miércoles, 28 de octubre de 2026

ISABEL - SIGLO XIX - Parte I

 




Isabel creía que casándose con el mejor amigo de su padre lo fastidiaba. Tenía que esposarse porque las normas sociales así lo exigían. Tenía esa edad en la que se pasaba de boca en boca como un problema de difícil solución.

Su padre la quería y le presentó lo mejor de la zona, pero ella, testaruda y cabezota, eligió a su amigo, que ni siquiera estaba en la lista.

—Mira, Isabel. No es un hombre joven, ni adinerado; es viudo y tiene muchos hijos.

—Precisamente, padre, para poder descontarme.

Nunca sabremos si Isabel se casaba con él para enojar a su padre o por espíritu de servicio.

Después de batallar padre e hija, e hija y padre, se celebró la boda. El evento, aunque discreto, tuvo cierta importancia. Como todas las bodas que se hacen para callar bocas.

En ningún momento Isabel se descontó con los hijos de su esposo: sabía los nombres y las edades de cada uno. Todos juntos y en orden parecían una escala. Todos eran más o menos tratables, menos el pequeño.

Puede que porque la madre muriera en su parto, el niño tenía la insana costumbre de tirarse al agua, a cualquier pozo, charca, río y riera, en un intento vano de volver al útero materno.

Isabel sabía qué buscaba el niño.

La muchacha se convirtió en la espía de su marido, en la vigilante constante del pequeño: cuántas veces lo persiguió, cuántas veces lo cogió al vuelo, cuántas veces se mojó para sacarlo del río.

En los inviernos extremadamente húmedos, el río crecía por sorpresa y con violencia.

Llevaban tres años de matrimonio cuando el cauce se desbordó. El niño se tiró e Isabel fue detrás para salvarlo. La corriente los arrastró.

Encontraron sus cuerpos días y kilómetros después.

Isabel finalmente se descontó.



Continuará...



Laura Mir

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