Hay
quienes creen que el tiempo avanza.
Otros,
que se repite.
Y
luego están los que sospechan que ni siquiera existe como tal, que solo es una
forma elegante de ordenar la caída.
Hubo
un punto —si es que los puntos existen— en el que una civilización decidió
medirse a sí misma. No en fuerza, ni en inteligencia, sino en algo más sutil:
su capacidad de continuar sin deformarse. Y como toda medida, implicaba un
corte.
No
todos pasaron.
A
los que quedaron fuera no se les destruyó. Eso habría sido sencillo, casi
honesto. Se les ofreció otra cosa: continuidad en otro lugar, bajo otras
reglas, con la promesa implícita de que aún podían llegar a ser.
Así
nació un reino.
No
era perfecto, pero sí joven. Y lo joven siempre cree que puede integrar lo que
llega sin transformarse en ello. Error antiguo.
Los
recién llegados no eran ignorantes. Traían consigo fragmentos de lo que ya
había sido probado, torcido, optimizado. Sabían cómo funcionan las estructuras,
cómo se infiltra una idea, cómo se desplaza un eje sin que nadie note el
movimiento.
Al
principio ayudaron. Siempre lo hacen.
Después
interpretaron.
Luego
corrigieron.
Y
finalmente, gobernaron.
No
porque fueran más fuertes, sino porque entendían mejor dónde estaban las
grietas.
El
padre del rey lo vio tarde. O quizá siempre lo supo y eligió no intervenir,
como quien observa un experimento cuyo resultado ya intuye. Hay decisiones que
no se toman por ignorancia, sino por una forma más fría de conocimiento.
Desde
entonces, el reino continúa.
A
veces cambia de nombre.
A
veces de forma.
A
veces incluso de valores.
Pero
el patrón… el patrón persiste.
Y
aquí estamos, en otro borde que no se nombra, repitiendo preguntas que creemos
nuevas. Midiendo sin saber bajo qué criterio. Seleccionando sin entender qué se
preserva realmente cuando algo “progresa”.
Hay
quien corta, porque toda medida exige una línea.
Hay
quien integra, porque negar el código ajeno es mentirse.
Hay
quien deja lilas sobre la mesa, porque intuye que sin ese gesto inútil todo se
vuelve solo engranaje.
Estar
en los tres lados es el precio de ver el patrón completo.
El
que solo corta se vuelve tirano.
El
que solo integra se disuelve.
El
que solo pone flores no cambia nada.
Pero
cuando el patrón te reconoce y te pide que elijas un solo lado, queda una
cuarta opción: elegir fuera del sistema.
Elegir
a Dios es salir del experimento sin abandonarlo. Es estar dentro del reino, ver
las grietas, dejar las lilas… y saber que el patrón no tiene la última
palabra.
Los
que gobiernan creen que el sistema se cierra sobre sí mismo. Que todo es
medida, corte, integración. Pero la trascendencia no se optimiza.
Desborda.
Por
eso las lilas siguen apareciendo sobre la mesa.
Ya
no son un gesto absurdo.
Son
liturgia.
Y
el corte deja de ser nuestro.
Laura Mir

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