En
mi pueblo había una mujer que no era tonta, aunque los demás lo pensaran. La
llamaban gaznápira.
No
era que la ignoraras por falta de entendederas. Era la que se quedaba un
segundo más mirando. La que necesitaba detener por un rato la locura del mundo
para poder procesarla.
Todas
las tardes recorría el camino polvoriento hasta encontrarse con un
espantapájaros. Su espantapájaros. Aunque no lo había puesto ella —creo que fue
el tío Antón para espantar a los cuervos—, decidió adoptarlo como su confidente
silencioso.
Era
tan gaznápira que parecía enamorada de él. Juraría que, entre la paja, el polvo
y la brisa, el espantapájaros le devolvía una especie de sonrisa.
Le
decía «buenos días» o «buenas tardes», sin obtener respuesta, y se sentaba a su
lado, en una piedra que sujetaba el poste. Le contaba lo que no podía
explicarle a nadie más. A veces llevaba una flor, una piedra, la bravura del
río o los colores del sol.
A
veces no le hablaba. Simplemente se quedaba a su lado en silencio, haciéndole
compañía en su soledad.
Él
no contestaba, claro. Nunca lo hacía.
Tenía
una camisa de cuadros azules y rojos, roída, y los brazos siempre abiertos,
invitando al abrazo que a ella le faltaba. Pero ella no buscaba respuestas
vanas ni consejos vacíos. Tener una presencia que supiera escuchar sin
interrumpir ya lo era todo. Un espejo donde ordenar los pensamientos sin ser
juzgada.
Los
del pueblo pasaban con el tractor, se llevaban el índice a la sien y se
burlaban. En los corrillos se decía que perdía el tiempo con un muñeco de paja.
Ella los oía cuando se acercaba, se encogía de hombros y seguía a lo suyo.
Lo
que no entendían era que jamás había pensado que estuviera vivo. Lo que había
descubierto era que hay momentos en los que no necesitas que te repliquen ni te
den soluciones. Solo necesitas un lugar donde dejar el corazón un rato, para
que no pese tanto en el pecho.
Al
final del verano, cuando retiraron el espantapájaros porque ya habían segado el
campo, la vieron volver a casa con la camisa de cuadros doblada con cuidado
bajo el brazo.
Iba
serena, con la cabeza clara.
Como
quien no ha perdido nada y lo ha ganado todo.
Laura
Mir

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