martes, 29 de julio de 2014

Puedes verlo




Puedes verlo en los atardeceres rojos
cuando el sol refleja sobre la laguna,
es el halo de mi pupila, no de tus ojos,
que sólo hay amor, sin duda ninguna.

Puedes verlo más cerca que lejos,
fuera de estos tiempos de hambruna,
en el lecho, en el fondo, es un espejo,
sin la indiferencia que tanto importuna.

Puedes verlo si quieres, es un reflejo
rosáceo en la superficie de la laguna,
sin rojos de pasión pero en mis ojos,
que es sólo amor sin precisar fortuna.

Puedes verlo sin ver a este viejo,
sin memoria ni compasión ninguna,
lo siente desde lo hondo y es añejo,
la entrega de este amor que tanto ayuna.


Albert Gran


lunes, 28 de julio de 2014

Bajo la lluvia



Esta tarde la lluvia trae imprecisos ecos de secretos desvelados, de dulces ternuras emitidas en sombras, suaves caricias clandestinas en instantes soñolientos que hicieron por un tiempo, sonar melodías que adormecían el paisaje y vibraban las almas con cada acorde, con cada nota, en una comunión casi perfecta entre el cielo y la tierra.

Era un besar suave el de aquellos besos, a veces ávidos, a veces lentos, pero siempre torpes.

Sigue lloviendo sobre el pavimento duro y gris de esta estación; guardo en mis maletas disfrazados con otras prendas de rigidez aquellos te quieros, que por mucho que llueva y sople el viento, no se los lleva, aunque ahora los desecho porque sé que nunca fueron ciertos.

Me resguardo bajo un paraguas negro como la noche que apenas cubre de olvido todo lo que siento y me salpica el agua de otras hablas de boca en boca que en mi interior maldigo.

El mito del amor desquerido y descreído vuelve a proyectarse como las lobregueces de tus últimos silencios, de las esperas eternas y de los murmullos perpetuos.

Bajo esta lluvia fría, aquellas melodías ya no se asemejan a nada, no armonizan nada porque todo está al descubierto. Es la agonía lo que queda a falta de la clave en este pentagrama, es solo desconcierto en este concierto lleno de contrariedad y de despecho.

Sé que no hay voz, sé que no hay rima, sé que ha muerto el verso.

No he de sentir vergüenza por haber amado, por haber querido los frutos en los amaneceres recolectados, porque he entregado el corazón en cada encuentro, porque he entregado el alma en cada beso, porque he derramado vida en cada rincón de tu cuerpo.

Pero eso me llevo, el recuerdo del besar suave de tus labios, antes ávidos, ahora añejos; antes de seda, ahora ni de acero, pero siempre y ahora lo sé, fueron desmedidos y embusteros.

Con todo me quedo porque nada apreciaste, mientras espero mi tren bajo un paraguas negro que apenas cubre todo lo que en estos momentos de despedida siento.


Laura Mir

martes, 22 de julio de 2014

Mi padre



Mi nombre no tiene ninguna importancia, sólo diré que soy un hombre de cierta edad, vivo con mi padre ya mayor y bastante entorpecido por lo que precisa de muchos cuidados; cuando lo observo distraído viendo la televisión, ajeno a mi mirada, siento una ternura que no puedo describir, me da la impresión de que es más de lo que pueden sentir otros. Pero para que puedan entender de lo que hablo, es preciso que sepan mi historia.

Durante la postguerra los tiempos no fueron fáciles, mi madre había enviudado quedando con tres niños pequeños y ante la escasez de recursos y medios para conseguirlos, optó por darme en adopción por ser el mayor, pensando quizás, que podría sobrellevar esa carga mejor, ignoro en realidad como le fue porque no la he vuelto a ver nunca más.

La realidad fue muy distinta, pasé gran parte de mi infancia de institución en institución, con una ira y rebeldía muy difícil de cuantificar, eran tiempos de una disciplina muy severa, crecí torcido, demasiado torcido, convirtiéndome en lo que puede calificarse como un gamberro.

Una de mis gamberradas más placentera era molestar a los vagabundos que vivían en los parques y portales. Cosa muy fea no voy a negarlo, en mi defensa diré que era un adolescente de los que ahora se considerarían muy difíciles.

Durante algunas semanas me dio por meterme con uno al que reconozco que le hice la vida imposible, siempre lo abordaba al atardecer en el callejón donde solía recluirse, me gustaba hacerlo enfadar, escuchar sus gritos e insultos. A veces cuando dormía le tiraba piedras, algunas no eran pequeñas puedo asegurarlo.

La cuestión es que un día harto de mis excesos decidió denunciarme en el cuartelillo de la guardia civil por lo que fui arrestado en un centro a espera de juicio.

Cuando este se celebró descubrimos que el vagabundo era mi padre, dado por muerto durante la guerra. No hace falta explicar la emotividad que nos produjo a los dos esta revelación.

Ambos decidimos unir nuestras vidas y aunque fueron tiempos muy duros, lo conseguimos.

Me siento orgulloso de todo el esfuerzo y en cierta manera también siento orgullo ante el hecho de haber sido un gamberro, quizás nunca hubiese conocido a mi padre de no haber sido así, a ese hombre valiente que luchó por un país que le dio la espalda al acabar la guerra como a tantos otros.

Lo observo viendo la televisión y mi ternura hacia él es infinita, porque me enseñó a ser el hombre responsable, trabajador y honrado que soy hoy.


Anónimo


lunes, 21 de julio de 2014

La elección



Es una realidad estar aquí al borde de este precipicio, esta fina línea transparente me mantiene en tierra estable de lo socialmente correcto, como una frontera de controles imaginarios limitan lo conocido de aquellos dominios utópicos e inexplorados de lo no vivido.

Es un pasaje contenido, me niego a comprender y no comprendo, tanto que el tiempo ha hecho perder las referencias iniciales por los recovecos de la memoria, es tanto el silencio interno que llego por momentos a perder la razón por la inconsistencia de lo moralmente aceptado y lo oficialmente impuesto.

Sólo necesitaba una visión más amplia, una confirmación y un desafío.

Atrás quedaron los callejones sinuosos repletos de dudas y olvido, rincones negros cubiertos por el polvo de ajenos recelos escondidos.

Soplan nuevos vientos pero ni tú ni yo podemos sentirlos, si doy ese paso, si te quedas atrás, dejaremos de convivir juntos en este mismo entresijo. A veces, frente a tu declive se me olvida que soy quien domino, callo, otorgo, y nunca exijo.

Aquí, inmediatos y entrelazados muchas veces por nuestras diferencias, en esta extraña encrucijada del destino, rara mezcolanza que resulta un desatino, te pido que te eches a un lado, que me dejes espacio porque lo necesito, para desplegar mis alas, y sobrevolar los contratiempos que porta de por sí el tiempo.

Se agita mi pecho sólo al pensar que existe esa posibilidad de elección, entre la luz y la sombra, entre la paz y la desesperación que conlleva el miedo.

Sólo necesitaba eso; una visión más amplia, una confirmación y un desafío.

Ahora, en el precipicio de las elecciones de último momento, elijo la maravillosa luz, esa luz que brilla y llevo dentro.


Laura Mir




sábado, 19 de julio de 2014

La hija de los lobos




          Mañana volveré a ser yo. Podré volver a la manada, jugar con mis blancas hermanas y sentirme libre. Sé que mi familia está impaciente, sus lametones a mis manos delatan su ansiedad, lo único que me da miedo es que no recuerdo nada de mi vida anterior al ataque. Estoy tan bien aquí con Raquel… así se llama la anciana que tres meses atrás me recogió en un claro del bosque, desvalida y herida. Me gustaría ser una muchacha para siempre, no me imagino correteando por el bosque cazando para poder comer. Ahora entiendo por qué estoy maldita, nunca seré sólo un ser, deberé compartir mi vida entre este mundo que me atrae tanto y con aquel del cual nada sé aún.

          Ya que queda poco tiempo antes de mi transformación, voy a dar un último paseo por el bosque de los alrededores. Me acompañará mi madre loba, como siempre hace cuando me alejo un poco de la cueva. Se ve que no quiere perderme de vista.

          Con el permiso de Raquel, que como siempre me dice que no me aleje demasiado, sigo un caminito que lleva a un arroyo escondido, que baja en una cascada, debajo de la cual me he bañado muchas veces. Me gusta aquel lugar, puedo estar a solas y pensar en el mañana, ya que el pasado se ha borrado de mi memoria. Pero hoy mi madre, que siempre me acompaña, se comporta de un modo extraño: no para de gruñir y de interponerse en mi camino. La acaricio para que se tranquilice y ella me coge la mano con la boca, tirando de mí hacia la dirección contraria, pero yo no quiero volver a la cueva. Quiero bañarme por última vez en el arroyo, debajo de la cascada, así que insisto y sigo hacia mi objetivo. Antes de llegar hay una pequeña colina y llegando a la cima, con mi madre cada vez más nerviosa, oí una voz, era una voz humana, mi corazón dio un vuelco en mi pecho. Ahí abajo en el arroyo había un humano como yo.

          Mi madre me empujaba con el cuerpo, pidiéndome que nos fuéramos, en mi cabeza resonaba la voz de Raquel, diciéndome que no era humana, que estaba maldita, pero la curiosidad pudo con mis buenas intenciones: tenía que ver quién era el que estaba profanando mi lugar favorito, porque solo había una persona y estaba cantando. Desde detrás de un gran tronco de árbol, por fin pude ver quién era el de los canturreos, creo que en este momento me fulminó un rayo y todo dejó de tener sentido para mí. Era un hombre y estaba desnudo justo donde me gustaba bañarme. No podía  dejar de mirar su hermoso cuerpo, sus largos cabellos, creo que me enamoré a primera vista. Si lo que sentía era amor, prendió fuego a mi pecho y a mi alma. En ese preciso momento, supe que estaba perdida y que nada de lo que hiciera podría hacerme olvidar la primera vez que le vi.

          De súbito alguien me agarró por detrás poniéndome la mano en la boca, creí que me iba a desmayar del susto. Era Raquel. Mientras yo miraba embobada a aquel hombre, mi madre debió ir corriendo a buscarla. En su mirada ardía el fuego de su cólera y ya no parecía la ancianita buena de los bosques. Casi a rastras me llevó de vuelta a la cueva, donde me esperaba mi familia, bastante nerviosa, todos aullaban dando vueltas, gruyéndose unos a otros, como es costumbre entre los lobos cuando están preocupados.

          —Te dije bien claro que no te acercaras a los humanos— me gritaba la buena mujer; mientras yo miraba mis pies....

          Mis pies estaban recubiertos de pelo y mis uñas se parecían más a garras que a otra cosa. Me puse a gritar, lo que con los aullidos de los lobos y los gritos de la mujer, convirtió la cueva en un infierno de ruido. Cuando sonó un silbido tan fuerte que todos nos quedamos quietos y callados, en la entrada de la cueva había un hombre, no le daba la luz en la cara y no podía ver su rostro. Pero si podía olerlo, cuando se acercó vi que era el hombre de la cascada.

          Sorprendentemente ninguno de los lobos se movió, Raquel volviéndose hacia él dijo:

          — Hola Benjamín. No esperaba tu visita este año.

          — Pues como ves aquí estoy, dispuesto en este momento a volver a la manada.

          Benjamín se llamaba aquel hombre, era el hermano pequeño de Raquel y también estaba maldito. Por lo que pude deducir de la conversación que estaban manteniendo él y su hermana, no podía quitarle los ojos de encima, aún tenía grabadas en la memoria las imágenes de la cascada y los sentimientos caóticos que habían provocado en mi corazón. Cuando me acordé de mis pies, dios mío, ya no eran pies, eran patas de lobo. Sin poder evitarlo, me eche a llorar desconsoladamente.

          Cuando sentí su presencia detrás de mí, no podía dejar de llorar y me avergonzaba que me viera en aquel estado, ¿Por qué no apareciste un par de días antes? pensaba. Sentí su mano sobre mi hombro, que con suave pero firme insistencia me obligó a darme la vuelta, su mirada llenaba mi mundo y su olor me hizo olvidar dónde estaba y quien era. Nunca olvidaré aquella noche, me hablaste de tus viajes, de tus sueños, me prometiste que nunca me abandonarías, que habías recorrido medio mundo sin saber que lo que buscabas estaba aquí en esta cueva y mientras nos convertíamos en lobos, te amé con toda mi alma.

          Cuando llegó, el amanecer vio cómo salía de una cueva un gran lobo negro seguido por una loba blanca, y con sus ojos dorados encadenados, se dirigieron hacia el tupido bosque corriendo uno al lado del otro, empujándose, mordisqueándose las patas y el cuello. Se diría que estaban a gusto. Se perdieron por un camino que llevaba a un riachuelo, que en lo profundo del bosque cantaba limpio y cristalino.


          Dice la leyenda que las noches de luna llena de primavera, pasean por aquellos bosques un hombre y una mujer cogidos de la mano. Moreno y fuerte él, menuda y rubia ella, siempre juntos se bañan bajo la cascada de un riachuelo, ese que está más allá del tiempo y de los sueños.


Benjamín.J.Green


* Música: La quiero a morir – Francis Cabrel



viernes, 18 de julio de 2014

Corazones descongelados




Corazones congelados en el tiempo.
Pasan soles, pasan lunas y ellos permanecen en ese instante,
en el de la locura del silencio,
la mirada perdida y el labio roto.

Sueños grises, petrificados y somnolientos
comienzan a despertar de ese letargo.
Puede que haya sido una sonrisa
que les haya llenado de color con el aliento.

Es el calor de unas bocas de sustento
estrechadas, frenéticas y entregadas
a ese frenesí que el amor transporta
cuando se dan dos personas amadas.
Con esa seguridad que el sentimiento… otorga.


Laura y Eduardo



miércoles, 16 de julio de 2014

La casa de las cenizas



En aquellos momentos simplemente no se me ocurrió. La tarde primaveral  transcurría tranquila. A lo lejos, en el horizonte, se vislumbraban trazos de nubes, cúmulos níveos parecidos al algodón.

La lectura del libro me resultaba bastante monótona, “La Casa de las Cenizas”… Los ojos absorbidos por el aburrimiento y el constante atropello de letras, se me cerraban, el tedio me vencía.

La mena ferrosa y oscura, seguía oculta en el fondo de la mina, mientras paseaba por mis sueños con descaro una máscara dorada. Su silencio no me engañaba, no podía; quizás podía engañar al mundo, pero en la solapa de su portafolio colgaba la etiqueta brillante e inmaculada de: “CALLADA”, anunciando con descaro el renombre comercial del peletero.

Miraban sin verme, la tercera persona del singular y completamente anónima, oculta a los ojos que no quieren ver, convirtiéndose con el tiempo en un plural indefinido sito en algún lugar de la memoria junto con otros matices lejanos de existencia.
 
Miraban a su alrededor sin verse, se miraban mutuamente sin vislumbrar la realidad.

Observaba el biplaza de nueva y oscura tapicería en medio del salón; la chimenea vacía, la leña quemada había producido demasiado polvo de ceniza. Desparramada por doquier y en desconcierto, se acumulaba rodeándolo todo en continua amenaza de cubrir por completo la estancia.

Más allá de la ventana, un flamante jardín. Lo crucé sin prisas, pisando la hierba y saboreando los aromas de mandrágoras portados por la brisa hasta el dintel, tras de mí un sepulcral silencio; ni lo pensé, cerré la puerta.

Desperté aliviada de este sueño lúcido con una sonrisa, y a mis pies, cerrado y casi oculto se encontraba en reposo para ser leído  “La Casa de las Cenizas”, mientras el reloj de arena en inexorable descenso marcaba sin prisas pero sin pausas durante aquel ocaso, un transcurrir lento y exento de melodía; en definitiva, sólo unas cuantas horas para dar testimonio de una determinada e innecesaria legalidad a lo insostenible y efímero de una vulgar e ilusoria excusa.


Laura Mir