sábado, 8 de noviembre de 2014

Hacedor de mundos - Relato a 6º Concurso Arma una historia basada en una imagen



Me encuentro en mitad de una pradera que se extiende hasta donde abarca la mirada; la hierba verde aún salpicada del rocío, brilla bajo la luz de la mañana. Hay una ligera cuesta que lleva hacia lo alto de una colina. Allí dirijo mis pasos. Una vez en la cima, una figura a cierta distancia e inmóvil, llama mi atención. Parece un árbol, pero no consigo verlo bien, debo acercarme más, la curiosidad me puede.

Ignoro por qué, pero tengo la sensación de que el tiempo se ha detenido, mientras me acerco a lo que sin duda es un gran árbol, aunque algo extraño. Me recuerda a las leyendas sobre los ents, esos míticos y milenarios arboles pastores que guiaban a sus pares por un mundo tan antiguo que su recuerdo se pierde en las edades de la memoria arcana.

Nunca creí que tendría la ocasión de ver un ents, pero este no es uno de ellos, es algo aún mucho más especial. No me atrevo a acercarme, me siento en la hierba a cierta distancia y escucho como aquella cosa canta con voz amorosa al vástago que gesta en su abultado vientre, mientras la brisa mece suavemente las hojas de sus frondosas ramas.

De repente me doy cuenta de que es un hacedor de mundos, el árbol sagrado que cobija bajo sus ramas los universos de todos los tiempos y lo que lleva en el vientre es un mundo nuevo. Siento, más que veo: su cielo azul salpicado de nubes blancas, sus mares, tierras y a todas las criaturas que habitan en él.

Oigo como su corazón late al ritmo de las estaciones que están por llegar, fuerte y joven, henchido por el ansia de salir al día que se avecina lleno de un futuro terrible y maravilloso, me invade una sensación protectora, y no puedo evitar que mis sentidos liberados, sin cuerpo, se unan a esta nueva tierra a punto de nacer.

Acunados por las mareas del tiempo estas sensaciones se abren, dando paso hacia las entrañas de este nuevo ser, haciéndome una con su corteza.

Todo tiembla y se estremece a mí alrededor, como si todo fuera a estallar, las puertas de la inmensidad se están abriendo, creo que ya ha llegado el momento y pronto estaré sintiendo sobre la piel el calor del sol, veré como las nubes cabalgan sobre los vientos hacia los cuatro puntos cardinales, libres por fin y llenas de vida por compartir.

Ayer era una mujer que paseaba por un prado de hierba verde aun húmeda de rocío y ahora soy aquella que guía hacia la nueva luz a un mundo lleno de esperanzas y de ilusiones por estrenar.

La fuerza que me empuja se hace patente en mí, todo se distorsiona mientras la velocidad de los acontecimientos hace que mí alma se estire hasta el punto de una ruptura que nunca llega a producirse.

Abro los ojos sin saber muy bien donde estoy, mientras el condenado despertador parece haberse vuelto loco, lo apago y cojo rápidamente ese cuaderno que tengo sobre la mesilla para apuntar lo que he soñado.

Arreglada, salgo a la calle, voy retrasada, para no cambiar. Noto algo extraño en el ambiente, la gente está parada en los portales, fuera de sus coches, mirando hacia el cielo, y todo, todo, todo… es silencio.

Lo que hay en el cielo me deja boquiabierta: llenando el espacio, hay un mundo nuevo, una tierra gemela, rotando sobre su eje, ajena a tanta expectación, luce resplandeciente e inmensamente azul.

Mientras el silencio de las segundas oportunidades, lo envuelve todo.



Sonia Mallorca




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