martes, 8 de julio de 2014

La ametralladora



Dijo el sabio Sisebuto:

- Con esta ametralladora,
mil disparos por minuto
y sesenta mil por hora:
¡que gloria será la mía
si con esta máquina potente
llego a matar buenamente
un millón de hombres al día!
Proclamarán su bondad
en las más lejanas tierras,
pues así acabarán las guerras,
y también la humanidad.


*Recuerdo por Albert Gran

Escribo porque soñé



Soñé que me besabas,
soñé labios que se fusionaban
soñé pudores que alejabas,
soñé con miedos que esquivabas.

Viví como te acercaste,
viví la dulce forma de besarme,
viví una humedad,
una humedad que se hace constante.

Despierto soñando un sueño,
un sueño en el que me besaste,
de ayer me quedó el sueño,
de rozar tu piel por un instante.

Noté labios que me son ignorados,
noto la marca en mi piel marcada,
rozo mis labios con los dedos,
buscando un recuerdo guardado.

Bailaste después de besarme,
burlona forma de sonrojarme,
vergüenza de querer conservar,
sólo para mí ese instante.

Escribo porque soñé que me besaste,
porque entre sueños que no me besaste,
quiero recordar este sueño,
esta piel marcada de cuando me besaste.


Jaime Ernesto

Niña de faz de cera - Para Mar



Naciste dando paso a la primavera
dejando atrás al invierno en una hora.
Desafiando al frío con tu faz de cera
te aferraste a la vida sin más demora.

Niña hecha de luz y trazos de la luna
que dan ese destello a tu mirada,
más esperada y soñada que ninguna
te vas dejando querer como si nada.

Duermes y sueñas con el firmamento
atravesando fugaz la estela tras el cometa.
Siempre dándolo todo en el justo momento
en que, ajena, matas de amor a este poeta.


Laura Mir


Sólo conmigo



Voy a tu encuentro cuando no estás.
Las mareas cotidianas me obligan
al placer de contemplarte en soledad.
Fundirme contigo en ese abrazo frío,
húmedo… solos, tú y yo, bajo este cielo
amenazante, plomizo y atormentado.
Desciendes sinuoso para ese beso
de amante indiferente que depositas
en mi mejilla, para esa caricia leve.
Perfilando como sin querer, rozas
con tus manos gélidas mis contornos,
no hay palabras, sólo tus sonidos…
Siento tu respiración sobre mi rostro
y por un  breve instante me impregnas
de tus fragancias a vida, a sal, a muerte…
Inhalo, y me llenas de una sensación extraña
de estar frente a ti sin espigón ni estelas,
que nos separen…  Desnudo y aterido,
como cuando amas y todo lo has perdido,
pero en rara comunión… sólo conmigo.


Laura Mir

domingo, 6 de julio de 2014

El vivo al hoyo



Es una tremenda desgracia que alguien se muera. Si es cercano hasta puede llegar a ser doloroso pero, si es lejano, el acontecimiento es engorroso, y más cuando tienes el día del entierro sin un respiro y en tu fondo de armario no hay un triste vestido negro que lucir ese día. La ocurrencia del muerto pasa de ser algo sin ninguna importancia personal a una tragedia a nivel mundial, porque es tu mundo, el de ese día, el que tienes que cambiar por completo.

Ana, recordaba que Laura se había hecho hacía poco un vestido negro, ella siempre tan previsora, por si se muere alguien o por si me muero yo. Se lo pediría para tan embarazosa ocasión.

- Ana, en la parte lateral izquierda, por dentro, pone: Devuélvase a su legítimo propietario y en perfectas condiciones, ya sabemos lo desastre que eres.

- No te apures mujer que te lo devuelvo igual que me lo dejas, impecable. – Contestó con el vestido puesto y observándose en el amplio espejo de la habitación. - ¿Con este quieres que te entierren?

- Sí, claro.- Contestó Laura.

- Puede que falten muchas décadas todavía y ¿Sí engordas?

- Ya sabes lo que odio el factor sorpresa, mejor tenerlo todo preparado. Nunca se sabe ¿Por qué crees que he dejado tanto margen en las costuras?

Girando un poco la tela de la falda, observó que en realidad había dejado demasiada tela.

  
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Ana como siempre llegó justa de tiempo, era el problema eterno, aunque era adicta a la raya de los parpados desde hacía años, nunca le quedaban bien al primer trazo por el ligero temblor del final.

El sol lucía en todo su esplendor, dibujando una sombra únicamente perceptible bajo cada una de las dos personas que discutían acaloradamente ante el ataúd que reposaba sobre la plataforma grúa que lo introduciría dentro de la fosa ¿Qué fosa?, buscó Ana mirando el suelo a su alrededor.

¡Santo Dios! Debido a la huelga del personal municipal reivindicando indumentaria laboral, hablando en plata, ropa de trabajo; no se había cavado el agujero. Ana pensó que estos tenían su mismo problema, sin vestido para la ocasión ¡Qué cosas!

La viuda exaltada gritaba sobre el respeto que se le debía a su difunto marido, mientras el encargado de la funeraria intentaba excusarse alegando los recortes dinerarios municipales que sufrían, y eso se traducía en menos personal y poco equipamiento. A ella le daba igual, su querido esposo había estado pagando los muertos toda la vida para que por lo menos tuviera un agujero hecho donde descansar. El empleado indicaba que, según el convenio y debido al deterioro por el trabajo, se indicaba que el uniforme se cambiará dos veces al año. Y desde hacía dos que no se realizaba, por lo que los trabajadores habían iniciado una huelga indefinida.

-¡Indefinida!- Exclamó la acalorada viuda - ¿Hasta cuándo tiene que esperar mi amado esposo?

- Señora, tranquilícese que le va a dar algo. La solución que puedo darle es meterlo en una de las cámaras frigoríficas hasta que la situación se regularice.

- Oiga, caballero. Mi marido murió en el mar, se cayó por la borda, han estado buscándolo un mes, un mes ¿Entiende lo que es un mes metido en agua? ¿Ahora pretende qué lo meta en hielo? ¿No se merece descansar ya?

Unos espontáneos asistentes y amigos del difunto se quitaron las chaquetas y las corbatas, y cogiendo picos y palas se pusieron a cavar la fosa bajo un sol de justicia, mientras la viuda prometía encarnada de ira:

- Esto, desde luego, no va a quedar así.


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Ana pensaba mientras observaba a los voluntarios sepultureros trabajar, que de poco servían las previsiones a largo plazo de su estimada amiga Laura, si luego sucedían cosas como esta. Se oía entre murmullos que al final el cadáver lo rescataron unos pescadores entre las redes de arrastre, y que tenía toda la cara mordisqueada por las bogas, de lo que estaba segura era de que bogas no comería jamás.

En estos y otros andaba su cabeza cuando los sudorosos amigos acabaron la fosa. Salieron de ella y la gente dispersada empezó a agruparse para observar y opinar sobre la profundidad y anchura del agujero. Ana también se acercó, tanto se aproximaron que sin querer la empujaron, y resbalando del montículo de tierra en el que se hallaba subida, cayó dentro de la sepultura, ensuciándose de fango el vestido del futuro sepelio de Laura. Se miró dentro de la fosa y llena de terrones terrosos se sintió desconsolada, con lo aprensiva que era su amiga difícilmente podría entender eso del vivo al hoyo.

Y efectivamente fue así, Laura le regaló el vestido con mala cara después de días sin hablarle y Ana, jamás volvió a probar las bogas por mucho que le gustasen.


Laura Mir


* Basado en hechos totalmente reales, doy fe.

miércoles, 2 de julio de 2014

Tan distantes, tan distintas



Nunca he llegado a saber por qué misteriosas tretas del destino, fuimos a parar las dos aquella noche de bochornoso verano, perdidas o encontradas, ciertamente lo ignoro, a aquella inmensa montaña después de tantos años, en un discreto y pulcro excusado de aquel pequeño hotel rural.

Salía cuando tú entrabas, tenías urgencias, yo andaba aliviada pensando en mis cosas. Un simple pasa mientras te aguantaba la puerta, nuestras miradas se cruzaron un instante y los recuerdos emergieron de golpe. Había tantas, tantas cosas que no dijimos en su momento.

Me indicaste que te esperara, que precisabas decirme algo, y esperé. Mientras lo hacía recordé nuestros veranos en la playa, nuestros juegos infantiles, nuestras conquistas juveniles y las retahílas de fondo de Silvia, como si de repetirlas y repetirlas fuese posible ese milagro, el de enderezarnos, el de hacernos tocar con estilo aquel lujoso y monstruoso piano, pero en mi caso fue en vano.

No disponíamos de mucho tiempo, pero eso nunca nos había importado, pero ahora apremiaba. Por un lado te esperaba lo legal, el orden, lo rígido, el capitalismo y lo severo; a mí por el contrario lo ilegal, la libertad, el anarquismo y el partisano, todo lo contrario a tu fortuna.

Siempre se te dio bien pedir disculpas y hacer el papel. Ibas muy elegante, demasiado para la montaña. Me dijiste que nada importaba, pero mentías, importaba todo, todo lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. Pero lo entiendo, tranquila, sé guardar bien los secretos. Lo explicaste todo con tanta prisa, pero no con la suficiente, tu escolta picó a la puerta y saliste presurosa para no alarmar no sin antes darme un breve beso en la mejilla. No quisiste delatarnos, cosa que te agradezco.

Días después vi en la prensa la noticia de tu compromiso, cosa que ya sabía. Me alegró mucho. Pero lo cierto, lo que más me maravilla de verdad es que en el pasado fuimos tan iguales, cuando éramos niñas y no habían otros intereses que nuestro afecto y cariño, y ahora amiga, bajo este mismo cielo hostil que nos ampara, tan alejadas de la inocencia… tan distantes, tan distintas.

Laura Mir


* Basado en hechos reales

martes, 1 de julio de 2014

Bajo el color de un verde feo



Se recogía el rodete mientras sus pies se introducían en sus marrones zapatos clásicos y cerrados. Siempre llevaba una falda por debajo de la rodilla y una camisa blanca con chorreras. Sobre ésta, una chaqueta verde, de un verde que no era esperanza, ni manzana, era feo, del que le sobra mucho negro. Pero le daba seguridad. La puerta que tiene en el pecho, estaba siempre cerrada, y la chaqueta le hacía creer que no era necesaria abrirla. Se puso las gafas que le desempañan el mundo y caminaba hacia el trabajo mirando siempre hacia el suelo, como si quisiera coleccionar la imagen de cada zapato que se cruzara en su mirada baja.

Siempre llevaba la chaqueta sobre el hombro, abrochada con el último botón en el último ojal, pero al cosido le faltó fuerza, y le faltó porque el viento sopló y se vio una chaqueta de feo verde volando por una ciudad que conservaba el gris de día de lluvia. Voló tanto que se perdió a la vista de quien la buscaba, y ella quedó allí sin que ninguna de sus hojas le superan hacer sentir el soplido del viento hasta ese mismo instante.

La chaqueta entró por una ventana que no dio tiempo a cerrarse antes de que el viento comenzara a soplar y quedó en un rincón hasta que unas manos la acercaron a una nariz que detectaron el olor a soledad de las noches en vela. Enseguida comprendió que no era la importancia de una prenda, sino leal compañera que conseguía vestir la soledad de un color que no era agradable. Decidió extenderla en la ventana, para que  la soledad se ventilara, y las noches en vela quedasen más allá de la ventana. Pero el olor a soledad no desaparecía. Quiso lavarla, pero no quitarle el olor impregnado, y quiso encontrar en ella una bandera que cada mañana quedaba izada y era recogida cada noche, una bandera que no era blanca de rendición sino que marcaba un territorio de donde estaba la capa de soledad perdida.

Se quitaba las gafas cuando iba a la calle para que el mundo quedase empañado y huía de los zumbidos que le llegaban, pero aquel día las abejas la fueron arrinconando, y escapaba entre calles que se mostraban de gris borroso. Sus pasos se aceleraban al tiempo que los zumbidos se acercaban, hasta que sus raíces le hicieron quedarse quieta, perdida entre adoquines que se pisoteaban. Encontró las gafas en el bolso y en ellas estuvo un mundo que se mostró claro, por un instante, para encontrarse en su pérdida, intentando encontrar un horizonte que se ocultaba tras los edificios, y bajo una bandera que era verde a imagen y semejanza de su soledad. Allí se esperó, con la seguridad que da encontrarse bajo la tela que señala su tierra.

Él la vio como si el rodete fuera un nido que contuviera toda la vida. Se dio cuenta que respiraba soledad aunque el color le hubiese volado, subió para recoger una chaqueta que se había convertido en bandera, y al tendérsela no quisieron que las palabras cerraran ninguna cerradura, y sólo existió un abrazo, que se alargó mientras las noches en vela se guardaban bajo el colchón y una chaqueta verde se colocaba en el suelo de la puerta en pecho, que ahora está abierta.


Jaime Ernesto


* Música: Daniela – Pedro Guerra