Mi familia es de origen humilde pero llenos de bondad, vivíamos en un pequeño pueblo de Andalucía, tan pequeño, que no consta en todos los mapas.
viernes, 12 de junio de 2015
La noche - Benjamín J. M.
Me gusta la noche. Me gusta desesperadamente la noche. Horas mágicas en las cuales todo se confunde, como fundidos en bronce entre las sombras que sólo se diferencian por sus matices grisáceos...
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miércoles, 10 de junio de 2015
Tierra Adelia 1 – Jean Rivolier – Laura Mir
Ya veo que lo tuyo es medir esas dichosas escaleras de todas las formas posibles. Me alegro que quedaras colgando de la barandilla en el último momento, como un hábil trapecista, soy comedida con las comparaciones, y la cosa no fuera más grave.
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lunes, 25 de mayo de 2015
Pasaje a K-Pax - Laura Mir y Jaime Ros - Premio a dúo Fraseletreando
La vida tiene estos descaros
de mala suerte. Corro, caigo, y sin poder ni sacudir la ropa, sigo corriendo
para llegar al tren que me llevará a la pasión de la Semana Santa. De verdad,
quería unas tapas, unas saetas y un par de finos y una fina que se deje beber.
Dos minutos más, y pierdo el tren. Podía haberlo perdido en lugar de haber
encontrado el castigo.
Aquellas noches vuelven
inevitablemente a mi memoria. Vuelven, a la hora de que la sábana cubre mi
cuerpo. Necesito volar, despejar y airear mi propia alma. Fue un error que se
guardó como la llave bajo el felpudo. Llegué tarde a la relación, cuando tuve
que haberlo hecho mucho antes. Ahora un simple billete me llevará lejos de
aquí, cerca del sol del sur, que me aleje de este frío que trae este mes de
marzo.
Lo echo tanto de
menos, cuando me meto en la cama es como si me faltara el aire, necesito sentir
su cuerpo a mi lado, su peso sobre el mullido colchón, su respiración, su calor…
este frío no hay edredón que lo quite. Incluso la perra lo echa de menos, lo
busca, husmea y sólo encuentra su vacío. No comprendo cómo pude dejar que la
relación se deteriorara tanto. Ahora no puedo pensar en ello, tengo que ir a
solucionar un tema personal a Sevilla, increíble en plenas fiestas, con lo poco
que me gustan las saetas, las procesiones y el gentío.
Espero que la compañía de
asiento se vista de corto y apretado, que tenga sabor a nueva oportunidad, a
nuevo inicio, un nuevo aliento que se ahogue mientras deje de exhalarse el
antiguo. La maleta es liviana como lo fueron mis razones. Pero son sólo unas
horas de viaje, contando traqueteos que suman metros de lejanía.
Pero no hubo ningún sabor a
nueva oportunidad en el asiento de al lado. Vino el regusto de lo perdido, de
lo que se dejó de ganar, de aquello que se dejó de sentir, para que las
entrañas voltearan en el interior de su abdomen.
Tenía pensado que
mi viaje fuera placentero, ya saben, un buen libro y un humeante café,
necesitaba relajarme, pero no, tuve que encontrarme con él en el asiento de al
lado. Tan alto, con esas piernas que estorban en todos sitios, y encima, no me
tocó ventanilla, lo veía muy incómodo y con demasiadas reticencias.
— Al margen de nuestras diferencias y habiendo
cariño por ti, te cedo el sitio.
— Gracias, para ti es más
fácil, porque eres pequeña. Pero para mí siempre fue más difícil, ni encontré
el lugar en la cama. Tuviste que meterte tú para probarla.
— El problema fue del colchón, te dije que de
dos metros.
— Dicen que para todos los males, hay dos remedios: el
tiempo y el silencio, pero por lo visto a nosotros no nos funciona,
seguimos igual cuando nos vemos.
— Pues no sé de qué
tiempo hablas. No se dejó que pasase. Ni sé de qué silencio, si tengo
aborrecido el sonido del móvil. Lo cambio tres veces al día, para pensar que
siempre le suena a otra persona. Pero la dichosa luz, parpadea y parpadea.
Y mira que al principio pensé que me sacarías de este planeta para llevarme a
K-Pax.
— El problema es que no me
escribiste la carta.
— Te escribí
cientos de ellas mientras duró lo nuestro. Las dejaba acostadas en la cabecera
de la cama, donde dormitaban los cabellos que te iban abandonando.
— ¿Donde la perra iba a
dormir mientras trabajábamos?
— Sí.
— Se las debió de comer todas.
— Resulta que el
amor murió entre dentelladas caninas. Culpa del muerto, typical spanish.
— Será tu amor porque el mío
sigue siendo el mismo.
Al decir esto, sus miradas
se cruzaron, se sostuvieron y comprendieron que nada había muerto entre ellos,
sólo las cartas para ir a K-Pax, viéndose sin posibilidad de realizar un viaje
interplanetario, decidieron irse juntos tras el Santo Cristo y que fuera lo que
este señor en taparrabos quisiera.
Laura Mir y Jaime Ros
domingo, 24 de mayo de 2015
Como lagartos al sol - Laura Mir
Soy consciente de que voy
abrir la famosa caja esa de Pandora y cuando nos demos cuenta, todos los
demonios de aquellos infiernos de sol y arena nos cubrirán por completo, pero
serán vientos nuevos aunque de tormentas viejas, sé que no es consuelo, pero en
cierto modo, reconfortan o sólo me conforman, puede que sea el caso.
Lo hago porque hoy he pensado
en ti, en mí, en nosotros; en ellos, en los vivos y en los muertos, esos que
yacen en las fosas del silencio y la locura; en la gran fractura que provoqué,
que provocamos… No, no, no pretendo justificarme, justificarte, a estas alturas
y después de tanto tiempo, creo que no hace falta. Nunca nos gustaron las
excusas.
Durante estos años me han
ofrecido otras cosas, muchas, algunas las he intentado, otras no me han atraído
en absoluto, ya sabes como soy de inquieta, me conoces bien y lo que no
interesa, sobra.
Ninguna de las que he ido probando
me ha llegado a llenar lo suficiente como para quedarme. Lo último ha sido un
proyecto de reinsertación social para las víctimas que nos ha dejado esta
crisis. Aunque lo pintan bien y es un proyecto piloto en esta zona, no termina
de completarme. Tampoco interesa a nadie, ¡cómo te lo cuento!
Nos estamos volviendo todos
locos de eso no me queda duda…¡Cuánta razón tenías!
Después de darle muchas
vueltas, he pensado en volver al exilio, al plato vacío, al muro sinvergüenza,
a la cárcel negra, a las torturas y al barracón. Necesito hacerlo porque quiero
sentir sobre la piel nuestros colores y ese tacto tan especial de la gente
pequeña, esa gente que con solo buena voluntad hace cosas muy grandes. Quizá sea,
porque en estos últimos tiempos sólo he conocido a gentes muy grandes
encapsuladas por propia estupidez en círculos muy reducidos.
Ignoro dónde y con quién
estás ahora, pero eso nunca supuso un gran problema para nosotros. Porque
siempre hemos sido como lagartos reposando al sol, dejándonos la piel en la
espera del momento preciso para poder ir, simplemente para luego poder volver y
explicarlo.
Porque echo de menos todo
eso y más… Te llamaré, pero esta vez te pido que si no podemos salvar a nadie,
no te quites las gafas con rabia para tirarlas por encima de los carteles en
las marchas negras, fue por lo único que desaparecí.
Laura Mir
La resignación de una mujer - Aurea Martí
Apenas cruzó la puerta de cristal
Mercedes divisó a su hija: estaba ubicada en una pequeña mesa de mármol próxima
a los baños. Como muchas tardes de invierno, madre e hija se habían citado en
una cafetería. Era habitual que quedaran para charlar, de hecho tenían un día
estipulado para tal actividad, todos los jueves. Sin embargo, esa tarde era
martes. Isabel la había llamado al mediodía:
— Mamá, necesito hablar contigo, pero
no por teléfono, ha de ser en persona, quedamos a las siete en la cafetería
Pelayo.
Llegó nerviosa, cogió una silla y se
sentó frente a su hija.
— ¿Me vas a contar de una vez el motivo por el que me has citado con tanta
urgencia? – preguntó Mercedes.
Isabel no contestó, la angustia de su
madre era lo que menos le preocupaba, cogió su taza y de un largo sorbo se
acabó el café, se pidió otro y mientras lo traían, habló:
— Me voy a divorciar.
— ¿Cómo? ¿De qué estás hablando?
Víctor es el hombre perfecto, trabajador, detallista, buen padre…
Isabel la interrumpió:
— Tiene una amante.
— ¿Víctor?— preguntó Mercedes soltando
una carcajada —. No digas sandeces. Él,
te adora.
— No mamá, tengo pruebas — Isabel sacó
un sobre del bolso y se lo extendió a su madre—. Compruébalo tú misma.
Mercedes abrió el sobre y vio que
había unas cuantas fotografías. Las sacó y las observó detenidamente en
silencio, las fue colocando boca abajo sobre la mesa y dirigiéndose a Isabel le
dijo:
— Hija mía, no le des tanta
importancia, seguro que es sólo una aventurilla. Pronto se cansará de ella y
todo volverá a ser como antes.
Isabel estaba atónita. No podía creer
lo que su madre sugería.
— No mamá, no puedo perdonarle, esto
no.
— No seas ingenua, hija. ¿Acaso crees
que eres la única mujer cuyo marido tiene una amante? Cuando tu hermana y tú
erais unas niñas tu padre también tuvo una aventura.
— ¡No puede ser!
— Sí hija, sí, como lo oyes. Fue con
Paquita, la vecina que vivía en el sexto. Estuvieron juntos unos meses, luego
ella se mudó y ya no volvieron a verse.
— ¿Y por qué no te divorciaste?
— Pues por vosotras, hija. Por tu
hermana Rosita y por ti. No quería que crecierais sin un padre.
— Lo siento mamá, debiste de pasarlo
muy mal.
— Pues sí, hija sí. Pero ya ves, al final todo salió bien. La
aventura de tu padre con Paquita hace años que quedó atrás y ahora estamos
mejor que nunca. Hazme caso, no le digas nada a tu marido, sigue con tu vida,
actúa con normalidad, no le pidas explicaciones y olvídalo. Seguro que pronto esto
tan sólo lo recordarás como una pesadilla.
Para todos los males hay dos remedios: el tiempo y el silencio. Así que
calla y espera, todo pasará.
Isabel se quedó absorta,
reflexionando, tal vez su madre tuviera razón. Terminar tan drásticamente con
una relación de más diez años era algo demasiado precipitado y los niños...
Revolvía el contenido de la taza casi
vacía con resignación, mientras decidía darle otra oportunidad, pero sólo una.
Decepcionada, sorbió el último trago y le supo muy amargo, tan amargo como ese momento
de su vida.
sábado, 23 de mayo de 2015
Esa carta - Laura Mir
Cosa rara pero hoy no voy a
recriminarte nada, no tengo ganas y además entiendo que la auditoría no fuese
clara, acabases en prisión y allí no se permiten los móviles, me hago cargo.
Aquí me tienes, sobre la
cama, muy incómoda escribiendo sobre papel y con un lápiz que me regaló mi
padre hace muchos años, aún vivía, se entiende porque muerto poco podía
regalarme.
Es bonita esa sensación del
grafito al rasgar mientras garabatea letras, está un poco seco, emite ese sonido
parecido a un suspiro ronco prolongado en el tiempo. ¡Es todo tan añejo!
El tema no sé por dónde
cogerlo, y si no hubiese recibido esa carta creo que estaría un poco más risueña
o no; estaría sola y sin todos estos fantasmas que se han levantado de entre
los muertos para rodearme. Sonríen irónicos, mientras te escribo y contemplan
este momento con miradas malvadas entre ellos, ignorándome, como si no
estuviera o como si no me diera cuenta. Son guasones pero no me molestan, deben
estar a gusto porque se han quedado todos y no cabemos en el apartamento.
La culpa es de esa maldita rueda
tuya del destino, que vuelve cargada de formas escurridizas pero repletas de
tanto significado, asustan cuando se vuelven asimétricas y las comprendes una a
una.
Bien sabes, que desde hace cinco
años me alimento de pequeñas ilusiones, en el día a día no hay cabida para las
grandes porque no son alcanzables, porque se acomodan, te seducen, te hacen suya
y luego te desilusionan con brutalidad y no hay grúa que pueda levantarte.
No desde que aquel me rechazó
por no ser lo suficientemente buena, apurando hasta el último día para decirme
que se casaba con otra. Ya, ya, ya sé que ha llovido y que el dolor y la
angustia han disminuido y que incluso respiro mucho mejor. No vayas a empezar
de nuevo con la retahíla al leer esto, que a tu compañera de celda no le importa
y a lo mejor hasta se molesta y te da una paliza y prolonga tu estancia.
Esta mañana la cartera que
hace fofuchas y las vende por face para sacarse un sobresueldo, ya sabes cómo
están los salarios públicos. Me ha hecho entrega de una carta muy extraña.
El sobre venía sin
remitente, supongo para que no se me ocurriera devolverla. La letra en negro,
fina, muy masculina e inclinada hacia la derecha, con excesivo rigor para mi
gusto.
La he abierto poco a poco, ¡parecía
tan frágil! Venía a decir que la relación del mentecato con su esposa se había
enfriado, que lo había engañado, cuánta razón tenía, se deshacía en disculpas y
me pedía una cita formal, tal y como hacían los antiguos, por escrito. Para
retomar la relación donde la dejamos hace cinco años.
La he observado durante algún
tiempo con incredulidad y finalmente la he colocado, porque no sabía dónde
ponerla, entre las hojas del diccionario chino del 55 que me regalaste. Es
bastante antiguo, una primera edición y otro aticismo de los tuyos, porque bien
sabes que mi máximo interés por la cultura oriental termina en los rollitos de
primavera del restaurante chino de la esquina. Y a eso me ha sonado, además de
llegar en frío y a destiempo.
Cuánta razón tenías al
decirme que para todos los males, hay dos remedios: el tiempo y el silencio,
estoy sorprendida, siempre pensé, aunque nunca te lo dije, que jamás le
encontraría el sentido práctico al diccionario chino. Ya puedes estar contenta,
yo lo estoy, porque finalmente pude hallarle utilidad a lo incomprensible.
Laura Mir
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