miércoles, 8 de abril de 2015

El fluir de la vida - Poemario de KAIROS42



INTRODUCCIÓN

Decía Bashò que haiku es "lo que está ocurriendo ahora". Quizás, huyendo de abstracciones intelectuales, quería expresar que se trataba de alcanzar momentos intemporales, es decir eternizar la espléndida porción de presente que está ahí.

Habitualmente somos ciegos a la belleza que se encierra en cada instante. Vivimos añorando un pasado que ya no está, y anhelando un futuro que todavía no existe. Parece como si el presente fuera algo molesto que hubiese que tragar apresuradamente, como una purga. Así se nos va la vida.

En la composición me he ceñido a la estructura ortodoxa del haiku, la estrofa de tres versos de 5, 7 y 5 sílabas respectivamente. Aunque, como es sabido, en el haiku no es preceptiva la rima, si lo es el kigo o palabra que indica la estación. El idioma japonés se presta a la expresión de matices sutiles en un espacio mínimo. En español es difícil, en ocasiones, lograr un kigo que no sea explícito. A ello hay que añadir que el haiku debe ser espontáneo, sin elaborar, sin contenidos intelectuales, sin juegos de palabras ingeniosos. Se trata de la fusión entre el observador, el poeta, y lo observado, la naturaleza. Bashò (1644-1694), figura cumbre del haiku, fue un hombre religioso, próximo a la mística budista.

El poemario se compone de 60 haikus, agrupados según las estaciones del año. He adoptado esta distribución clásica, no ya por seguir la convención que, por otra parte, en las escuelas japonesas modernas no se respeta demasiado, sino porque comparto la idea primitiva del haiku, que identificaba el fluir de la vida con el discurrir de las estaciones. Ese sentido de la vida que fluye, maravillosamente, sin esfuerzo, sin conflicto, de un modo perfecto, es el que he experimentado al escribirlos. Así, además del goce de la creación estética, he disfrutado de una íntima experiencia espiritual.

Por último, en muchos de estos haikus he utilizado topónimos, y reflejado imágenes de la flora y fauna de Denia y la Marina Alta y de la comarca de Alicante, porque es el medio natural más próximo a mis ojos y a mi corazón.


PRIMAVERA:


                  La luna blanca
                  alumbra la espesura.
                ¿Hablan las hojas?

                                                                                    
                                                                             Lucen frú-frú,
                                                                                bailarinas graciosas,
                                                                                las flores blancas.


Rebaño blanco
paciendo limpios cielos.
Pradera azul.

                                                         Flores de jara
                                                   como papel parecen
                                                   de seda malva.

                                                                                     
                                                                                        Entre los árboles
                                                                                        vocecitas airadas,
                                                                                        pleito de pájaros.




viernes, 3 de abril de 2015

El consuelo



En muchas familias, existe esa mujer que nunca se empareja para tener hijos propios y tiene la exclusiva misión de velar por todos los cachorros de la manada, es a la que llamamos la tía coyote. Así fue como mi tía Elena, siguiendo el ejemplo de la naturaleza, ejerció su compromiso hasta la muerte, haciendo de madre de todos, sin haber engendrado a ninguno.

Nos unía un vínculo muy especial, quizá porque siempre fui la más débil del clan y sentía cierta inclinación a mi protección, incluso cuando me hice mayor y comprendía, hasta cierto punto, la soledad que imperaba en su vida. Vivirla a través de los logros de otros sin la posibilidad biológica de sentirlos propios. En cierta forma, me daba pena, e imaginaba que debía de haber una historia oculta detrás, se me hacía raro, porque era bien parecida, cariñosa y muy amable.

La vida más o menos fue pasando hasta que enfermó, y decidí, puesto que mi trabajo me lo permitía, cuidar de ella hasta su fallecimiento. Era como devolverle algo de todo lo que nos había dado.

Durante los pocos años que duró su enfermedad, hablamos mucho. Pocas veces se quejó de lo que le había tocado vivir, pero entre consejos amorosos que me daba y expresiones sueltas, pude hilar una historia.

Pablo llegó al pueblo un verano y Elena se enamoró de él. No podía ser de otro modo, era joven, guapo, divertido y artista. Algo que a mis abuelos nunca les gustó porque lo veían bohemio y sin un futuro aceptable, un pelagatos, decían. Oponiéndose de forma categórica a ese gran amor que ambos se profesaban.

Ante tanta presión y no quedándoles más remedio, una noche se fugaron y, anduvieron hasta que su padre los encontró a la mañana siguiente y la trajo de vuelta a casa entre amenazas y lágrimas. Haciendo de mi tía, la mujer más desgraciada del mundo, convirtiéndola en la comidilla del pueblo y marcándola de por vida por una sociedad excesivamente encorsetada, falsamente puritana y con un índice acusador muy ágil, capaz de enviar a una persona eternamente y sin dilación, al otro lado de las sombras.

Si hubieron cartas de por medio, lo ignoro, lo cierto es que con ellas o sin ellas, el tiempo transcurrió y los suspiros del principio se transformaron con el acontecer de los meses en tristeza, que con los años fue una amargura profunda que abarcaba todo su corazón, haciendo que la responsabilidad de cuidar a los que íbamos llegando, llenará como un sucedáneo, sus tremendos vacíos internos.

En cierta ocasión y próxima a su muerte, me dijo que le gustaría que al faltar ella, me quedara y conservara la estatua que compró hace años en una galería de la ciudad, y que ahora decoraba el salón. Le tenía gran estima y por nada del mundo desearía que fuesen a otras manos, que debía quedarse en la familia, como todo, como ella misma.

Hoy, limpiando a fondo, y viendo la escultura El Beso como la llamaba ella, llena de polvo, he procedido a meterla en agua jabonosa y al volcarla para introducirla en la bañera he podido leer a duras penas:

En un beso sabrás todo lo que he callado, todo lo que te he amado durante estos años, pero ese beso que tanto deseo, hoy no llegará, deberá esperar a mañana, este es mi consuelo diario”.

Grabado toscamente sobre la gran base de la figura de frío mármol, como si se hubiese hecho con un punzón, encima de la firma del mundialmente famoso escultor, Pablo Santián.


Laura Mir


miércoles, 1 de abril de 2015

Si tuviera



Si tuviera que morir porque he amado,

con gusto pues sería condenado.

Si tuviera que vivir sin tu recuerdo,

con mucho quisiera ser ajusticiado.

 

El mañana de un futuro a tu lado,

pintará mi cuerpo de empeño.

Me atormenta lo que no me has dado,

porque solo vivo por un sueño.

 

No mires mi helada tristeza,

así son las cosas de la vida.

Mientras escribo tu belleza,

tu mirada en mí se acomoda.

 

Ver la vida, los cuerpos pegados,

baile de labios bajo tus ojos.

Mirar dos reflejos cruzados,

encontrándose en los espejos.

 

Sigo tus pasos por el mundo,

acunando tú sueño inacabado.

Mimando tu cuerpo maltrecho,

mi vida reposando sobre tu pecho.

 

Soy aquel que mora a tu sombra,

vigilando el hilo de un destino.

Esperando al filo de la palabra,

seguir a tu lado por el camino.

 

Sueño con regalarte un recuerdo,

que sería dulce a tu mirar azulado.

En un beso, sabrás todo lo que he callado,

que siempre sería por ti, recordado.

 

Si tuviera que morir porque he amado,

con gusto pues sería condenado.

Si tuviera que vivir sin tu recuerdo,

Cuánto quisiera haberte besado.

 


Benjamín J. Green



lunes, 30 de marzo de 2015

Aquel largo pasillo





Te presioné porque no podía soportarlo, y te fuiste sin decirme que hacer con María. Dijiste que necesitabas pensarlo, que no tenías corazón para ello y que a la vuelta, me lo dirías. Me quedé esperando e intentando pasar los días, y día a día, como en procesión, fui recorriendo con pasos cansinos aquel largo pasillo.

Cruzando la madrugada, me despertó angustiada un sueño, no lo recuerdo bien, pero eran gritos y humo, mucho humo, se veían por entre las montañas. Pasaron unos minutos en los que estaba desconcertada, quise recordarlo entero por si era un vaticinio, al menos para serenarme un poco, pero por muchas vueltas que le di, no hubo forma, no le encontré sentido.

Me levanté dejando esa pesadilla enredada en la cabecera de la cama, entre el embozo y la perra acurrucada, no le dije nada a la oportunista, para qué, era día de cambiar las sábanas. Entonces preparé café y resignada, comencé mi jornada, poca cosa más podía hacer.

Llegó Adela para removerlo todo, tocaba limpieza general. La oía trajinar y cantar, estaba contenta. Me hacía mucho daño su felicidad en esas lentas horas de larga espera, ella no sabía que prefería el silencio y la soledad, y me preguntaba, me preguntaba hasta la saciedad, cómo lo quería todo y si hacía los cristales.

— Hoy, señora, no lloverá.

— ¿No lloverá?—. Le sonreí por no sollozar, qué me importaba lo que hiciera fuera cuando en mi interior sentía un huracán que me movía y removía, en contradicción al transcurso habitual y lento de la mañana.

Tocaron al timbre.

— Señora. ¿Va?

Era una carta del banco por la nueva ley de evasiones de capital.

 — Ya iré, no hay prisa, poco hay para evadir, puede esperar.

Llamó mi madre, otra mala noche en un estar sin estar, acongojada como siempre en su penar.

— Y María, hija mía, Dios la guardará.

No dije mucho, la entendí, la tranquilicé un poco, no pude hacer mucho más.
Llamaron otra vez a la puerta.

— Señora. ¿Va?

Dos trajes impecables, impersonales y con voz grave, me dijeron que tu avión se había estrellado entre las montañas, no volverías jamás.

— Señora, recoja el abrigo, nos tiene que acompañar.

— No, ahora no puedo—. Logré balbucear entre prisas mientras recogía el gabán.

No lo entendían, hablaban y hablaban entre ellos, como si yo no estuviera, con la rabia que eso me da. Sobre un shock, decían, en el que no era capaz de reparar, qué sabían… Nada. No sabían absolutamente nada de nuestros meses de sufrimiento.

Y seguían diciendo que necesitaba asistencia profesional. Les dije que tenía algo urgente que hacer, que no podía esperar. Se miraron indecisos, no sabían cómo actuar, mientras les seguía diciendo y rediciendo, que antes debía pasar por el hospital. Recorrer aquel largo pasillo donde cada día perdía la esperanza un poco más, y acabar de una vez. Tenía que firmar, y firmar ya, sin demora.

— ¿Firmar, señora?—. Se miraron extrañados.

— Sí, sí, firmar.

Ya no quedaba mucho por lo que luchar, por fin pude dar el paso que tanto nos costó ordenar, para que nuestra única hija, María, pudiese descansar y reunirse contigo, allá donde Dios os quisiera guardar.



Laura Mir


jueves, 26 de marzo de 2015

LA HERENCIA - TERCERA Y ÚLTIMA PARTE




La noche fue espantosa, apenas pude dormir, y cuando me rendía el sueño sufría unas pesadillas que parecían reales — acaso lo fueran…—, pobladas de sombras, voces susurrantes que pretendían atraerme hacia lugares imposibles, voces amenazadoras. Situaciones abominables, tales como encontrarme en el interior de un sepulcro.

Por fin, la aurora me liberó del horror y sentí que la capacidad de razonar regresaba a mi maltrecho cerebro. Mi primer objeto de pensamiento lógico fue Lidia, como no podía ser de otro modo. De todas formas, el número de dudas superaba con creces, al de certezas: ¿Quién era Lidia, cómo podía estar sola tanto tiempo? Más aún ¿Existía el tiempo para ella, o bien, discurría como el mío? ¿Por qué no parecía haber necesitado nada hasta el presente?

Todas estas preguntas me conducían inexorablemente a una sola respuesta, que yo me obstinaba en rechazar. Mi mente hervía tratando de buscar otra explicación. Aún así, las certezas eran muy firmes, poderosas, motivadoras:

Pensaba que Lidia era la mujer más maravillosa que había conocido en mi vida. Las intensas horas compartidas nos habían dado un tal grado de afinidad, confianza, atracción recíproca, felicidad, de amor en suma, que había decidido no separarme de ella jamás.
            
Durante el desayuno, seguí inmerso en mis pensamientos. No obstante, advertí que los miembros del servicio presentes me miraban de una manera rara, mezcla de temor y curiosidad, al tiempo que cuchicheaban a hurtadillas. No quise perder el tiempo afeándoles su conducta, tanto más, cuanto ya eran casi las nueve. Abandoné el gran comedor, salí al exterior y me dirigí adonde me había citado Lidia, el jardín junto a la fachada norte. La brisa fresca de la mañana no conseguía aplacar el estado febril en que me encontraba, mis pasos iban acelerándose progresivamente, las sienes, dilatadas, amenazaban estallar.

Llegado al norte del edificio, vi un extraño jardín limitado por un viejo muro de piedra, la propia fachada, y sendos encinares a derecha e izquierda. La maleza crecía descuidada hasta el punto de casi ahogar las escasas flores que sobrevivían, descoloridas y mustias. Anduve un rato buscando a Lidia, hasta que la divisé, a unos treinta metros, sentada en un banco bajo. Me acerqué a ella abrumado por una inquietante mezcla de sentimientos, el corazón latiendo hasta el dolor.

— Buenos días, Raúl. Entiendo que estés angustiado. Espera un poco y Contestaré todas tus preguntas. Disiparé tus dudas.

Me dijo con rostro serio suavizado por una leve sonrisa. Incapaz de hablar, quedé petrificado cuando advertí que el improvisado asiento de Lidia era una lápida, con una modesta cruz en el cabecero. Antes de que pudiera preguntarle nada, se puso en pie con elegancia, se apartó ligeramente y me señaló la tumba, al tiempo que leía la inscripción:

AQUÍ YACE DOÑA LIDIA TIMONEDA Y ARLANZÓN (1857-1875) HIJA AMANTÍSIMA DESCANSE EN PAZ

— ¡No, no puede ser! ¡No estás muerta! Te tengo aquí ante mí, llena de vida. Sólo un día juntos ha sido como años de convivencia. Hemos compartido todo el amor y la belleza guardados en nuestros corazones hasta que llegase el momento oportuno, la persona adecuada. Lidia, sabes que te amo con toda mi alma.

— Raúl, querido, yo también te amo con toda mi alma. No puedo hacerlo con mi cuerpo porque soy un espíritu. Dejé el plano de existencia que llamáis “vida” a los dieciocho años de mi nacimiento.

— ¿No has abandonado nunca el palacio desde entonces?

Le pregunté invadido de extrema compasión.

— No, ya te lo dije ayer, pero tu cerebro se negaba a admitirlo. Como cuando insinué que la soledad y la poesía habían sido mis únicas compañeras en ciento veintidós años.

Su voz  no denotaba tristeza, dolor, desesperación. Aunque todavía debía preguntarle algo.

— ¿Cómo has podido resistir tantos años de soledad? ¿No echas nada de menos?

— No, Raúl, el tiempo no existe para mí. Gozo de un  perpetuo presente. Pero siempre he tenido la certeza de que llegaría el amor. No sabía de qué forma, ni quién me lo regalaría. Por eso mantenía una luz en la ventana de mi alma para guiarlo hasta aquí.

— ¿A pesar de encontrarte en otra dimensión existencial distinta?
Inquirí escéptico.

— Sí, a pesar de ello. Habitualmente, se cumple la separación absoluta entre ambos planos. Ahora bien, se da un caso entre diez millones en que, seres especiales, con una afinidad espiritual extraordinaria, logran franquear el umbral y concebir un amor con vocación de eternidad. Esto es lo que nos ha ocurrido a nosotros, por lo que te ha sido posible verme desde el primer momento, como sí tuviera también una estructura material. Por eso he sabido que eras tú a quien esperaba.

Repuso Lidia, con la cara radiante de felicidad.

En aquel momento, desaparecieron todos mis temores, y dudas, si bien comprendía que era yo quien debía pasar a su plano de vida, renunciando al mío.  Sabía que iba a lanzarme al vacío, mediante un acto de fe, sabiendo que ella me recogería al otro lado.

— Lidia, amor mío, yo voy contigo a donde me lleves. Dime qué he de hacer.

— Sencillamente, abrázame y nos fundiremos para siempre, liberados del espacio y el tiempo.

Abarqué su nada con mis brazos, noté que una fuerza poderosa tiraba de mí. Acto seguido, experimenté la sensación de penetrar uno en el otro, me inundó una luz blanquísima y supe que éramos uno.

Después nos sumergimos en una oscuridad densa, acariciante. Repentinamente volvió la luz a iluminarnos, y una mujer, vestida de blanco, comenzó a decirme cosas incomprensibles.

— ¡Don Raúl, don Raúl! Es la hora de su medicación, incorpórese un poco, por favor.



Kairos42


Inicio de la historia: LA HERENCIA - PRIMERA PARTE


lunes, 23 de marzo de 2015

Mundo azulado




Escribo a tus mañanas y a tus noches. Escribo en esas horas extrañas en que no son ni una cosa ni la otra, es cuando puedo dejar que mi pluma vuele libre, para que pueda dibujar con su magia los contornos de esa piel que, aún no he podido tatuar con mis palabras trenzada entre los mechones de emociones y de pensamientos que me embargan.

Dejo que el viento que nace de tus suspiros entren por mi ventana y me lleven de un lugar a otro, donde bebo siempre sediento de las aguas claras y frescas de los mundos que regalas, impregnándome de los aromas, admirando esos colores que no existen más que en tu imaginación vestida de sueños.

Mientras me queden fuerzas seguiré las sendas que pasan delante de todas tus edades, entraré y saldré de las vidas de los que de alguna manera comparten tantos viajes contigo. Creeré que las mañanas han sido pintadas en tus cielos para mí, mientras me paseo por entre las nubes, jugando al escondite con los futuros que están por venir, sobre todo aquellos que nos requieren entre risas y gritos.

Mientras mis ojos registran los horizontes buscando las puertas que llevan un poco más allá, mi ansia por creer que lo imposible existe. Solo tengo que dejarme llevar e inventar palabras que nos conducirán donde nunca nadie ha estado jamás, porque en la profundidad del invierno, finalmente, aprendí que dentro de mí yace un verano invencible.

Erradicada la oscuridad que planeaba sobre mis pesadillas de antaño, miro cara a cara al destino, sostengo la mirada y le obligo a llevarme por donde yo quiero, indiferente a sus protestas y pataleos.

Sé que ese día llegará, y será él, el que ría el último, pero me da igual, porque ese día ya habrá dejado de importarme, cuando me recubran los seis palmos reglamentarios y tenga la boca llena de tierra, nadie oirá ya, lo que tenga que decir.

Así que sordo a sus quejas, lo arrastro, empujo y tiro por la senda que he elegido, donde los tiempos que están por nacer de tus sueños, me esperan con una cálida bienvenida en la voz y un lugar acogedor en tu memoria. Ese es el destino que quiero para mí, acompañados de alguna manera, de todo lo que anhelo.

Puede que no todo vaya como desees o sueñes, pues la perfección no existe en los corazones humanos, aunque las intenciones si lo sean. Solo será cuestión de capear el temporal con una canción a la mañana que está por llegar y con una sonrisa de tus labios.

Pasearé a tu lado, escuchando los sonidos del mundo y mirando la vida a través de este presente que hoy solo pasa a través de ti, me aferraré con uñas y dientes a tus sentimientos, bailaré sobre los fuegos del infierno de los mediocres, sin que estos puedan ni siquiera tener la posibilidad de tocarme.

Planearé sobre las llanuras estériles del fanatismo y de la sinrazón, cogido de tu mano, mientras nacen los poemas y mueren los tiempos oscuros de un pasado casi olvidado.

Ahora, solo deseo mirar al mundo a través de tus azulados ojos, porque quiero despertar cada mañana al lado de alguien que aún conserva su alma.



Benjamín J. Green