A
veces uno se desgasta entero por quien no aparece ni entero ni a medias cuando
más lo necesitas.
Te
pones en los zapatos del otro con tanta entrega que terminas caminando por
sendas polvorientas, vacío y descalzo. Te rompes intentando entender, sostener,
estar. Das lo que no te dieron. Explicas hasta la saciedad lo que nunca te
explicaron. Aguantas un poco, un poco más y luego, otro poco…
Pero
cuando tú estás mal, esa persona no está.
Y
si está, es leve liviandad.
No
llega.
No
llama.
No
pregunta.
Y
cansa.
Cansa
ser siempre el que entiende,
el
que espera,
el
que justifica,
el
que se queda.
Entonces
recuerdo al zapatero del pueblo —ese que sabía de piel gastada y suelas
vencidas— y su frase dicha sin dramatismo:
—“Agujero
gordo, caudillo delgado.”
Mucho
ruido.
Poca
sustancia.
No
hablo de zapatos.
Ni
de política.
Ni
de lo jodido que está el mundo.
Hablo
del cansancio de entregarse a fondo por quien no tiene fondo para ti.
Porque
hay ausencias que pesan más que cualquier presencia.
Y
llega un momento —sin rabia, sin drama— en que uno se agota.
Cuando
uno se agota, aprende.
Aprende
que también puede soltar.
Que
no todo se sostiene.
Que
no todo merece quedarse.
Y
que a veces irse no es rendirse…
es
simple respirar.
Laura Mir ´

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