miércoles, 23 de septiembre de 2026

OTRO MUNDO

 




 

Es el mismo mundo, pero ya no existo en él.

 

¿Qué me ha hecho cambiar?

 

Quizá el angioedema.

 

Pero no por el dolor.

 

Ni por el miedo.

 

Ni siquiera por esa sensación de no saber si vas a volver a respirar.

 

Fue otra cosa.

 

Fue mirarme al espejo y no reconocerme.

 

Ver mi cara inmóvil.

 

Esperar un gesto que no llegaba.

 

Intentar sonreír y encontrarme con una desconocida al otro lado del cristal.

 

Y quizá fue ahí, precisamente ahí, cuando empecé a ver la realidad.

 

Porque cuando tu cuerpo se detiene, hay cosas que ya no puedes seguir corriendo.

 

Te paras.

 

Y ves.

 

Ves la inutilidad del que vive encerrado en una obsesión aniquiladora y no tiene ojos para nada más.

 

Al que llega y no saluda.

 

Al que se va y no se despide.

 

Al que te deja con la palabra en la boca.

 

Al que te escucha sin escucharte.

 

Al que consigue hacerte sentir que molestas cuando eres tú quien siempre está.

 

Y entonces te preguntas:

 

¿Cómo no lo había visto antes?

 

Pero sí lo habías visto.

 

Solo que antes encontrabas excusas.

 

Ahora ya no.

 

Y no, no te has vuelto más susceptible.

 

Te has vuelto consciente.

 

Y qué difícil es eso.

 

Porque la consciencia no siempre libera.

 

A veces pesa.

 

Pesa muchísimo.

 

Te hace mirar de frente cosas que antes podías esquivar.

 

Te hace reconocer ausencias.

 

Desintereses.

 

Distancias.

 

Pequeñas crueldades que antes llamabas despistes para poder seguir amando igual.

 

Y un día te das cuenta de que no ha cambiado nadie.

 

Has cambiado tú.

 

Sigues en el mismo pueblo.

 

En la misma mesa.

 

Con las mismas personas.

 

En los mismos lugares.

 

Pero ya no estás en la misma frecuencia.

 

Algo dentro de ti giró.

 

Y cuando algo gira así, ya no vuelve exactamente a su sitio.

 

Puedes quedarte.

 

Puedes sonreír.

 

Puedes seguir hablando.

 

Puedes hacer como si nada.

 

Pero ya sabes.

 

Y ese es el verdadero problema.

 

Que una vez que ves, ya no puedes dejar de ver.

 

Quieres huir de lo que has entendido, pero no puedes, es imposible huir de ti.

 

Así que te quedas ahí.

 

Atrapada entre lo que ahora sabes

 

y lo poco que puedes cambiar.

 

Quizá eso sea crecer.

 

Descubrir que algunas personas no son quienes creías.

 

Descubrir que no todo el mundo siente con la misma profundidad con la que tú sientes.

 

Descubrir que estar para todos no significa que todos vayan a estar para ti.

 

Y, sobre todo, descubrir que también tú tienes un límite.

 

El mío llegó cuando dejé de reconocerme en el espejo.

 

Desde entonces, quizá sigo viviendo en el mismo mundo.

 

Pero ya no soy la misma persona que lo habitaba.

 

El mundo no cambió.

 

Cambió mi forma de mirarlo.

 

Y ahora lo veo todo.

 

Incluso aquello que hubiera preferido no ver.

 

Y en el proceso no solo muere tu gato, como en realidad ha sucedido, y han tenido que enterrarlo en el patio porque tú no estabas.

 

También mueren las personas que amas y las entierras junto al gato, aunque sigan respirando.

 

 

Laura Mir           


                                                          

1 comentario:

  1. Qué vértigo da pasar de la venda en los ojos a la claridad absoluta. A veces, la vida nos frena en seco con un susto físico para obligarnos a mirar lo que ya no podemos ignorar. Esa distancia emocional estando acompañada es la soledad más real, y tu forma de trenzar el duelo por tu gato con la despedida en vida de quienes amamos es, sencillamente, devastadora. Gracias por tanta honestidad.

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