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martes, 30 de junio de 2015

Tocados por la tramontana - Laura Mir - 1er. Premio FRASELETREANDO




Claire, vino del norte con el hielo incrustado en la médula y restos de drogas corriendo libremente por sus venas.

Cuando la edad la cubrió por completo de inutilidad para pasar modelos, fue demasiado el frío y el vacío que sintió. Tanto, que sin muchos miramientos y en un santiamén, hizo su maleta y se alejó sin mirar atrás.

Al llegar, se hizo edificar una casa en punta del este, a pie de faro y al borde del acantilado, a la misma altura donde vuelan las águilas.

Y para ser la primera persona del planeta en calentarse con los matutinos rayos del sol, se hizo construir una ventana.

¡Era tanto el helor interno!

¡Fueron tantas las discusiones con el constructor!

¿Una excentricidad más, un sinsentido nuevo para llenar su vacía existencia?— Se preguntaba con pesar, una y otra vez, cuando el fuerte viento la arrastraba al interior de la vivienda para evitar el peligro mayor de caer al mar y esa solitaria ventana le daba tanta vida...

De ese modo, llenaba sus días, de realidad e irrealidad, escribiendo sus memorias a sabiendas de que no le importarían a nadie.


Joan, andaba dando palos de ciego. Lo había perdido todo, fue de los mejores contratistas de la costa. Ahora, su dorado pasado habitaba de alquiler en su recuerdo y en un cuartucho de tres por tres; porque la crisis, los bancos y su mujer, no le dejaron ni al perro.

Cada amanecer al despertar de la turca, su primer pensamiento, era tirarse al río, pero en la zona no existían caudales con la suficiente profundidad como para ahogarse. Desalentado hasta con los afluentes, se iba al bar y se sumergía en el fondo de las botellas hasta el día siguiente.

Cuando oía cantar aquello de Serrat:

De vez en cuando la vida nos besa en la boca.

Espetaba sin pensar:

— ¡Y el culo, no me jorobes!

Así pasaba las jornadas, de tasca en tasca pensando que algún día, cuando tuviera ganas y sobriedad suficiente, subiría al acantilado del faro, donde aquella guapa, pero loca mujer, le hizo construir una ventana extraña para ser la primera en ser tocada por el sol cada mañana. Otro desperdicio de la humanidad.

Y se tiraría… vamos si se tiraría, a sabiendas de que no le importaría a nadie.


Aquella mañana de Junio, el viento soplaba más fuerte de lo habitual y a Claire le dolía mucho la cabeza, tanto que era incapaz de escribir, con todo lo que tenía que decir. Ahora entendía eso de: Tocat per la tramuntana*. Era para volverse loca.

Sólo podía mirar por la ventana, y fue cuando vio a aquel pobre infeliz dando tumbos en dirección al acantilado, luchando contra el viento que lo arrastraba. Ni siquiera lo pensó, ni siquiera se arregló el pelo, ni miró lo que llevaba puesto, simplemente salió corriendo siguiendo los pasos del desdichado.

Pudo alcanzarlo en el borde del risco y cogerlo por la camiseta. Cuando pensaba que ya lo tenía, una ráfaga los empujó, y ambos se precipitaron al vacío.

Mientras caían, pensaron arrepentidos en la inutilidad de sus acciones, hasta sumergirse en el mar. Al emerger, él le gritó mientras nadaban entre el oleaje hacia la orilla:

— ¿Por qué me has salvado?

Ella, extenuada por el esfuerzo y recordando al constructor y sus discusiones con la edificación, le contestó con un hilillo de voz:

—   Porque necesito que construyas otra ventana.

— ¿Otra? ¿No tuvimos suficiente con la primera?

— Sí, y de sobras. Pero ésta es únicamente para salvarte a ti, para que puedas ver más allá de la punta de tu nariz. 


 Laura Mir


* Tocat per la tramuntana – La tramontana es un viento frío y fuerte procedente del norte, con el poder de influenciar en las mentes de las personas. Usamos ésta expresión para aquellas personas que hacen las cosas de forma poco convencional, o sea, como verdaderas cabras.





Dedicado a mi querido amigo Jaime. Sin agotarse nunca, él construye ventanas donde reina la más terca oscuridad, sólo para que los rayos del sol puedan iluminarme. Ahora sé, que siempre ha hecho y hace: magia con mis imposibles.

                                                                                         
                                                                                    Gracias.



La fuerza del amor - Beni



Siempre he tenido un cuerpo orondo, de dimensiones extraordinarias.

A los veinticinco, y después de haber perdido un peso considerable a base de esos esfuerzos sobrehumanos en los que ponemos a prueba la voluntad de la mente, pude comprar mi primer vestido de confección estándar.

Lo conseguí a base de raciones de risa, qué otra cosa podía hacer: mucho ejercicio, sudando hasta quedar extenuada y cerrando el pico con todas las hambres habidas y por haber en mi interior. Conceptos cruciales para ese fin.

Me sentía tan feliz con mi nuevo cuerpo esculpido día a día, que mantenerme era una decisión inamovible frente a la provocación en fiestas y celebraciones de todo tipo.

Han pasado muchos años y muchos kilos más de aquello; y reconozco que soy una persona que disfruto comiendo. Ahora estoy en esas “edades complicadas”. Esas en que los excesos que cometes y hayas cometido a lo largo de toda tu vida, te pasan factura.

He tenido dos hijos, que también se hacen notar por sus formas corporales. Un marido y dos novios.

Desde que me separé, no había conseguido mantener una relación seria, y mis frustraciones emocionales, las suplía con abundantes ingestas de alimento descontroladas.

Pero de vez en cuando la vida nos besa la boca, sí, sí, eso es lo que me pasó cuando conocí a este hombre que me venera y le gusta mi cuerpo, tal cual es. Me quiere con locura, y lo mejor de todo, es que sus besos, saben a pastel de nata y chocolate.

Confieso que he suplido mis ansias de comer por su amor, he perdido peso y estoy divina. Creo que es la primera vez en mi vida que estoy en perfecto equilibrio.

¡Lo que no consiga el amor!


Beni


lunes, 29 de junio de 2015

Un nuevo comienzo - Aurea Martí



— Ya puedes abrir los ojos – dijo Verónica.

Silvia se contempló en el espejo que colgaba  tras la puerta de su dormitorio. Estaba preciosa. Sus amigos habían hecho un excelente trabajo. El maquillaje había quedado natural y discreto. Su cabello estaba recogido en un moño italiano que estilizaba su bonito cuello, y sus manos lucían una elegante manicura francesa. 

Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos.

— No llores, cariño, te vas a estropear el maquillaje — dijo Pablo.

— Es que es todo tan perfecto. Estoy tan tan tan…— tartamudeó Silvia.

— Increíble, estás increíble querida – le atajó Natalia.

— Sí, jamás pensé que algún día me vería así de guapa. Gracias chicos. Y este vestido es precioso. No me puedo creer que al final consiguierais que el gran Francelo aceptara encargarse del diseño.

— Para ti lo mejor, preciosa —  dijo Pablo guiñándole un ojo.

— Además te vas a convertir en la señora de Valverde. Eres la envidia de media ciudad — añadió Karina —.Tienes que estar espectacular.

— Sí, es cierto. He tenido mucha suerte. Luis es perfecto. Me trata de maravilla y quiere mucho a Claudia.  

— Qué envidia me das, cariño. Ya quisiera yo uno así para mí. Vas a vivir como una reina. Espero que a partir de ahora que te va a sobrar el dinero, seas un poco más espléndida con tus amigos—. Dijo Pablo guiñando el ojo de nuevo.

— Chicos, ya sabéis que no me importa su dinero. He trabajado toda la vida para sacar a Claudia adelante y no me importaría seguir haciéndolo.

— No te importaría, pero ya no tendrás que hacerlo— replicó Karina sarcásticamente.

— No. Ya hablé con mi encargado en el Petit Moulin Rouge. El martes fue mi última noche.  Hicieron un espectáculo especial como despedida y les prometí que iría a verles de vez en cuando.

— Dudo mucho que vuelvas a pisar ese lugar. No es más que un tugurio. No sé ni cómo aceptaste trabajar allí. Una vez casada es mejor que te olvides de ese ambiente — dijo Natalia.

— A la fuerza ahorcan…

Silvia miró hacia el suelo entristecida. Su vida iba a cambiar radicalmente. Sí, era para mejor, lo tenía claro. Pero un cambio tan drástico le daba pavor.

Natalia que se dio cuenta de su repentina congoja le cogió la mano y subiéndole la barbilla con el dedo índice para mirar a sus ojos, le dijo:

— Alegra esa cara mujer. Al final todo ha salido bien. En unos minutos serás la señora de Valverde y todo el sufrimiento que has vivido hasta hora se irá evaporando. Luis no es sólo rico, es un buen hombre que cuidará bien de ti y de Claudia.

— Y pobre como no lo haga, que si me entero yo de que ese señorito os hace sufrir, se las tendrá que ver conmigo —. Amenazó Pablo.

— Sí, tenéis razón. Todo esto es como un sueño. Soy muy feliz.

— Pues claro mujer. Si es que de vez en cuando la vida nos besa en la boca y hay que disfrutarlo— dijo Karina.

— Exacto preciosa, así que ahora respira hondo y ve a por tu Luis, que seguro que ya ha salido hacia la capilla —.  Apremió Pablo.

— Sí, vamos, vamos, que ya es casi la hora—. Añadió Karina preocupada mirando el reloj.

Silvia se echó un último vistazo en el espejo. Sus lágrimas apenas habían estropeado el rímel de los ojos. Seguía estando preciosa. Natalia le estiró la larga cola del vestido, y todos juntos se dirigieron a la puerta del apartamento. Silvia estaba lista para comenzar por fin a vivir.



Aurea Martí


miércoles, 17 de junio de 2015

Peldaños de fuego - Laura Mir & Jaime Ros - Premio a dúo CREA UNA HISTORIA



Sobre peldaños de fuego comenzaría el descenso. Bajaría renunciando al aire que me pesa. Para buscarme en ti. Para encontrarte sin el marco que enjaula esta ventana. Para huir de la luz de la farola que te ilumina, incluso cuando no estás. 

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sábado, 13 de junio de 2015

Carta desde prisión - Nora Biel


Cuando leí tu carta, quedé perpleja y no dije nada. No te imaginas la matona de compañera que tengo, toda o todo tatuado, da miedo. Parece un camionero ruso, igual a los que tú ya conoces. Aunque tengo la suerte de estar bajo su protección, como si estuviera en un tarro de vidrio sumergida...

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viernes, 12 de junio de 2015

El sueño del fracasado - Beni



Mi familia es de origen humilde pero llenos de bondad, vivíamos en un pequeño pueblo de Andalucía, tan pequeño, que no consta en todos los mapas.

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viernes, 22 de mayo de 2015

Él, el tiempo y el silencio - Beni



Se casó con Él porque lo amaba con locura, sin percatarse de que formaban una extraña pareja de tres.

Con los años se dio cuenta de que Él era el único que sabía de sus necesidades, lo cuidaba con demasiado esmero; pasaba las horas limpiándolo minuciosamente, engrasándolo y ajustándolo con infinita paciencia.

Cada atardecer le daba cuerda y ajustaba esos instantes de retraso en las saetas, y ella siempre pensaba para sí: “Lo cuida más que a mí”.

Él cayó enfermo y a medida que Él perdía fuerzas, el reloj heredado de su padre, languidecía. Pero se recuperó el tiempo justo para arreglarlo, y éste agradecido le ofrecía un tictac más efusivo y alegre. Entonces comprendió que el alma y la vida de su marido estaban ligadas de algún modo a esa maquinaría.

Poco tiempo después, Él recayó y no volvió a recuperarse, la enfermedad era mala y acabó por llevárselo.

El carrillón como si se fuera con Él, dejó de marcar las horas y los cuartos, ya ni siquiera oía su persistente ritmo.

Toda esa paz, calma y lentitud marcaban ahora su vida, hasta el punto de que fue incapaz de discernir el día de la noche, la mañana de la tarde y las horas de los minutos. Todo era igual de irreal como al principio, pero sin Él.

Deambulaba por el salón todo el tiempo y en algún momento de lucidez, con sigilo se aproximaba por detrás, con la esperanza de que su marido todavía estuviese trasteando en su interior para sorprenderlo, mientras se decía: “Para todos los males, hay dos remedios: el tiempo y el silencio”.

Cuando comprobaba que Él no estaba, decepcionada porque Él y el tiempo la habían abandonado, volvía de nuevo a su otra realidad cubierta por entero de irrealidad y de silencio.



Beni


miércoles, 20 de mayo de 2015

La comprensión - Benjamín J. M.



Sólo siento el silencio espeso del color del exilio, ese que nos imponemos a veces, sin saber muy bien porqué. Como estar mirando el mundo a través de un cristal muy sucio, al igual que la verdad que vive en el tercer corazón de la esperanza.

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martes, 19 de mayo de 2015

Concurso de comentario de texto - Kairos42




Por la presente, e intentando satisfacer las solicitudes de algunos lectores con respecto a la comprensión de lectura, el blog RELATOS Y POEMAS convoca un concurso que tiene por objeto elegir el mejor comentario sobre el texto publicado. 


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Etéreo - Laura Mir




Hace tanto calor que hago rodar el vaso helado, distraídamente de una mejilla a otra, cuando roza los labios, beso el frío cristal, como si le besara a él, mientras le pienso y en mis adentros me digo...

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Llamas de libertad - Laura Mir & Alfonso Gaytán




Bajo el asedio del mundo, ahí van. Son a los que no vemos pero que sabemos que existieron, existen y existirán. Existencias sublimes que siempre pasan desapercibidas. Ahí caminan, transformando el mundo a cuentagotas...


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Sucedánico suicidio - Laura Mir & Jaime Ros



Por mucho que busco, soy incapaz de encontrar ese instante preciso en el que convergemos, porque puede que, aun habiendo ido a los confines de los jardines olvidados, habiéndonos perdido en ellos, dábamos vueltas y vueltas, mientras los cigarrillos se consumían en ceniceros de terracota y al retorno...

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La desesperación de un mito - Benjamín J.M.



El espejo me devuelve con ironía la última imagen que refleja de mí mismo, y la verdad es que no me importa.

Cómo hacer entender a los demás este pozo de desesperación sin salida en el cual me sumerjo cada vez más y más profundamente...

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La rebeldía de Elisa - Aurea Martí




Aquella calurosa tarde de Agosto se celebraba el cumpleaños de la tía Antonia. Cumplía noventa años y estaba fuerte como un roble y de cabeza mejor que una chiquilla. Había sido maestra y todo lo relacionado con el saber le apasionaba...

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viernes, 17 de abril de 2015

Aquí, Allí - Prime premio de FRASELETREANDO




Esta es una historia que bien pudo ocurrir Aquí, pero fue Allí donde sucedió. Fue Allí, porque allí no existía ni el asfalto, ni los edificios, no habían aceras ni pasos de cebras que indicaran por dónde se debe pasar, tampoco los coches que lo atravesaran tiñendo el aire de color. Aunque, quizá, sería más correcto decir que allí existía tierra virgen, con un suelo pecoso de piedras, como reproduciendo el cielo de una noche sin luces que lo apaguen, habían plantas, secas o llenas de vidas, y la tierra se podía empuñar y ver como el polvo escapaba adhiriéndose a toda superficie.  

Allí era una enorme planicie, que ocupaba de horizonte a horizonte, sin una montaña ni un monte que hicieran levantar la vista. Él, pensó, que había mucho entre tanta nada,  y que de aquella nada, un poco del todo podía ser suyo, alguna posesión más que la que ocupara el espacio de sus zapatos. Fue así como cogió una vara de avellano, a imagen de las que se usaban para dar justicia, sin ser necesario que fuera repartida por uno que fuera justo, y la clavó donde su brazo no se podía extender más. Girando sobre sí mismo, iba creando una cicatriz en la tierra, viendo como los granos se iban amontonando unos encima de otros, al lado del surco que era visible por ser una línea de sombra entre tanta luz.

Una vez finalizado el círculo, fue recogiendo las piedras a las que podía llegar desde el borde de la sombra. Las introducía dentro del mismo, guardando cada estrella, cada constelación dentro de su territorio. Al finalizar vio que era mucho cielo, pero poca tierra. Así que, volvió a pensar, que siguiendo el surco podría fabricar un cielo más grande. Dentro de ese cielo cupieron más constelaciones, pero seguía sin ser suficiente. Así que a este círculo le siguió otro, y después siguió otro. Tuvo que luchar contra la nieve para que no cubriera la frontera de todo lo que era suyo, y luchar contra el agua que quería borrarla y gritarle al mismo viento que quería difuminar el cielo que era suyo del que no.

Al final vivía angustiado, vivía pensando que cuando estaba en una de sus fronteras, la otra podía poder ir desapareciendo, o que alguien podía robar las estrellas que eran suyas. Había veces que esta angustia hacía que tuviera que tirar con fuerza del cuello de su jersey para poder respirar.  Hasta que un pino solitario le susurró que desde lo alto podría ver todo en interior del paréntesis que formaba los horizontes, desde arriba se podría ver el cielo que estaba bajo sus pies. Empezó a trepar por él, abrazándose con fuerza, sintiendo como la corteza le raspaba el pecho y se clavaba en sus brazos. Cuanto más alto trepaba, más sangre se iba escapando,  hasta que consiguió llegar a lo alto y desde arriba ver que lo único que realmente nos pertenece es el tiempo. Aunque quiso creer que no era tarde.

Esta es una historia que bien pudo ocurrir Aquí, porque aquí también se piensa que tarde no significa tarde, aunque fue Allí donde sucedió.


Jaime Ros



viernes, 3 de abril de 2015

El consuelo



En muchas familias, existe esa mujer que nunca se empareja para tener hijos propios y tiene la exclusiva misión de velar por todos los cachorros de la manada, es a la que llamamos la tía coyote. Así fue como mi tía Elena, siguiendo el ejemplo de la naturaleza, ejerció su compromiso hasta la muerte, haciendo de madre de todos, sin haber engendrado a ninguno.

Nos unía un vínculo muy especial, quizá porque siempre fui la más débil del clan y sentía cierta inclinación a mi protección, incluso cuando me hice mayor y comprendía, hasta cierto punto, la soledad que imperaba en su vida. Vivirla a través de los logros de otros sin la posibilidad biológica de sentirlos propios. En cierta forma, me daba pena, e imaginaba que debía de haber una historia oculta detrás, se me hacía raro, porque era bien parecida, cariñosa y muy amable.

La vida más o menos fue pasando hasta que enfermó, y decidí, puesto que mi trabajo me lo permitía, cuidar de ella hasta su fallecimiento. Era como devolverle algo de todo lo que nos había dado.

Durante los pocos años que duró su enfermedad, hablamos mucho. Pocas veces se quejó de lo que le había tocado vivir, pero entre consejos amorosos que me daba y expresiones sueltas, pude hilar una historia.

Pablo llegó al pueblo un verano y Elena se enamoró de él. No podía ser de otro modo, era joven, guapo, divertido y artista. Algo que a mis abuelos nunca les gustó porque lo veían bohemio y sin un futuro aceptable, un pelagatos, decían. Oponiéndose de forma categórica a ese gran amor que ambos se profesaban.

Ante tanta presión y no quedándoles más remedio, una noche se fugaron y, anduvieron hasta que su padre los encontró a la mañana siguiente y la trajo de vuelta a casa entre amenazas y lágrimas. Haciendo de mi tía, la mujer más desgraciada del mundo, convirtiéndola en la comidilla del pueblo y marcándola de por vida por una sociedad excesivamente encorsetada, falsamente puritana y con un índice acusador muy ágil, capaz de enviar a una persona eternamente y sin dilación, al otro lado de las sombras.

Si hubieron cartas de por medio, lo ignoro, lo cierto es que con ellas o sin ellas, el tiempo transcurrió y los suspiros del principio se transformaron con el acontecer de los meses en tristeza, que con los años fue una amargura profunda que abarcaba todo su corazón, haciendo que la responsabilidad de cuidar a los que íbamos llegando, llenará como un sucedáneo, sus tremendos vacíos internos.

En cierta ocasión y próxima a su muerte, me dijo que le gustaría que al faltar ella, me quedara y conservara la estatua que compró hace años en una galería de la ciudad, y que ahora decoraba el salón. Le tenía gran estima y por nada del mundo desearía que fuesen a otras manos, que debía quedarse en la familia, como todo, como ella misma.

Hoy, limpiando a fondo, y viendo la escultura El Beso como la llamaba ella, llena de polvo, he procedido a meterla en agua jabonosa y al volcarla para introducirla en la bañera he podido leer a duras penas:

En un beso sabrás todo lo que he callado, todo lo que te he amado durante estos años, pero ese beso que tanto deseo, hoy no llegará, deberá esperar a mañana, este es mi consuelo diario”.

Grabado toscamente sobre la gran base de la figura de frío mármol, como si se hubiese hecho con un punzón, encima de la firma del mundialmente famoso escultor, Pablo Santián.


Laura Mir


miércoles, 1 de abril de 2015

Si tuviera



Si tuviera que morir porque he amado,

con gusto pues sería condenado.

Si tuviera que vivir sin tu recuerdo,

con mucho quisiera ser ajusticiado.

 

El mañana de un futuro a tu lado,

pintará mi cuerpo de empeño.

Me atormenta lo que no me has dado,

porque solo vivo por un sueño.

 

No mires mi helada tristeza,

así son las cosas de la vida.

Mientras escribo tu belleza,

tu mirada en mí se acomoda.

 

Ver la vida, los cuerpos pegados,

baile de labios bajo tus ojos.

Mirar dos reflejos cruzados,

encontrándose en los espejos.

 

Sigo tus pasos por el mundo,

acunando tú sueño inacabado.

Mimando tu cuerpo maltrecho,

mi vida reposando sobre tu pecho.

 

Soy aquel que mora a tu sombra,

vigilando el hilo de un destino.

Esperando al filo de la palabra,

seguir a tu lado por el camino.

 

Sueño con regalarte un recuerdo,

que sería dulce a tu mirar azulado.

En un beso, sabrás todo lo que he callado,

que siempre sería por ti, recordado.

 

Si tuviera que morir porque he amado,

con gusto pues sería condenado.

Si tuviera que vivir sin tu recuerdo,

Cuánto quisiera haberte besado.

 


Benjamín J. Green



viernes, 26 de diciembre de 2014

LA BUHARDILLA DE OLIVIA



Desde el ventanuco de la buhardilla acompañada de su fiel perro Mysti, Olivia observaba como la nieve caía recubriendo las calles y los tejados de la cuidad.

La horrible mujer con la cual se había casado su padre, solía encerrarla allí arriba por cualquier motivo, real o ficticio, sin sospechar que a Olivia le gustaba ese lugar lleno de polvo y de misterio. Estaba repleto de cajas y de cosas que a lo largo de los años se habían ido amontonando por los rincones.

Hoy hacia mucho frío, el viento helado del invierno se filtraba por todas las rendijas y hacía que se estremeciera por mucho que se abrazara a su querido Mysti, mientras imaginaba que estaba entre los brazos de su madre. Olivia nunca había llegado a conocerla. Según lo que le había contado su padre, había muerto en el parto y aunque Olivia soñaba con ella todas las noches, nunca podía por mucho que se esforzara, recordar su rostro.

Además, nunca había visto una foto de ella en casa: “Seguro que la bruja con la que se había casado su padre las había tirado o escondido”. Pensaba Olivia.

Cuánto le hubiese gustado poder verla y dejarse querer por ella. Todo eso imaginaba mientras abrazaba a su único amigo, puede que nunca la hubiese conocido pero la echaba tanto de menos. Siempre pensaba en ella cuando veía a otros niños de la mano de sus madres cuando salía a la calle. En aquellos momentos no podía evitar llorar, lo que conllevó que no la sacaran mucho de casa por ser muy llorona y sensiblera.

Antes de ponerse a llorar otra vez, decidió buscar entre todas las pertenencias allí almacenadas, una manta vieja o algo con que cubrirse que mitigara un poco el helor que sentía.

La buhardilla estaba repleta de cajas, paquetes, muebles, maletas viejas, baúles; todo estaba cubierto de una gruesa capa de polvo.

Dentro de un viejo armario Olivia encontró un abrigo de lana, raído y descolorido que le quedaba muy grande, pero que le proporcionó protección contra el frío de esa tarde invernal.

Tenía las manos heladas, para calentárselas las metió en los bolsillos, faltaba poco para que su madrastra viniera a buscarla, siempre le levantaba el castigo un poco antes de que volviera su padre del trabajo, para después hacerse la mártir y quejarse del comportamiento incorregible. Éste, cansado de trabajar, escuchaba las quejas con paciencia y la reconvenía un poco. Ella sabía que su padre la quería, pero estaba tan ocupado que pocas veces podían disfrutar juntos.

En ese preciso momento le pareció palpar algo en el fondo del bolsillo derecho del viejo abrigo que le llegaba hasta los pies, era una vieja nota de papel amarilleada por el tiempo, que ponía:

“Busca la puerta del mundo olvidado que está hacia abajo y donde sólo se puede llegar desde arriba. Cuando lo encuentres, allí te estaré esperando.

Madelene”.

Madelene, era el nombre de su madre. Leyó la nota unas cuantas veces más, hasta que se convenció de que la misiva era de ella y algo dentro de su corazoncito le decía que buscara esa misteriosa puerta. Cuando oyó que la llamaban, era su madrastra que le decía que ya era hora de volver a su cuarto para esperar a su padre, Olivia se guardó la nota y escondió el abrigo, resuelta a volver cuanto antes para poder empezar la búsqueda.

Aquella noche Olivia soñó que bajaba unas escaleras de colores y al final de ella, la esperaba una mujer vestida de blanco con los brazos abiertos a los cuales se lanzó sin pensarlo, sabía que era su madre. Mientras la abrazaba y la besaba esta le dijo al oído:

— Sabía que encontrarías el baúl, hermosa mía.

Olivia se despertó sobresaltada, ella había visto unos cuantos baúles viejos en la buhardilla, debía volver ahí arriba la antes posible. Decidió portarse mal desde primera hora, con un poco de suerte su malvada madrastra la castigaría pronto y podría comenzar su búsqueda. Olivia volvió a dormirse con una sonrisa en la cara.

No eran aún las diez de la mañana, cuando Olivia ya estaba castigada en la buhardilla con su amigo Misty. Había derramado adrede una botella de leche, crimen capital, según su madrastra.

Una vez en la buhardilla y con el viejo abrigo puesto, Olivia empezó a buscar, los baúles estaban casi todos en el mismo lugar, en un rincón, unos sobre otros; todos eran más grandes que ella, ninguno parecía diferente a los demás, salvo uno.

Éste, curiosamente estaba tapado con una manta gruesa y pesada, después de tirar y forcejear, por fin pudo dejar al descubierto el misterioso baúl, Olivia se quedó con la boca abierta. No era un viejo trasto lleno de polvo y mugre, era magnífico. Las esquinas estaban tachonadas con cobre, todas las bisagras brillaban, la tapa estaba tallada con imágenes de planetas, animales fantásticos, dragones, hadas, hasta había unicornios que parecían tener vida propia. Olivia sabía que había encontrado el baúl de sus sueños, ahora sólo faltaba poder abrirlo.

El cierre era de un hierro negro y brillante, no se veía ningún agujero de una cerradura y parecía que era una pieza más de adorno. Olivia intento tirar de la tapa hacia arriba, pero no se movía, además de que debía pesar bastante, ya llevaba más de una hora intentando abrir el dichoso baúl, cuando en una esquina de la tapa se fijo que había una talla diferente a las demás, era la palma de una mano pequeña como la suya.

Olivia con el corazón latiendo muy rápido en el pecho, apoyó su mano sobre la talla. De repente el baúl comenzó a temblar y a sacudirse, asustada Olivia retiró la mano.

La tapa se estaba levantando sola, muy lentamente y por la rendija salía una luz dorada que hacía daño a la vista si la mirabas muy fijamente. Misty estaba a su lado gruñendo ligeramente intercalando algún gemido, pero movía el rabo como si supiera lo que había en aquel baúl.

Cuando estuvo abierto, Olivia no pudo evitar asomarse dentro.

Al hacerlo vio una escalera de peldaños de colores, igual a la del sueño.

Misty y ella, empezaron a bajar adentrándose en un mundo nuevo, todo lo que les rodeaba era mágico, las nubes del cielo que ahora la cubría se paraban a hablar, los pájaros tenían cuatro alas, las fuentes de agua cantaban canciones, extraños y bellos caballos galopaban por los prados de hierba intensamente irisados.

Subiendo hacia ella por aquella escalera, Olivia, vio a una mujer vestida de blanco, con sus largos cabellos dorados que parecían dejar polvo de estrellas a su paso, supo de inmediato quien era aquella desconocida, por fin sus sueños tendrían rostro.

Olivia y su madre se fundieron en un abrazo de años de separación y de tristeza, que en esos mismos instantes se esfumaron para dejar paso a la alegría y la felicidad más absoluta, entre lágrimas, risas entrecortadas y tiernos besos.

Olivia y Misty en contra de lo que podríais pensar no desaparecieron, la madre de Olivia era una gran maga que había sido desterrada del mundo de los hombres por la maldición de un malvado brujo, pero ella había conseguido mantener una de las puertas mágicas abierta. Sabía que su hija algún día la encontraría porque también poseía sus poderes, y su don la guiaría hacia ella.

Esa puerta tenía una peculiaridad, en cuanto traspasabas su marco, el tiempo se paraba en el mundo de los hombres.

Olivia pudo vivir felizmente a caballo entre dos mundos, y durante toda su vida la acompañó un baúl de madera tallada con las esquinas remachadas de cobre brillante.


Sonia Mallorca





LA NAVIDAD DE LOS INVISIBLES



Algunos extraviados y olvidados arreciados de frío se apretujan junto al fuego, miran hipnotizados el baile de las llamas. No dicen nada, hay poco que contar. Todos están por lo mismo, o parecido. Son sólo los restos de gente que nadie ve y conoce. Personas perdidas, muy lejos de cualquier lugar de este mundo o de cualquier otro.

La vida los ha olvidado mientras sus voces se han ido acallando, sus historias sólo hablan de tristes y lejanas despedidas más allá de cualquier horizonte. Cada uno intenta parecer lo que nunca ha sido en vano, mientras la pena que vive en el fondo de sus ojos habla por ellos, ella nos cuenta lo que se perdió o lo que nunca se alcanzó.

Solo hay sueños demasiados lejanos en sus largas noches,  lágrimas de un corazón que ya sólo parece latirles por inercia. Sin embargo, un día creyeron que el mundo era para todos, que el amor no moriría nunca, que la vida sería bonita y que el cielo estaba al alcance de sus manos. Últimos sueños que se guardan sin tocar por miedo a romperlos y que desaparezcan para siempre.

Nadie levanta la mirada cuando alguien nuevo se sienta a su lado, conocen bien la vergüenza del fracaso y el dolor del que sabe lo que cuesta la derrota.

Las lágrimas silenciosas del desarraigo, del exilio, del que grita sin voz en medio de una multitud ciega,  sorda y muda. Todos saben que el futuro no existe y nadie habla del pasado, aquí sobran las palabras porque los ojos perdidos lo dicen todo.

El color de la piel no significa nada, al hambre y al frío no suelen importarles demasiado, tratan a todos del mismo modo. A medida que van llegando más sombras vestidas de harapos, el fuego crece, todos procuran calentarse los miembros ateridos. Mientras sus espaldas heladas se estremecen bajo los crueles mordiscos del viento frío del norte.

Sin embargo hoy no es una noche cualquiera, es nochebuena y alguien saca un cartón de vino; otro un poco de pan, más vino, algo de embutido, quizá alguna galleta de chocolate. En algún momento, el que sabe algún villancico empieza a cantar, al rato coreado por voces cascadas y rotas. Voces del mundo de los invisibles en medio de la nada.

Por un momento, bajo aquel puente y alrededor del fuego se sienten otra vez como en familia, casi cogidos de la mano gritando su derecho a ser felices a los cielos mudos, sordos y tan lejanos. Olvidando por un momento el lugar, las penas, la soledad. Sintiendo el calor y el apoyo de la persona que está a su lado.

Puede que después vuelvan las lágrimas y la tristeza, pero por un momento volvieron a sus casas con sus seres queridos, esos que sólo viven en los recuerdos pero que calientan, tanto o más sus gastadas pieles que este fuego que les ha unido bajo el mismo techo.

Esta noche, no es una noche cualquiera.

Esta noche es toda suya, la de los olvidados, perdidos, exiliados, extranjeros, desahuciados, solitarios, pobres y hambrientos de calor humano que mientras cantan, sueñan con los ojos abiertos, porque soñar es gratis y a veces calienta los corazones.

Los encontraréis en cualquier ciudad en cualquier parte del mundo, siempre y cuando los busquéis, prometo que no están tan lejos. Quizá los tengáis viviendo en vuestros portales.

Va por ellos, por los que nunca veis, por los invisibles.


Albert Gran