lunes, 30 de marzo de 2015

Aquel largo pasillo





Te presioné porque no podía soportarlo, y te fuiste sin decirme que hacer con María. Dijiste que necesitabas pensarlo, que no tenías corazón para ello y que a la vuelta, me lo dirías. Me quedé esperando e intentando pasar los días, y día a día, como en procesión, fui recorriendo con pasos cansinos aquel largo pasillo.

Cruzando la madrugada, me despertó angustiada un sueño, no lo recuerdo bien, pero eran gritos y humo, mucho humo, se veían por entre las montañas. Pasaron unos minutos en los que estaba desconcertada, quise recordarlo entero por si era un vaticinio, al menos para serenarme un poco, pero por muchas vueltas que le di, no hubo forma, no le encontré sentido.

Me levanté dejando esa pesadilla enredada en la cabecera de la cama, entre el embozo y la perra acurrucada, no le dije nada a la oportunista, para qué, era día de cambiar las sábanas. Entonces preparé café y resignada, comencé mi jornada, poca cosa más podía hacer.

Llegó Adela para removerlo todo, tocaba limpieza general. La oía trajinar y cantar, estaba contenta. Me hacía mucho daño su felicidad en esas lentas horas de larga espera, ella no sabía que prefería el silencio y la soledad, y me preguntaba, me preguntaba hasta la saciedad, cómo lo quería todo y si hacía los cristales.

— Hoy, señora, no lloverá.

— ¿No lloverá?—. Le sonreí por no sollozar, qué me importaba lo que hiciera fuera cuando en mi interior sentía un huracán que me movía y removía, en contradicción al transcurso habitual y lento de la mañana.

Tocaron al timbre.

— Señora. ¿Va?

Era una carta del banco por la nueva ley de evasiones de capital.

 — Ya iré, no hay prisa, poco hay para evadir, puede esperar.

Llamó mi madre, otra mala noche en un estar sin estar, acongojada como siempre en su penar.

— Y María, hija mía, Dios la guardará.

No dije mucho, la entendí, la tranquilicé un poco, no pude hacer mucho más.
Llamaron otra vez a la puerta.

— Señora. ¿Va?

Dos trajes impecables, impersonales y con voz grave, me dijeron que tu avión se había estrellado entre las montañas, no volverías jamás.

— Señora, recoja el abrigo, nos tiene que acompañar.

— No, ahora no puedo—. Logré balbucear entre prisas mientras recogía el gabán.

No lo entendían, hablaban y hablaban entre ellos, como si yo no estuviera, con la rabia que eso me da. Sobre un shock, decían, en el que no era capaz de reparar, qué sabían… Nada. No sabían absolutamente nada de nuestros meses de sufrimiento.

Y seguían diciendo que necesitaba asistencia profesional. Les dije que tenía algo urgente que hacer, que no podía esperar. Se miraron indecisos, no sabían cómo actuar, mientras les seguía diciendo y rediciendo, que antes debía pasar por el hospital. Recorrer aquel largo pasillo donde cada día perdía la esperanza un poco más, y acabar de una vez. Tenía que firmar, y firmar ya, sin demora.

— ¿Firmar, señora?—. Se miraron extrañados.

— Sí, sí, firmar.

Ya no quedaba mucho por lo que luchar, por fin pude dar el paso que tanto nos costó ordenar, para que nuestra única hija, María, pudiese descansar y reunirse contigo, allá donde Dios os quisiera guardar.



Laura Mir


jueves, 26 de marzo de 2015

LA HERENCIA - TERCERA Y ÚLTIMA PARTE




La noche fue espantosa, apenas pude dormir, y cuando me rendía el sueño sufría unas pesadillas que parecían reales — acaso lo fueran…—, pobladas de sombras, voces susurrantes que pretendían atraerme hacia lugares imposibles, voces amenazadoras. Situaciones abominables, tales como encontrarme en el interior de un sepulcro.

Por fin, la aurora me liberó del horror y sentí que la capacidad de razonar regresaba a mi maltrecho cerebro. Mi primer objeto de pensamiento lógico fue Lidia, como no podía ser de otro modo. De todas formas, el número de dudas superaba con creces, al de certezas: ¿Quién era Lidia, cómo podía estar sola tanto tiempo? Más aún ¿Existía el tiempo para ella, o bien, discurría como el mío? ¿Por qué no parecía haber necesitado nada hasta el presente?

Todas estas preguntas me conducían inexorablemente a una sola respuesta, que yo me obstinaba en rechazar. Mi mente hervía tratando de buscar otra explicación. Aún así, las certezas eran muy firmes, poderosas, motivadoras:

Pensaba que Lidia era la mujer más maravillosa que había conocido en mi vida. Las intensas horas compartidas nos habían dado un tal grado de afinidad, confianza, atracción recíproca, felicidad, de amor en suma, que había decidido no separarme de ella jamás.
            
Durante el desayuno, seguí inmerso en mis pensamientos. No obstante, advertí que los miembros del servicio presentes me miraban de una manera rara, mezcla de temor y curiosidad, al tiempo que cuchicheaban a hurtadillas. No quise perder el tiempo afeándoles su conducta, tanto más, cuanto ya eran casi las nueve. Abandoné el gran comedor, salí al exterior y me dirigí adonde me había citado Lidia, el jardín junto a la fachada norte. La brisa fresca de la mañana no conseguía aplacar el estado febril en que me encontraba, mis pasos iban acelerándose progresivamente, las sienes, dilatadas, amenazaban estallar.

Llegado al norte del edificio, vi un extraño jardín limitado por un viejo muro de piedra, la propia fachada, y sendos encinares a derecha e izquierda. La maleza crecía descuidada hasta el punto de casi ahogar las escasas flores que sobrevivían, descoloridas y mustias. Anduve un rato buscando a Lidia, hasta que la divisé, a unos treinta metros, sentada en un banco bajo. Me acerqué a ella abrumado por una inquietante mezcla de sentimientos, el corazón latiendo hasta el dolor.

— Buenos días, Raúl. Entiendo que estés angustiado. Espera un poco y Contestaré todas tus preguntas. Disiparé tus dudas.

Me dijo con rostro serio suavizado por una leve sonrisa. Incapaz de hablar, quedé petrificado cuando advertí que el improvisado asiento de Lidia era una lápida, con una modesta cruz en el cabecero. Antes de que pudiera preguntarle nada, se puso en pie con elegancia, se apartó ligeramente y me señaló la tumba, al tiempo que leía la inscripción:

AQUÍ YACE DOÑA LIDIA TIMONEDA Y ARLANZÓN (1857-1875) HIJA AMANTÍSIMA DESCANSE EN PAZ

— ¡No, no puede ser! ¡No estás muerta! Te tengo aquí ante mí, llena de vida. Sólo un día juntos ha sido como años de convivencia. Hemos compartido todo el amor y la belleza guardados en nuestros corazones hasta que llegase el momento oportuno, la persona adecuada. Lidia, sabes que te amo con toda mi alma.

— Raúl, querido, yo también te amo con toda mi alma. No puedo hacerlo con mi cuerpo porque soy un espíritu. Dejé el plano de existencia que llamáis “vida” a los dieciocho años de mi nacimiento.

— ¿No has abandonado nunca el palacio desde entonces?

Le pregunté invadido de extrema compasión.

— No, ya te lo dije ayer, pero tu cerebro se negaba a admitirlo. Como cuando insinué que la soledad y la poesía habían sido mis únicas compañeras en ciento veintidós años.

Su voz  no denotaba tristeza, dolor, desesperación. Aunque todavía debía preguntarle algo.

— ¿Cómo has podido resistir tantos años de soledad? ¿No echas nada de menos?

— No, Raúl, el tiempo no existe para mí. Gozo de un  perpetuo presente. Pero siempre he tenido la certeza de que llegaría el amor. No sabía de qué forma, ni quién me lo regalaría. Por eso mantenía una luz en la ventana de mi alma para guiarlo hasta aquí.

— ¿A pesar de encontrarte en otra dimensión existencial distinta?
Inquirí escéptico.

— Sí, a pesar de ello. Habitualmente, se cumple la separación absoluta entre ambos planos. Ahora bien, se da un caso entre diez millones en que, seres especiales, con una afinidad espiritual extraordinaria, logran franquear el umbral y concebir un amor con vocación de eternidad. Esto es lo que nos ha ocurrido a nosotros, por lo que te ha sido posible verme desde el primer momento, como sí tuviera también una estructura material. Por eso he sabido que eras tú a quien esperaba.

Repuso Lidia, con la cara radiante de felicidad.

En aquel momento, desaparecieron todos mis temores, y dudas, si bien comprendía que era yo quien debía pasar a su plano de vida, renunciando al mío.  Sabía que iba a lanzarme al vacío, mediante un acto de fe, sabiendo que ella me recogería al otro lado.

— Lidia, amor mío, yo voy contigo a donde me lleves. Dime qué he de hacer.

— Sencillamente, abrázame y nos fundiremos para siempre, liberados del espacio y el tiempo.

Abarqué su nada con mis brazos, noté que una fuerza poderosa tiraba de mí. Acto seguido, experimenté la sensación de penetrar uno en el otro, me inundó una luz blanquísima y supe que éramos uno.

Después nos sumergimos en una oscuridad densa, acariciante. Repentinamente volvió la luz a iluminarnos, y una mujer, vestida de blanco, comenzó a decirme cosas incomprensibles.

— ¡Don Raúl, don Raúl! Es la hora de su medicación, incorpórese un poco, por favor.



Kairos42


Inicio de la historia: LA HERENCIA - PRIMERA PARTE


lunes, 23 de marzo de 2015

Mundo azulado




Escribo a tus mañanas y a tus noches. Escribo en esas horas extrañas en que no son ni una cosa ni la otra, es cuando puedo dejar que mi pluma vuele libre, para que pueda dibujar con su magia los contornos de esa piel que, aún no he podido tatuar con mis palabras trenzada entre los mechones de emociones y de pensamientos que me embargan.

Dejo que el viento que nace de tus suspiros entren por mi ventana y me lleven de un lugar a otro, donde bebo siempre sediento de las aguas claras y frescas de los mundos que regalas, impregnándome de los aromas, admirando esos colores que no existen más que en tu imaginación vestida de sueños.

Mientras me queden fuerzas seguiré las sendas que pasan delante de todas tus edades, entraré y saldré de las vidas de los que de alguna manera comparten tantos viajes contigo. Creeré que las mañanas han sido pintadas en tus cielos para mí, mientras me paseo por entre las nubes, jugando al escondite con los futuros que están por venir, sobre todo aquellos que nos requieren entre risas y gritos.

Mientras mis ojos registran los horizontes buscando las puertas que llevan un poco más allá, mi ansia por creer que lo imposible existe. Solo tengo que dejarme llevar e inventar palabras que nos conducirán donde nunca nadie ha estado jamás, porque en la profundidad del invierno, finalmente, aprendí que dentro de mí yace un verano invencible.

Erradicada la oscuridad que planeaba sobre mis pesadillas de antaño, miro cara a cara al destino, sostengo la mirada y le obligo a llevarme por donde yo quiero, indiferente a sus protestas y pataleos.

Sé que ese día llegará, y será él, el que ría el último, pero me da igual, porque ese día ya habrá dejado de importarme, cuando me recubran los seis palmos reglamentarios y tenga la boca llena de tierra, nadie oirá ya, lo que tenga que decir.

Así que sordo a sus quejas, lo arrastro, empujo y tiro por la senda que he elegido, donde los tiempos que están por nacer de tus sueños, me esperan con una cálida bienvenida en la voz y un lugar acogedor en tu memoria. Ese es el destino que quiero para mí, acompañados de alguna manera, de todo lo que anhelo.

Puede que no todo vaya como desees o sueñes, pues la perfección no existe en los corazones humanos, aunque las intenciones si lo sean. Solo será cuestión de capear el temporal con una canción a la mañana que está por llegar y con una sonrisa de tus labios.

Pasearé a tu lado, escuchando los sonidos del mundo y mirando la vida a través de este presente que hoy solo pasa a través de ti, me aferraré con uñas y dientes a tus sentimientos, bailaré sobre los fuegos del infierno de los mediocres, sin que estos puedan ni siquiera tener la posibilidad de tocarme.

Planearé sobre las llanuras estériles del fanatismo y de la sinrazón, cogido de tu mano, mientras nacen los poemas y mueren los tiempos oscuros de un pasado casi olvidado.

Ahora, solo deseo mirar al mundo a través de tus azulados ojos, porque quiero despertar cada mañana al lado de alguien que aún conserva su alma.



Benjamín J. Green


jueves, 19 de marzo de 2015

ABRAZO DE OSO



Es comprensible que esta puerta por dentro no tenga tirador, porque el trozo de carne de aquí, de esta cámara, no escapa, pero el que lo diseña, tendría que haber tenido en cuenta a la niña esta, que espabilada, espabilada, no es, y a más, con la tendencia a llevar siempre la contraria. Mala idea tuve en decirle: Vigila niña, que la puerta no se cierre. Pero ella que anda a saber dónde, no ha vigilado y nos hemos quedado encerrados en esta cámara frigorífica, con un frío de mil demonios.

— Cuando estuve en Rusia, no hacía tanto frío como aquí— dijo ella inocentemente.

— ¿Y eso debe quedar cerca de Babia, no?— Pregunto, sin esperar respuesta, porque si las neuronas son lentas, imagínense a bajo cero.

— Más bien queda por donde perdiste la simpatía—. Me responde ante mi sorpresa, castañeteando los dientes y con labios azulados. Vestida con tirantes, y yo con estalactitas en las pestañas, pero aun así, no puedo dejar de mirar sus pechos que parecen galletas Oreos a punto de escapar.

— No creas que en Rusia no pasé frío, llegué en pleno agosto y estábamos a cinco grados bajo cero, decían que era atípico.

 Atípico es estar aquí encerrado, sin saber dónde acaba la carne de ternera y donde empieza la de burra.

— Esto de la carne de burra es nuevo, no recuerdo haberla visto en la entrada del último pedido, creo que te equivocas. Lo que hace el frío intenso— dijo la muchacha mientras se restregaba los brazos en un vano intento de entrar en calor—. No hay forma, vamos a morir aquí, en este infierno blanco cubiertos por una chapa de acero, que forma más extraña de perecer.

—Y los del CSI buscando agentes. Mira, podemos ponernos a gritar como locos, a ver si pasa alguien por aquí y le da por mirar porque la ternera está revuelta.

— Es tarde, hasta mañana que lleguen… Seguro que estamos muertos. Siempre pensé en morir tranquila, apaciblemente en compañía de gente querida, y no contigo que eres grande como un oso canoso hasta donde se pierde mi imaginación.

— Te diría que te abrazaras a tu puñetera madre para entrar en calor, pero es lo que tienen los deseos, que van por donde quieren. O te coges un trozo de ternera, o te conformas conmigo. Ni tienes mucho tiempo para pensar.

— Ni en un millón de años— dijo, girándose y mostrándole la espalda—. Antes me agarro al cordero que al marrano.

— Veo, gata, que sacas las uñas… Tienes suerte que el cochino no puede sacar las manos de los sobacos…

—  Esta puede considerarse una situación extrema y profunda, como si fuera invierno en pleno verano, y debería servirnos para entender que en la profundidad del invierno finalmente aprendí, que dentro de mí yace un verano invencible, y por ese motivo, porque no sé quien lo dijo, y porque no quiero morir aquí y menos contigo, me abrazo con todas mis fuerzas a ti.

¡Bendita filosofía gasta la niña!

No os voy a mentir, salimos. Entre otras cosas, porque conseguí despegar las manos de los sobacos, y extenderle los brazos, no sin cierto miedo de que se me clavaran las Oreos. Así fue como la rubia se metió entre estos brazos, que aquella noche fueron zarpas, como si fuera un oso polar, para compartir el poco calor que nos quedaba, y para comprender que debajo de la escarcha pueden esconderse otros brotes de algo profundo y bueno. Y desde aquella ocasión, nunca volví a ser escarcha para ella.



Jaime Ros


Recuerdos de invierno - Relato ganador del primer premio de FRASELETREANDO



Aunque nací en el norte y estoy acostumbrada al frío, detesto los inviernos, son blancos e indiferentes, inmutables traen al helado viento, y con él, ráfagas cargadas de sollozos y silencios, esos mismos que me enfrentan a la separación y a la pérdida de fe. A veces me sorprenden las dudas de la existencia de un Dios que permitió semejante crueldad, pero enseguida desecho esos pensamientos y pienso, que solo era una prueba más que me imponía.

Junto al calor de la lumbre los recuerdos acuden tan vívidos como si fuera ayer, y vuelvo a rememorar aquella noche en que llegamos a Auschwitz, después de un largo viaje en un tren de carga, de pie y en condiciones inhumanas.

Al llegar, me separaron de mis padres y mis hermanos, entre los gritos, pude oír a mi madre cómo le preguntaba a un soldado nazi camino de los crematorios, cuándo me volvería a ver, y él le contestó un “mañana” que nunca llegó. Hasta que no me liberaron tuve el convencimiento de que mi familia vivía.

Nunca trabajé en el campo, soy de constitución fuerte y fui asignada a la selección de niñas a las que enseñaban bailes, gimnasia y cánticos favorables a Hitler, para mostrar ante las organizaciones que venían a investigar lo que estaba pasando, y hacerles ver que nos estaban educando y entreteniendo, cuando la verdad era que nos usaban para esconder los crímenes que se cometían.

Dormíamos todas las chicas de mi grupo en el mismo barracón, pegadas unas a otras, casi no nos podíamos mover en aquellas estrechas literas dobles, sin sábanas ni almohadas. Como en las duchas, que también carecíamos de toallas. Nos restregábamos con una pastilla de jabón que nos entregaban, áspera, amarillenta y con olor a rancio. Mucho tiempo después, supe que estaban hechas con la grasa de la gente que cremaban en los hornos.

Éramos muchas y había que hacer cola para todo, incluso para la única comida que hacíamos diaria, consistía en un trozo de pan y mermelada, teníamos tanta hambre que nos comíamos la mermelada antes de que llegara el pan.

A lo lejos se veía humo constantemente, y una vez le pregunté a la jefa de nuestro bloque, también judía; y ella me contestó que eran nuestros hermanos, pero nunca la creí hasta que tuve que rendirme a la evidencia.

Mientras se sucedían los días, tristemente aprendí mucho, entre sollozos, silencios y sufrimientos. Tanto, que en la profundidad del invierno finalmente aprendí que dentro de mí yace un verano invencible, de otra manera no hubiese sido posible sobrevivir a la indiferencia e inmutabilidad de aquel viento blanco y frío, que amenazante, lo asolaba todo.



Laura Mir





martes, 17 de marzo de 2015

LA HERENCIA - SEGUNDA PARTE



            Mi cuerpo descansaba en el sillón, pero mi mente había emprendido una carrera desenfrenada por el camino de las hipótesis. No encontraba el medio para despejar aquella incógnita. Pensé en preguntar al mayordomo y al ama de llaves.

            Pero gradualmente, fui rindiéndome a la placidez del lugar, hasta el punto que continué recitando:

            Los soles ponientes
            revisten los campos,
            los canales, la ciudad entera.

            Una  dulce voz femenina, surgiendo de la nada, completó la estrofa:

            De jacinto y de oro;
            el mundo se duerme
            en una cálida luz.
            Allí todo es orden y belleza,
            lujo, calma y voluptuosidad.

            Di un salto y me puse en pie sin saber para qué. Incapaz de pensar, notaba cómo la sangre se concentraba en mi cerebro. Todas mis neuronas mantenían un diálogo alocado, incapaz de producir un solo pensamiento lógico. Mis ojos, por un momento, se inundaron de una luz cegadora. Después, todo fue oscuridad al tiempo que me desplomaba.

            Ignoro cuánto tiempo estuve allí tendido. De pronto sentí que mi mejilla se apoyaba sobre una superficie lisa y fría. Mis ojos comenzaron a vislumbrar los dibujos del pavimento. A poco estuve de desmayarme otra vez cuando la voz resonó de nuevo en mis oídos.

            — ¡Oh, perdóneme, por favor! ¡No se asuste, no tema nada de mí! Soy Lidia. Debí haberle anunciado mi presencia de otra manera.

           Su voz era pura melodía, aunque seguía sin saber de dónde brotaba. Me levanté con esfuerzo y me senté en el sillón. Confundido, turbado, todavía medroso, trataba de encontrar una explicación racional.

            La curiosidad venció sobre el miedo y, reuniendo un mínimo de valor, inicié una conversación con el vacío.

            — ¿Quién es usted, cómo es que no puedo verla? ¿Dónde estaba escondida antes de que comenzara a recitar?

            — Ya le he dicho que soy Lidia. Le aseguro que no estaba oculta en lugar alguno. Aquí me encontraba cuando entró en el salón, sentada en el sillón que hay frente a usted.

            Seguía inquietándome el no poder verla. Así que volví a la carga.

            — Mire, Lidia. Todavía no me ha dicho  porqué me es imposible verla, por qué estoy hablando con un sillón vacío. Convendrá conmigo en que es algo muy raro y que no me tranquiliza en absoluto.

           Con voz que parecía sonreír, siguió en su empeño de tranquilizarme.

            — Bueno, caballero, todo tiene una explicación. Veamos…, como le he dicho, me llamo Lidia, tengo dieciocho años y suelo estar aquí. Por otra parte, no sé porqué no me ve. Yo sí lo veo a usted. Será que padece un trastorno de visión.

            — Mire, señorita, yo me llamo Raúl, tengo veinticuatro y no entiendo nada de lo que está sucediendo.

            — Yo también estoy un tanto confusa, porque hace mucho tiempo que estoy sola, años y años…

           Lleno de aprensión, le pregunté con voz insegura.

            — ¿Pretende decirme que soy la primera visita que recibe en años?

            — Exactamente, eso es lo que trato de hacerle saber. Me ha hecho muy feliz verle entrar y oírle recitar a Baudelaire. A veces siento la necesidad de hablar con alguien.

            La voz de Lidia expresaba una alegría pura, como la de una niña. Me sentía cada vez más a gusto, exceptuando el peso de las preguntas sin responder y, sobre todo, el hecho de no verla.

            Decidí hacer un ejercicio de concentración. Apacigüé la mente, acompasé la respiración junto al resto de mis biorritmos y posé la mirada en la cabecera del sillón parlante. Tras un espacio de tiempo indeterminado, empezaron a materializarse unos corpúsculos luminosos azules. Progresivamente fueron configurando los perfiles de una persona. Finalmente, surgió de ellos una hermosa joven. No pude contener mi sorpresa y exclamé:

          — ¡Dios mío, qué maravilla! ¡Es verdad, está usted aquí! ¡No la he soñado!

          No me contestó, pero a cambio, me obsequió con una sonrisa irresistible, tras la cual aplacé las preguntas que me quemaban la boca, e inicié una singular conversación.

            — Así que le gusta a usted Baudelaire…

            — Me apasiona, al igual que Verlaine, Rimbaud, Mallarmé, entre los simbolistas franceses.

            A partir de este momento, pasamos hablando un número de horas imposible de calcular. Por aquella improvisada tertulia literaria desfiló una buena parte de la literatura francesa y española. Lidia tenía una formación muy completa sobre la materia. Su memoria era prodigiosa, era capaz de recitar decenas de poemas en las dos lenguas. Yo me sentía cada vez más atraído por aquella extraña joven, hasta el punto que me atreví a romper la tregua de preguntas comprometidas y, además, tutearla.

            — Lidia, por favor, dime quién eres y qué haces aquí sola tanto tiempo. Explícamelo todo. Necesito saberlo.

            Antes de que pudiera contestarme, sonaron unos golpes insistentes en la puerta y una voz que me llamaba con tono de alarma.

             — ¡Don Raúl, don Raúl, abra la puerta, se lo ruego! ¿Se encuentra usted bien, le ha pasado algo? Es ya media noche…

            Contrariado por la interrupción y sorprendido por el rápido paso de las horas, dirigí a Lidia una mirada interrogante, preñada de súplica. A la que contestó con gesto sombrío y palabras apresuradas.

            — Raúl, debes irte enseguida. Mañana a las nueve, ve al pequeño jardín que hay junto a la fachada norte. Ahora no puedo decirte nada más.

           Muy a mi pesar, abrí la puerta  y salí al pasillo. Con ademán enojado y sin pronunciar palabra, pasé por en medio del servicio en pleno.


Kairos42


                                                                                                           CONTINUARÁ…

Primera parte: LA HERENCIA - PRIMERA PARTE

Tercera y última parte: LA HERENCIA - TERCERA Y ÚLTIMA PARTE

lunes, 9 de marzo de 2015

LA HERENCIA - PRIMERA PARTE



Allí, ante mí, se alzaba majestuoso el palacio de los Hermosilla. Llevaba  ciento cuarenta años deshabitado a causa de un antiguo litigio sucesorio entre las dos ramas de la familia. Un azar del destino me había convertido en el último miembro vivo de ambas, con lo que se resolvía el pleito convirtiéndome en su propietario, junto a una fortuna considerable y los títulos de Marqués de Hermosilla y Duque de Arlanzón. La verdad es que yo había sido un pequeño brote, en lo más intrincado de tan grandioso árbol genealógico, fruto de los amores ilícitos de mi padre con una funcionaria de Correos.

Tres meses hacía que dejaba el despacho del Notario con el Título de Propiedad bajo el brazo. Encargué a una empresa especializada en restauraciones que se hiciera cargo de hacerlo volver a su primitivo esplendor. No tenía prisa. Mientras tanto liquidé mis asuntos, dispuesto a comenzar una nueva vida.

El día de mi llegada, todo el servicio me fue presentado. Me sentía fuera de lugar. Lo cierto es que me esforcé por parecer desenvuelto y seguro…

 Ya en mi habitación, con una excitación casi infantil,  me aseé, cambié de ropa y llamé al ama de llaves para que me enseñara el palacio. La señora sacó un gran manojo de llaves etiquetadas y me dijo que podíamos iniciar la visita cuando quisiera, aunque advertí una cierta vacilación en ella. Le pregunté si había algún problema y me dijo que realmente no tenía importancia: durante la restauración había sido imposible encontrar la llave de una habitación del ala sur. Se trataba de una cerradura muy antigua y habían solicitado los servicios de un cerrajero especializado, que todavía no había llegado. De todos modos, dijo que tenía un cestillo con muchas llaves que no correspondían a ninguna cerradura.

Movido por una súbita curiosidad, le pedí que me diera el cestillo y le dije que, yo mismo, iba a probar fortuna con aquella puerta.

         A medida que atravesaba el interminable pasillo, mi ansia por penetrar en la habitación del fondo iba en aumento. Al ritmo de mis pasos hacía sonar el cestillo, lleno de llaves de todos los tamaños y formas. Por fin llegué a la puerta, estudié la cerradura, miré las llaves y se me antojó que la cosa no iba a ser fácil.

         Al cabo de media hora de infructuosos ensayos, empecé a pensar que quizás fuera más práctico echar la puerta abajo… Pero, por otra parte, aquella me parecía una forma salvaje de invadir la intimidad de una habitación cerrada, sería como si la violase. De modo que abandoné semejante idea y seguí probando llaves. Aún quedaban muchas en el canastillo.

         Tal vez el azar fuera más efectivo. Comencé a revolver con la mano el montón de llaves para tomar la primera que tocaran mis dedos. De pronto noté una que estaba caliente. Retiré la mano como si me hubiese quemado ¡No era posible! Se trataría de una ilusión provocada por la excitación de la búsqueda.

        Torné a meter la mano y revolví de nuevo. Tropecé otra vez con una llave que estaba a mayor temperatura que las demás. Venciendo la mezcla de aprensión y desconcierto que sentía, cogí la llave y la separé de sus compañeras.

         Era dorada, mediana, como tantas otras que había en el montón. Presa de una considerable excitación, la introduje en la cerradura y la giré a la izquierda con facilidad. En efecto, ésta era la llave. Jamás la hubiera encontrado tan pronto de no ser por la misteriosa ayuda recibida.

        Empujé suavemente, la puerta se abrió sin ruido. Una oscuridad espesa pareció salir a mi encuentro. Vencí las ganas de salir corriendo…, y busqué a tientas el interruptor, que, afortunadamente, estaba cerca del quicio. La luz reveló una sala de estar, amueblada con cierto lujo, pero, sobre todo, con ese estilo íntimo y confortable que uno asocia con la clase alta inglesa. Los muebles no estaban cubiertos con sábanas, sino descubiertos y relucientes, sin una mota de polvo, lo que no dejó de sorprenderme. Casi con reverencia, deslicé mi mano sobre el brazo del sillón que había junto a la chimenea ¡Que suavidad, qué calidez! En ese momento vinieron a mí unos versos de Baudelaire:

Muebles relucientes,
pulidos por los años,
decorarían nuestra habitación;

        Mentalmente le pedí permiso al butacón para sentarme. Así lo hice y noté que el sillón me aceptaba, se adaptaba perfectamente a mi espalda. Me sentía extraordinariamente a gusto. Con la vista fui recorriendo la estancia hasta los menores detalles. Todo era de una exquisitez suprema. El estar allí sentado constituía un valioso regalo que me hacía la persona que había decorado aquella habitación y la había dejado impregnada de su esencia.

        No sé cuánto tiempo estuve allí sentado, como en éxtasis, fundiéndome con el conjunto del salón. Finalmente, la visión global se me concretó en un cuadro que había en la pared opuesta a la chimenea. Representaba un puerto, erizado de mástiles, con las masas panzudas de sus cascos, cargados de mercancías exóticas,  doradas por un glorioso poniente.

        Otra vez vino Baudelaire en mi auxilio para prestarme unas palabras que pudieran expresar lo que me sugería la pintura:

Ve sobre aquellos canales 
dormir esos bajeles
cuyo humor es vagabundo;
es para satisfacer
tu menor deseo
que vienen del fin del mundo.

Sentí la necesidad de repetir estos versos en voz alta. Me oí cálido, acariciante, como si recitara para una mujer próxima a mí. Me levanté y fui junto a la pintura, entonces reparé en que, sobre la carpeta de sobremesa del buró que había justo debajo de ella, descansaba un libro abierto. Tal parecía que alguien hubiese interrumpido su lectura, olvidándose de cerrarlo, o bien que pensase regresar enseguida para seguir leyendo.

Tomé el libro entre mis manos con la sensación de estar invadiendo la intimidad de alguien y fijé la mirada en el texto. Al leer la primera línea, lancé una exclamación, entre asombrado y emocionado. Era una antología de poesía francesa y el poema que iniciaba la la página precisamente el que había acudido a mi memoria hacía unos instantes, ¡L’invitation au voyage, de Baudelaire¡


Sentí una extraña mezcla, entre afín y cómplice, con la persona que, sentada ante aquel libro había gozado de este poema como yo. Traté de imaginarla ¿Sería hombre o mujer? ¿Joven o mayor? 


Kairos 42

                                                              CONTINUARÁ...

Segunda parte: LA HERENCIA - SEGUNDA PARTE