sábado, 7 de marzo de 2015

Toda Corazón



Cora se dio cuenta demasiado pronto de que era excesivamente diferente, porque el mundo giraba descontrolado y rígido hacia la derecha cuando su corazón lo hacía de forma vertiginosa y emocional hacia la izquierda. Esta dicotomía de direcciones la perturbaba hasta el punto en el que se sentía fuera de lugar, siendo una incomprendida repleta de incomprensión. Y esto dolía, dolía mucho.

Junto a su inmensa sensibilidad, también estaba dotada de una gran inteligencia, y después de darle vueltas y vueltas al asunto por aquello de la aceptación social, dedujo que algo tendría que hacer para poderse adaptar al medio, era más fácil hacer tripas con el corazón, que estar de continuo con el corazón en las tripas.

Así que deseó, porque le dijeron que se podía si se ambicionaba con todas las fuerzas, que su corazón fuese intestinal, pero pronto se encontró con otros problemas: latía a intermitencias, se le obstruía, se le inflamaba y cuando ventoseaba, acababa de todos modos con el músculo cardíaco encogido y a lágrima tendida. Al no ser una solución a largo plazo y muy molesto, dejó de desearlo y el corazón al paso de los días, volvió a su estado natural con todo su nativo sufrimiento.

Un día leyendo unos artículos de Mariano José de Larra, hubo una frase que llamó poderosamente su atención: “Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.” Si negaba todo lo que le dañaba posiblemente fuese más aceptada y así lo hizo.

Al principio no fue nada fácil, pero consiguió  endurecerse a base de mucho esfuerzo y de ponerse capas y capas impermeabilizadoras e indiferentes sobre el pecho. Por fin su corazón latía a un ritmo tranquilo e incesante, atrás quedaron las palpitaciones y paradas que le hacían escapar aquellos molestos e inoportunos sollozos, suspiros y lágrimas. Pero también se perdieron por el camino las risas, las alegrías y ese impulso vital que todo lo mueve, llamado amor; haciendo que las primaveras, otoños e inviernos, jamás fuesen verdaderos veranos, porque hasta el más tímido estío había dejado de existir.

Sobre su peana ajena a la emoción humana vivió unos años. Solo notaba de vez en cuando y muy suavemente, el soplo del viento gélido y riguroso proveniente del juicioso y aceptado Norte, sobre todo en las noches oscuras, pero se encogía de hombros y desechaba de inmediato la idea de volver a sentir, así se encontraba la mar de bien.

Hasta que un día, un chico que la amaba en silencio desde hacia tiempo, decidió declarársele, se le acercó, le expuso sus sentimientos y al no obtener esperanza, le preguntó:

— ¿Crees que podrías algún día enamorarte de mí?

— La cuestión no es enamorarme de ti, si no enamorarme.

Al pronunciar esas palabras, echó de menos el calor que desprenden los abrazos con los que suele obsequiarse la humanidad, se dio cuenta de la psicopatía que la embargaba, de lo sola que se sentía y de las excusas que para sí se repetía. Giró la vista atrás desde su pedestal y no pudo encontrar el camino por el que regresar, todo el paisaje eran enormes extensiones de insensibilidad, había perdido por completo su facultad de amar, se había convertido en un trozo de esa gran parte del mundo al que detestaba, ese que prefiere vivir su vida alejado de la única condición esencial, como el que vive en un holograma dentro de sí mismo y de modo totalmente virtual.


Laura Mir



*Este relato participa en el juego FRASELETREANDO de la comunidad ALMAS DE BIBLIOTECAS Y CINES con la frase de Mariano José de Larra: "Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas".

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