sábado, 7 de marzo de 2015

Toda Corazón



Cora se dio cuenta demasiado pronto de que era excesivamente diferente, porque el mundo giraba descontrolado y rígido hacia la derecha cuando su corazón lo hacía de forma vertiginosa y emocional hacia la izquierda. Esta dicotomía de direcciones la perturbaba hasta el punto en el que se sentía fuera de lugar, siendo una incomprendida repleta de incomprensión. Y esto dolía, dolía mucho.

Junto a su inmensa sensibilidad, también estaba dotada de una gran inteligencia, y después de darle vueltas y vueltas al asunto por aquello de la aceptación social, dedujo que algo tendría que hacer para poderse adaptar al medio, era más fácil hacer tripas con el corazón, que estar de continuo con el corazón en las tripas.

Así que deseó, porque le dijeron que se podía si se ambicionaba con todas las fuerzas, que su corazón fuese intestinal, pero pronto se encontró con otros problemas: latía a intermitencias, se le obstruía, se le inflamaba y cuando ventoseaba, acababa de todos modos con el músculo cardíaco encogido y a lágrima tendida. Al no ser una solución a largo plazo y muy molesto, dejó de desearlo y el corazón al paso de los días, volvió a su estado natural con todo su nativo sufrimiento.

Un día leyendo unos artículos de Mariano José de Larra, hubo una frase que llamó poderosamente su atención: “Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.” Si negaba todo lo que le dañaba posiblemente fuese más aceptada y así lo hizo.

Al principio no fue nada fácil, pero consiguió  endurecerse a base de mucho esfuerzo y de ponerse capas y capas impermeabilizadoras e indiferentes sobre el pecho. Por fin su corazón latía a un ritmo tranquilo e incesante, atrás quedaron las palpitaciones y paradas que le hacían escapar aquellos molestos e inoportunos sollozos, suspiros y lágrimas. Pero también se perdieron por el camino las risas, las alegrías y ese impulso vital que todo lo mueve, llamado amor; haciendo que las primaveras, otoños e inviernos, jamás fuesen verdaderos veranos, porque hasta el más tímido estío había dejado de existir.

Sobre su peana ajena a la emoción humana vivió unos años. Solo notaba de vez en cuando y muy suavemente, el soplo del viento gélido y riguroso proveniente del juicioso y aceptado Norte, sobre todo en las noches oscuras, pero se encogía de hombros y desechaba de inmediato la idea de volver a sentir, así se encontraba la mar de bien.

Hasta que un día, un chico que la amaba en silencio desde hacia tiempo, decidió declarársele, se le acercó, le expuso sus sentimientos y al no obtener esperanza, le preguntó:

— ¿Crees que podrías algún día enamorarte de mí?

— La cuestión no es enamorarme de ti, si no enamorarme.

Al pronunciar esas palabras, echó de menos el calor que desprenden los abrazos con los que suele obsequiarse la humanidad, se dio cuenta de la psicopatía que la embargaba, de lo sola que se sentía y de las excusas que para sí se repetía. Giró la vista atrás desde su pedestal y no pudo encontrar el camino por el que regresar, todo el paisaje eran enormes extensiones de insensibilidad, había perdido por completo su facultad de amar, se había convertido en un trozo de esa gran parte del mundo al que detestaba, ese que prefiere vivir su vida alejado de la única condición esencial, como el que vive en un holograma dentro de sí mismo y de modo totalmente virtual.


Laura Mir



*Este relato participa en el juego FRASELETREANDO de la comunidad ALMAS DE BIBLIOTECAS Y CINES con la frase de Mariano José de Larra: "Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas".

El secreto de su padre - Relato ganador del tercer premio de FRASELETREANDO



— Madre, ¿quién era ese hombre que vino a casa esta tarde?

— ¿Qué hombre, hija? — balbuceó Doña Dolores mientras intentaba enhebrar la aguja.

— El joven caballero que ha recibido usted en el despacho. También le vi en el funeral de padre. ¿Trabajaba para él? ¿Es un empleado? –inquirió con curiosidad.

Doña Dolores se quedó paralizada. No pensó que su hija se hubiese percatado de aquella breve visita. No supo qué contestar, de repente palideció, y sin decir nada, alzó su mirada hacia Marina. Esta vez no tenía escapatoria, era una joven muy despierta, y tan cabezota como su difunto padre, que Dios tenga en su gloria. Sabía que no pararía hasta descubrir la identidad de aquel apuesto desconocido.

Desde el día del funeral, Marina no había parado de pensar en él. Era un joven muy atractivo, alto, moreno, con ojos de color avellana. Le recordaba a su padre en sus años jóvenes, tal y como se veía reflejado en el retrato del salón. Le pareció muy raro que estuviese allí,  de haberlo visto antes lo recordaría.

 Su padre no había sido una persona muy sociable, apenas tenía amigos y ella creía conocer a todos sus empleados. Tampoco entendía por qué no se había acercado a dar el pésame a su madre como habían hecho el resto de los asistentes. Además, tan pronto acabó el funeral, desapareció sin dejar rastro, como si de un fantasma se tratara.

Tanta reserva había despertado su imaginación. ¿Sería un nuevo empleado? ¿Algún proveedor? ¿Un acreedor al que su padre debía dinero? ¿O tal vez un familiar lejano malavenido? Esto último lo pensó por el evidente parecido.

Finalmente, tras unos segundos de silencio mirándose fijamente la una a la otra, su madre contestó:

— Es tu hermano, mejor dicho, tu medio hermano — dijo dirigiendo la mirada hacia la ventana en un vano intento de esconderse de Marina.

— ¿Cómo? Es una broma ¿verdad? Madre por favor, conteste.

— No, hija no, es la verdad.

— ¿Pero cómo es posible? ¿Usted lo sabía?

Doña Dolores miró a su hija fijamente y dijo tratando de disculpar a su esposo y a sí misma:

— Algo había oído, hace mucho tiempo, pero no estaba del todo segura y quise creer que era tan solo habladurías. Fue antes de que tu padre y yo nos casáramos. Era tan buen hombre, me adoraba, y siempre me fue fiel.

—Pero madre, tuvo un hijo con otra mujer y no se lo dijo… Tengo un hermano mayor. ¿Nunca intentó averiguar más acerca de esos rumores? ¿No sentía curiosidad?

— Sí, hija sí, claro que sí. En muchas ocasiones quise preguntarle a tu padre, pero no me vi con fuerzas. Tenía miedo de la verdad, en el fondo no quería saberlo. Él nos quería y eso era lo único que importaba. Hija mía, algún día te darás cuenta de que a veces es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.

Ahora fue Marina la que palideció. Nunca se le hubiese pasado por la cabeza algo como esto. Su familia era muy conservadora y tradicional. Su madre una respetada señora de su casa y su padre, un gran hombre de negocios. Ambos eran discretos y muy religiosos, para nada el posible centro de atención de ningún  escándalo.

Marina miró a su madre sin saber qué decir. Una mezcolanza de sentimientos la invadía: rencor, decepción, lástima, asombro, alegría. Se levantó y sin decir nada se retiró a su dormitorio, necesitaba pensar. Sabía que aquella noticia cambiaría su vida para siempre. ¡Un hermano! Aún le costaba asimilarlo. Tiempo, tiempo es lo que necesitaba para aceptar el secreto de su padre.



Minerva


*Este relato participa en el juego FRASELETREANDO de la comunidad ALMAS DE BIBLIOTECAS Y CINES con la frase de Mariano José de Larra: "Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas".



lunes, 2 de marzo de 2015

¡Por fin! ¡Nuestra primera cita!



Aquel día era diferente. Carlos lo había intuido cuando el infame despertador sonó. Se levantó apresuradamente, se duchó, y casi a medio vestir, marchó corriendo a la oficina.

Cuando llegó, el portero estaba de pie en la entrada, leyendo el periódico como solía hacer cada día. Unos pasos más adelante, estaba la recepcionista, hablando por teléfono mientras se limaba las uñas. Y a unos metros, fotocopiando, estaba Alicia, la chica que le había robado el corazón.

Alicia pertenecía al departamento de contabilidad desde hacía unos meses. Recordaba aquel día perfectamente porque al verla quedó prendado. Ambos trabajaban en diferentes áreas y aunque se veían a diario, no había necesidad de entablar una conversación más allá de un cordial saludo. Sin embargo, aquella mañana, Alicia le miró de forma distinta, y sonriendo le dijo:

— Carlos, esta tarde voy a realizar un taller de teatro para niños. ¿Te gustaría venir?

Claro que quería, no había nada más que deseara en el mundo. Esa era su oportunidad, la ocasión que había estado esperando durante tanto tiempo para aproximarse a ella. Balbuceando respondió un casi imperceptible:

­— Sssssí.

Aunque la jornada transcurrió como de costumbre, a Carlos se le hizo eterna, sólo miraba el reloj y apenas pudo concentrarse. A la hora de la salida se fue escopeteado. Quería acicalarse antes de ir a la cita.  

De camino a casa no pudo parar de darle vueltas a la cabeza; soñaba con ella. Se imaginaba a ambos entre aquellos personajes de ficción, formando parte de las historias y decorados de la función teatral. Empezó a recordar los cuentos que le leían sus padres de pequeño: Cenicienta, Blancanieves, La Bella Durmiente; en todos había una bonita historia de amor como la que él deseaba protagonizar con Alicia.

Imaginaba  que en el ensayo, él sería el príncipe y ella la princesa a la que tendría que rescatar. Estaba convencido de que esa tarde era la definitiva. Sabía que su cita sería un éxito, hasta había planificado besarla. Se encontraba cavilando su estrategia cuando oyó un pitido; el semáforo se había puesto en rojo y se encontraba en medio del paso de peatones. Un conductor pitaba sin parar, mientras otro con la ventanilla bajada, le gritaba:

— ¡Muévase hombre! ¿Está atontado? ¡Que le van a atropellar!

Carlos dio un brinco del susto, y saliendo del embelesamiento, se apresuró a cruzar la calle. Siguió caminando a paso ligero, quería llegar a casa cuanto antes, estaba ansioso por llegar a la cita y poder por fin llevar su sueño de amor, de la fantasía a la realidad.


Minerva


martes, 24 de febrero de 2015

Una sencilla respuesta



— ¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo?

Grita el individuo a los vientos que arrastran su navío de un lado a otro, sin que sepa muy bien a qué puerto o qué abismo le llevará está loca carrera sin sentido. Desde esta parte de la frontera que media entre los sueños y los fracasos, vive un hombre que nunca sabe muy bien en qué parte se encuentra, si en la zona buena o en la zona mala.

— ¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo?

Grita el amor desgañitado a las brisas heladas de los olvidos, ayer yaciendo en su seno y hoy, carne putrefacta pasto de los buitres negros de la indiferencia. Nacido de una mirada, crecido por una caricia y asesinado por un sueño ajeno que nada ha aprendido. Desterrado amor que vaga por el ancho mundo de una memoria arrinconada, yendo de sombra en sombra huyendo de la luz como un oscuro secreto, mientras cava abismos internos con sus ficticias carencias.

— ¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo?

Grita la mujer ante siglos de explotación, de esclavitud, de incomprensión, de miedo al poder de sus abrazos, a la luz que llevan consigo a este injusto mundo de hombres embrutecidos, ciegos y absurdos. Existencias ajenas a la sabia inteligencia de la razón elemental, de belleza, de amor, de futuro y de los suaves suspiros que deja tras de sí la ternura de estas dadoras de vida. Temen unos, temen otros y, temen ambos.

— ¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo?

Grita la razón a un mundo desprovisto de ella, donde la demencia, la codicia, las ansias de poder y la falta de justicia, se disfrazan con sagradas vestimentas y bellas liturgias, mientras ofrecen humo celestial. Cuántos cementerios repletos de cadáveres inocentes, provocados por las creencias de unos y otros; creencias de dominio, basadas irónicamente en el amor, la comprensión, el respeto y la misericordia, ahogando en sangre hermana al verdadero fin humano.

— ¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo?

Grita la multitud de hambrientos, exiliados, excluidos, ancianos abandonados, niños esclavos, mujeres maltratadas…  todos ellos olvidados por el mundo y la gente que reside en él. Tristes fantasmas inconscientes que vagan por los pasillos de una vida que nunca será en realidad una existencia propia. Sin pasado, sin presente, sin futuro, invisibles sombras doloridas y exhaustas que simplemente, deambulan.

— ¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo?

Grita un mundo a sus hacedores mientras agoniza lentamente infectado por ese terrible cáncer llamado Homo Sapiens, viendo como sus criaturas se extinguen unas tras otras, devoradas por una maldita metástasis que no para de desarrollarse por doquier. Ya poco queda del azul de sus cielos, de su aire puro y sus aguas cristalinas. Una tierra violada es el resultado, sí, sí, violada, arrasada y moribunda, que solo espera un final que tarda demasiado en llegar.

— ¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo?...

Me devano los sesos y solo obtengo una sencilla respuesta a todas las versiones que soy capaz de darle a la misma pregunta:

… El delito cometido es el de haber nacido hermano.


Ismael Mir


* Este relato participa en el juego FRASELETREANDO de la comunidad ALMAS DE BIBLIOTECAS Y CINES CON LA FRASE DE Calderón de la Barca: “Qué delito cometí contra vosotros naciendo”. 


domingo, 22 de febrero de 2015

Mi gozo en un pozo, no, no, no, fue en una farola



De joven era muy aficionado a la bici y con ella iba a todas partes. Ese día me dirigía a comenzar mi aventura, la incorporación a un nuevo puesto de trabajo. Me lo había conseguido mi padre a través de un cliente de su pequeño negocio. Esta decisión fue tomada para evitar males mayores, pues mi hermano y yo en aquellos tiempos, siempre andábamos a la gresca. El pobre hombre consideró que no nos iría mal trabajar un tiempo separados. La empresa era un laboratorio de POTINGAS y como me encantaba la química, todos felices y contentos.

Apenas habían transcurrido quince minutos desde que salí de casa, cuando por arte de magia y sin saber cómo, me vi empotrado en una farola por una furgoneta. Los accidentes en aquella época no eran inusuales, lo que sí era inusual, eran las farolas que se encontraban muy distanciadas entre sí. Y fui a dar con la única existente en la zona, mejor digo que ella me encontró a mí.

De pronto todos mis sueños de llegar a ser una gran personalidad tipo Einstein, pero en química, se vieron truncados por un: ¡Quítale de ahí ese obstáculo!

Quedé despanzurrado boca arriba sobre el suelo, sin asfalto, sin visión, sin idea de lo que había ocurrido pero, escuchando los comentarios del público asistente a la función de la que, sin saberlo ni quererlo, era el principal protagonista.

— ¡Este chico está muerto! — Decían sin parar.

— ¡Hay que llamar a una ambulancia! — Pedían.

Mientras tanto, perplejo y dolorido, me interrogaba sobre lo que estaba ocurriendo.

Llegó la ambulancia, un cacharro heredado de los americanos tras finalizar la Segunda Guerra Mundial. ¿O, era de la Primera? No tiene importancia, el caso es que me introdujeron en ella y el conductor se dispuso a iniciar la marchar.

— ¡Arranca, arranca! — Le decían, pero la vieja reliquia se negaba.

Tras duras negociaciones entre chófer, enfermero y público, decidieron que en lugar de esperar a otra ambulancia, dada la gravedad del tema, lo mejor sería empujarla y así con el impulso conseguir que arrancase.

Llovían los voluntarios, obreros a los que no les importaba llegar tarde a sus puestos de trabajo, jubilados para los que el incidente era vivir una especie de insólita aventura, amas de casa que iban con su cesto hacía el mercado, y hasta niños con sus carteras repletas de libros y cuadernos que se dirigían a sus respectivos colegios.

Se pusieron manos a la obra, ahora empujaban unos, ahora empujaban otros. El motor comenzó a explosionar con unos petardeos tremendos hasta que finalmente lo consiguieron. Nos incorporamos al tránsito. La camilla comenzó a golpear en las paredes y, según lo que pude percibir, hasta en el techo.

— ¡Oh no, con las prisas nos hemos olvidado de anclar la camilla, de ésta no salimos! — Exclamó el camillero.

Llegamos al hospital y tras atenderme del múltiple accidente, tan sólo diagnosticaron cuatro costillas rotas. Al cuarto día me enviaron para casa. No tardamos en descubrir que el diagnóstico era erróneo pero… ésa es una historia que mejor dejo para otro día.

Treinta y seis años después, con la confianza que da comprar el pan siempre en el mismo establecimiento, me enteré por boca de la panadera, que andaba aquella mañana rememorando historias graciosas, y refiriéndose a una protagonizada por su mejor amigo, muy fitipaldi por cierto; el cómo empotró a un pobre ciclista, debía ser un muchacho por aquel entonces, contra la única farola existente en aquella calle, aquel día fatídico que amaneció con los mejores vaticinios internos de que sería muy especial para mí.


Nora Biel


sábado, 21 de febrero de 2015

PREMIO BEST BLOG



Nuestra preciada compañera Estela Caruso, desde su blog: http://carusoestela.blogspot.com.es/ nos ha nominado para el Premio BEST BLOG, le estamos enormemente agradecidos y nos sentimos orgullosos de que venga de sus manos pues fue la primera compañera que en su día nos nominó, por tanto el honor es doble.

Este premio se otorga a compañeros que día a día trabajan en la ardua labor de promocionar las letras. Por tanto es un honor nomimar a los siguientes bloggers amigos:


ALEJANDRA SANDERS por su blog: http://cuentosdeterroryprofeciasalejandra.blogspot.com.es/

CARMEN CARDEÑOSA por su blog: http://carmen-jugandoyaprendiendo.blogspot.com.es/


ELENA GARCÍA DOMINGO por su blog:  http://enpalabras-yo.blogspot.com.es/

DAVID LÓPEZ MONTCADA por su blog:  http://davidlopezmoncadalobo.blogspot.com.es/

ALFONSO GAYTÁN por su blog:   http://estampasyrecuerdos.blogspot.com.es/

JAMES A. PARKER por su blog:  http://somnumexterrerisolebat.blogspot.com.es/

EDUARDO GUERRERO por su blog:  http://enesahoramaldita.blogspot.com.es/


EL POETAARTESANO CARLOS por su blog:  http://elpoetaartesano.blogspot.com.es/

BEATRIZ MARTÍN PIÑA por su blog:  http://beatrizplasmasuspensamientos.blogspot.com.es/

ANTONIO PÉREZ RUIZ  por su blog: http://aprflapierre.blogspot.com.es/

JESÚS FDEZ. DE ZAYAS por su blog:  http://archimaldito.com/

ABEL DE MIGUEL SAENZ por su blog: http://fraguadeversos.blogspot.com.es/

FRANCISCO IZQUIERDO por su blog;  http://franizquihero.blogspot.com.es/


Los nominados deberán:


Primero  -  Pegar la imagen del premio.

Segundo - Nominar a quince compañeros y hacérselo saber para que hagan lo mismo.



Con nuestros mejores deseos de felicidad y crecimiento os damos las gracias todos.


Libres Relatos


jueves, 19 de febrero de 2015

Transmutación




Una suave brisa aminoraba el calor estival del mediodía. El camino estaba en buenas condiciones, y siempre que te mantuvieras fuera de las carriladas que habían dejado los carros en las lluvias de primavera, podías circular cómodamente en bicicleta. Ambos lados de la vía estaban flanqueados por márgenes de adobe seco, que permitían contemplar el paisaje de trigales dorados, salpicado de granjas y de casas unifamiliares que se distribuían espontáneamente en pequeños grupos, como para compartir el calor en invierno.

Tras un rato de agradable pedaleo, vi a lo lejos una casita de tejado rojo, rodeada de un jardín protegida, a escasos quinientos metros, por un gran bosque de pinos en su parte trasera. Justo lo que andaba buscando. Me acerqué, contento, pues me había costado encontrarla y me interesaba mucho conocer a Julia.

Apoyé la bicicleta al lado del portón de la cerca y llamé a la señora:

— ¡Buenos días, Julia, soy David!

— ¡Buenos días, perdone un momento, ahora le abro!

Me contestó una voz juvenil que provenía del corazón de aquel jardín selvático. Al momento apareció una cabeza coronada por una hermosa cabellera totalmente blanca. Cuando acabó de incorporarse, se presentó ante mí una anciana sonriente, de porte esbelto y elegancia natural. Me franqueó la entrada y me saludó con un par de besos.

— ¿Qué tal David, ha sido difícil encontrarme? Me alegra que haya venido, pase, pase, le estaba esperando.

— Gracias Julia, ha sido un poco complicado, pero aquí estoy al fin. No puede usted imaginar las ganas que tenía de conocerla.

— Espero estar a la altura de sus expectativas. Vamos, entremos en casa, estará usted cansado.

Me condujo a un acogedor saloncito, con dos sillones ante la chimenea apagada. Estuvimos horas y horas hablando. Yo era incapaz de apartar mis ojos de los suyos, grandes, levemente rasgados y de un azul purísimo. Eran unos ojos de dieciocho años en un rostro de ochenta. Tenían tal frescura, tal expresividad, que seducían.

Mi doctorado sobre los espíritus guardianes de los bosques y las corrientes de agua me habían llevado hasta Julia, conocida mundialmente por los poemas que escribía sobre el particular. Entre líneas se advertía que ella era depositaria de unos conocimientos  ancestrales, más allá de la cuidada expresión poética. Por ello me sentí ridículo, haberme presentado allí con mis flamantes conocimientos académicos y cargado de notas y bibliografía. Así que dejé que, con su bonita voz, me enseñase cosas que desconocía por completo, saberes antiguos, arcanos…

Cuando comenzó a instruirme sobre las náyades, supe que, hasta aquel momento, no había adquirido ninguna certeza, ningún conocimiento real. Mi tesis doctoral se había limitado a una visión antropológica de un área de la mitología grecolatina, a erudición simplemente, sin conexión con la realidad de lo estudiado.

Julia me estaba haciendo cruzar el umbral hacia otra dimensión. Durante tres días me instruyó, me hizo concebir nuevas categorías mentales, otros aspectos de lo real. Todo ello bajo un  ayuno absoluto, salpicado con sesiones de meditación y contemplación.

La noche del tercer al cuarto día, dormí con una profundidad sin precedentes. Desperté alegre, feliz y confiado, tras haber tomado la decisión más extraña de mi vida.

Julia dio unos golpecitos a la puerta del dormitorio y entró.

— Buenos días, David—. Dijo sonriendo.

—Toma, bebe esta infusión. No rompe el ayuno, pero te mantendrá bien lúcido hasta la noche.

La bebí, estaba amarga y aromática. Hizo que me encontrara mejor durante todo el día, hasta el punto que ayudé a Julia en el jardín y realicé pequeñas reparaciones en el tejado, amén de repintar la valla.

Al caer la tarde, Julia me hizo las últimas recomendaciones y nos despedimos con un largo abrazo.

— Marcha con alegría y sin temor alguno.

Como respuesta, tomé sus manos y la besé en las mejillas sorprendentemente suaves. Acto seguido me puse en camino hacia mi objetivo.

En la noche estival, una brisa fresca y sutil acariciaba mi rostro. Guiado por el camino, me adentré en la espesura. Nada desenfocaba mi mente absorta en su propósito, pretendía llegar al arroyo antes que mi cuerpo, mientras guardaba en su interior las maravillas nocturnas que la envolvían como los tesoros que siempre quiso poseer.

La luna corría tras las nubes, estrellas centelleaban sobre la silueta negra de un pino enorme. De pronto, una masa alada me rozó, tal vez un búho de caza, silencioso y discreto.

Transcurrido un tiempo indeterminado, el fiel sendero, apenas visible, me llevaba con seguridad al corazón del bosque. Por fin penetré en las tinieblas. Ya no podía ver el camino, pero me guiaban gorjeos de pájaros ¿Notas de flautines y píccolos, violines, chelos y bajos? ¡Oh, no, eran voces de mujer! Percibí entre los juncos formas femeninas de luz, jugando juntas en el arroyo.

Ya nadaban, ya surcaban el aire. Unían por momentos, etéreos, sus bellos cuerpos refulgentes, no poco más que núbiles, en sublimes pasos de danza. Esparcían corpúsculos de oro y azul en cada movimiento de sus brazos, en cada pirueta de sus piernas.

Entonces, cautivado por tanta hermosura, osé decirles en mi arrobamiento: 

— Divinas hijas de la Tierra. Benditas seáis, mis náyades, siempre protectores espíritus. Bellas, armónicas, graciosas! Maravillosas criaturas, encarnáis las fuerzas telúricas y los primigenios poderes ¡Llevadme con vosotras!

Al instante, me envolvieron todas. Noté un delicado beso y, al volverme hacia la fuente de la caricia, vi unos ojos que reconocí al instante, eran los ojos de Julia en un cuerpo de náyade. Una mirada y una sonrisa de complicidad bastaron para explicarlo todo.

Seguimos juntos, cual cardumen de peces, hasta las copas  de los árboles, hasta el fondo del arroyo. Finalmente sentí que mi cuerpo transmutado, se fundía con el de ellas. Pertenecía a la Tierra, tal que las náyades. Presente, pasado y futuro me fueron revelados.

En un último descenso, atravesamos el agua y nos hundimos en la tierra. Allí me acomodaron en las profundidades. Una oquedad, como el útero de la Madre Tierra,  sería el hogar al que regresaba. Acunado por su gigantesca masa, recorrería los espacios siderales eternamente.


Kairos42