sábado, 26 de abril de 2014

Tacones sobre el pavimento



Aún estaba el sonido del despertador zumbando en mi cabeza, y yo en la esquina, con los mismos ecos de cada mañana, entre coches y persianas que se alzaban. Hasta que fueron tus sandalias de tacón, golpeando sobre el pavimento, como gotas de lluvia cayendo de mi cuerpo empapado de sudor, los que me auparon de las sábanas.

Mientras el conductor del autobús mantenía el pie sobre el pedal del acelerador; tu cuerpo giró la esquina, y no hubo puñal que haya pasado por mi mano que en ese instante no sintiese clavado en mi cuerpo. Pude verte por tan breve tiempo, que tuve tentaciones de arrancarme los ojos para retener  tu imagen. Casi percibí tu aroma, como el celo que provocaste, y no hubo latido que golpeara mi pecho que impidiera que te escuchase.

Tu pelo recogido en una cola de caballo, se me presentó como pentagrama para inútil músico. Ese castaño, ese color, es el que debería marcar los caminos de mi futuro. El color de tus ojos es el que transparenta mis deseos, al igual que tu vestido, de puro blanco, se hizo translúcido en mi imaginación. Se caerían esos tirantes, atados con un lazo que mis dientes quisieran…

¿Te imaginas ese nudo de deseo atado a mi cuerpo presentado como un regalo para ti? ¡Tus dientes cogiendo de unos de sus extremos mientras tu nariz me roza!

¡Qué bendita es la inocencia cuando no sabes la noche que me hiciste pasar!

Qué fuese tu lengua la que separara mis labios, y yo, poder concentrarme en el aroma. Ese olor que se condensa en toda una noche, que se prensa como flor seca en libro, entre tus sábanas que no conocen del tacto de mi piel.

Imagino un pezón tímido, asomando por escote marcado por el tirante que ya ha caído. La luz, de cuando aún no ha amanecido, trajo un despertar, una nueva imaginación, un nuevo bautizo, para una coronilla ya escasa de nada que la bendiga.

Cada mañana mi rodilla se clava en esa misma esquina. Mis labios, más acostumbrados a salivazos de fulanas, besan la palma de mi mano, acariciando el suelo que pisas. Estoy allí, con los ojos cerrados, encarado hacia las sombras que forman las montañas para intentar distinguir el aroma que has dejado a tu paso, o para formar una cruz entre pecho, frente y abdomen, si el destino tuvo a bien que fuese rápido. Siempre ahí, retenida en mi imaginación, aun conociendo la mitad del verano, como estampa otoñal, de baile flácido con las costuras descosidas entre todos mis dedos, y dientes que nunca se forjará tijera que tanta ansia contenga. Ese baile que forma una hoja en su caída, como debe hacer tu melena cuando buscas un arroyo para calmar tu sed. Tu brazo erguido, como lo que ahora mismo tengo entre mis manos, como dirigiendo al resto del universo, buscando la armonía de planetas que no caen y almas que no saben levantarse.

Ahora, vuelve a tocar soñarte, pero no sin que antes me conduzcas a un nuevo orgasmo, donde la imaginación mata a la realidad, donde esencia y vestido se mezclan, donde no hay diferencia entre translucidez y viscosidad. Zambullirme en esa ensoñación que acaba humedeciendo mi cama, a ese pequeño escalofrío que recorre todo nervio que tengo escondido, a ese preludio que conduce al llanto de un solitario, a volver a dormir en la almohada, bañada de sal y agua.

Jaime Ernesto

3 comentarios:

  1. Un relato muy intenso, que deja entrever pasiones desbocadas y arrepentimiento a partes iguales. Una historia evocadora y pasional. Enhorabuena, me ha gustado.
    Saludos

    ResponderEliminar
  2. Gracias por publicarlo, me hace sentir cuando lo leo la intensidad de la ensoñación de tenerla pero por otro lado la frialdad de no tenerla en realidad. Me ha gustado mucho.

    Un beso

    ResponderEliminar
  3. Un corazón hirviente, perforado y sumido en la fantasía. Un saludo.

    ResponderEliminar