un último descenso, atravesamos el agua y nos hundimos en la tierra. Allí me acomodaron en las profundidades. Una oquedad, como el útero de la Madre Tierra,  sería el hogar al que regresaba. Acunado por su gigantesca masa, recorrería los espacios siderales eternamente.


Kairos42


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