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viernes, 12 de junio de 2026

APRENDÍ DEL AGUA

 


La princesa y Sant Jordi, en su final,

no comieron perdices;

la historia se quebró

antes de llegar al desenlace.

 

Dijiste que me amabas.

Y fue apenas aire.

 

No hubo distancia

entre tu adiós y el olvido,

como si nunca hubiéramos sido.

 

Me quedé en la vereda,

viendo al río hacer su trabajo:

descender por los riscos

y borrar tu nombre

entre las piedras.

 

Emprendiste otros cauces,

otras orillas

pronuncian tu nombre ahora.

 

Aprendí del agua,

y del dragón que surgía

desde su profundidad:

de su persistencia,

de su antigua certeza

de que todo se va.

 

Dijiste que me amabas.

 

Pero el río no guardó nada.

Siguió saltando por los riscos,

arrastrando la memoria,

olvidando nuestros nombres.

 

Nora Biel

 


sábado, 13 de junio de 2015

Carta desde prisión - Nora Biel


Cuando leí tu carta, quedé perpleja y no dije nada. No te imaginas la matona de compañera que tengo, toda o todo tatuado, da miedo. Parece un camionero ruso, igual a los que tú ya conoces. Aunque tengo la suerte de estar bajo su protección, como si estuviera en un tarro de vidrio sumergida...

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martes, 19 de mayo de 2015

Pienso de su marido - Parte I – Aurea & Nora & Laura




Aquella tarde de sábado, Laura salió de la cocina con la bandeja del café y las pastas, mientras preguntaba con cierta burla a sus amigas, cómo lo querían, de sobras lo sabía porque las conocía bien.

—  A ver chicas… ¿Con cafeína o sin? ¿Solo o con leche? ¿Azúcar o sacarina?


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Pienso de su marido – Parte II – Aurea & Nora & Laura




La noche señalada, las tres amigas se presentaron en casa de Selomerece. El hombre nada más abrir la puerta, recibió una buena dosis de spray de pimienta. Lo empujaron al interior del apartamento. Entre las tres lo redujeron, ataron y amordazaron...


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domingo, 22 de febrero de 2015

Mi gozo en un pozo, no, no, no, fue en una farola



De joven era muy aficionado a la bici y con ella iba a todas partes. Ese día me dirigía a comenzar mi aventura, la incorporación a un nuevo puesto de trabajo. Me lo había conseguido mi padre a través de un cliente de su pequeño negocio. Esta decisión fue tomada para evitar males mayores, pues mi hermano y yo en aquellos tiempos, siempre andábamos a la gresca. El pobre hombre consideró que no nos iría mal trabajar un tiempo separados. La empresa era un laboratorio de POTINGAS y como me encantaba la química, todos felices y contentos.

Apenas habían transcurrido quince minutos desde que salí de casa, cuando por arte de magia y sin saber cómo, me vi empotrado en una farola por una furgoneta. Los accidentes en aquella época no eran inusuales, lo que sí era inusual, eran las farolas que se encontraban muy distanciadas entre sí. Y fui a dar con la única existente en la zona, mejor digo que ella me encontró a mí.

De pronto todos mis sueños de llegar a ser una gran personalidad tipo Einstein, pero en química, se vieron truncados por un: ¡Quítale de ahí ese obstáculo!

Quedé despanzurrado boca arriba sobre el suelo, sin asfalto, sin visión, sin idea de lo que había ocurrido pero, escuchando los comentarios del público asistente a la función de la que, sin saberlo ni quererlo, era el principal protagonista.

— ¡Este chico está muerto! — Decían sin parar.

— ¡Hay que llamar a una ambulancia! — Pedían.

Mientras tanto, perplejo y dolorido, me interrogaba sobre lo que estaba ocurriendo.

Llegó la ambulancia, un cacharro heredado de los americanos tras finalizar la Segunda Guerra Mundial. ¿O, era de la Primera? No tiene importancia, el caso es que me introdujeron en ella y el conductor se dispuso a iniciar la marchar.

— ¡Arranca, arranca! — Le decían, pero la vieja reliquia se negaba.

Tras duras negociaciones entre chófer, enfermero y público, decidieron que en lugar de esperar a otra ambulancia, dada la gravedad del tema, lo mejor sería empujarla y así con el impulso conseguir que arrancase.

Llovían los voluntarios, obreros a los que no les importaba llegar tarde a sus puestos de trabajo, jubilados para los que el incidente era vivir una especie de insólita aventura, amas de casa que iban con su cesto hacía el mercado, y hasta niños con sus carteras repletas de libros y cuadernos que se dirigían a sus respectivos colegios.

Se pusieron manos a la obra, ahora empujaban unos, ahora empujaban otros. El motor comenzó a explosionar con unos petardeos tremendos hasta que finalmente lo consiguieron. Nos incorporamos al tránsito. La camilla comenzó a golpear en las paredes y, según lo que pude percibir, hasta en el techo.

— ¡Oh no, con las prisas nos hemos olvidado de anclar la camilla, de ésta no salimos! — Exclamó el camillero.

Llegamos al hospital y tras atenderme del múltiple accidente, tan sólo diagnosticaron cuatro costillas rotas. Al cuarto día me enviaron para casa. No tardamos en descubrir que el diagnóstico era erróneo pero… ésa es una historia que mejor dejo para otro día.

Treinta y seis años después, con la confianza que da comprar el pan siempre en el mismo establecimiento, me enteré por boca de la panadera, que andaba aquella mañana rememorando historias graciosas, y refiriéndose a una protagonizada por su mejor amigo, muy fitipaldi por cierto; el cómo empotró a un pobre ciclista, debía ser un muchacho por aquel entonces, contra la única farola existente en aquella calle, aquel día fatídico que amaneció con los mejores vaticinios internos de que sería muy especial para mí.


Nora Biel


lunes, 19 de enero de 2015

SIEMPRE POR DOS



Y en ese estado hipnótico mi mente no paraba de pensar y me di cuenta de que toda mi vida había girado en torno a ti, a tus sonrisas, a tus abrazos y a todo ese amor que nunca nadie ha vuelto a darme. 

Cuando quise estirar los brazos y tocarte, sólo palpé la nada.

Nacimos y crecimos juntos, nos dimos todo, incluso me diste el aire para que yo pudiera seguir respirando.

Se nos hizo tarde demasiado pronto, y sólo me quedó arrastrar tu cuerpo sin vida hasta la orilla.

Me quedé esperando en el silencio, en la oscuridad y en el vacío en pleno día.

Me consolaba pensar, que cuando uno toca fondo ya no puede caer más bajo, ese pensamiento era a diario y me ataba a la vida pero no evitaba el dudar, si valía la pena seguir viviéndola.

Fueron muchos meses con ese gran agujero en mi interior, tan grande que impedía moverme, estaba paralizada en medio del silencio más desgarrador que una persona es capaz de soportar. Y volvía cada día a la cala a tocar las olas de ese mar azul donde te perdí.

Una mañana de esos días, no recuerdo bien porque en realidad no importaba, decidí en el último instante no girar el volante en una curva y caer por el precipicio, quizás buscando la fortuna de reencontrarnos, pero hasta eso me fue vedado.

Y después de muchos meses de hospital y rehabilitación, aquí sigo. Respirando por dos, viviendo por dos e intentando que esta fractura y culpabilidad no se haga más grande para no dañar a otros.

Cuando me he permitido amar y entregarme sólo han sido traiciones y engaños, bonitas palabras y acciones contradictorias, por lo que he decidido vivir dentro de esta soledad y reserva.

Por profesión me está prohibido hablar de mí, esto que estoy haciendo me supone un gran esfuerzo y aunque quisiera correr hacia alguien y entregarme sin reservas, el miedo a perderlo que hay en mi interior, me lo impide.

Es la primera vez que esta historia sale de mis labios, quizá al lanzarla a los cuatro vientos mi alma pueda aligerarse de tanto peso.


Nora Biel


domingo, 11 de enero de 2015

TODO Y NADA



Siempre al acecho, preparada para cubrirnos con su negro manto. Se desliza ante nosotros, imperceptible incluso a nuestras miradas. Todo es un absurdo, para ella somos una representación teatral con la que, a lo largo de la vida, se regodea pensando:

Antes o después, seréis mis trofeos.

Hoy le toca a él, un hombre falto de sensibilidad y egocéntrico. Totalmente convencido de que todo gira a su alrededor. Un hombre para el que las mujeres son un simple objeto de usar y tirar.

Se acercó a ella en un bar musical, un local frecuentado por él con asidua frecuencia, seguro de que conseguiría su propósito. Una noche de pasión que satisfaga sus deseos más bajos y una conversación ostentosa cargada de pura palabrería. Sería una más de sus cientos de conquistas.

Esta vez todo se le iría de las manos, los papeles cambiarían, él sería la presa y no el cazador.

La invitó a una copa, ella aceptó, pensó:

Ya la tengo en mis redes, ninguna de estas preciosas muñecas se me resiste.

Comenzó a desnudarla con la mirada, soñando despierto en pasar sus manos por la delicada piel y el sedoso cabello de aquella diosa. Sus pensamientos volaban hacia el lugar al que pensaba llevarla y en cuanto vio el momento propicio se lo propuso.

Ella también esperaba ese momento, saboreando la estupidez de su víctima.

Asintió encantada.

–Me encantará cubrirte con mi cuerpo- le contestó.

Se dirigieron a la salida. El aparcacoches les trajo el precioso vehículo digno del mejor conquistador. Él le abrió la puerta con gesto de gran caballero y la invitó a subir, se alejaron de la zona en dirección al hotel.

No había mucha distancia, era su lugar de siempre, allí disponía de aquella habitación a la que, una vez tras otra, llevaba a sus conquistas.

Se sentaron sobre el sofá de plumas situado a los pies de la cama y le sirvió una copa de Moet.

Él siguió con su lluvia de palabras sin sentido.


                                                               ***


— Calla—. Ordenó la bella dama poniendo un dedo enguatado sobre sus labios en señal de silencio. — Acabarás por desvelar todos los secretos, y no es el momento. Demasiadas palabras dices, que expresan y ocultan, cargadas de ofensas, impregnan de incomprensibles estas paredes. Prefiero el silencio a tu verborrea. Os pronunciáis hombres pero en realidad sois bestias. Humanos, disculpa que me ría, os creéis por encima de cualquier ley natural y sois tan vulnerables que en uno de mis alientos dejáis de ser TODO para convertiros en NADA.

Se acercó a la ventana, apartó la cortina y observó al mundo a través del cristal.

— Dime una cosa simple mortal, porqué esa obsesión tan vuestra de querer controlar el tiempo, mil formas de hacerlo y seguís envejeciendo. No entiendo esa fascinación que sentís por algo que jamás podréis dominar—. Se giró y lo observó—. Veo que te tiemblan las manos. ¿Tienes miedo?

La dama extendió los brazos sin esperar respuesta y observándose las uñas por encima de los guantes, añadió:

— Durante mucho tiempo me parecisteis unas curiosas criaturas y os envidié, quise ser uno de vosotros a cualquier precio, poder sentir y ser capaz de emocionarme por una pequeña muestra de este maravilloso mundo en el que habitáis, sentir la pasión cuando se ama, entregarse a la vida sin reservas. Pero después de siglos y siglos anhelando esas facultades y ver como desperdiciáis la existencia propia, muchas veces sin el más mínimo indicio de aprecio ni voluntad, he acabado por decepcionarme por completo. Y estoy muy cansada, demasiado cansada de ver tanta indiferencia.

De la mesilla cogió un cigarro puro y lo prendió, aspirando el humo amargo que no la invadió. Se acercó al hombre recostado en el sofá y exhaló, llenando la estancia de silencio, frío y oscuridad.



Nora Biel y Laura Mir

viernes, 27 de junio de 2014

Las tribulaciones de Nora



Emprendimos la marcha justo cuando el sol se ponía, dejando un precioso color rojo intenso en el cielo. Una maravillosa y fantástica sensación me recorría por el cuerpo tras el largo y estresante día.

Pasamos el control con las típicas anécdotas que nos son tan características, vaya que somos algo así como los Simpson pero en versión española.

Nos dirigimos a pasar el control y el policía encargado de capitanear el cotarro me dice:

 –Señora, ponga en una bandeja el ordenador, en otra el Ipad, en otra el bolso, en otra el neceser y, así sucesivamente.- ¡Vaya, que necesitaba más bandejas que en una fiesta de palacio! Yo que, para no perder la costumbre, estoy en mi nube particular, pensando en quién sabe qué, pues eso, que no me enteré de nada. El buen hombre repitiendo las instrucciones con la infinita paciencia de un santo; el santo de la paciencia, creo que se llamaba Job o algo así. Y…finalmente viendo la cara de pueblerina distraída que tengo, se da por vencido y, con resignación, me permite pasar.

Llego al arco detector de armas de fuego y otras armas peligrosas, y el siguiente poli me dice:

 –Señora, quítese las botas.

¿Por qué a mí? Me pregunto al ver que a nadie más se lo pide. Quizás, además de la cara quiere comprobar que mis pies son igual de palurdos!

Me saco las botas y, justo en ese instante, ¡Zas! El calcetín emite una explosión que deja mi pulgar izquierdo, enterito al descubierto. Lo miro a los ojos con cara de cordero degollado, bueno, cordero no, cordera, Y exclamo un:

–¡Oh!- Que sale de lo más profundo de mí. Él sonríe y exclama.

–No pasa nada, adelante.- Yo suelto un ¡Uff! De hondo alivio y le doy las gracias.

Nos sentamos en la puerta de embarque y, a los cinco minutos, la voz estridente de la señora esa que tienen sólo para dar malas noticias a los viajeros anuncia:

–Señores pasajeros les informamos que, el vuelo con destino a (…) tendrá un retraso en su salida de treinta minutos.

Y, ahí estás tú, evaluando la situación que ha podido provocar este retraso.

 –¿Será algún problema del chisme volador?¿El cacharro soportará la altura y aguantará el trayecto?- Mejor saco el libro y me enfrasco en mi lectura, no sea que piense cosas raras y salga huyendo como alma que lleva el diablo. Y es entonces, cuando estoy sumida en el mundo de la historia de turno…  otra vez la señora del megáfono dice:

–Señores pasajeros les informamos que, ta,ta,ta.- ¡Nada, que tenemos que coger los bártulos y cambiar de puerta de embarque!¡Será posible, no sólo me saca de mi historia sino que me hace ir de excursión por todo el aeropuerto!

Al fin lo conseguimos, nos acomodamos en los asientos. Lo de acomodarnos es un decir, no se podían reclinar, tenían restos de desechos de los anteriores acomodados y un cierto perfume a humanidad que embriagaba.

El piloto nos informa de que su nombre es Román Sánchez y que el trayecto será de dos horas diez minutos. Te relajas, llamándose Román es seguro que cumplirá lo que dice y en dos horas diez minutos nos dejará en el destino sanos y salvos.

Y vuelta a la señora:

–Señores pasajeros les informamos de que está terminantemente prohibido fumar a bordo - ¡Y tú, que ya llevas dos horas mentalizada de la prohibición y ya no recordabas haber fumado en tu vida, sientes un deseo irrefrenable de encender un cigarrito e introducirte por el sistema que trae hasta ti la voz de la ya no tan desconocida, y cerrarle la boca de una vez!

Entre cabezadas y más cabezadas llegamos a destino, este nos recibe con un frío del carajo y una lluvia pertinaz, por supuesto no llevas paraguas y te pasean a la intemperie por toda la pista, para dejarte más remojada que una sopa de letras.

–¿Para qué habré ido a la peluquería? A perder el tiempo.- Me pregunto y me respondo en una especie de diálogo interior.

Salimos de allí y a coger un bus hasta la zona de alquiler de vehículos sita en Cerro Muriano.

Exhausta acabo de tomar la decisión de que, ¡al próximo viaje me voy caminando!

Nora Biel






viernes, 30 de mayo de 2014

Un día de lo más normal



Otro año más y con él, una nueva temporada de carreras por delante, en la que visitar circuitos y reencontrarse con viejos amigos. Cogimos el coche y pusimos rumbo a Madrid.

Cómo no podía ser de otra forma, dejamos todo el papeleo y los planes de viaje para última hora y fue por ello que, sin quererlo, vivimos “un día de lo más normal”.

Ya en el circuito y habiendo dejado a los maridos con los pilotos decidimos salir a comernos el día. Lo primero sería quitarnos la fastidiosa tarea de recoger la licencia de Sergio en la RFEA (Real Federación Española de Automovilismo), por aquello de no hacer los deberes hasta el último día y, una vez resuelto, pasarlo en grande por la ciudad.

Beatriz se puso al volante de mi coche y emprendimos la marcha. Tras vueltas y más vueltas por el centro de Madrid en busca del edificio de la RFEA, nos dimos cuenta de que se lo había tragado Cibeles o algún que otro dios mitológico que se había propuesto amargarnos el día.

Ante tal desesperación y en un ataque brillante de racionalidad, saqué el plano de Madrid y comencé a darle instrucciones a mi piloto.

— A la izquierda, a la derecha.- ¡Horror, no giraba en la dirección que yo le indicaba si no en la contraria y cada vez estábamos más perdidas por los madriles! – ¿Pero Beatriz, por qué no me haces caso? - Le dije al fin, perpleja.
— Es que soy dislexicaaaaa- Contestó, fuera de sí.
— ¡Pues ya podías haberlo dicho antes, te habría indicado con señas y nos habríamos evitado esta visita turística por calles sin interés!

Paramos ante un semáforo, más que nada por aquello de que estaba en rojo. Cuando, de repente, nos encontramos a una gitana al lado del parabrisas que no dudó ni un segundo en embadurnarnos el cristal con espuma del más reluciente marrón tierra. Beatriz, con los nervios ya prácticamente hechos trenzas, le dio rauda y veloz al limpia en su posición más rápida al tiempo que el semáforo pasaba a verde, aceleró y me dijo:

 — ¡La gitana corre tras nosotras!
 — ¿Cómoooo? ¡Ni se te ocurra parar! -Exclamé aterrorizada, imaginando no sé cuantas cosas que podría hacernos si nos alcanzaba.

Beatriz comenzó a reírse, con esa risa tan divertida que siempre me contagiaba y, mientras tanto, yo blanca de miedo.

— ¿Se puede saber de qué te ríes?
   De, de, de. ¡Que llevamos el aparato de limpiar cristales de la gitana en el techo!
   ¿Eh?
   Sí, cuando le di al limpia tomó vida propia y se lo arrebató de la mano, saliendo
disparado y terminó en el techo del coche.

Yo no me había enterado de nada. Pensaba que corría furiosa por no haberle permitido limpiar el cristal y… ¡Resultaba que, la pobre mujer, sólo quería recuperar su herramienta de trabajo!

Entre risas y más risas conseguimos dar con el edificio y recoger la dichosa licencia.

El tráfico estaba imposible en la ciudad pero, al cabo de un rato, conseguimos llegar al aparcamiento donde solíamos dejar el coche en nuestras visitas. Al llegar a la entrada un policía nos da el alto y nos pide que abramos el maletero.

— No llevamos nada —Le dije, pensando en el problema que nos iba a ocasionar.
— ¡Que abran el maletero!— Repitió, como si diera órdenes a todo un escuadrón del ejército.
— Muy bien pero…que sepa que después no lo podremos cerrar.

Ante su mirada decidí que lo mejor sería obedecer y le dí instrucciones a Beatriz que dio al botón rojo de disparar. Después del gran crec del disparo, fruto de la presión ejercida sobre aquella cerradura rota, el capó quedó de par en par descubriendo nuestros secretos: moqueta gris oscura adornada con alguna que otra mancha, sin más peligro que los posibles microorganismos invisibles que pudieran existir.

— Ciérrelo – Me ordenó otra vez el policía, me confundía con uno de sus hombres. O…con algún tipo de terrorista decidido a autoinmolarse en un bonito coche que todavía estaba acabando de pagar con gran esfuerzo.

Parecía que para el policía era del todo lógico ese razonamiento.

Ante tal situación de principio de irritación justificada, decidí, claro que sin pensarlo, que ahora la orden la daba yo.

— ¡Ciérrelo usted, ya le avisé de que no se podía!

Sin decirme nada se puso a la tarea. Una, otra y otra, veinte veces más y nada. Menos mal, pues si el dichoso maletero se hubiese comportado bien, cosa que únicamente hacía ante las manos de Sergio, quizás habríamos pasado la tarde en comisaría. Con su orgullo herido nos hizo apartarnos a un lado para dar paso a la larga lista de coches que teníamos detrás. Llamó a un empleado del local quien no tuvo mejor suerte, ante ello decidió que aparcásemos a un lado y allí intentaría solucionar el problema. Después de varios intentos fallidos más, decidió ir a por una brida y, cogiendo el artilugio superior e inferior que formaban el cierre del vehículo, los unió y apretó la brida hasta que quedó lo más cerrado posible.

Respiramos aliviadas y nos fuimos a comer a “Casa Paco”. Ya tenía yo ganas de ir a este sitio, que en visitas anteriores no había podido visitar. Nos pusimos las botas. ¡Qué forma de comer! Pero…quizá fue debido a tanta tensión acumulada. Disfrutamos al máximo de la compañía mutua, hablamos por los codos sin tregua y llegó la hora del café. ¡Oh no, en este restaurante no servían café! ¿Cómo demonios seguir de palique sin el esperado y tan deseado café? La primera vez en mi vida que me encontraba en semejante situación. No cabía duda de que, ese día, todos los astros se habían confabulado en nuestra contra. Pedimos la cuenta y tras desembolsar una cantidad bastante elevada para un establecimiento que no servía mi bebida favorita, nos fuimos.

Encontramos una terracita que no estaba nada mal y tomamos el preciado cafecito, con cremita y calentito. ¡Qué rico!  Después del cigarrito nos levantamos y, a pasear para bajar la comida. Entramos en varias tiendas de objetos de recuerdos con la falsa excusa de alargar aquel agradable rato en el centro de la ciudad

Pagamos el aparcamiento y fuimos hasta el coche. ¡Otra vez la pesadilla! No era Chicote ni en la cocina, pero era digno de un reality show. La brida había cedido y el maletero estaba abierto como un palmo! Nos fuimos turnando las dos con los señores que habían formado corrillo. Tras observar a las dos damas en apuros, decidieron que sólo un macho machote conseguiría realizar la hazaña.

Finalmente desistimos, decidimos que era preferible llevar el maletero un palmo abierto a pasar el resto del día en un aparcamiento.

 Llegamos a la salida, Beatriz introduce el tíquet por la ranura y ¿Adivina? Ni hacia delante ni hacia detrás, el tiempo para salir había sido sobrepasado. Ahí estábamos, las dos pobres victimas de no se sabe qué confabulación directa contra nosotras, envueltas en el más absoluto bochorno. Y fue en ese preciso momento en el que la barrera se abrió, movimos nuestras miradas perplejas intentando averiguar de qué forma se había producido el milagro y, los cuatro ojos, recayeron sobre nuestro salvador, el chico de la brida. Con un guiño nos hizo señas de pasar y con tono gracioso exclamó:

— ¡Por fin sois libres! 

No lo pensamos dos veces, le dirigimos sendas sonrisas, Beatriz puso la directa y cogimos la de Villadiego. Estábamos hasta las narices de tanta aventura. Al llegar al exterior, de nuevo, al inframundo de los atascos.

—No pasa nada, tampoco tenemos ninguna prisa.- Comentamos.

Y allí, entre tanto coche esperando conseguir avanzar aunque fuera un centímetro, veo acercarse a un señor hacia mi ventanilla. ¿Ahora qué querrá este? Al tiempo me giré hacia Beatriz para ignorarlo, pero él, insiste, dio la vuelta y tocó con los nudillos la ventanilla. Mi amiga ante el desconcierto, no abre. Es entonces cuando él saca de un bolsillo interior de su chaqueta una cartera, dejando al descubierto, en el breve espacio de tiempo que transcurre desde que la coge hasta la empotra en el cristal, su bonita placa de Policía Nacional. Beatriz le abre, él se presenta, al parecer es de la secreta. Nos mira a esa cara que se te queda cuando estás pensando: ¿Y, ahora qué he hecho?...y tras una inquietante pausa, simplemente dice:

—Desde mi coche he observado que llevan el maletero abierto.

 ¡Uff! Le decimos que se nos ha estropeado y le damos las gracias. Cuatro coches más allá, un grupo de personas nos llaman para decirnos lo mismo. Al fin, conseguimos salir del dichoso atasco y entrar en la autopista, claxon por aquí, claxon por allá, con la dichosa frase. ¡Lleváis el maletero abierto!

Llegamos a la barrera del circuito y los vigilantes como no podía ser de otro modo, exclaman ¡Lleváis el maletero abierto!

— ¡Ya lo sabemos!- Contestamos las dos a la vez con un tono de irritación que deja al hombre desconcertado. Miramos hacia atrás y…estaba abierto pero no un palmo ¡Estaba abierto de par en par!

Los chicos ya habían terminado los entrenos y los padres estaban con ellos haciendo planes para ir a cenar.

 — ¿Qué tal vuestra escapada? - Preguntaron con interés.

Cruzamos nuestra cómplice mirada, esa mirada que solíamos tener en aquella época y contestamos.

—Pues muy bien, nada especial, un día de los más normal.

Hoy en día, seguimos sin planificar las cosas, las dos entendemos que, la mayoría de las veces, con tanto planificar te pierdes esos pequeños y divertidos momentos que te ofrece la vida.

           
       
Nora Biel