lunes, 19 de enero de 2015

SIEMPRE POR DOS



Y en ese estado hipnótico mi mente no paraba de pensar y me di cuenta de que toda mi vida había girado en torno a ti, a tus sonrisas, a tus abrazos y a todo ese amor que nunca nadie ha vuelto a darme. 

Cuando quise estirar los brazos y tocarte, sólo palpé la nada.

Nacimos y crecimos juntos, nos dimos todo, incluso me diste el aire para que yo pudiera seguir respirando.

Se nos hizo tarde demasiado pronto, y sólo me quedó arrastrar tu cuerpo sin vida hasta la orilla.

Me quedé esperando en el silencio, en la oscuridad y en el vacío en pleno día.

Me consolaba pensar, que cuando uno toca fondo ya no puede caer más bajo, ese pensamiento era a diario y me ataba a la vida pero no evitaba el dudar, si valía la pena seguir viviéndola.

Fueron muchos meses con ese gran agujero en mi interior, tan grande que impedía moverme, estaba paralizada en medio del silencio más desgarrador que una persona es capaz de soportar. Y volvía cada día a la cala a tocar las olas de ese mar azul donde te perdí.

Una mañana de esos días, no recuerdo bien porque en realidad no importaba, decidí en el último instante no girar el volante en una curva y caer por el precipicio, quizás buscando la fortuna de reencontrarnos, pero hasta eso me fue vedado.

Y después de muchos meses de hospital y rehabilitación, aquí sigo. Respirando por dos, viviendo por dos e intentando que esta fractura y culpabilidad no se haga más grande para no dañar a otros.

Cuando me he permitido amar y entregarme sólo han sido traiciones y engaños, bonitas palabras y acciones contradictorias, por lo que he decidido vivir dentro de esta soledad y reserva.

Por profesión me está prohibido hablar de mí, esto que estoy haciendo me supone un gran esfuerzo y aunque quisiera correr hacia alguien y entregarme sin reservas, el miedo a perderlo que hay en mi interior, me lo impide.

Es la primera vez que esta historia sale de mis labios, quizá al lanzarla a los cuatro vientos mi alma pueda aligerarse de tanto peso.


Nora Biel


Una noche para recordar




Recuerdos de un sueño.

En ese estado hipnótico mi mente no paraba de pensar y me di cuenta de que
mañana, posiblemente no estuvieras, que lo único que quedaría eran las imaginaciones en manchas de carmín y suaves aromas sobre las arrugadas sábanas. Habrías desaparecido, llevándote contigo los rastros de tu piel, sin dejar siquiera una nota, para no cambiar.

Pero por el presente, tu mirada roza mi alma, sin querer me ahogo en su verde mar y mi cuerpo cuasi vacío, acaba descansando sobre tus labios rojos de coral. Las mareas quieren llevarme de un lado para el otro, pero me resisto a sus embestidas, no quiero dejar tu boca ni su dulce abrazo.

Me gusta cuando tu pelo me acaricia la piel, suaves olas de sensaciones me recorren y me trastornan, llevándome a mundos desconocidos que estoy loco por recorrer y explorar. Sigo la curva de tu cadera con el dedo, mientras te susurro al oído lo que deseo que hagas para mí y lo que puedo llegar a hacer por ti a poco que te prestes.

Tus suspiros me hablan de lugares lejanos bañados por los gemidos de los amantes, te sigo por ellos, encadenado, sometido, expectante y perdido. Amarrado a pesar de mí, a tu placer y a tu voluntad.

Ya no me importa lo que pueda pasar mañana, solo sigo tus andares por la vereda que nos conduce a la dulce locura de los sentidos, a la pérdida o al reencuentro de la vida. Nunca sé muy bien donde acaba una y empieza la otra, debo decir que tampoco me importa mucho, solo tengo sentidos para ti, mientras mi lengua recorre el hueco de tu espalda.

Sudor salado y caliente que reavivan los fuegos de mi imaginación, mi cabeza sobre tu pecho, los pezones duros y erectos al alcance de mi boca, mis manos perdidas en recovecos llenos de promesas y de delicias. Mientras me hablas de los amantes que nunca se encuentran aunque duerman en la misma cama. Me hace gracia, no sé ni cómo te llamas ni de dónde vienes.

Lo recordaré todo de ti, tu mirada excitada y tu respiración agitada en el ascensor, mientras mi mano se perdía bajo tu falda, tu manera de decirme al oído que querías ser amada como fuera, los largos besos húmedos, cuyo recuerdo me atormentaran en mis noches de soledad. Tus manos suaves y firmes llevándome al paroxismo sin dejar de mirarme a los ojos, sonriendo con  tus labios rojos enseñando un poco la punta de tu lengua.

Pegado a tu espalda mientras acaricio tu cuello y tu vientre,  tu cuerpo me  llama y me alienta a seguirle por un pasillo que solo conduce a mi alcoba y a la desnudez de los amantes. No recuerdo como he llegado hasta aquí, no sé porque estás subida encima de mí, solo sé que me olvido, y que siento que podría estar a tu merced hasta el fin de los tiempos.

La hora mágica se está acabando y despertaré, otra vez solo en mi lecho con tu sabor aún en mí boca, me costará creer que solo has sido un sueño. Sábanas impregnadas de recuerdos, perfume sutil flotando en el aire y como siempre, ni tan siquiera esa nota.

Has aparecido con la luna y te has ido con la aurora, desconocida de mis sueños, aquí estaré esperando tu vuelta.


Benjamín J.Green


viernes, 16 de enero de 2015

Historias de acera



Sueño hipnótico.

En ese estado hipnótico mi mente no paraba de pensar y me di cuenta de que estaba cansado de aguardar miradas que no decían nada, mientras paseaban por las calles mendigando lengua para poder hablar. Es la hora de los sueños inciertos y perdidos del final de una noche sin luna.

Creo mirar como por una ventana como caminas a la luz de una farola, esperando a otro incauto a quien sorberás el seso y de quien escupirás los huesos. Llenando tus suelos de restos de almas puras, solamente vestidas de papeleras llenas de condones usados por los demonios que solo existen en tus noches.

Tu mañana será olvidada y enterrada bajo los adoquines que recubren un mundo que no tuvo tiempo de nacer, se ha perdido en un pasado que nunca ha sido suyo, pasos apresurados resuenan en las noches que nunca han conocido un amanecer, de que te sirve esperar, ya nunca volverá.

— ¿Cuánto cuesta amar? — Preguntas al cielo.

Toda una vida. — Responde el tiempo.

Enterrado en el fondo de un corazón, la verdad se ahoga y se marchita al ritmo de las estaciones de un planeta que nunca ha existido.  

No recuerdo lo que es dormir, nunca sé muy bien en qué día o en qué mes estamos, el tiempo no me habla, y tú, ya no sabes quién soy. Sonido de cadenas acompañan a las quimeras, esas que te llaman madre y que te sirven los cuerpos descuartizados de tus victimas en bonitos platos de oro y plata.

Ilusos de un ayer, deshechos del nuevo día cegados por la luz, devorados por un sueño que nunca fue suyo, pero que guardan delante de tu puerta las migajas que caen de tu boca. Ya no sabes adonde se han ido tus hijos o no recuerdas haberlos inmolado a los pies de un dios de barro, aunque quizá sea el único acto de bondad para con ellos que hayas podido tener.

— ¿Dime en qué mundo habrían crecido?

Uno sin honor, sin verdad, sin amor, si tan siquiera el consuelo de una madre demasiado ocupada en abrirse de piernas al éxito y a las luces de neón.

La muerte ronda y las furias bailan alrededor de los amantes engañados que apretujados lloran y rezan a un dios que nunca ha existido más que en las mentes calenturientas de los iluminados de turno.

Nada nunca es cómo crees verlo y todo lo que crees ver no suele ser cierto, sólo cuando la muerte te muerda la espalda será el día que dejes de ser un tarugo, y entonces verás la verdad, aunque ya será demasiado tarde.

No te das cuenta de que sólo eres el inquilino de un jardín botánico y que no tienes cerebro para poder pensar, sólo eres el soporte de la niebla que poco a poco va recubriendo tu cuerpo y el del chucho momificado que un día a tu lado se sentó, y allí murió, al igual que los sueños de esperanza del junkie que duerme su mundo de pesadillas sobre el banco del ficus que está un poco más allá.

La niebla que todo lo cubre, pronto también lo hará con la única farola que aun funciona y nadie recordará este parque, ni su estatua que contaba la historia de las aceras y de su perro fiel, en un mundo hipnótico ya desaparecido para siempre en algún sueño del final de una noche sin luna.



Ismael Mir


NOTA: La frase “y en ese estado hipnótico mi mente no paraba de pensar y me di cuenta de que…” de la novela “El diario de un hombre decepcionado” de W.N.P. Barbellion, es la que he usado para este cuento en el juego literario FRASELETREANDO, organizado por la comunidad ALMAS DE BIBLIOTECAS Y CINE.


La suspicacia del inspector Gutiérrez



Vivo en un pueblecito de interior, donde nunca sucede nada pero no dejan de pasar cosas, y todo se debe al increíble recelo del inspector de policía que se emplea con verdadera vocación, sin menospreciar la colaboración de sus ineptos ayudantes.

A Gutiérrez lo trasladaron de la capital hace unos meses y me ha llegado a resultar bastante irritante, porque todo lo convierte en un acto delictivo de gran trascendencia; pienso que si fuese juez acusaría a todos los posibles sospechosos a la pena capital sin posibilidad de defensa. Demasiado tesón para esclarecer casos inexistentes, entre ellos: La sustracción de la bicicleta ebria, Los sumideros pasan inadvertidos al atardecer, La okupación fantasma de los sábados tarde y El moroso misterioso que recibía cartas de desamor, en este último fue demasiado lejos, se presentó en nuestra casa con una orden de arresto para llevarse a mi compañera de piso.

En Mayo pasado, Troska cogió pulgas y cuando me di cuenta, Zafiro, Perla y Morgana, eran parásitos propietarios sin escritura legal de animales como avituallamiento. Ante la gravedad de la plaga no me quedó más remedio que bañar a la perra y a los tres gatos.

Todo fue bien hasta que le tocó el turno a Morgana, una gata arisca como pocas. Con la rabia de cien felinos, al meterla en la bañera se enganchó con saña y dientes, me desgarró parte de la carne del antebrazo. Tuve que ir a urgencias y el doctor anotó en el informe: Agresión Animal. Se curó con los días, y aquello quedó en una anécdota sin más.

En otro orden, mi compañera tiene un mono de noche precioso, de raso negro con hombros al descubierto, al probármelo el antepasado año para el festejo de Nochevieja, y por exceso de pandero, lo rajé de arriba abajo, cosa que la disgustó bastante, pero no dijo nada. Con resignación lo guardó para una mejor ocasión.

Después de un año de pasar hambre y realizar ejercicios agotadores, conseguí rebajar los nueve kilos que me sobraban para meterme dentro del mono. Me lo probé y estaba perfecto, el rasgado seguía descosido, pero quedaba bien aunque enseñara hasta donde la espalda pierde su decoroso nombre.

Así es que mi novio Daniel, unos amigos, el mono y yo, decidimos pasar el fin de año en el hotel de Doña Juanita, aprovechando una promoción.

Después de una noche de cierto desenfreno estábamos durmiendo plácidamente, cuando a las seis de la mañana sonó la alarma del móvil que no habíamos desconectado. A las ocho volvió a sonar y para nuestra sorpresa, era el teléfono de la habitación, desde recepción me requerían.

— Señorita Sanz, el inspector Gutiérrez pregunta por usted.

Me quedé pasmada, temblando contesté:

— Ahora mismo bajo.

Con las lagañas pegadas y el mono negro como testigo, porque no bajaba. Daniel y yo, nos acercamos a los cuatro agentes de policías.

— Señorita Núria Sanz, tendría que acompañarnos a comisaría para tomarle declaración. — Ante mi cara de incredulidad prosiguió. — Se ha presentado una denuncia de agresión contra usted. — Mi novio nervioso, observado y conteniéndose, no sabía qué hacer, y paseaba de un lado a otro midiendo el hall del hotel.

Como pude, aclaré la apreciación inadvertida de “animal” y en ese estado hipnótico mi mente no paraba de pensar y me di cuenta de que todo había sido producto de su imaginación enfermiza y mi falta de empadronamiento, mientras mis ojos no podían apartarse de la cara decepcionada que lucía ese primer día del año el inspector Gutiérrez. En el fondo me dio lástima que se quedará sin sospechoso a quien detener.


Sonia Mallorca


*Todo parecido con la realidad no es pura coincidencia.



NOTA: La frase “y en ese estado hipnótico mi mente no paraba de pensar y me di cuenta de que…” de la novela “El diario de un hombre decepcionado” de W.N.P. Barbellion, es la que he usado para este cuento en el juego literario FRASELETREANDO, organizado por la comunidad ALMAS DE BIBLIOTECAS Y CINE.

domingo, 11 de enero de 2015

TODO Y NADA



Siempre al acecho, preparada para cubrirnos con su negro manto. Se desliza ante nosotros, imperceptible incluso a nuestras miradas. Todo es un absurdo, para ella somos una representación teatral con la que, a lo largo de la vida, se regodea pensando:

Antes o después, seréis mis trofeos.

Hoy le toca a él, un hombre falto de sensibilidad y egocéntrico. Totalmente convencido de que todo gira a su alrededor. Un hombre para el que las mujeres son un simple objeto de usar y tirar.

Se acercó a ella en un bar musical, un local frecuentado por él con asidua frecuencia, seguro de que conseguiría su propósito. Una noche de pasión que satisfaga sus deseos más bajos y una conversación ostentosa cargada de pura palabrería. Sería una más de sus cientos de conquistas.

Esta vez todo se le iría de las manos, los papeles cambiarían, él sería la presa y no el cazador.

La invitó a una copa, ella aceptó, pensó:

Ya la tengo en mis redes, ninguna de estas preciosas muñecas se me resiste.

Comenzó a desnudarla con la mirada, soñando despierto en pasar sus manos por la delicada piel y el sedoso cabello de aquella diosa. Sus pensamientos volaban hacia el lugar al que pensaba llevarla y en cuanto vio el momento propicio se lo propuso.

Ella también esperaba ese momento, saboreando la estupidez de su víctima.

Asintió encantada.

–Me encantará cubrirte con mi cuerpo- le contestó.

Se dirigieron a la salida. El aparcacoches les trajo el precioso vehículo digno del mejor conquistador. Él le abrió la puerta con gesto de gran caballero y la invitó a subir, se alejaron de la zona en dirección al hotel.

No había mucha distancia, era su lugar de siempre, allí disponía de aquella habitación a la que, una vez tras otra, llevaba a sus conquistas.

Se sentaron sobre el sofá de plumas situado a los pies de la cama y le sirvió una copa de Moet.

Él siguió con su lluvia de palabras sin sentido.


                                                               ***


— Calla—. Ordenó la bella dama poniendo un dedo enguatado sobre sus labios en señal de silencio. — Acabarás por desvelar todos los secretos, y no es el momento. Demasiadas palabras dices, que expresan y ocultan, cargadas de ofensas, impregnan de incomprensibles estas paredes. Prefiero el silencio a tu verborrea. Os pronunciáis hombres pero en realidad sois bestias. Humanos, disculpa que me ría, os creéis por encima de cualquier ley natural y sois tan vulnerables que en uno de mis alientos dejáis de ser TODO para convertiros en NADA.

Se acercó a la ventana, apartó la cortina y observó al mundo a través del cristal.

— Dime una cosa simple mortal, porqué esa obsesión tan vuestra de querer controlar el tiempo, mil formas de hacerlo y seguís envejeciendo. No entiendo esa fascinación que sentís por algo que jamás podréis dominar—. Se giró y lo observó—. Veo que te tiemblan las manos. ¿Tienes miedo?

La dama extendió los brazos sin esperar respuesta y observándose las uñas por encima de los guantes, añadió:

— Durante mucho tiempo me parecisteis unas curiosas criaturas y os envidié, quise ser uno de vosotros a cualquier precio, poder sentir y ser capaz de emocionarme por una pequeña muestra de este maravilloso mundo en el que habitáis, sentir la pasión cuando se ama, entregarse a la vida sin reservas. Pero después de siglos y siglos anhelando esas facultades y ver como desperdiciáis la existencia propia, muchas veces sin el más mínimo indicio de aprecio ni voluntad, he acabado por decepcionarme por completo. Y estoy muy cansada, demasiado cansada de ver tanta indiferencia.

De la mesilla cogió un cigarro puro y lo prendió, aspirando el humo amargo que no la invadió. Se acercó al hombre recostado en el sofá y exhaló, llenando la estancia de silencio, frío y oscuridad.



Nora Biel y Laura Mir

miércoles, 7 de enero de 2015

Invierno en Castilla


                                                 * Ilustación: Fanny Campbell


Ahora que el frío queda detrás de las ventanas, y que nos vemos reunidos alrededor de esta candela, os narraré una historia que comenzó el treinta de diciembre del año 1885.

Recuerdo que el invierno de aquel año fue muy frío y había nevado copiosamente. Las dilatadas llanuras de la Mancha se hallaban cubiertas por una gruesa capa de nieve, y en las calles de Ciudad Real los chicos se entretenían entre batallas con bolas de nieve de tanta que había. En una de las calles unos niños llevaban media mañana enfrascados en su guerra, revolcándose por la nieve entre gritos y risas, montando un ruidoso alboroto. En fin lo que hacían los niños en cuanto se les dejaba solos, divertirse.

Cansados de jugar y, siendo ya hora de comer, los niños dejaron sus juegos para dirigirse a sus respetivas casas. Uno de ellos vio un muchacho medio desnudo que intentaba resguardarse del frío en un portal. Tiritaba de tal modo que le castañeaban los dientes. Bautista, que era el nombre del niño, impresionado por el lamentable estado de aquel otro se acercó y le preguntó que por qué no se abrigaba mejor, por qué no se retiraba a su casa. El niño le contestó que no tenía más abrigo que aquél y que su padre le había echado de casa por no haber llevado más que un trozo de pan y un par de céntimos. Se llamaba Juan y se dedicaba a la mendicidad.

Al escuchar estas palabras Bautista, cogiéndole de la mano, le llevó a su casa y con el permiso de sus padres le dio ropa de abrigo de la que él tenía de sobra, y comida suficiente para que aquel día no tuviera que volver a pensar en su hambre. A estos nobles gestos añadió el casi medio real que tenía en su hucha, que era todo lo que había conseguido ahorrar de la paga de sus padres.
Aquel niño al verse abrigado, comido y con aquella cantidad de dinero en sus manos, con lágrimas en los ojos y el corazón agradecido, no pudo hacer otra cosa que exclamar al cielo y bendecir aquella familia que tanto estaba haciendo por él. Se fue mejor abrigado de lo que vino y habiendo comido caliente, cosa que no recordaba haber hecho en mucho tiempo. Desapareció entre las blancas calles de aquel frío día de crudo invierno.

Pasaron los años y Bautista creció sin que la suerte dejara nunca de acompañarle. Se convirtió en un hombre honrado de buenos principios, contrajo matrimonio con una mujer encantadora y tenía dos preciosas niñas. Él y su familia vivían en una casa de campo, modesta pero próspera en las afueras de la ciudad.

A Bautista le encantaba la caza y siempre que podía le gustaba salir al monte y traerse algunas piezas para completar el rancho familiar. Un día mientras cazaba en un bosque de los alrededores, distraído por la emoción de aquella buena jornada de caza con varias piezas cobradas, se adentró más de lo que tenía por costumbre en el bosque, donde fue sorprendido por dos hombres armados con trabucos. Tras quitarle la escopeta y las presas, le condujeron hacia el interior del bosque por unos senderos tortuosos, hasta llegar a una cueva que debía de servir de guarida a los bandidos. Había más hombres, también armados con trabucos, machetes y espadas que les esperaban.

Uno de ellos se adelantó, mientras los otros se apartaban para darle paso. Bautista pensó que debía ser el jefe de aquella banda. Se le quedó mirando, de arriba abajo por unos segundos, hasta que clavó su mirada en sus ojos. Sin pestañear le preguntó por su nombre y por su casa. Bautista se negó, temiendo que los bandoleros quisieran hacer daño a su familia, lo que en aquellos tiempos solía pasar a menudo. Los maleantes solían asaltar casas de campo alejadas, llevándose todo lo que encontraran de valor sin importarles que la sangre corriera. Pero el bandolero, poniéndole la boca del trabuco debajo de la barbilla, le dijo que podía guardar su nombre, si así lo deseaba, pero sólo si le quitaba importancia a dejar los sesos manchando las paredes de la cueva. Bautista sólo pudo que obedecer.

Cuando Bautista le dijo su nombre y apellidos ocurrió algo que le sorprendió de sobremanera. El que sin ningún lugar a dudas era el jefe de esos bandoleros, dirigiéndose a sus compañeros  dijo que le devolvieran a ese hombre su escopeta y su caza, que le acompañaran hasta el camino para que pudiera llegar temprano a su casa y sobre todo sin causarle el más mínimo agravio. Pidió a  Bautista que no descubriera su escondrijo.

Se comenzaron a oír protestas y recriminaciones, “desvelará el escondite”, “tiene armas valiosas”, “es de mayor provecho degollado.” El jefe levantó la mano y con una mirada fría dijo unas palabras:

— Da pan al que tiene hambre y abrigo al que tiene frío. Quién tenga valor para tocar a este hombre tendrá que vérselas conmigo. ¡Juro por la sangre que me corre que mataré como a un perro a quien toque un pelo de su cabeza! —. Dijo con la expresión feroz en la cara.

Sin decir nada más se volvió hacia el involuntario invitado, se acercó a él y le puso en la mano medio real. Bautista recordó al niño desvalido, hambriento y medio desnudo de su niñez, que temblaba medio muerto de frío en aquel portal, se llamaba Juan.

Aquel día Bautista regresó pronto a su casa, poseedor de un secreto que jamás desvelaría. A partir de entonces, sobre unos de los pilares que sujetaban la cancela de su casa, todas las noches dejaba medio real. De tanto en tanto desaparecía, pero quién sabe si el agradecimiento, hacía que a veces apareciese más dinero del que había dejado el día anterior.

Esta historia ocurrió hace muchos años y os aseguro que es real, porque el niño desvalido y muerto de frío no fue otro que yo mismo. Hace ya algunos años que no visito la casa de Bautista, ahora ya no lo necesito, sé que están bien, él y su familia. Quiero suponer que envejeciendo como yo lo hago cada día alrededor de esta candela  y de los míos. Puede que un día de estos, antes de que la vida se me escape, vaya a visitarlo. Esta vez, pero, no pasaré de largo y llamaré a su puerta. Puede, hijos míos, que os haya gustado este pasaje de mi vida.



Hipólito


viernes, 26 de diciembre de 2014

LA BUHARDILLA DE OLIVIA



Desde el ventanuco de la buhardilla acompañada de su fiel perro Mysti, Olivia observaba como la nieve caía recubriendo las calles y los tejados de la cuidad.

La horrible mujer con la cual se había casado su padre, solía encerrarla allí arriba por cualquier motivo, real o ficticio, sin sospechar que a Olivia le gustaba ese lugar lleno de polvo y de misterio. Estaba repleto de cajas y de cosas que a lo largo de los años se habían ido amontonando por los rincones.

Hoy hacia mucho frío, el viento helado del invierno se filtraba por todas las rendijas y hacía que se estremeciera por mucho que se abrazara a su querido Mysti, mientras imaginaba que estaba entre los brazos de su madre. Olivia nunca había llegado a conocerla. Según lo que le había contado su padre, había muerto en el parto y aunque Olivia soñaba con ella todas las noches, nunca podía por mucho que se esforzara, recordar su rostro.

Además, nunca había visto una foto de ella en casa: “Seguro que la bruja con la que se había casado su padre las había tirado o escondido”. Pensaba Olivia.

Cuánto le hubiese gustado poder verla y dejarse querer por ella. Todo eso imaginaba mientras abrazaba a su único amigo, puede que nunca la hubiese conocido pero la echaba tanto de menos. Siempre pensaba en ella cuando veía a otros niños de la mano de sus madres cuando salía a la calle. En aquellos momentos no podía evitar llorar, lo que conllevó que no la sacaran mucho de casa por ser muy llorona y sensiblera.

Antes de ponerse a llorar otra vez, decidió buscar entre todas las pertenencias allí almacenadas, una manta vieja o algo con que cubrirse que mitigara un poco el helor que sentía.

La buhardilla estaba repleta de cajas, paquetes, muebles, maletas viejas, baúles; todo estaba cubierto de una gruesa capa de polvo.

Dentro de un viejo armario Olivia encontró un abrigo de lana, raído y descolorido que le quedaba muy grande, pero que le proporcionó protección contra el frío de esa tarde invernal.

Tenía las manos heladas, para calentárselas las metió en los bolsillos, faltaba poco para que su madrastra viniera a buscarla, siempre le levantaba el castigo un poco antes de que volviera su padre del trabajo, para después hacerse la mártir y quejarse del comportamiento incorregible. Éste, cansado de trabajar, escuchaba las quejas con paciencia y la reconvenía un poco. Ella sabía que su padre la quería, pero estaba tan ocupado que pocas veces podían disfrutar juntos.

En ese preciso momento le pareció palpar algo en el fondo del bolsillo derecho del viejo abrigo que le llegaba hasta los pies, era una vieja nota de papel amarilleada por el tiempo, que ponía:

“Busca la puerta del mundo olvidado que está hacia abajo y donde sólo se puede llegar desde arriba. Cuando lo encuentres, allí te estaré esperando.

Madelene”.

Madelene, era el nombre de su madre. Leyó la nota unas cuantas veces más, hasta que se convenció de que la misiva era de ella y algo dentro de su corazoncito le decía que buscara esa misteriosa puerta. Cuando oyó que la llamaban, era su madrastra que le decía que ya era hora de volver a su cuarto para esperar a su padre, Olivia se guardó la nota y escondió el abrigo, resuelta a volver cuanto antes para poder empezar la búsqueda.

Aquella noche Olivia soñó que bajaba unas escaleras de colores y al final de ella, la esperaba una mujer vestida de blanco con los brazos abiertos a los cuales se lanzó sin pensarlo, sabía que era su madre. Mientras la abrazaba y la besaba esta le dijo al oído:

— Sabía que encontrarías el baúl, hermosa mía.

Olivia se despertó sobresaltada, ella había visto unos cuantos baúles viejos en la buhardilla, debía volver ahí arriba la antes posible. Decidió portarse mal desde primera hora, con un poco de suerte su malvada madrastra la castigaría pronto y podría comenzar su búsqueda. Olivia volvió a dormirse con una sonrisa en la cara.

No eran aún las diez de la mañana, cuando Olivia ya estaba castigada en la buhardilla con su amigo Misty. Había derramado adrede una botella de leche, crimen capital, según su madrastra.

Una vez en la buhardilla y con el viejo abrigo puesto, Olivia empezó a buscar, los baúles estaban casi todos en el mismo lugar, en un rincón, unos sobre otros; todos eran más grandes que ella, ninguno parecía diferente a los demás, salvo uno.

Éste, curiosamente estaba tapado con una manta gruesa y pesada, después de tirar y forcejear, por fin pudo dejar al descubierto el misterioso baúl, Olivia se quedó con la boca abierta. No era un viejo trasto lleno de polvo y mugre, era magnífico. Las esquinas estaban tachonadas con cobre, todas las bisagras brillaban, la tapa estaba tallada con imágenes de planetas, animales fantásticos, dragones, hadas, hasta había unicornios que parecían tener vida propia. Olivia sabía que había encontrado el baúl de sus sueños, ahora sólo faltaba poder abrirlo.

El cierre era de un hierro negro y brillante, no se veía ningún agujero de una cerradura y parecía que era una pieza más de adorno. Olivia intento tirar de la tapa hacia arriba, pero no se movía, además de que debía pesar bastante, ya llevaba más de una hora intentando abrir el dichoso baúl, cuando en una esquina de la tapa se fijo que había una talla diferente a las demás, era la palma de una mano pequeña como la suya.

Olivia con el corazón latiendo muy rápido en el pecho, apoyó su mano sobre la talla. De repente el baúl comenzó a temblar y a sacudirse, asustada Olivia retiró la mano.

La tapa se estaba levantando sola, muy lentamente y por la rendija salía una luz dorada que hacía daño a la vista si la mirabas muy fijamente. Misty estaba a su lado gruñendo ligeramente intercalando algún gemido, pero movía el rabo como si supiera lo que había en aquel baúl.

Cuando estuvo abierto, Olivia no pudo evitar asomarse dentro.

Al hacerlo vio una escalera de peldaños de colores, igual a la del sueño.

Misty y ella, empezaron a bajar adentrándose en un mundo nuevo, todo lo que les rodeaba era mágico, las nubes del cielo que ahora la cubría se paraban a hablar, los pájaros tenían cuatro alas, las fuentes de agua cantaban canciones, extraños y bellos caballos galopaban por los prados de hierba intensamente irisados.

Subiendo hacia ella por aquella escalera, Olivia, vio a una mujer vestida de blanco, con sus largos cabellos dorados que parecían dejar polvo de estrellas a su paso, supo de inmediato quien era aquella desconocida, por fin sus sueños tendrían rostro.

Olivia y su madre se fundieron en un abrazo de años de separación y de tristeza, que en esos mismos instantes se esfumaron para dejar paso a la alegría y la felicidad más absoluta, entre lágrimas, risas entrecortadas y tiernos besos.

Olivia y Misty en contra de lo que podríais pensar no desaparecieron, la madre de Olivia era una gran maga que había sido desterrada del mundo de los hombres por la maldición de un malvado brujo, pero ella había conseguido mantener una de las puertas mágicas abierta. Sabía que su hija algún día la encontraría porque también poseía sus poderes, y su don la guiaría hacia ella.

Esa puerta tenía una peculiaridad, en cuanto traspasabas su marco, el tiempo se paraba en el mundo de los hombres.

Olivia pudo vivir felizmente a caballo entre dos mundos, y durante toda su vida la acompañó un baúl de madera tallada con las esquinas remachadas de cobre brillante.


Sonia Mallorca