Imagina coincidir muchas vidas junto a alguien.
Imagina que cada gesto, cada palabra, cada silenciosa
decisión tuya, ha estado ahí, construyendo algo que sólo tú podías sentir.
Años explicándote.
Mostrando.
Intentando que pueda verse.
Años hablando un idioma incomprensible.
Y aun así...
Nada cambia.
No escucha.
No ve.
No siente.
Es como gritar bajo el agua.
La voz se ahoga ante tanta inmensidad.
Los ecos se pierden y no por distancia, por indiferencia.
Nadie se pregunta por qué.
Has dejado pedazos tuyos en cada intento.
Has explicado tanto hasta que las expresiones pierden su
forma.
La paciencia se desgasta como zapatos que caminan por desiertos.
Y lo más doloroso: una historia de dos, que sólo tú llevas
dentro.
Enumeras los milenios, se te aglutinan los recuerdos, los
momentos compartidos...
Y para esa persona, sencillamente, nunca sucedieron.
No pesan.
No cuentan.
No son reconocidos.
Entonces aprendes algo que duele más que cualquier abandono:
a veces no hay puente, aunque hayas construido todos los puentes posibles desde
ambas orillas.
Y comprendes que el esfuerzo, por más grande que sea, no
siempre encuentra respuesta.
Porque al final la trampa se descubre, aunque se disfrace en
formas de ser.
Y está bien que así sea.
Porque el valor no está en ser comprendido.
El valor está en haberlo dado todo, aun cuando sabías que
no, que no se veía.
Laura Mir

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