jueves, 5 de noviembre de 2026

ALAKON, LA CAMINADORA — SIGLO III a. C. / ISABEL - Parte II

 



Antes de que la tierra tuviera número de registro y las piedras fueran sometidas a formar fronteras, el tiempo no se contaba en años, sino en caminos de escarcha.


Alakon caminaba y caminaba para llegar a ninguna parte. Caminaba porque creía que con cada paso que daba ayudaba al mundo a mantenerse, a no descontrolarse.


A su izquierda, pegado como una extensión suya, oscuro como la sombra, trotaba un animal inmenso. Tenía la alzada de un lobo viejo y la mirada paciente de los que han visto nacer y morir a muchos en todas las estaciones.


Cruzado al pecho, la mujer portaba un zurrón de piel curtida, pesado y agrietado por los fríos inviernos.


Quien se la encontraba por las sendas creía que dentro guardaba los remedios naturales necesarios para aplacar las fiebres del cuerpo. Pero Alakon no cargaba plantas ni raíces. En la bolsa llevaba criptogramas para despertar conciencias.


No eran términos cotidianos, sino fragmentos de un idioma antiguo que los hombres y las mujeres iban perdiendo bajo el peso del olvido, el miedo, la ira y la frustración.


Pronunciaba extraños mantras, los necesarios para sacudir el fondo de lo recóndito. Para despertar aquello que el cuerpo había guardado bajo capas de polvo e hielo.


Cuando alguien se detenía ante ella con el alma atascada, Alakon abría los labios y hablaba. Su voz ronca rompía el silencio del páramo con sonidos cortantes y profundos.


Y mientras su voz resonaba, ocurría el milagro en su carne.


Alakon introducía la mano en el zurrón y la rozaba contra el fondo. Al sacarla, su palma respondía con una forma de dermografismo sagrado: la piel blanca se encendía en surcos escarlata, dibujando en relieve, rayas, círculos y espirales sobre su propia carne, la geometría exacta que el otro necesitaba para descodificar.


No era una cura porque no era una enfermedad lo que los aquejaba; era el reflejo depurado de sí mismos que habían olvidado.


Quien miraba la palma de Alakon leía allí su propia verdad, la chispa necesaria para encender de nuevo la conciencia y recordar quiénes fueron.


Después, la mujer soplaba. Cuando el sentido de lo sagrado caía en el interior del otro como una piedra en un pozo profundo, el sarpullido rojo remitía lentamente en su piel; el lobo sacudía el polvo del lomo y Alakon, la Caminadora, volvía a ponerse en marcha hacia el siguiente recodo de cualquier camino.


Laura Mir



3 comentarios:

  1. ¡Lo has vuelto a hacer, Laura! Qué enganche de verdad. Me tienes pegada a la pantalla y, no sé cómo lo haces, pero me he vuelto a cansar caminando con ella.
    En este manso silencio de tu blog, donde no hay nada que me distraiga, soy yo ante el relato y siento, sinceramente, que lo has escrito para mí. Tengo el presentimiento de que estas dos mujeres comparten algo mucho más profundo que el título... ¡Necesito saber ya por dónde va a tirar Isabel!

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  2. Laura. Lo he leído dos veces. La primera caminando rápido detrás de Alakon, la segunda parándome con ella.

    Me ha matado lo del zurrón. Todos creemos que lleva hierbas para la fiebre y no. Lleva criptogramas. Lleva lenguaje. Joder, Laura, qué idea. Que no estamos enfermos, que estamos afónicos. Que se nos ha olvidado el idioma antiguo por debajo del ruido.

    Y lo de la palma... lo del dermografismo sagrado. Me he quedado ahí pillado. Porque no cura, refleja. Le enseña al otro lo que ya sabe pero ha enterrado bajo polvo e hielo. Eso es escribir también.

    Has dejado a Isabel en el título como quien deja una piedra marcada en el camino. Ahora tengo que saber por qué. ¿Qué tiene que ver una tía del siglo III a.C. que camina para que el mundo no se descontrole con una mujer que se llama Isabel?

    No me hagas esperar mucho en ese recodo, por favor. Me quedo aquí sentado con el lobo hasta que vuelvas.


    Leo M.

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  3. Qué alegría me da leeros en este recodo del camino! No os imagináis lo que significa para mí que os paréis a respirar en este manso silencio del blog. Escribo esto sin prisa, con lo que me va saliendo del corazón a cada paso y sin más pretensión que compartir el viaje con vosotros.
    Gracias a los que dejáis vuestra huella en los comentarios, a los que me leéis desde el anonimato y a los que os asomáis en privado a través del formulario de contacto para dejarme vuestros mensajes. A ti, que me lees desde el otro lado y sientes que estas letras van directas a tu pantalla: me emociona mucho saber que el relato se vuelve tan tuyo. Y Leo, no pases mucho frío ahí sentado con el lobo, que ya sabes que mis caminos van sobre la marcha y a su propio ritmo, pero os prometo que el viaje continúa. Gracias a todos por recordar conmigo el idioma antiguo, tan reparador. Nos vemos en el próximo recodo!

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