miércoles, 13 de mayo de 2026

EL BORDE QUE NO SE NOMBRA


 

Hay quienes creen que el tiempo avanza. 

Otros, que se repite. 

Y luego están los que sospechan que ni siquiera existe como tal, que solo es una forma elegante de ordenar la caída. 

 

Hubo un punto —si es que los puntos existen— en el que una civilización decidió medirse a sí misma. No en fuerza, ni en inteligencia, sino en algo más sutil: su capacidad de continuar sin deformarse. Y como toda medida, implicaba un corte. 

 

No todos pasaron. 

 

A los que quedaron fuera no se les destruyó. Eso habría sido sencillo, casi honesto. Se les ofreció otra cosa: continuidad en otro lugar, bajo otras reglas, con la promesa implícita de que aún podían llegar a ser. 

 

Así nació un reino. 

 

No era perfecto, pero sí joven. Y lo joven siempre cree que puede integrar lo que llega sin transformarse en ello. Error antiguo. 

 

Los recién llegados no eran ignorantes. Traían consigo fragmentos de lo que ya había sido probado, torcido, optimizado. Sabían cómo funcionan las estructuras, cómo se infiltra una idea, cómo se desplaza un eje sin que nadie note el movimiento. 

 

Al principio ayudaron. Siempre lo hacen. 

Después interpretaron. 

Luego corrigieron. 

Y finalmente, gobernaron. 

 

No porque fueran más fuertes, sino porque entendían mejor dónde estaban las grietas. 

 

El padre del rey lo vio tarde. O quizá siempre lo supo y eligió no intervenir, como quien observa un experimento cuyo resultado ya intuye. Hay decisiones que no se toman por ignorancia, sino por una forma más fría de conocimiento. 

 

Desde entonces, el reino continúa. 

A veces cambia de nombre. 

A veces de forma. 

A veces incluso de valores. 

Pero el patrón… el patrón persiste. 

 

Y aquí estamos, en otro borde que no se nombra, repitiendo preguntas que creemos nuevas. Midiendo sin saber bajo qué criterio. Seleccionando sin entender qué se preserva realmente cuando algo “progresa”. 

 

Hay quien corta, porque toda medida exige una línea. 

Hay quien integra, porque negar el código ajeno es mentirse. 

Hay quien deja lilas sobre la mesa, porque intuye que sin ese gesto inútil todo se vuelve solo engranaje. 

 

Estar en los tres lados es el precio de ver el patrón completo. 

El que solo corta se vuelve tirano. 

El que solo integra se disuelve. 

El que solo pone flores no cambia nada. 

 

Pero cuando el patrón te reconoce y te pide que elijas un solo lado, queda una cuarta opción: elegir fuera del sistema. 

 

Elegir a Dios es salir del experimento sin abandonarlo. Es estar dentro del reino, ver las grietas, dejar las lilas… y saber que el patrón no tiene la última palabra. 

 

Los que gobiernan creen que el sistema se cierra sobre sí mismo. Que todo es medida, corte, integración. Pero la trascendencia no se optimiza. Desborda. 

 

Por eso las lilas siguen apareciendo sobre la mesa. 

Ya no son un gesto absurdo. 

Son liturgia. 

 

Y el corte deja de ser nuestro.

 

 

Laura Mir          


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