domingo, 12 de octubre de 2014

El constructor de canoas - Duelo de plumas



Ha vuelto a despertarme otra pesadilla, un mal sueño, mensaje sublime del inconsciente, es un decir que desdice, lo que las bocas pronuncian y los actos contradicen.

Me equivoqué, no es nada raro y muy humano, llegué un día de primavera buscando un curso y me topé con otro, un taller de carpintería, concretamente para construir barcos de poco calado, más que un crucero de lujo, la muestra a construir era algo parecido a una canoa, una canoa coja porque en los planos no constaban los remos, cosa que me fastidia porque lo que es remar se me da muy bien.

Después de una larga teoría, superior a la capacidad que puede soportar un ser viviente, la instrucción duró meses, llegó el momento de pasar al taller a construir el barco, mejor el bote de poco calado y sin remos, justo para salvar el trasero a brazadas si se tercia, en las aguas profundas y oscuras de la soledad.

Ese día me entregaron mi caja de herramientas, feliz suspiro de alivio después de tantos meses anotando sobre el papel, porque aunque parezca una cosa simple, construir un barco perfecto para la navegación con capacidad para dos que pueda surcar todas las aguas navegables no es tarea fácil.

Me costaba mucho trabajar la madera, el corte era imposible hacerlo recto, aunque familiarizada con las herramientas algo fallaba, y fijándome bien en ellas, me di cuenta de que eran defectuosas, por alguna extraña razón que desconozco todos los pertrechos maltrechos habían ido a parar a mis manos. La ilusión de navegar de poniente a levante se me vino abajo.

Un compañero viendo mis apuros, me prestó las suyas, pude cortar y lijar la madera, clavé a martillazos, punta tras punta hasta montarla. Ahora tocaba la colocación de la silicona para sellar las juntas.

La de todos mis compañeros de taller era azul grumosa y la mía era blanca y fina, la de todos pegaban pero la mía se despegaba, perdí el tapón, la boquilla y hasta se encasquilló el gatillo, acabé untándola con los dedos. Sabiendo con seguridad que haría aguas, hasta el punto de encallar a dos metros de la orilla.

Buscando en la loqura de un mapa imaginario suaves costas para probarla, encontré una arista torcida, tan arqueada que me dio pena, y decidí aún sabiendo de las dificultades que lo intentaría allí, puedo asegurar que no fue buen puerto, primero porque las aguas eran imprevisibles y traicioneras, y segundo porque la dársena estaba ocupada por el constructor de canoas que lo único que hacía bien era dar capas y capas de barniz, sin brocha y con muñequilla pero con demasiado esmero.

Pensé que tanto empeño por el exterior debía deberse para ocultar algún defecto de la madera, pero allá cada uno, al fin cada cual navega a su gusto con la canoa que construye aunque no tenga remos.

Discutimos mucho, durante bastante tiempo, por cuestiones diversas, hablando un mismo idioma, pero sin entendernos, mientras él seguía dando laca y sacando lustre a base de hebras y de baldeos.

— No es oro todo lo que reluce — me dijo, mientras lo observaba pensando que si no era oro para que tanto esfuerzo en que reluciera fulgurante una madera que desde el interior era defectuosa.

Ahora seguimos contendiendo si las dos barcas de poco calado juntas, o si en su barca, o si en la mía. Aún sabiendo que era la misma persona que en su momento me dio todas las herramientas defectuosas y la silicona equivocada.

Y seguimos batallando a punto de probar los botes de poco calado y sin remos, ante la dificultad que supone la zozobra a dos metros de la costa, y con la certidumbre de esta pesadilla que como mensaje del inconsciente, indica que lo que las bocas pronuncian, los actos si no son verdaderos, en sí mismos las contradicen.

A lo que me contesta:

— Ya se verá — dice el constructor de canoas mientras transcurre un tiempo alejado de conciencia y a favor del renovado viento que loqo sopla, en dirección incontrolable, pero esta vez de levante a poniente.

— ¿No lo ves? — me dice él seguro y ajeno, mientras sigue dando lustre a la madera  y mi mano disimulada se desliza buscando en vano como consuelo, palpando a tientas el cata lejos, más que nada para no perder de vista… tierra.



Laura Mir



Sueños torcidos - Duelo de plumas



Hoy por fin voy a poder realizar uno de mis sueños contigo, el que estés a mi lado, quiero poder construir ese navío que nos llevará hasta los confines del mundo y más allá, estoy impaciente e ilusionado.

En cuanto se abren las puertas de ese taller me abalanzo como un poseso sobre los planos y herramientas que necesito para mi tarea, con el corazón exuberante de alegría me entrego a la labor con entusiasmo y energía desbordante, confiado, con la mirada puesta en el horizonte, mientras tú, preparas con esmero las vestiduras de este sueño compartido.

Sin embargo algo no va bien, las reglas y plantillas que utilizo se tuercen  entre mis dedos, nada encaja, todo lo que necesito para poder realizar mi sueño se convierten en obstáculos insalvables, la silicona para las juntas no es la adecuada, los tapones se pierden, las cuadernas no encajan, los palos están torcidos, las velas están hechas de harapos mal cosidos y llenos de parches, el timón no aparece por ninguna parte, hasta los planos están en una jerigonza que desconozco, todo se está convirtiendo en una pesadilla, pero lucho para que todo encaje a pesar de todo, lucho sin descanso mientras la certeza del fracaso me invade a pesar de mis esfuerzos, lucho mientras mis lágrimas se las lleva el viento de la triste y cruel derrota.

Sin embargo lo has revestido de oro y púrpura para mí, enseñándome como con esmero lo frotas y lo mantienes brillante, mientras me sonríes, confiada y segura de ti misma. De repente abro los ojos y me despierto a tu lado. Todo se concreta mientras te observo,  conozco el significado de mi sueño, solo es una copia de mi vida a tu lado, sé adónde han ido a parar los sueños que tu decías compartir conmigo, o las promesas que me hiciste y, que nunca cumpliste. Como algo que una vez mal construido, va perdiendo partes esenciales a medida que el tiempo pasa en el inmenso mar de una vida que un día creí compartir contigo. Aunque desde lejos brille y deslumbre bajo la luz de sol que ya esta desapareciendo en el horizonte. No era más que un espejismo que habías dibujado para mí.

Ya no hay ninguna brisa que empuje este navío o lo que queda de él, siento como el agua negra del engaño invade poco a poco este ya triste futuro pecio, que sólo espera poder llegar a alguna orilla, para poder encallar.

Pasaré a ser hábitat de sueños perdidos y de pesadillas tan oscuras como la mentira que vive en tu alma, indiferente, ausente y de pronto, tan desconocida. Los días serán como losas de piedra fría, los meses como las noches tristes y los años pasarán por mi lado sin tan siquiera echarme una mirada. Pobre pecio abandonado en la orilla de un mar que un día quiso ser vida y que, por culpa de las mentiras se convirtió en una ciénaga, en la cual nada crece ni nada vive.

Ya no hay palos, las velas hace tiempo que se las llevaron las tormentas de las tardes de otoño, la madera que tanto te costó ensamblar, lijar y barnizar, han sido robadas por los habitantes del lugar.

Ahora sólo queda el armazón, fuerte y aun lleno de sueños, esos que construí en su momento con todo mi amor y mi tesón.  Además hace algún tiempo que va renaciendo en mí la vuelta a  la vida, ahora que todo lo que tú habías aportado ha desaparecido, seré yo quien lo vista de nuevo, aunque sea con retales y tablillas de colores diferentes. Qué me importa, si lo que busco es ser feliz. Puede que mi barco ahora ni brille ni deslumbre, pero será fuerte y podrá llevarme a aquellos lugares a los cuales siempre he querido ir, aunque sea solo.

Y  aquellos sueños que un día se convirtieron en pesadillas, sólo serán recuerdos que yacerán para siempre en el fondo de un océano profundo y oscuro, que en estos momentos nombro: mi vida.


Benjamín J. Green



sábado, 11 de octubre de 2014

EL HEREJE - 4º Concurso "Arma una historia basada en una imagen"



Me miro en el espejo y sólo puedo verlo a él, no sabía que el mas allá sería esto, un simple contador conectado a mi corazón, no sabía muy bien para que servía, cuando me desperté, estaba ahí, ahora sólo me quedaba esperar, lo que sí me preocupaba un poco era el número que aparecía en el display “34038”. Se ve que la tecnología también había llegado hasta aquí, sí,  tuve que coger número para poder entrar a la antesala del purgatorio y cuando por fin me tocó, me llevaron directamente ante el diablo, el cual me informó de lo que tenía dispuesto para mí, por mi mala vida y mis afrentas al estamento religioso, que como bien era sabido por todos, sólo tenía pena de infierno.

Mi ahora jefe me confesó que le sabía mal tener que condenarme, que la religión y él no tenían buenas relaciones, pero que había un contrato que le obligaba a castigar a los que se mofaban de su celestial y encumbrado colega. Y como no podía sustraerse de lo firmado, me condenaba por reincidente, cansino y descreído, solo que no iba a ser apaleado ni torturado, iba a estar confinado en un lugar con otros y otras como yo, hasta me guiñó el ojo con sorna. Eran buenas noticias, no me iban a abrir en canal ni nada que se le pareciera, así que seguí algo más tranquilo, al guardián que se me asigno tenía pinta de filósofo griego.

Seguimos un largo pasillo, con innumerables puertas a los lados, todas numeradas y al llegar a la 666 el filósofo se paró,  abrió la puerta y esperó a que entrara. Cuando esta se cerró, vi que me encontraba en un pequeño salón donde había un par de personas sentadas en unas butacas, se parecía mucho a la sala de espera de la consulta de cualquier médico, saludé a los presentes y me senté. De repente una voz que salía de un altavoz me nombró, al mismo tiempo que se abría una puerta en la cual no había reparado. Un poco receloso me encontré en una sala inmensa y cuál fue mi sorpresa cuando la encontré atestada de purpurados, santos, santas, patriarcas, profetas, papas, cardenales, santones e iluminados de todos los colores, razas y religiones, no me lo podía creer, este cabrón de diablo se había reído de mí con guiño incluido.

Pero lo peor es que todos me estaban mirando, como cordero para sacrificio, y vi en sus ojos el ansia por convertir, subyugar y convencer, casi me desmayo. De repente un hombre se me acercó,  o sea un tipo más bien como yo, contador en el pecho incluido. Después de haberme saludado me llevó junto a una especie de cabina de cristal y me informó que los números del display no eran los años que iba a pasar allí, eran los números de los que tenían que sermonearme por tantos años de desprecio a las religiones, que sólo podría salir de la cabina cada dos mil sermones y que lo sentía mucho por mí. Iba a negarme rotundamente a aquello, pero antes de darme cuenta estaba encerrado y ya se estaba acercando el primero de ellos con cara de loco furioso y con pinta de un Savonarola a punto de ser conducido a la hoguera.

Llevo cincuenta sermones, ya no puedo más y el cristal sólo refleja mi angustia, a la par de todo lo que me queda por escuchar... 3988 sermones.

Por hereje estoy bien jodido y por ateo convencido, así me veo.


Benjamín J. Green

viernes, 10 de octubre de 2014

Miles de años deseando - 4º Relato ganador del concurso "Arma una historia basada en una imagen"





Estoy en un lugar de mi vida en el cual, tengo más pasado que futuro y que puedo elegir lamentarme por ello o alegrarme por lo que me queda. No siempre tengo claro cual de las dos cosas hago ni por qué lo hago. Cuando me encuentro en ese intermedio en el cual ni una cosa ni la otra existen.

Hay días que me invade esa cansada lucidez, que me cuenta cosas que ya conozco y recuerdo, que pesan tanto como el mundo que llevo a mi espalda cansada y torcida por el tiempo que pasa indiferente a mis negros, tristes y caducos pensamientos.

Otros son claros como las mañanas de primavera, donde el sol brilla y calienta esta mente joven que solo contempla el horizonte o el lugar donde se juntan el cielo y la tierra, que me llama y me promete que todo será del color de los sueños que aún están por llegar, pero no llegan.

También existen aquellos por los cuales uno camina, sin pasado ni futuro, mirando a través de los ojos de otros, que a su vez hacen lo mismo hasta el infinito que no existe y que se pierde en los confines de lo que nunca podrá ser, de lo que nunca es y de lo que nunca fue.

Los años malos y buenos se mezclan en esa batidora que se llama existencia, que todo lo masca y que acaba siendo algo que te acompaña por el sendero que conduce a Yggdrasil, el árbol de la vida, guardián de la sabiduría y del destino, esperando a que las hilanderas del hilo infinito que guía tu vida se cansen de ti, y lo corten.

Días de pasados, futuros e inciertos, se van turnando en la rueda que nunca para de girar, llevándonos en su baile enloquecido por las edades que nos toca vivir, reír o llorar, sin que nada puedas hacer, más que seguir girando hasta que un día te caigas de ella y pases a formar parte del abono que hace que el tiempo florezca los frutos, esos que nunca podrás probar ni saborear.

Cuál es el aliciente que hace que te levantes por las mañanas para seguir caminando, aunque sea a regañadientes, dolorido y exhausto, decepcionado por lo que te rodea, hastiado de la esperanza y de las promesas incumplidas de los tiempos. No lo sabes o quizá no te importe, sólo hay que poner un pie delante del otro hasta que caigas por el abismo, que seguro más pronto que tarde, se abrirá bajo tus pies.

Hoy caminas erguido ligero como la brisa que te lleva en volandas hacia la luz del nuevo día, siguiendo la pista a los sueños de felicidad y de locura compartida con la conciencia recién lavada y perfumada, hoy vistes de nuevo, enseñando la eterna sonrisa del que cree firmemente en la bondad y en la verdad de lo que le rodea, pisando fuerte por la senda del que sabe que todo va a salir bien sin mirar hacia atrás.

Todo esto sería maravilloso si fuera humano, pero solo soy un androide con forma humana, con un corazón digital, que está a la vista de todo el mundo, que por alguna razón desconocida es capaz de soñar, sentir o imaginar. Me siento tan solo entre los míos, tan despreciado por los humanos, que cuando observo mi imagen reflejada en un cristal con ese display que enseña los años de mi corazón de metal, además de la tristeza de mi mirada, me refleja un corazón destrozado a pellizcos.

Sólo deseo que se apague de una vez para poder descansar.


Sonia Mallorca



martes, 7 de octubre de 2014

Premio One lovely Blog Award


Nuestro apreciado compañero +Juan Carlos y su blog Universo Mágico nos han otorgado este premio y agradecemos la mención de nuestros blog como Lobely y su compañerismo y soporte que no tiene límites.

Nosotros nominanos  por su esfuerzo y trabajo a los siguientes compañeros:

+Jesus Fernandez ARCHIMALDITO

+Benjamin.J.Green jordan

+Antonio Perez Ruiz

+Carlos Suarez Hernandez

+Jordi Luna

+Gema Albornoz

+David Maestre

+ADY ALONIT

+Juanan G.C.

+Francisco Cenamor

+Enrique Guisado


Agradecemos este premio a todos nuestros colaboradores y lectores, sin ellos no existiría el blog, todo el trabajo y esfuerzo que supone mantenerlo.

MUCHAS FELICIDADES!!

Libres Relatos


viernes, 3 de octubre de 2014

El extraño hilo rojo del destino - 1º Relato ganador concurso Escribir a Dúo











Eran tiempos en que el insomnio me sostenía casi hasta rozar la aurora, eran días y noches extrañas, de una existencia inexistente, me explico mejor, son aquellos tiempos en los que te cuestionas si tu vida tiene algún sentido, dudas de todo y de todos, y el vacío interno se llena de muchas dudas que se juntan hasta convertirse en una: ¿Por qué a mí?

El tiempo juega en mi contra, ni siquiera me quedan fuerzas para escribir, no me queda el calor de las palabras, las que nadie te dice y como flaco consuelo, te las dices tú. Puedo tirar de lo escrito, de eso que es poco conforme para ver la luz, puedo publicar en alguna página de relatos de esas que abundan en internet, por el hecho de gritarle al mundo que estoy viva y que lucho cada día por sobrevivir, por mucho que el fondo del río me llame. Pero esa que piensa eso, no soy yo, es la Otra, esa mujer extraña que se ha apoderado de mí.

Y el tiempo pasaba, como siempre indiferente al drama, a la locura o a la alegría de los hombres y mujeres que pueblan este mundo, sin saber que hay un hilo rojo que les conduce, un destino misterioso y engañoso que a veces nos juega la mano y cuando menos te lo esperas te encuentras en el camino con lo que no sabías que conocías, y reconoces, reconoces lo que habías perdido sin tan siquiera saber de su existencia. Lo que no sabías que te importaba, estaba otra vez al alcance de tu mano.

Después de tanto tiempo luchando en solitario en contra de la mala vida, que por lo visto se había empeñado a pegarse a mí como si le fuera la vida en ello, válgame la redundancia, hace algún tiempo que he vuelto a soñar y a mirar más allá de las brumas del páramo desértico en el que vivo. Empiezo a atisbar espacios verdes y soleados en donde los sueños tienen todo el derecho a existir y a medrar bajo la brisa que proviene del aliento de la siempre esquiva e inconstante fortuna.

Hoy he publicado un bonito relato de viajes, viajes imaginarios, nada más ni nada menos que al otro lado del mundo sin moverme del sitio, donde hace frío, pienso que si hace mucho mucho frío fuera, no sentiré este helor que me congela la sangre. Tengo que salir de esta fantasía y volver a la realidad, dentro de un rato tengo visita con el oncólogo, no quiero que piense que soy una cobarde, ni siquiera que piense que he perdido el norte porque perdí la brújula.

La cosa no va muy bien, me han dicho de operar, pero no creo en los médicos, ellos enseguida abren, cortan, cosen, se quitan la bata y se lavan las manos. Pienso darme tiempo a pensar, a ver, un tumor es un tejido que crece dentro del cuerpo, quién ordena tal cosa, creo que es el cerebro, entonces entenderé a mi cerebro para que entienda a su vez que no tiene mucho sentido matarme de ese modo.

Un chico ha comentado mi relato, me da pena, porque no entiende nada, ha dicho que le gusta, imagino que es porque le suena rítmico, al igual que puede sonar el mar.

Me hace gracia, volveré a publicar otro, y otro, y otro, tengo tantos de tantos momentos de soledad.

Y a cada uno, un nuevo comentario, como si en esta página con tanta gente, no hubiese nadie más que mi propio eco y él.

Por fin después de diez meses de arrastrar este cuerpo por las sentinas de la vida, puedo permitirme el lujo de conectarme otra vez a Internet casi no puedo creerlo.

Antes de la debacle económica, me había acostumbrado a leer los relatos de aquella chica, me encantaba como escribía y no me perdía uno. Entré en la página en la que tanto había disfrutado publicando y comentando. Y ahí estaba, como si el tiempo no hubiera pasado, un relato con su nombre, sentí cierta nostalgia, y comencé a leer.

Han pasado muchos meses, al final no me dejé operar, pero marearon todo lo que pudieron y más, el caso es que estoy recuperada, con controles periódicos pero fuera de tantas pesadillas. He vuelto a recuperar las ganas de escribir, ayer mismo, publiqué mi primer relato de mi nueva vida en aquella página olvidada de Internet y hoy, al mirar los comentarios había uno de aquel gracioso chico, mirando su perfil he visto que ha puesto su email, y le escribí.

De este modo tan extraño, el caprichoso hilo rojo del destino y después de darnos un revés con mano vuelta, nos volvió a unir.


Laura Mir y Benjamín J. Green




En dos desiertos distintos - 1º Relato ganador concurso Escribir a Dúo










Ni siquiera había anochecido y estaba realmente cansada, había tenido un día terrible. Llamada tras llamada, consulta tras consulta, urgencia tras urgencia; pero una en especial de última hora, que había durado más de dos horas entre la vida y la muerte, habían mermado todas mis fuerzas.

Llegué a casa arrastrando de mí misma, me tumbé en la cama, sólo por unos instantes simplemente para reponerme. Cuando me di cuenta estaba soñando, y mientras soñaba, soñaba que soñaba que me había dejado la luz encendida, las gafas puestas, el libro sobre el regazo y la aguja con la que me recojo el pelo y siempre termino clavándomela, en la mano.

Por un instante pensé que la escena era grotesca y descontrolada, precisaba con urgencia ser inmortalizada, nunca me había pasado algo así, por lo que abrí los ojos, conecté el ordenador y empecé a escribir, dejándome llevar…

Volví al mismo árbol, como hago siempre, para cambiar las flores marchitas, abrazarme al tronco para sentirme un poco más cerca de ti, y gritar en alto tu nombre:

— ¡¡¡SERGIOOOOOOO!!!

Pero todo era diferente, la carretera estrecha y tortuosa ya no era la misma, ni las florestas, ni los boscajes, ni los árboles, ni siquiera el árbol, el maldito árbol no estaba allí. Los colores eran distintos, más vivos y los aromas más suaves. Giré a mí alrededor por si me hubiese equivocado de lugar, pero no era así, la casa de la loma seguía en el mismo sitio, enmarcada por un impresionante cielo azul, desfiguraba el horizonte con altanería e insolencia. No entiendo cómo después de tanto tiempo, de tantas veces como había ido, nunca lo había apreciado. Despertó mi interés y emprendí el sendero hacia la cancela.

A medida que me aproximaba llegaban los sonidos a chiquillería, risas, juegos y algarabías de bocas infantiles.

Pude verlos bien tras la verja, jugaban, reían, eran felices y emanaban nueva vida.

Estaban todos, todos aquellos niños mutilados que salvamos de las minas.

Y entonces caí en la cuenta, comprendí, pude comprender por fin tus palabras ante tantas quejas: Nunca somos por lo que tenemos, ni siquiera somos por lo que creemos, somos, y escucha bien, sólo somos, por lo que hacemos.

Me giré, no quise molestarlos y comencé a desandar el camino.

Desperté plena de una emoción que no puedo definir, es como si lo sintiera cerca, muy cerca, casi en mi interior, como nunca lo había sentido estando en vida.

Fuera había anochecido; me quité las gafas, cerré el libro, me recogí el pelo, apagué la luz y abracé con fuerzas mis piernas. Y con la cabeza recostada entre ellas, consideré lo que construimos juntos en aquellos campos de refugiados, en aquél ardiente desierto en guerra, plantando cara a la muerte, fue donde en realidad fuimos, cerré los ojos y comprendiendo, la herida de mi pecho cicatrizó, y por fin, pude llorarte.

                                                                   *****

¿Recuerdas cuando rodábamos por las dunas hasta que nuestros cuerpos chocaban en un rincón del desierto?

Estuve mucho tiempo en lo alto de la duna contemplando las islas de arena rodeadas de sus propias sombras. Hasta que me dejé caer por la ladera buscando entre caricias, a piel suave, entre enfermedades y lucha, una velocidad que diera un sentido a los criminales ecos de cada fatalismo. Mi velocidad se tuvo que reducir a cero. Cumplí. Sólo fue eso, que mi vida plena tuvo que decir adiós.

Ahora no sé saber decirte que estoy bien, ahora no sé saber decirte que el sol ya no me quema, que vivo en una constante puesta de sol. Ahora no sé hacer para que la luz que tanto me llena te atraviese, ahora no sé hacer que la sombra que es tu dolor se convierta en el primer rayo del día.

Intento comprender por qué es mi nombre el que se desgañita en tus noches de desvelos, mientras es pura placidez la que me ha llegado tras mi muerte.

Quisiera que bailaras bajo la lluvia del desierto, como cuando tus pies descalzos se iban hundiendo bajo los granos que no soportaban tu peso, quisiera volver a ver tu pelo mojado aplastado en tu cara quemada por el Sol, y que de ahí, de esa agua, de esa sonrisa, volvieran a salir las Reinas del Desierto, volviera a brotar tu risa que bien valía la condena de mil noches de desierto.

Deja, entre bailes y risas, que el agua que nos besaba desde el cielo, vaya limpiando cada grano de dolor que se adhiere a tu alma, que se quede en su lugar, en el suelo del desierto, bajo las estrellas que nunca supimos contar, porque era nuestro calor el que nos protegió del frío de cada día que allí vivimos. 

Deja que sea lo que soy, comprende y deja ahora, que sea libertad.



Sonia Mallorca y Jaime Ernesto