domingo, 12 de abril de 2015
miércoles, 8 de abril de 2015
El fluir de la vida - Poemario de KAIROS42
INTRODUCCIÓN
Decía Bashò que haiku es "lo que está ocurriendo ahora". Quizás, huyendo de abstracciones intelectuales, quería expresar que se trataba de alcanzar momentos intemporales, es decir eternizar la espléndida porción de presente que está ahí.
Habitualmente somos ciegos a la belleza que se encierra en cada instante. Vivimos añorando un pasado que ya no está, y anhelando un futuro que todavía no existe. Parece como si el presente fuera algo molesto que hubiese que tragar apresuradamente, como una purga. Así se nos va la vida.
En la composición me he ceñido a la estructura ortodoxa del haiku, la estrofa de tres versos de 5, 7 y 5 sílabas respectivamente. Aunque, como es sabido, en el haiku no es preceptiva la rima, si lo es el kigo o palabra que indica la estación. El idioma japonés se presta a la expresión de matices sutiles en un espacio mínimo. En español es difícil, en ocasiones, lograr un kigo que no sea explícito. A ello hay que añadir que el haiku debe ser espontáneo, sin elaborar, sin contenidos intelectuales, sin juegos de palabras ingeniosos. Se trata de la fusión entre el observador, el poeta, y lo observado, la naturaleza. Bashò (1644-1694), figura cumbre del haiku, fue un hombre religioso, próximo a la mística budista.
El poemario se compone de
60 haikus, agrupados según las estaciones del año. He adoptado esta
distribución clásica, no ya por seguir la convención que, por otra parte, en
las escuelas japonesas modernas no se respeta demasiado, sino porque comparto
la idea primitiva del haiku, que identificaba el fluir de la vida con el
discurrir de las estaciones. Ese sentido de la vida que fluye,
maravillosamente, sin esfuerzo, sin conflicto, de un modo perfecto, es el que
he experimentado al escribirlos. Así, además del goce de la creación estética,
he disfrutado de una íntima experiencia espiritual.
Por último, en muchos de
estos haikus he utilizado topónimos, y reflejado imágenes de la flora y fauna
de Denia y la Marina Alta y de la comarca de Alicante, porque es el medio
natural más próximo a mis ojos y a mi corazón.
PRIMAVERA:
La luna blanca
alumbra la espesura.
¿Hablan
las hojas?
Lucen
frú-frú,
bailarinas
graciosas,
las
flores blancas.
Rebaño
blanco
paciendo
limpios cielos.
Pradera
azul.
Flores de jara
como papel parecen
de
seda malva.
Entre
los árboles
vocecitas
airadas,
pleito
de pájaros.
viernes, 3 de abril de 2015
El consuelo
En muchas familias, existe esa
mujer que nunca se empareja para tener hijos propios y tiene la exclusiva
misión de velar por todos los cachorros de la manada, es a la que llamamos la
tía coyote. Así fue como mi tía Elena, siguiendo el ejemplo de la naturaleza,
ejerció su compromiso hasta la muerte, haciendo de madre de todos, sin haber
engendrado a ninguno.
Nos unía un vínculo muy
especial, quizá porque siempre fui la más débil del clan y sentía cierta
inclinación a mi protección, incluso cuando me hice mayor y comprendía, hasta
cierto punto, la soledad que imperaba en su vida. Vivirla a través de los
logros de otros sin la posibilidad biológica de sentirlos propios. En cierta
forma, me daba pena, e imaginaba que debía de haber una historia oculta detrás,
se me hacía raro, porque era bien parecida, cariñosa y muy amable.
La vida más o menos fue
pasando hasta que enfermó, y decidí, puesto que mi trabajo me lo permitía,
cuidar de ella hasta su fallecimiento. Era como devolverle algo de todo lo que nos
había dado.
Durante los pocos años que
duró su enfermedad, hablamos mucho. Pocas veces se quejó de lo que le había
tocado vivir, pero entre consejos amorosos que me daba y expresiones sueltas, pude
hilar una historia.
Pablo llegó al pueblo un
verano y Elena se enamoró de él. No podía ser de otro modo, era joven, guapo,
divertido y artista. Algo que a mis abuelos nunca les gustó porque lo veían
bohemio y sin un futuro aceptable, un pelagatos, decían. Oponiéndose de forma
categórica a ese gran amor que ambos se profesaban.
Ante tanta presión y no
quedándoles más remedio, una noche se fugaron y, anduvieron hasta que su padre
los encontró a la mañana siguiente y la trajo de vuelta a casa entre amenazas y
lágrimas. Haciendo de mi tía, la mujer más desgraciada del mundo, convirtiéndola
en la comidilla del pueblo y marcándola de por vida por una sociedad excesivamente
encorsetada, falsamente puritana y con un índice acusador muy ágil, capaz de
enviar a una persona eternamente y sin dilación, al otro lado de las sombras.
Si hubieron cartas de por
medio, lo ignoro, lo cierto es que con ellas o sin ellas, el tiempo transcurrió
y los suspiros del principio se transformaron con el acontecer de los meses en
tristeza, que con los años fue una amargura profunda que abarcaba todo su
corazón, haciendo que la responsabilidad de cuidar a los que íbamos llegando, llenará
como un sucedáneo, sus tremendos vacíos internos.
En cierta ocasión y próxima
a su muerte, me dijo que le gustaría que al faltar ella, me quedara y
conservara la estatua que compró hace años en una galería de la ciudad, y que
ahora decoraba el salón. Le tenía gran estima y por nada del mundo desearía que
fuesen a otras manos, que debía quedarse en la familia, como todo, como ella
misma.
Hoy, limpiando a fondo, y
viendo la escultura El Beso como la llamaba ella, llena de polvo, he
procedido a meterla en agua jabonosa y al volcarla para introducirla en la
bañera he podido leer a duras penas:
“En un beso sabrás todo lo
que he callado, todo lo que te he amado durante estos años, pero ese beso que
tanto deseo, hoy no llegará, deberá esperar a mañana, este es mi consuelo
diario”.
Grabado toscamente sobre la
gran base de la figura de frío mármol, como si se hubiese hecho con un punzón,
encima de la firma del mundialmente famoso escultor, Pablo Santián.
Laura Mir
miércoles, 1 de abril de 2015
Si tuviera
Si tuviera que morir porque
he amado,
con gusto pues sería
condenado.
Si tuviera que vivir sin tu
recuerdo,
con mucho quisiera ser
ajusticiado.
El mañana de un futuro a tu
lado,
pintará mi cuerpo de empeño.
Me atormenta lo que no me
has dado,
porque solo vivo por un
sueño.
No mires mi helada tristeza,
así son las cosas de la
vida.
Mientras escribo tu belleza,
tu mirada en mí se acomoda.
Ver la vida, los cuerpos
pegados,
baile de labios bajo tus
ojos.
Mirar dos reflejos cruzados,
encontrándose en los
espejos.
Sigo tus pasos por el mundo,
acunando tú sueño inacabado.
Mimando tu cuerpo maltrecho,
mi vida reposando sobre tu
pecho.
Soy aquel que mora a tu
sombra,
vigilando el hilo de un
destino.
Esperando al filo de la
palabra,
seguir a tu lado por el
camino.
Sueño con regalarte un
recuerdo,
que sería dulce a tu mirar
azulado.
En un beso, sabrás todo lo
que he callado,
que siempre sería por ti,
recordado.
Si tuviera que morir porque
he amado,
con gusto pues sería
condenado.
Si tuviera que vivir sin tu
recuerdo,
Cuánto quisiera haberte
besado.
Benjamín J. Green
lunes, 30 de marzo de 2015
Aquel largo pasillo
Te presioné
porque no podía soportarlo, y te fuiste sin decirme que hacer con María.
Dijiste que necesitabas pensarlo, que no tenías corazón para ello y que a la
vuelta, me lo dirías. Me quedé esperando e intentando pasar los días, y día a
día, como en procesión, fui recorriendo con pasos cansinos aquel largo pasillo.
Cruzando la
madrugada, me despertó angustiada un sueño, no lo recuerdo bien, pero eran
gritos y humo, mucho humo, se veían por entre las montañas. Pasaron unos
minutos en los que estaba desconcertada, quise recordarlo entero por si era un
vaticinio, al menos para serenarme un poco, pero por muchas vueltas que le di,
no hubo forma, no le encontré sentido.
Me levanté
dejando esa pesadilla enredada en la cabecera de la cama, entre el embozo y la
perra acurrucada, no le dije nada a la oportunista, para qué, era día de
cambiar las sábanas. Entonces preparé café y resignada, comencé mi jornada,
poca cosa más podía hacer.
Llegó Adela para
removerlo todo, tocaba limpieza general. La oía trajinar y cantar, estaba contenta.
Me hacía mucho daño su felicidad en esas lentas horas de larga espera, ella no
sabía que prefería el silencio y la soledad, y me preguntaba, me preguntaba
hasta la saciedad, cómo lo quería todo y si hacía los cristales.
— Hoy, señora,
no lloverá.
— ¿No
lloverá?—. Le sonreí por no sollozar, qué me importaba lo que hiciera fuera
cuando en mi interior sentía un huracán que me movía y removía, en
contradicción al transcurso habitual y lento de la mañana.
Tocaron al
timbre.
— Señora.
¿Va?
Era una
carta del banco por la nueva ley de evasiones de capital.
— Ya iré, no hay prisa, poco hay para evadir,
puede esperar.
Llamó mi
madre, otra mala noche en un estar sin estar, acongojada como siempre en su
penar.
— Y María,
hija mía, Dios la guardará.
No dije mucho,
la entendí, la tranquilicé un poco, no pude hacer mucho más.
Llamaron
otra vez a la puerta.
— Señora.
¿Va?
Dos trajes impecables,
impersonales y con voz grave, me dijeron que tu avión se había estrellado entre
las montañas, no volverías jamás.
— Señora,
recoja el abrigo, nos tiene que acompañar.
— No, ahora
no puedo—. Logré balbucear entre prisas mientras recogía el gabán.
No lo
entendían, hablaban y hablaban entre ellos, como si yo no estuviera, con la
rabia que eso me da. Sobre un shock, decían, en el que no era capaz de reparar,
qué sabían… Nada. No sabían absolutamente nada de nuestros meses de
sufrimiento.
Y seguían
diciendo que necesitaba asistencia profesional. Les dije que tenía algo urgente
que hacer, que no podía esperar. Se miraron indecisos, no sabían cómo actuar, mientras
les seguía diciendo y rediciendo, que antes debía pasar por el hospital. Recorrer
aquel largo pasillo donde cada día perdía la esperanza un poco más, y acabar de
una vez. Tenía que firmar, y firmar ya, sin demora.
— ¿Firmar,
señora?—. Se miraron extrañados.
— Sí, sí,
firmar.
Ya no
quedaba mucho por lo que luchar, por fin pude dar el paso que tanto nos costó
ordenar, para que nuestra única hija, María, pudiese descansar y reunirse
contigo, allá donde Dios os quisiera guardar.
Laura Mir
jueves, 26 de marzo de 2015
LA HERENCIA - TERCERA Y ÚLTIMA PARTE
La noche fue espantosa,
apenas pude dormir, y cuando me rendía el sueño sufría unas pesadillas que
parecían reales — acaso lo fueran…—, pobladas de sombras, voces susurrantes que
pretendían atraerme hacia lugares imposibles, voces amenazadoras. Situaciones
abominables, tales como encontrarme en el interior de un sepulcro.
Por fin, la aurora me liberó
del horror y sentí que la capacidad de razonar regresaba a mi maltrecho
cerebro. Mi primer objeto de pensamiento lógico fue Lidia, como no podía ser de
otro modo. De todas formas, el número de dudas superaba con creces, al de
certezas: ¿Quién era Lidia, cómo podía estar sola tanto tiempo? Más aún ¿Existía
el tiempo para ella, o bien, discurría como el mío? ¿Por qué no parecía haber
necesitado nada hasta el presente?
Todas estas preguntas me
conducían inexorablemente a una sola respuesta, que yo me obstinaba en
rechazar. Mi mente hervía tratando de buscar otra explicación. Aún así, las
certezas eran muy firmes, poderosas, motivadoras:
Pensaba que Lidia era la
mujer más maravillosa que había conocido en mi vida. Las intensas horas compartidas
nos habían dado un tal grado de afinidad, confianza, atracción recíproca, felicidad,
de amor en suma, que había decidido no separarme de ella jamás.
Durante el desayuno, seguí
inmerso en mis pensamientos. No obstante, advertí que los miembros del servicio
presentes me miraban de una manera rara, mezcla de temor y curiosidad, al
tiempo que cuchicheaban a hurtadillas. No quise perder el tiempo afeándoles su
conducta, tanto más, cuanto ya eran casi las nueve. Abandoné el gran comedor,
salí al exterior y me dirigí adonde me había citado Lidia, el jardín junto a la
fachada norte. La brisa fresca de la mañana no conseguía aplacar el estado
febril en que me encontraba, mis pasos iban acelerándose progresivamente, las
sienes, dilatadas, amenazaban estallar.
Llegado al norte del
edificio, vi un extraño jardín limitado por un viejo muro de piedra, la propia
fachada, y sendos encinares a derecha e izquierda. La maleza crecía descuidada
hasta el punto de casi ahogar las escasas flores que sobrevivían, descoloridas
y mustias. Anduve un rato buscando a Lidia, hasta que la divisé, a unos treinta
metros, sentada en un banco bajo. Me acerqué a ella abrumado por una inquietante
mezcla de sentimientos, el corazón latiendo hasta el dolor.
— Buenos días, Raúl.
Entiendo que estés angustiado. Espera un poco y Contestaré todas tus preguntas.
Disiparé tus dudas.
Me dijo con rostro serio
suavizado por una leve sonrisa. Incapaz de hablar, quedé petrificado cuando
advertí que el improvisado asiento de Lidia era una lápida, con una modesta cruz
en el cabecero. Antes de que pudiera preguntarle nada, se puso en pie con
elegancia, se apartó ligeramente y me señaló la tumba, al tiempo que leía la
inscripción:
AQUÍ YACE DOÑA LIDIA
TIMONEDA Y ARLANZÓN (1857-1875) HIJA AMANTÍSIMA DESCANSE EN PAZ
— ¡No, no puede ser! ¡No
estás muerta! Te tengo aquí ante mí, llena de vida. Sólo un día juntos ha sido
como años de convivencia. Hemos compartido todo el amor y la belleza guardados
en nuestros corazones hasta que llegase el momento oportuno, la persona
adecuada. Lidia, sabes que te amo con toda mi alma.
— Raúl, querido, yo también
te amo con toda mi alma. No puedo hacerlo con mi cuerpo porque soy un espíritu.
Dejé el plano de existencia que llamáis “vida” a los dieciocho años de mi
nacimiento.
— ¿No has abandonado nunca
el palacio desde entonces?
Le pregunté invadido de extrema
compasión.
— No, ya te lo dije ayer,
pero tu cerebro se negaba a admitirlo. Como cuando insinué que la soledad y la
poesía habían sido mis únicas compañeras en ciento veintidós años.
Su voz no denotaba tristeza, dolor, desesperación.
Aunque todavía debía preguntarle algo.
— ¿Cómo has podido resistir
tantos años de soledad? ¿No echas nada de menos?
— No, Raúl, el tiempo no
existe para mí. Gozo de un perpetuo
presente. Pero siempre he tenido la certeza de que llegaría el amor. No sabía
de qué forma, ni quién me lo regalaría. Por eso mantenía una luz en la ventana
de mi alma para guiarlo hasta aquí.
— ¿A pesar de encontrarte en
otra dimensión existencial distinta?
Inquirí escéptico.
— Sí, a pesar de ello. Habitualmente,
se cumple la separación absoluta entre ambos planos. Ahora bien, se da un caso
entre diez millones en que, seres especiales, con una afinidad espiritual
extraordinaria, logran franquear el umbral y concebir un amor con vocación de
eternidad. Esto es lo que nos ha ocurrido a nosotros, por lo que te ha sido
posible verme desde el primer momento, como sí tuviera también una estructura material.
Por eso he sabido que eras tú a quien esperaba.
Repuso Lidia, con la cara
radiante de felicidad.
En aquel momento,
desaparecieron todos mis temores, y dudas, si bien comprendía que era yo quien
debía pasar a su plano de vida, renunciando al mío. Sabía que iba a lanzarme al vacío, mediante
un acto de fe, sabiendo que ella me recogería al otro lado.
— Lidia, amor mío, yo voy
contigo a donde me lleves. Dime qué he de hacer.
— Sencillamente, abrázame y
nos fundiremos para siempre, liberados del espacio y el tiempo.
Abarqué su nada con mis
brazos, noté que una fuerza poderosa tiraba de mí. Acto seguido, experimenté la
sensación de penetrar uno en el otro, me inundó una luz blanquísima y supe que
éramos uno.
Después nos sumergimos en
una oscuridad densa, acariciante. Repentinamente volvió la luz a iluminarnos, y
una mujer, vestida de blanco, comenzó a decirme cosas incomprensibles.
— ¡Don Raúl, don Raúl! Es la
hora de su medicación, incorpórese un poco, por favor.
Kairos42
Inicio de la historia: LA HERENCIA - PRIMERA PARTE
lunes, 23 de marzo de 2015
Mundo azulado
Escribo a tus mañanas y a tus
noches. Escribo en esas horas extrañas en que no son ni una cosa ni la otra, es
cuando puedo dejar que mi pluma vuele libre, para que pueda dibujar con su
magia los contornos de esa piel que, aún no he podido tatuar con mis palabras
trenzada entre los mechones de emociones y de pensamientos que me embargan.
Dejo que el viento que nace
de tus suspiros entren por mi ventana y me lleven de un lugar a otro, donde
bebo siempre sediento de las aguas claras y frescas de los mundos que regalas,
impregnándome de los aromas, admirando esos colores que no existen más que en tu
imaginación vestida de sueños.
Mientras me queden fuerzas
seguiré las sendas que pasan delante de todas tus edades, entraré y saldré de
las vidas de los que de alguna manera comparten tantos viajes contigo. Creeré
que las mañanas han sido pintadas en tus cielos para mí, mientras me paseo por
entre las nubes, jugando al escondite con los futuros que están por venir,
sobre todo aquellos que nos requieren entre risas y gritos.
Mientras mis ojos registran
los horizontes buscando las puertas que llevan un poco más allá, mi ansia por
creer que lo imposible existe. Solo tengo que dejarme llevar e inventar
palabras que nos conducirán donde nunca nadie ha estado jamás, porque en la profundidad del invierno,
finalmente, aprendí que dentro de mí yace un verano invencible.
Erradicada la oscuridad que
planeaba sobre mis pesadillas de antaño, miro cara a cara al destino, sostengo
la mirada y le obligo a llevarme por donde yo quiero, indiferente a sus
protestas y pataleos.
Sé que ese día llegará, y
será él, el que ría el último, pero me da igual, porque ese día ya habrá dejado
de importarme, cuando me recubran los seis palmos reglamentarios y tenga la
boca llena de tierra, nadie oirá ya, lo que tenga que decir.
Así que sordo a sus quejas,
lo arrastro, empujo y tiro por la senda que he elegido, donde los tiempos que
están por nacer de tus sueños, me esperan con una cálida bienvenida en la voz y
un lugar acogedor en tu memoria. Ese es el destino que quiero para mí, acompañados
de alguna manera, de todo lo que anhelo.
Puede que no todo vaya como
desees o sueñes, pues la perfección no existe en los corazones humanos, aunque las
intenciones si lo sean. Solo será cuestión de capear el temporal con una
canción a la mañana que está por llegar y con una sonrisa de tus labios.
Pasearé a tu lado, escuchando
los sonidos del mundo y mirando la vida a través de este presente que hoy solo
pasa a través de ti, me aferraré con uñas y dientes a tus sentimientos, bailaré
sobre los fuegos del infierno de los mediocres, sin que estos puedan ni
siquiera tener la posibilidad de tocarme.
Planearé sobre las llanuras
estériles del fanatismo y de la sinrazón, cogido de tu mano, mientras nacen los
poemas y mueren los tiempos oscuros de un pasado casi olvidado.
Ahora, solo deseo mirar al
mundo a través de tus azulados ojos, porque quiero despertar cada mañana al lado
de alguien que aún conserva su alma.
Benjamín J. Green
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






