jueves, 19 de marzo de 2015

ABRAZO DE OSO



Es comprensible que esta puerta por dentro no tenga tirador, porque el trozo de carne de aquí, de esta cámara, no escapa, pero el que lo diseña, tendría que haber tenido en cuenta a la niña esta, que espabilada, espabilada, no es, y a más, con la tendencia a llevar siempre la contraria. Mala idea tuve en decirle: Vigila niña, que la puerta no se cierre. Pero ella que anda a saber dónde, no ha vigilado y nos hemos quedado encerrados en esta cámara frigorífica, con un frío de mil demonios.

— Cuando estuve en Rusia, no hacía tanto frío como aquí— dijo ella inocentemente.

— ¿Y eso debe quedar cerca de Babia, no?— Pregunto, sin esperar respuesta, porque si las neuronas son lentas, imagínense a bajo cero.

— Más bien queda por donde perdiste la simpatía—. Me responde ante mi sorpresa, castañeteando los dientes y con labios azulados. Vestida con tirantes, y yo con estalactitas en las pestañas, pero aun así, no puedo dejar de mirar sus pechos que parecen galletas Oreos a punto de escapar.

— No creas que en Rusia no pasé frío, llegué en pleno agosto y estábamos a cinco grados bajo cero, decían que era atípico.

 Atípico es estar aquí encerrado, sin saber dónde acaba la carne de ternera y donde empieza la de burra.

— Esto de la carne de burra es nuevo, no recuerdo haberla visto en la entrada del último pedido, creo que te equivocas. Lo que hace el frío intenso— dijo la muchacha mientras se restregaba los brazos en un vano intento de entrar en calor—. No hay forma, vamos a morir aquí, en este infierno blanco cubiertos por una chapa de acero, que forma más extraña de perecer.

—Y los del CSI buscando agentes. Mira, podemos ponernos a gritar como locos, a ver si pasa alguien por aquí y le da por mirar porque la ternera está revuelta.

— Es tarde, hasta mañana que lleguen… Seguro que estamos muertos. Siempre pensé en morir tranquila, apaciblemente en compañía de gente querida, y no contigo que eres grande como un oso canoso hasta donde se pierde mi imaginación.

— Te diría que te abrazaras a tu puñetera madre para entrar en calor, pero es lo que tienen los deseos, que van por donde quieren. O te coges un trozo de ternera, o te conformas conmigo. Ni tienes mucho tiempo para pensar.

— Ni en un millón de años— dijo, girándose y mostrándole la espalda—. Antes me agarro al cordero que al marrano.

— Veo, gata, que sacas las uñas… Tienes suerte que el cochino no puede sacar las manos de los sobacos…

—  Esta puede considerarse una situación extrema y profunda, como si fuera invierno en pleno verano, y debería servirnos para entender que en la profundidad del invierno finalmente aprendí, que dentro de mí yace un verano invencible, y por ese motivo, porque no sé quien lo dijo, y porque no quiero morir aquí y menos contigo, me abrazo con todas mis fuerzas a ti.

¡Bendita filosofía gasta la niña!

No os voy a mentir, salimos. Entre otras cosas, porque conseguí despegar las manos de los sobacos, y extenderle los brazos, no sin cierto miedo de que se me clavaran las Oreos. Así fue como la rubia se metió entre estos brazos, que aquella noche fueron zarpas, como si fuera un oso polar, para compartir el poco calor que nos quedaba, y para comprender que debajo de la escarcha pueden esconderse otros brotes de algo profundo y bueno. Y desde aquella ocasión, nunca volví a ser escarcha para ella.



Jaime Ros


Recuerdos de invierno - Relato ganador del primer premio de FRASELETREANDO



Aunque nací en el norte y estoy acostumbrada al frío, detesto los inviernos, son blancos e indiferentes, inmutables traen al helado viento, y con él, ráfagas cargadas de sollozos y silencios, esos mismos que me enfrentan a la separación y a la pérdida de fe. A veces me sorprenden las dudas de la existencia de un Dios que permitió semejante crueldad, pero enseguida desecho esos pensamientos y pienso, que solo era una prueba más que me imponía.

Junto al calor de la lumbre los recuerdos acuden tan vívidos como si fuera ayer, y vuelvo a rememorar aquella noche en que llegamos a Auschwitz, después de un largo viaje en un tren de carga, de pie y en condiciones inhumanas.

Al llegar, me separaron de mis padres y mis hermanos, entre los gritos, pude oír a mi madre cómo le preguntaba a un soldado nazi camino de los crematorios, cuándo me volvería a ver, y él le contestó un “mañana” que nunca llegó. Hasta que no me liberaron tuve el convencimiento de que mi familia vivía.

Nunca trabajé en el campo, soy de constitución fuerte y fui asignada a la selección de niñas a las que enseñaban bailes, gimnasia y cánticos favorables a Hitler, para mostrar ante las organizaciones que venían a investigar lo que estaba pasando, y hacerles ver que nos estaban educando y entreteniendo, cuando la verdad era que nos usaban para esconder los crímenes que se cometían.

Dormíamos todas las chicas de mi grupo en el mismo barracón, pegadas unas a otras, casi no nos podíamos mover en aquellas estrechas literas dobles, sin sábanas ni almohadas. Como en las duchas, que también carecíamos de toallas. Nos restregábamos con una pastilla de jabón que nos entregaban, áspera, amarillenta y con olor a rancio. Mucho tiempo después, supe que estaban hechas con la grasa de la gente que cremaban en los hornos.

Éramos muchas y había que hacer cola para todo, incluso para la única comida que hacíamos diaria, consistía en un trozo de pan y mermelada, teníamos tanta hambre que nos comíamos la mermelada antes de que llegara el pan.

A lo lejos se veía humo constantemente, y una vez le pregunté a la jefa de nuestro bloque, también judía; y ella me contestó que eran nuestros hermanos, pero nunca la creí hasta que tuve que rendirme a la evidencia.

Mientras se sucedían los días, tristemente aprendí mucho, entre sollozos, silencios y sufrimientos. Tanto, que en la profundidad del invierno finalmente aprendí que dentro de mí yace un verano invencible, de otra manera no hubiese sido posible sobrevivir a la indiferencia e inmutabilidad de aquel viento blanco y frío, que amenazante, lo asolaba todo.



Laura Mir





martes, 17 de marzo de 2015

LA HERENCIA - SEGUNDA PARTE



            Mi cuerpo descansaba en el sillón, pero mi mente había emprendido una carrera desenfrenada por el camino de las hipótesis. No encontraba el medio para despejar aquella incógnita. Pensé en preguntar al mayordomo y al ama de llaves.

            Pero gradualmente, fui rindiéndome a la placidez del lugar, hasta el punto que continué recitando:

            Los soles ponientes
            revisten los campos,
            los canales, la ciudad entera.

            Una  dulce voz femenina, surgiendo de la nada, completó la estrofa:

            De jacinto y de oro;
            el mundo se duerme
            en una cálida luz.
            Allí todo es orden y belleza,
            lujo, calma y voluptuosidad.

            Di un salto y me puse en pie sin saber para qué. Incapaz de pensar, notaba cómo la sangre se concentraba en mi cerebro. Todas mis neuronas mantenían un diálogo alocado, incapaz de producir un solo pensamiento lógico. Mis ojos, por un momento, se inundaron de una luz cegadora. Después, todo fue oscuridad al tiempo que me desplomaba.

            Ignoro cuánto tiempo estuve allí tendido. De pronto sentí que mi mejilla se apoyaba sobre una superficie lisa y fría. Mis ojos comenzaron a vislumbrar los dibujos del pavimento. A poco estuve de desmayarme otra vez cuando la voz resonó de nuevo en mis oídos.

            — ¡Oh, perdóneme, por favor! ¡No se asuste, no tema nada de mí! Soy Lidia. Debí haberle anunciado mi presencia de otra manera.

           Su voz era pura melodía, aunque seguía sin saber de dónde brotaba. Me levanté con esfuerzo y me senté en el sillón. Confundido, turbado, todavía medroso, trataba de encontrar una explicación racional.

            La curiosidad venció sobre el miedo y, reuniendo un mínimo de valor, inicié una conversación con el vacío.

            — ¿Quién es usted, cómo es que no puedo verla? ¿Dónde estaba escondida antes de que comenzara a recitar?

            — Ya le he dicho que soy Lidia. Le aseguro que no estaba oculta en lugar alguno. Aquí me encontraba cuando entró en el salón, sentada en el sillón que hay frente a usted.

            Seguía inquietándome el no poder verla. Así que volví a la carga.

            — Mire, Lidia. Todavía no me ha dicho  porqué me es imposible verla, por qué estoy hablando con un sillón vacío. Convendrá conmigo en que es algo muy raro y que no me tranquiliza en absoluto.

           Con voz que parecía sonreír, siguió en su empeño de tranquilizarme.

            — Bueno, caballero, todo tiene una explicación. Veamos…, como le he dicho, me llamo Lidia, tengo dieciocho años y suelo estar aquí. Por otra parte, no sé porqué no me ve. Yo sí lo veo a usted. Será que padece un trastorno de visión.

            — Mire, señorita, yo me llamo Raúl, tengo veinticuatro y no entiendo nada de lo que está sucediendo.

            — Yo también estoy un tanto confusa, porque hace mucho tiempo que estoy sola, años y años…

           Lleno de aprensión, le pregunté con voz insegura.

            — ¿Pretende decirme que soy la primera visita que recibe en años?

            — Exactamente, eso es lo que trato de hacerle saber. Me ha hecho muy feliz verle entrar y oírle recitar a Baudelaire. A veces siento la necesidad de hablar con alguien.

            La voz de Lidia expresaba una alegría pura, como la de una niña. Me sentía cada vez más a gusto, exceptuando el peso de las preguntas sin responder y, sobre todo, el hecho de no verla.

            Decidí hacer un ejercicio de concentración. Apacigüé la mente, acompasé la respiración junto al resto de mis biorritmos y posé la mirada en la cabecera del sillón parlante. Tras un espacio de tiempo indeterminado, empezaron a materializarse unos corpúsculos luminosos azules. Progresivamente fueron configurando los perfiles de una persona. Finalmente, surgió de ellos una hermosa joven. No pude contener mi sorpresa y exclamé:

          — ¡Dios mío, qué maravilla! ¡Es verdad, está usted aquí! ¡No la he soñado!

          No me contestó, pero a cambio, me obsequió con una sonrisa irresistible, tras la cual aplacé las preguntas que me quemaban la boca, e inicié una singular conversación.

            — Así que le gusta a usted Baudelaire…

            — Me apasiona, al igual que Verlaine, Rimbaud, Mallarmé, entre los simbolistas franceses.

            A partir de este momento, pasamos hablando un número de horas imposible de calcular. Por aquella improvisada tertulia literaria desfiló una buena parte de la literatura francesa y española. Lidia tenía una formación muy completa sobre la materia. Su memoria era prodigiosa, era capaz de recitar decenas de poemas en las dos lenguas. Yo me sentía cada vez más atraído por aquella extraña joven, hasta el punto que me atreví a romper la tregua de preguntas comprometidas y, además, tutearla.

            — Lidia, por favor, dime quién eres y qué haces aquí sola tanto tiempo. Explícamelo todo. Necesito saberlo.

            Antes de que pudiera contestarme, sonaron unos golpes insistentes en la puerta y una voz que me llamaba con tono de alarma.

             — ¡Don Raúl, don Raúl, abra la puerta, se lo ruego! ¿Se encuentra usted bien, le ha pasado algo? Es ya media noche…

            Contrariado por la interrupción y sorprendido por el rápido paso de las horas, dirigí a Lidia una mirada interrogante, preñada de súplica. A la que contestó con gesto sombrío y palabras apresuradas.

            — Raúl, debes irte enseguida. Mañana a las nueve, ve al pequeño jardín que hay junto a la fachada norte. Ahora no puedo decirte nada más.

           Muy a mi pesar, abrí la puerta  y salí al pasillo. Con ademán enojado y sin pronunciar palabra, pasé por en medio del servicio en pleno.


Kairos42


                                                                                                           CONTINUARÁ…

Primera parte: LA HERENCIA - PRIMERA PARTE

Tercera y última parte: LA HERENCIA - TERCERA Y ÚLTIMA PARTE

lunes, 9 de marzo de 2015

LA HERENCIA - PRIMERA PARTE



Allí, ante mí, se alzaba majestuoso el palacio de los Hermosilla. Llevaba  ciento cuarenta años deshabitado a causa de un antiguo litigio sucesorio entre las dos ramas de la familia. Un azar del destino me había convertido en el último miembro vivo de ambas, con lo que se resolvía el pleito convirtiéndome en su propietario, junto a una fortuna considerable y los títulos de Marqués de Hermosilla y Duque de Arlanzón. La verdad es que yo había sido un pequeño brote, en lo más intrincado de tan grandioso árbol genealógico, fruto de los amores ilícitos de mi padre con una funcionaria de Correos.

Tres meses hacía que dejaba el despacho del Notario con el Título de Propiedad bajo el brazo. Encargué a una empresa especializada en restauraciones que se hiciera cargo de hacerlo volver a su primitivo esplendor. No tenía prisa. Mientras tanto liquidé mis asuntos, dispuesto a comenzar una nueva vida.

El día de mi llegada, todo el servicio me fue presentado. Me sentía fuera de lugar. Lo cierto es que me esforcé por parecer desenvuelto y seguro…

 Ya en mi habitación, con una excitación casi infantil,  me aseé, cambié de ropa y llamé al ama de llaves para que me enseñara el palacio. La señora sacó un gran manojo de llaves etiquetadas y me dijo que podíamos iniciar la visita cuando quisiera, aunque advertí una cierta vacilación en ella. Le pregunté si había algún problema y me dijo que realmente no tenía importancia: durante la restauración había sido imposible encontrar la llave de una habitación del ala sur. Se trataba de una cerradura muy antigua y habían solicitado los servicios de un cerrajero especializado, que todavía no había llegado. De todos modos, dijo que tenía un cestillo con muchas llaves que no correspondían a ninguna cerradura.

Movido por una súbita curiosidad, le pedí que me diera el cestillo y le dije que, yo mismo, iba a probar fortuna con aquella puerta.

         A medida que atravesaba el interminable pasillo, mi ansia por penetrar en la habitación del fondo iba en aumento. Al ritmo de mis pasos hacía sonar el cestillo, lleno de llaves de todos los tamaños y formas. Por fin llegué a la puerta, estudié la cerradura, miré las llaves y se me antojó que la cosa no iba a ser fácil.

         Al cabo de media hora de infructuosos ensayos, empecé a pensar que quizás fuera más práctico echar la puerta abajo… Pero, por otra parte, aquella me parecía una forma salvaje de invadir la intimidad de una habitación cerrada, sería como si la violase. De modo que abandoné semejante idea y seguí probando llaves. Aún quedaban muchas en el canastillo.

         Tal vez el azar fuera más efectivo. Comencé a revolver con la mano el montón de llaves para tomar la primera que tocaran mis dedos. De pronto noté una que estaba caliente. Retiré la mano como si me hubiese quemado ¡No era posible! Se trataría de una ilusión provocada por la excitación de la búsqueda.

        Torné a meter la mano y revolví de nuevo. Tropecé otra vez con una llave que estaba a mayor temperatura que las demás. Venciendo la mezcla de aprensión y desconcierto que sentía, cogí la llave y la separé de sus compañeras.

         Era dorada, mediana, como tantas otras que había en el montón. Presa de una considerable excitación, la introduje en la cerradura y la giré a la izquierda con facilidad. En efecto, ésta era la llave. Jamás la hubiera encontrado tan pronto de no ser por la misteriosa ayuda recibida.

        Empujé suavemente, la puerta se abrió sin ruido. Una oscuridad espesa pareció salir a mi encuentro. Vencí las ganas de salir corriendo…, y busqué a tientas el interruptor, que, afortunadamente, estaba cerca del quicio. La luz reveló una sala de estar, amueblada con cierto lujo, pero, sobre todo, con ese estilo íntimo y confortable que uno asocia con la clase alta inglesa. Los muebles no estaban cubiertos con sábanas, sino descubiertos y relucientes, sin una mota de polvo, lo que no dejó de sorprenderme. Casi con reverencia, deslicé mi mano sobre el brazo del sillón que había junto a la chimenea ¡Que suavidad, qué calidez! En ese momento vinieron a mí unos versos de Baudelaire:

Muebles relucientes,
pulidos por los años,
decorarían nuestra habitación;

        Mentalmente le pedí permiso al butacón para sentarme. Así lo hice y noté que el sillón me aceptaba, se adaptaba perfectamente a mi espalda. Me sentía extraordinariamente a gusto. Con la vista fui recorriendo la estancia hasta los menores detalles. Todo era de una exquisitez suprema. El estar allí sentado constituía un valioso regalo que me hacía la persona que había decorado aquella habitación y la había dejado impregnada de su esencia.

        No sé cuánto tiempo estuve allí sentado, como en éxtasis, fundiéndome con el conjunto del salón. Finalmente, la visión global se me concretó en un cuadro que había en la pared opuesta a la chimenea. Representaba un puerto, erizado de mástiles, con las masas panzudas de sus cascos, cargados de mercancías exóticas,  doradas por un glorioso poniente.

        Otra vez vino Baudelaire en mi auxilio para prestarme unas palabras que pudieran expresar lo que me sugería la pintura:

Ve sobre aquellos canales 
dormir esos bajeles
cuyo humor es vagabundo;
es para satisfacer
tu menor deseo
que vienen del fin del mundo.

Sentí la necesidad de repetir estos versos en voz alta. Me oí cálido, acariciante, como si recitara para una mujer próxima a mí. Me levanté y fui junto a la pintura, entonces reparé en que, sobre la carpeta de sobremesa del buró que había justo debajo de ella, descansaba un libro abierto. Tal parecía que alguien hubiese interrumpido su lectura, olvidándose de cerrarlo, o bien que pensase regresar enseguida para seguir leyendo.

Tomé el libro entre mis manos con la sensación de estar invadiendo la intimidad de alguien y fijé la mirada en el texto. Al leer la primera línea, lancé una exclamación, entre asombrado y emocionado. Era una antología de poesía francesa y el poema que iniciaba la la página precisamente el que había acudido a mi memoria hacía unos instantes, ¡L’invitation au voyage, de Baudelaire¡


Sentí una extraña mezcla, entre afín y cómplice, con la persona que, sentada ante aquel libro había gozado de este poema como yo. Traté de imaginarla ¿Sería hombre o mujer? ¿Joven o mayor? 


Kairos 42

                                                              CONTINUARÁ...

Segunda parte: LA HERENCIA - SEGUNDA PARTE

sábado, 7 de marzo de 2015

Toda Corazón



Cora se dio cuenta demasiado pronto de que era excesivamente diferente, porque el mundo giraba descontrolado y rígido hacia la derecha cuando su corazón lo hacía de forma vertiginosa y emocional hacia la izquierda. Esta dicotomía de direcciones la perturbaba hasta el punto en el que se sentía fuera de lugar, siendo una incomprendida repleta de incomprensión. Y esto dolía, dolía mucho.

Junto a su inmensa sensibilidad, también estaba dotada de una gran inteligencia, y después de darle vueltas y vueltas al asunto por aquello de la aceptación social, dedujo que algo tendría que hacer para poderse adaptar al medio, era más fácil hacer tripas con el corazón, que estar de continuo con el corazón en las tripas.

Así que deseó, porque le dijeron que se podía si se ambicionaba con todas las fuerzas, que su corazón fuese intestinal, pero pronto se encontró con otros problemas: latía a intermitencias, se le obstruía, se le inflamaba y cuando ventoseaba, acababa de todos modos con el músculo cardíaco encogido y a lágrima tendida. Al no ser una solución a largo plazo y muy molesto, dejó de desearlo y el corazón al paso de los días, volvió a su estado natural con todo su nativo sufrimiento.

Un día leyendo unos artículos de Mariano José de Larra, hubo una frase que llamó poderosamente su atención: “Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.” Si negaba todo lo que le dañaba posiblemente fuese más aceptada y así lo hizo.

Al principio no fue nada fácil, pero consiguió  endurecerse a base de mucho esfuerzo y de ponerse capas y capas impermeabilizadoras e indiferentes sobre el pecho. Por fin su corazón latía a un ritmo tranquilo e incesante, atrás quedaron las palpitaciones y paradas que le hacían escapar aquellos molestos e inoportunos sollozos, suspiros y lágrimas. Pero también se perdieron por el camino las risas, las alegrías y ese impulso vital que todo lo mueve, llamado amor; haciendo que las primaveras, otoños e inviernos, jamás fuesen verdaderos veranos, porque hasta el más tímido estío había dejado de existir.

Sobre su peana ajena a la emoción humana vivió unos años. Solo notaba de vez en cuando y muy suavemente, el soplo del viento gélido y riguroso proveniente del juicioso y aceptado Norte, sobre todo en las noches oscuras, pero se encogía de hombros y desechaba de inmediato la idea de volver a sentir, así se encontraba la mar de bien.

Hasta que un día, un chico que la amaba en silencio desde hacia tiempo, decidió declarársele, se le acercó, le expuso sus sentimientos y al no obtener esperanza, le preguntó:

— ¿Crees que podrías algún día enamorarte de mí?

— La cuestión no es enamorarme de ti, si no enamorarme.

Al pronunciar esas palabras, echó de menos el calor que desprenden los abrazos con los que suele obsequiarse la humanidad, se dio cuenta de la psicopatía que la embargaba, de lo sola que se sentía y de las excusas que para sí se repetía. Giró la vista atrás desde su pedestal y no pudo encontrar el camino por el que regresar, todo el paisaje eran enormes extensiones de insensibilidad, había perdido por completo su facultad de amar, se había convertido en un trozo de esa gran parte del mundo al que detestaba, ese que prefiere vivir su vida alejado de la única condición esencial, como el que vive en un holograma dentro de sí mismo y de modo totalmente virtual.


Laura Mir



*Este relato participa en el juego FRASELETREANDO de la comunidad ALMAS DE BIBLIOTECAS Y CINES con la frase de Mariano José de Larra: "Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas".

El secreto de su padre - Relato ganador del tercer premio de FRASELETREANDO



— Madre, ¿quién era ese hombre que vino a casa esta tarde?

— ¿Qué hombre, hija? — balbuceó Doña Dolores mientras intentaba enhebrar la aguja.

— El joven caballero que ha recibido usted en el despacho. También le vi en el funeral de padre. ¿Trabajaba para él? ¿Es un empleado? –inquirió con curiosidad.

Doña Dolores se quedó paralizada. No pensó que su hija se hubiese percatado de aquella breve visita. No supo qué contestar, de repente palideció, y sin decir nada, alzó su mirada hacia Marina. Esta vez no tenía escapatoria, era una joven muy despierta, y tan cabezota como su difunto padre, que Dios tenga en su gloria. Sabía que no pararía hasta descubrir la identidad de aquel apuesto desconocido.

Desde el día del funeral, Marina no había parado de pensar en él. Era un joven muy atractivo, alto, moreno, con ojos de color avellana. Le recordaba a su padre en sus años jóvenes, tal y como se veía reflejado en el retrato del salón. Le pareció muy raro que estuviese allí,  de haberlo visto antes lo recordaría.

 Su padre no había sido una persona muy sociable, apenas tenía amigos y ella creía conocer a todos sus empleados. Tampoco entendía por qué no se había acercado a dar el pésame a su madre como habían hecho el resto de los asistentes. Además, tan pronto acabó el funeral, desapareció sin dejar rastro, como si de un fantasma se tratara.

Tanta reserva había despertado su imaginación. ¿Sería un nuevo empleado? ¿Algún proveedor? ¿Un acreedor al que su padre debía dinero? ¿O tal vez un familiar lejano malavenido? Esto último lo pensó por el evidente parecido.

Finalmente, tras unos segundos de silencio mirándose fijamente la una a la otra, su madre contestó:

— Es tu hermano, mejor dicho, tu medio hermano — dijo dirigiendo la mirada hacia la ventana en un vano intento de esconderse de Marina.

— ¿Cómo? Es una broma ¿verdad? Madre por favor, conteste.

— No, hija no, es la verdad.

— ¿Pero cómo es posible? ¿Usted lo sabía?

Doña Dolores miró a su hija fijamente y dijo tratando de disculpar a su esposo y a sí misma:

— Algo había oído, hace mucho tiempo, pero no estaba del todo segura y quise creer que era tan solo habladurías. Fue antes de que tu padre y yo nos casáramos. Era tan buen hombre, me adoraba, y siempre me fue fiel.

—Pero madre, tuvo un hijo con otra mujer y no se lo dijo… Tengo un hermano mayor. ¿Nunca intentó averiguar más acerca de esos rumores? ¿No sentía curiosidad?

— Sí, hija sí, claro que sí. En muchas ocasiones quise preguntarle a tu padre, pero no me vi con fuerzas. Tenía miedo de la verdad, en el fondo no quería saberlo. Él nos quería y eso era lo único que importaba. Hija mía, algún día te darás cuenta de que a veces es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.

Ahora fue Marina la que palideció. Nunca se le hubiese pasado por la cabeza algo como esto. Su familia era muy conservadora y tradicional. Su madre una respetada señora de su casa y su padre, un gran hombre de negocios. Ambos eran discretos y muy religiosos, para nada el posible centro de atención de ningún  escándalo.

Marina miró a su madre sin saber qué decir. Una mezcolanza de sentimientos la invadía: rencor, decepción, lástima, asombro, alegría. Se levantó y sin decir nada se retiró a su dormitorio, necesitaba pensar. Sabía que aquella noticia cambiaría su vida para siempre. ¡Un hermano! Aún le costaba asimilarlo. Tiempo, tiempo es lo que necesitaba para aceptar el secreto de su padre.



Minerva


*Este relato participa en el juego FRASELETREANDO de la comunidad ALMAS DE BIBLIOTECAS Y CINES con la frase de Mariano José de Larra: "Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas".



lunes, 2 de marzo de 2015

¡Por fin! ¡Nuestra primera cita!



Aquel día era diferente. Carlos lo había intuido cuando el infame despertador sonó. Se levantó apresuradamente, se duchó, y casi a medio vestir, marchó corriendo a la oficina.

Cuando llegó, el portero estaba de pie en la entrada, leyendo el periódico como solía hacer cada día. Unos pasos más adelante, estaba la recepcionista, hablando por teléfono mientras se limaba las uñas. Y a unos metros, fotocopiando, estaba Alicia, la chica que le había robado el corazón.

Alicia pertenecía al departamento de contabilidad desde hacía unos meses. Recordaba aquel día perfectamente porque al verla quedó prendado. Ambos trabajaban en diferentes áreas y aunque se veían a diario, no había necesidad de entablar una conversación más allá de un cordial saludo. Sin embargo, aquella mañana, Alicia le miró de forma distinta, y sonriendo le dijo:

— Carlos, esta tarde voy a realizar un taller de teatro para niños. ¿Te gustaría venir?

Claro que quería, no había nada más que deseara en el mundo. Esa era su oportunidad, la ocasión que había estado esperando durante tanto tiempo para aproximarse a ella. Balbuceando respondió un casi imperceptible:

­— Sssssí.

Aunque la jornada transcurrió como de costumbre, a Carlos se le hizo eterna, sólo miraba el reloj y apenas pudo concentrarse. A la hora de la salida se fue escopeteado. Quería acicalarse antes de ir a la cita.  

De camino a casa no pudo parar de darle vueltas a la cabeza; soñaba con ella. Se imaginaba a ambos entre aquellos personajes de ficción, formando parte de las historias y decorados de la función teatral. Empezó a recordar los cuentos que le leían sus padres de pequeño: Cenicienta, Blancanieves, La Bella Durmiente; en todos había una bonita historia de amor como la que él deseaba protagonizar con Alicia.

Imaginaba  que en el ensayo, él sería el príncipe y ella la princesa a la que tendría que rescatar. Estaba convencido de que esa tarde era la definitiva. Sabía que su cita sería un éxito, hasta había planificado besarla. Se encontraba cavilando su estrategia cuando oyó un pitido; el semáforo se había puesto en rojo y se encontraba en medio del paso de peatones. Un conductor pitaba sin parar, mientras otro con la ventanilla bajada, le gritaba:

— ¡Muévase hombre! ¿Está atontado? ¡Que le van a atropellar!

Carlos dio un brinco del susto, y saliendo del embelesamiento, se apresuró a cruzar la calle. Siguió caminando a paso ligero, quería llegar a casa cuanto antes, estaba ansioso por llegar a la cita y poder por fin llevar su sueño de amor, de la fantasía a la realidad.


Minerva