jueves, 24 de septiembre de 2026

TRASCENDENCIA



 




Saben más mis errores de mí, que yo misma.

 

¿Y los otros?

Ellos sólo saben de instantes.

Ignoran el antes:

el temblor y la desidia.

La belleza, por sincera, la desconocen.

Ellos hablan, yo sonrío.

 

Hace tiempo que dejé de celebrar derrotas

propias y ajenas.

Las miro sin pertenencia.

Eso, eso es trascendencia.

 

¿Ya no te defiendes?

No, porque soy libertad exenta de prejuicios.

 

 

Laura Mir       


 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

DOS ORILLAS

 



Imagina coincidir muchas vidas junto a alguien.

Imagina que cada gesto, cada palabra, cada silenciosa decisión tuya, ha estado ahí, construyendo algo que sólo tú podías sentir.

 

Años explicándote.

Mostrando.

Intentando que pueda verse.

Años hablando un idioma incomprensible.

Y aun así...

Nada cambia.

No escucha.

No ve.

No siente.

 

Es como gritar bajo el agua.

La voz se ahoga ante tanta inmensidad.

Los ecos se pierden y no por distancia, por indiferencia.

Nadie se pregunta por qué.

 

Has dejado pedazos tuyos en cada intento.

Has explicado tanto hasta que las expresiones pierden su forma.

La paciencia se desgasta como zapatos que caminan por desiertos.

 

Y lo más doloroso: una historia de dos, que sólo tú llevas dentro.

Enumeras los milenios, se te aglutinan los recuerdos, los momentos compartidos...

Y para esa persona, sencillamente, nunca sucedieron.

No pesan.

No cuentan.

No son reconocidos.

 

Entonces aprendes algo que duele más que cualquier abandono: a veces no hay puente, aunque hayas construido todos los puentes posibles desde ambas orillas.

 

Y comprendes que el esfuerzo, por más grande que sea, no siempre encuentra respuesta.

Porque al final la trampa se descubre, aunque se disfrace en formas de ser.

Y está bien que así sea.

 

Porque el valor no está en ser comprendido.

El valor está en haberlo dado todo, aun cuando sabías que no, que no se veía.

 

 

Laura Mir                 


                                                     

AGUJERO GORDO, CAUDILLO DELGADO

 



A veces uno se desgasta entero por quien no aparece ni entero ni a medias cuando más lo necesitas.

 

Te pones en los zapatos del otro con tanta entrega que terminas caminando por sendas polvorientas, vacío y descalzo. Te rompes intentando entender, sostener, estar. Das lo que no te dieron. Explicas hasta la saciedad lo que nunca te explicaron. Aguantas un poco, un poco más y luego, otro poco…

 

Pero cuando tú estás mal, esa persona no está.

Y si está, es leve liviandad.

No llega.

No llama.

No pregunta.

 

Y cansa.

Cansa ser siempre el que entiende,

el que espera,

el que justifica,

el que se queda.

 

Entonces recuerdo al zapatero del pueblo —ese que sabía de piel gastada y suelas vencidas— y su frase dicha sin dramatismo:

 

—“Agujero gordo, caudillo delgado.”

 

Mucho ruido.

Poca sustancia.

 

No hablo de zapatos.

Ni de política.

Ni de lo jodido que está el mundo.

Hablo del cansancio de entregarse a fondo por quien no tiene fondo para ti.

 

Porque hay ausencias que pesan más que cualquier presencia.

Y llega un momento —sin rabia, sin drama— en que uno se agota.

 

Cuando uno se agota, aprende.

Aprende que también puede soltar.

Que no todo se sostiene.

Que no todo merece quedarse.

 

Y que a veces irse no es rendirse…

 

es simple respirar.

 

 

 

Laura Mir            ´


                                                                      


OTRO MUNDO

 




 

Es el mismo mundo, pero ya no existo en él.

 

¿Qué me ha hecho cambiar?

 

Quizá el angioedema.

 

Pero no por el dolor.

 

Ni por el miedo.

 

Ni siquiera por esa sensación de no saber si vas a volver a respirar.

 

Fue otra cosa.

 

Fue mirarme al espejo y no reconocerme.

 

Ver mi cara inmóvil.

 

Esperar un gesto que no llegaba.

 

Intentar sonreír y encontrarme con una desconocida al otro lado del cristal.

 

Y quizá fue ahí, precisamente ahí, cuando empecé a ver la realidad.

 

Porque cuando tu cuerpo se detiene, hay cosas que ya no puedes seguir corriendo.

 

Te paras.

 

Y ves.

 

Ves la inutilidad del que vive encerrado en una obsesión aniquiladora y no tiene ojos para nada más.

 

Al que llega y no saluda.

 

Al que se va y no se despide.

 

Al que te deja con la palabra en la boca.

 

Al que te escucha sin escucharte.

 

Al que consigue hacerte sentir que molestas cuando eres tú quien siempre está.

 

Y entonces te preguntas:

 

¿Cómo no lo había visto antes?

 

Pero sí lo habías visto.

 

Solo que antes encontrabas excusas.

 

Ahora ya no.

 

Y no, no te has vuelto más susceptible.

 

Te has vuelto consciente.

 

Y qué difícil es eso.

 

Porque la consciencia no siempre libera.

 

A veces pesa.

 

Pesa muchísimo.

 

Te hace mirar de frente cosas que antes podías esquivar.

 

Te hace reconocer ausencias.

 

Desintereses.

 

Distancias.

 

Pequeñas crueldades que antes llamabas despistes para poder seguir amando igual.

 

Y un día te das cuenta de que no ha cambiado nadie.

 

Has cambiado tú.

 

Sigues en el mismo pueblo.

 

En la misma mesa.

 

Con las mismas personas.

 

En los mismos lugares.

 

Pero ya no estás en la misma frecuencia.

 

Algo dentro de ti giró.

 

Y cuando algo gira así, ya no vuelve exactamente a su sitio.

 

Puedes quedarte.

 

Puedes sonreír.

 

Puedes seguir hablando.

 

Puedes hacer como si nada.

 

Pero ya sabes.

 

Y ese es el verdadero problema.

 

Que una vez que ves, ya no puedes dejar de ver.

 

Quieres huir de lo que has entendido, pero no puedes, es imposible huir de ti.

 

Así que te quedas ahí.

 

Atrapada entre lo que ahora sabes

 

y lo poco que puedes cambiar.

 

Quizá eso sea crecer.

 

Descubrir que algunas personas no son quienes creías.

 

Descubrir que no todo el mundo siente con la misma profundidad con la que tú sientes.

 

Descubrir que estar para todos no significa que todos vayan a estar para ti.

 

Y, sobre todo, descubrir que también tú tienes un límite.

 

El mío llegó cuando dejé de reconocerme en el espejo.

 

Desde entonces, quizá sigo viviendo en el mismo mundo.

 

Pero ya no soy la misma persona que lo habitaba.

 

El mundo no cambió.

 

Cambió mi forma de mirarlo.

 

Y ahora lo veo todo.

 

Incluso aquello que hubiera preferido no ver.

 

Y en el proceso no solo muere tu gato, como en realidad ha sucedido, y han tenido que enterrarlo en el patio porque tú no estabas.

 

También mueren las personas que amas y las entierras junto al gato, aunque sigan respirando.

 

 

Laura Mir