martes, 15 de abril de 2014

Matthieu



La plaza de la Independencia tenía mucha dependencia del Estado que la subyugaba. Pese a un noble caballero de la deseada nación que agitaba a las masas sin apenas alzar la voz, un hombre que calaba en sus ánimos y transformaba su visión de las cosas inculcándoles la fe en que una tierra propia era posible; la gente contenía por aquellos tiempos su rebeldía, apenas sí hacia un desaire tirando un barril de vino del carro que iba hacia la cantina, apenas algún valiente servidor de aquel iluminado le seguía haciéndose ver.

Aquel día primaveral en la plaza se mercadeaba con especias, tejidos, verduras y un sinfín de productos traídos de cercanas y lejanas tierras, incluso las serpientes venidas de Oriente se elevaban siguiendo el canto de una flauta, mientras un grupo de gentes se apiñaba fascinada alrededor.

En una esquina, apoyados sobre una de las columnas que sostenían las viviendas privilegiadas de la ciudad, conversaban en intimidad, un robusto caballero y una preciosa mujer con un cabello largo castaño, luciendo con gracia un vestido azul claro que resaltaba sus atributos. El hombre de la deseada nación se quitó galante el sombrero de ala ancha, haciendo una grácil reverencia y le entregó su alma en un beso. Se giró y subió de un salto a su noble caballo, al que encaró entre medio de los mercaderes emitiendo un grito alto y fuerte animando a la rebelión, huyendo al galope perseguido por la guardia real.

 La mujer había recibido el alma a través de ese último beso aquella mañana, sabía que se encontraría de nuevo con el noble caballero caída la noche. Pero sería de otra forma a la deseada y sus peores pesadillas se harían realidad.

Lo vio aquella tarde cuando lo trajeron a rastras, sabiendo que no habría una próxima cita.

La oscuridad de la noche era acompañada por los gritos del reo, ni siquiera el viento ululaba.

En la madrugada, los carpinteros armaban una cruz de ahorcado y el anuncio de muerte al traidor se propagó a los cuatro vientos. La gente aborregada, y sin mayores diversiones fue llenando la plaza. Esta vez no se oía el rumor a mercadeo, incluso las serpientes descansaban en sus cestas; pero el veneno del prefecto de la ciudad se alzaba sobre su dedo indicando la muerte para el intrépido que había osado desafiar el orden incitando a la revolución. Un bonito sueño que moriría con él, dejando el secreto de su alma en el corazón de la amada que le miraba sufriente protegiéndose el vientre, a sabiendas de que llevaba la semilla de la vida dejada por aquel que iba a morir en su interior.

El prefecto fue testigo en primera fila de aquel cruel espectáculo hasta su final, regocijándose desde su posición intocable: lo rodeaba una guardia de fieles soldados que amenazaba con su mirada y su espada al cinto, a quien osara mostrar cierta mirada sagaz.

Cuando el caballero dejó de moverse, la encinta mujer secó sus lágrimas y, con resolución y paso firme, se encaminó hacia un carro en el que un mercader la arropó entre cajas de mercancías y una cesta con la instintiva e inteligente serpiente capaz de distinguir el bien del mal, la belleza de la fealdad, lo correcto de lo incorrecto, y la libertad de la esclavitud.

Pasaron varios días subiendo por montañas escarpadas hacia el pico más alto de la cordillera. En su trayecto, cuando algunos soldados les detenían, el silbido de la serpiente les retraía de mirar en su interior, los ahuyentaba y le dejaban seguir su camino.

Llegados a la cima, pararon en el castillo al borde de un precipicio, donde residían las últimas huestes fieles al mártir. El mercader dejó a la mujer, que se internó en él entre una llovizna de perfume que caía del alto techo. Hacia una alcoba amplia y luminosa, donde pasó ocho meses hasta que dio a luz a su hijo, que bautizó como Matthieu y fue llamado por la providencia a cumplir los designios de su padre al llegar a los dieciocho años, diestro con la espada y la oratoria.

El día del triunfo, cuando tomó la plaza de la ciudad tal como eran los designios, mandó obsequiar como celebración con vino y pan para paliar el hambre del pueblo; mantuvo al viejo gobernador nueve horas en vilo ante los ojos de la serpiente a la que miraba aterrado. Cuando aquel estuvo convencido de que su vida sería pasto del rápido veneno del reptil, Matthieu le sorprendió girándole la cabeza con sus propias manos, mostrándole una piña de leña bajo una cruz, en la que fue atado y quemado ante la plaza entera que, ahora sí, se atrevía a lanzar las salvas que tantos años habían quedado contenidas en su interior: ¡Independencia!


Laura y Eduardo

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