Se casó con
Él porque lo amaba con locura, sin percatarse de que formaban una extraña
pareja de tres.
Con los años
se dio cuenta de que Él era el único que sabía de sus necesidades, lo cuidaba
con demasiado esmero; pasaba las horas limpiándolo minuciosamente, engrasándolo
y ajustándolo con infinita paciencia.
Cada
atardecer le daba cuerda y ajustaba esos instantes de retraso en las saetas, y
ella siempre pensaba para sí: “Lo cuida más que a mí”.
Él cayó
enfermo y a medida que Él perdía fuerzas, el reloj heredado de su padre, languidecía.
Pero se recuperó el tiempo justo para arreglarlo, y éste agradecido le ofrecía
un tictac más efusivo y alegre. Entonces comprendió que el alma y la vida de su
marido estaban ligadas de algún modo a esa maquinaría.
Poco tiempo
después, Él recayó y no volvió a recuperarse, la enfermedad era mala y acabó
por llevárselo.
El carrillón como si se fuera con Él, dejó de marcar las horas y los cuartos, ya ni siquiera oía su persistente ritmo.
Toda esa
paz, calma y lentitud marcaban ahora su vida, hasta el punto de que fue incapaz
de discernir el día de la noche, la mañana de la tarde y las horas de los
minutos. Todo era igual de irreal como al principio, pero sin Él.
Deambulaba
por el salón todo el tiempo y en algún momento de lucidez, con sigilo se
aproximaba por detrás, con la esperanza de que su marido todavía estuviese
trasteando en su interior para sorprenderlo, mientras se decía: “Para todos los
males, hay dos remedios: el tiempo y el silencio”.
Cuando
comprobaba que Él no estaba, decepcionada porque Él y el tiempo la habían
abandonado, volvía de nuevo a su otra realidad cubierta por entero de
irrealidad y de silencio.
Beni






